Viejos libros infantiles (1924)

Walter Benjamín
Traducción: Juan J. Thomas

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“¿Por qué colecciona usted libros?” ¿Se ha formulado alguna vez esta pregunta a los bibliófilos para estimular un examen de conciencia? Cuan interesantes serían las respuestas, al menos las sinceras. Pues sólo el no iniciado puede creer que en ese campo no haya nada que ocultar o disimular. Soberbia, soledad, amargura, he aquí el lado oscuro de más de un alma de coleccionista, culta y feliz. Toda pasión muestra, de vez en cuando, sus rasgos demoníacos; la historia de la bibliofilia lo sabe no menos que cualquier otra. Pero nada de esto se encuentra en el Credo del coleccionista, de Karl Hobrecker, cuya gran colección de libros infantiles se presenta ahora al público a través de su obra. (l)  Sólo quien haya permanecido fiel al placer que le brindaban los libros en su infancia puede descubrir como coleccionista el campo del libro infantil. Esa fidelidad se revela en la personalidad afable y delicada de este autor, se revela en cada una de las páginas de su libro. Y esa fidelidad es el origen de su colección. Cualquier colección similar necesitará de igual fidelidad para prosperar. Un libro, tal vez tan sólo una página o, menos aun, una estampa de un anticuado ejemplar, heredado quizá de la madre o la abuela, puede ser la tierra fértil donde se desarrolle la primera y delicada raíz de esa afición.
Cuando Hobrecker inició su colección, hace veinticinco años, los antiguos libros infantiles eran nada más que viejos y sucios pliegos. Él fue el primero que les ofreció un asilo donde, al menos, estarán a salvo de ser triturados en las fábricas de papel. Entre los varios millares de libros que llenan sus bibliotecas, algunos centenares han de ser el último ejemplar. Ese primer archivero del libro infantil no ostenta en manera alguna un aire de austera dignidad al ofrecer su obra al público. No busca el reconocimiento de su labor, sino la participación del lector en la belleza que le ha revelado.
Todo lo erudito, sobre todo un suplemento bibliográfico con aproximadamente doscientos de los títulos más importantes, es accesorio y resulta bienvenido por el coleccionista sin molestar al lector común.
El libro infantil alemán —con estas palabras introduce el autor su historia— nació en la época de la Ilustración. Los filántropos pusieron a prueba, con su pedagogía, un vasto programa de formación humanitaria. Si el hombre era piadoso, bueno y sociable por naturaleza, debía ser posible convertir al niño, el ser natural por excelencia, en el hombre más piadoso, mejor y más sociable por medio de la educación. Y como en toda pedagogía de 2966007633_d7c042f9fcorientación teórica la técnica de la influencia objetiva sólo se descubre tardíamente, y son las exhortaciones problemáticas las que abren el camino, el libro infantil de las primeras décadas fue edificante, moralista y tomaba el catecismo y la exégesis en el sentido del deísmo. Hobrecker condena severamente esos textos. Su aridez, su falta de significación para el niño son innegables. Pero esos errores de antaño son leves en comparación con las aberraciones que, a causa de la supuesta empatía con el ser infantil, están de moda hoy en día: la desconsoladora y distorsionada alegría de las historias rimadas, los ridículos monigotes ideados por dibujantes poco sutiles que creen interpretar al niño. El niño exige del adulto una representación clara y comprensible, no infantil; y menos aún quiere lo que éste suele considerar como tal. Dado que el niño comprende exactamente incluso la seriedad distante y grave, siempre que ésta salga del corazón con sinceridad y sin ambages, algo podría decirse también en favor de esos textos chapados a la antigua. Junto con la cartilla y el catecismo, el libro infantil se inicia con el léxico intuitivo, el vocabulario ilustrado o como quiera llamarse al Orbis pictus de Amos Comenius.* La Ilustración también se apoderó a su manera de este género creando la monumental Obra elemental de Basedow.** Este libro es loable en muchas de sus partes, inclusive en cuanto al texto. Porque, además de una prolija enseñanza universal que, de acuerdo con la época, expone como corresponde la “utilidad” de todas las cosas —desde la de las matemáticas hasta la del equilibrio—, ofrece cuentos moralistas de una severidad que suele caer, voluntariamente, en lo cómico.
Junto a esas dos obras, hubiera merecido una mención el posterior Bilderbuch für Kinder [Libro de estampas para niños]. Comprende doce tomos, cada uno con un centenar de grabados coloreados; fue publicado en Weimar bajo la dirección de J. F. Bertuch, desde 1792 hasta 1847. La esmerada ejecución de esa enciclopedia ilustrada muestra con qué fervor se trabajaba entonces para los niños. Otras tantas fuentes para los textos de los libros infantiles eran el cuento de hadas y la canción, así como, a cierta distancia, el libro popular y la fábula.
Aun en las obras más anticuadas y tendenciosas de esa época, un elemento suscita el interés: la ilustración. Ésta se sustraía a la fiscalización de las teorías filantrópicas de modo que, rápidamente los artistas y los niños se comunicaron por encima de las cabezas de los pedagogos.
50e095f0c7929_260x383Nada más asombroso que el hecho de que en el siglo XIX, que debido al incremento del saber universal tenía que perder tantos bienes culturales de la centuria anterior, el libro infantil no haya sufrido menoscabo, ni en el texto ni en las ilustraciones. Es cierto que obras tan delicadas, tan cultas como las Fábulas de Esopo, de Viena (segunda edición de Müller, Viena, sin fecha), que me siento feliz de poder agregar a la lista de Hobrecker, ya no aparecen desde 1810. No es precisamente en el refinamiento del grabado y el colorido donde el libro infantil del siglo XIX podría competir con sus predecesores. Su atracción reside fundamentalmente en su carácter de documento de una época en la que la antigua manufactura se enfrenta con los comienzos de nuevas técnicas. A partir de 1840 dominaba la litografía, mientras que en los cobres de antes muchas veces encontramos todavía motivos del siglo XVIII. El Biedermeier, estilo de las décadas del veinte y del treinta, sólo es característico y nuevo en el color.
Pero los fenómenos más notables aparecen hacia el final del Biedermeier, en la década del treinta, junto con el auge de la civilización tecnológica y la nivelación de la cultura que ella trajo consigo. Ya estaba consumada la desintegración de los órdenes medievales de vida, escalonados en esferas. En ese desmantelamiento, muchas veces habían quedado relegados los elementos más finos y nobles, y a ello se debe que quien descienda un poco, encuentre precisamente en los llanos de la literatura —como es el terreno de los libros infantiles— aspectos que busca en vano en los documentos culturales reconocidos. El desmoronamiento de todos los estratos y modos de acción espirituales se pone de manifiesto con suma claridad en la vida de un bohemio de aquellos días a quien debemos algunos de los libros infantiles más perfectos, pero también más extraños. Se trata de Johann Peter Lyser, periodista, poeta, pintor y músico. El Fabelbuch [Fabulario] de A. L. Grimm con ilustraciones de Lyser (Grimma, 1827), el Buch der Märchen für Söhne und Töchter gebildeter Stände [Libro de cuentos para niños y niñas de las clases cultas], textos y grabados de Lyser (Leipzig, 1834), y Linas Märchenbuch [Libro de cuentos de Lina], texto de A. L. Grimm, ilustraciones de Lyser (Grimma; sin fecha), son tres de los libros infantiles más hermosos.
El período que más interesaba a Hobrecker es el de las décadas que van del cuarenta al 2966854080_54495dd2a0sesenta, en Berlín, donde el dibujante Theodor Hosemann dedicaba su amable talento, ante todo, a la ilustración de libros para la juventud. Aun en las láminas menos elaboradas, la agradable frescura del color y la simpática sobriedad en la expresión de las figuras dejan una impronta que ha de causar placer a todo berlinés nativo. Junto a Hosemann trabajaban Ramberg, Richter, Speckter, Pocci, sin mencionar a los menores. Sus xilografías en blanco y negro abren un mundo sui generis a la visión del niño. En el reino de las estampas no iluminadas el niño se despierta; en el de las coloreadas prolonga sus sueños.
El punto acerca del cual divergirán más fácilmente las opiniones será la apreciación de los libros juveniles pertenecientes al último cuarto del siglo XIX. Puede ser que Hobrecker, al condenar su cargoso tono pedantesco, haya pasado por alto fallas más ocultas de la literatura infantil posterior. Por otra parte, esa crítica es ajena a sumisión. La soberbia generada por los conocimientos sobre psicología infantil —conocimientos que jamás podrán compararse, en cuanto a profundidad y valor para la vida, con una de las antiguas. pedagogías, como la Levana de Jean Paul— ha producido una literatura que, con sus vanidosos esfuerzos por atraer la atención del público, perdió aquel contenido ético que confiere su dignidad aun a los más frágiles ensayos de la pedagogía clásica. Ese contenido ético fue suplantado por una dependencia con respecto a las consignas de la prensa diaria. Falta la secreta comunicación entre el artesano anónimo y el niño que contempla la estampa. Cada vez más tanto el escritor como el ilustrador se dirigen al niño a través del medio deshonesto de las preocupaciones y modas del día. Anida en las estampas un gesto empalagoso que no corresponde al niño, sino a las ideas corrompidas que de él suelen hacerse. Su forma pierde la noble sencillez y se vuelve pesada.

Hobrecker, Alte vergessene Kinderbücher, Berlín, 1924.1 Karl

* Johan Amos Comenius (1592-1671). Teólogo y pedagogo del siglo XVII que influyó decisivamente en la pedagogía de los siglos posteriores. Exigía una pedagogía y una didáctica naturales, así como una estructura escolar uniforme hasta los 24 años. Sus obras enciclopédicas habían de servir a la idea de la civitas dei (N. del T.).

** Johannes Bernhard Basedow, pedagogo (1723-1790). En 1774 fundó en Dessau el Philantropinum, instituto educacional moderno y liberal, del cual fue rector hasta 1778. El instituto dio su nombre a los filántropos Campe, Salzmann, Olivier y otros, que luchaban por una renovación de la pedagogía. El filantropismo puede concebirse como un racionalismo pedagógico (N. del T.).

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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