Mi guitarra Magdalena

Adrián Ferrero

a Nury Busquets, este cuento a toda orquesta

Mujer con guitarra. María Blanchard

Hoy vine aquí, a Ensenada, a esta ronda de gente que se sienta o está de pie en torno de mí, porque les quería contar una historia que de veras sucedió.  ¡Y sucedió en Ensenada! Claro que a una historia verdadera uno la puede contar como y adornar como si fuera literatura. Ustedes saben que contar y cantar son dos verbos que se parecen bastante, tanto en el modo en que los que escribimos como en el modo en que las usamos para hablar. Y escribir y cantar otro tanto. Lo que voy a contar cantando sucedió aquí mismo, en esta ciudad. Pero como es una historia que no trata sobre la vida privada de nadie sino sobre una guitarra y su intérprete, no existe el menor problema porque no ventilaré ningún secreto ni indiscreción que pueda perjudicar a nadie. Entonces empiezo. Nury, Nury Busquets, maestra de música y escritora, me mandó un correo electrónico preocupadísima porque estaba triste con motivo de algo que jamás le había ocurrido. Como se podrán imaginar, yo me alarmé. Y me preocupé. Y con el corazón en la boca le pregunté qué era lo que le sucedía. Y esto me dijo. Resulta que Nury, tiene una guitarra. Pero le sucedió algo que ustedes se quedarán con la boca abierta de lo sorprendente que fue. No porque vayan a bostezar sino azorados. Perplejos. Escuchen.

Nury es una gran escritora pero también tiene otros dones. Por ejemplo: es música. No todos los músicos saben tocar el piano y la guitarra. Escribir muy bien y a la vez ser música no es frecuente. Esta amiga mía escribió un libro de haikus, un tipo de poemas que tiene ciertas características muy específicas que para que sean haikus deben ser respetadas. Son poemas muy antiguos y que nacen en Japón hace cientos de años. Son casi inmemoriales. Desde que se generalizó la escritura. Y a Japón llegó la poesía festiva. O bien sobre la naturaleza. O bien sobre el amor. Uno no puede escribir un soneto o redondillas y decir que son un haiku. Eso sería un desastre. Una calamidad. Como se podrán imaginar, sería no solo una transgresión sino un bochorno. Si uno escribe haikus tiene que saber muy bien cómo está compuesta su estructura, su forma. Y cuál es su cantidad de versos, su rima, la cantidad de sílabas, en fin, lo que sabemos quiénes escribimos pero también quienes leemos. El haiku o haikú consiste en un poema breve de diecisiete sílabas, escrito en tres versos de 5, 7 y 5 sílabas. Contado así parece fácil. Pero hay que estar muy entrenado para hacerlo..

¿Cómo podría definir el libro de haikus de Nury? Se titula Así de simple. 200 haikus de lo sencillo y cotidiano. Y uno conjetura (y solo conjetura) que lo que hace Nury es jugar con la música del lenguaje, que también la tiene. Porque si uno escribe un haiku, está apostando a un tipo de estructura poética que efectivamente nos sorprende con su melodía salida de muy adentro del lenguaje. De su zona más ígnea.

Les cuento que a mí me gustó tanto su libro de haikus que me dieron ganas de empezar a escribirlos. Pero lo pensé bien. Y me dije que lo mío no eran los haikus sino mejor el verso libre, es decir, esos poemas que no tienen rima o no necesariamente en todo caso. Pueden que la tengan como puede que no. Y los versos no responden a una estructura fija. Tampoco a cantidad de sílabas. Sino como su nombre lo indica, se dejan escribir sin una forma estricta. Lo que no significa que sean poemas descuidados. Yo escribo de ese modo: en verso libre.

Lo intenté. Juro que puse todo lo mejor de mí. Pero fui un fracaso como escritor de haikus. Fue por ese motivo que como me di cuenta de que no tenía chance para la poesía, me dije que sí era capaz de contar historias. Historias largas, medianas y cortas. Pero jamás una novela. Eso son palabras mayores. Una novela necesita de constancia y mucha, mucha paciencia. Hay que saber esperar, conocer todas las redes que se van tramando para  componer su argumento arborescente. Y también leerlas y releerlas de cabo a rabo a medida que uno las va escribiendo para no extraviarse entre esa maraña de personajes, de acciones, de escenarios o lugares, ver si la vamos a escribir en tiempos pasado, presente y futuro. Por ejemplo, yo en este cuento escribiré en un tiempo que se los dejo descubrir a ustedes. Pero entonces les propongo que volvamos al pasado. A ese arcón de los recuerdos en el que uno guarda muchas cosas, desde haikus, monedas de níquel,  hasta un jazmín del país o bien unas sandalias para el verano, palomas que un mago hace aparecer y desaparecer con tres pases de su puño. Pero luego resulta que regresan. Y ya están de nuevo las palomas guardadas en el arcón de los recuerdos. Yo, que soy un contador de historias, me llamo Tomás. Me gusta contar historias porque las historias narran no solo hechos que suceden, pudieron haber sucedido o no sucederán jamás, pero sí sucederán, porque en las historias todo es posible. Desde armar una casa con almohadas en vez de ladrillos hasta darle de comer a un leopardo una hamburguesa con la mano, de esos que a uno lo hacen estremecer con sus rugidos y le causan pavor de solo ver sus colmillos. Una persona puede ser invisible, como sucede en una novela del escritor inglés H.G. Wells. O bien ser un hombre lobo. Por supuesto que también están los vampiros, yo leí Drácula, la novela de  Bram Stoker. O un hombre ser el producto de un sueño de otro. Un soñador soñado, como escribió uno Borges, “Las ruinas circulares” se titula. Y es de mis favoritos. Después están los milagros. Yo conozco a una persona que tenía una enfermedad muy grave, de esas peligrosas, y sin embargo se curó a base de tomar sopa de municiones. Claro que ustedes se preguntarán cómo las municiones, que se usan para la guerra y las armas pueden en cambio salvar vidas. Lo que pasa es que no hay que confundir una cierta clase de fideos que se toman en una sopa (los que sanan) con los que hacen daño (están hechos por lo general de pólvora y metal).

Pero yendo a la historia de Nury, les cuento que su guitarra un día se despertó con malestar. Nury había encendido el aparato reproductor de CDs. y quiso hacer sentir bien a su guitarra con una música de dos grandes compositores: George Bizet y Maurice Ravel. Dos músicos que no tocan lo mismo que Nury y además ya fallecieron. Pero dejaron muchas composiciones magníficas. Y ella no me lo ha dicho, porque no hemos hablado de este tema en particular. Pero yo tengo casi la certeza de que si Nury se lo propone toca estas u otras composiciones. Solo se trata de buscarle la vuelta.

Lo cierto es que Nury desayunó un café con leche (era muy temprano por la mañana, estaba somnolienta) con tostadas de mermelada de naranjas y queso blanco. Para acompañar: ensalada de frutas. No me digan que no es un desayuno delicioso. Una vez que terminó de escucharse el CD y que finalizó de desayunar (eso sucedió todo al mismo tiempo, estaba cronometrado: desayuno con música), Nury fue a buscar su guitarra. Ella como es tan considerada, no le quería decir solamente “guitarra”. Decidió bautizarla con un nombre que la distinguiera de todo el resto de las guitarras del mundo. Entonces la bautizó “Magdalena” esa mañana. Este nombre es el de una ciudad cercana a La Plata. Y es un nombre que, si no me falla la memoria, aparece en la Biblia, en el Nuevo Testamento. Esa parte del libro sagrado que narra la vida de Jesús. Nury llamó incluso a un sacerdote e invitó a todos los vecinos, amigos y parientes para que la bautizara oficialmente. Y todo el barrio acudió a su casa. Organizó una picada con muchos sandwiches de miga, saladitos, calentitos, quesos de distintas variedades, salamines y unas pizzas maravillosas que amasó ella misma. Pero resulta que para bautizar se suele usar agua bendita. Pero si el sacerdote la mojaba a su guitarra con agua, la madera se arruinaría y con ella la música de Nury.

Leyendo su libro de haikus sobre la vida simple y cotidiana, sentí que Nury me simplificaba la vida. Ella es una persona que sabe lograr que las cosas difíciles o complicadas se vuelvan claras y transparentes, como ciertas lentes de anteojos que nos permiten ver lo que era muy chiquito o lo que estaba demasiado lejos.

La cosa es que luego del bautismo de Magdalena, una vez que se hubieron ido todos de su casa, ella lavó platos y vasos, puso a lavar manteles, tiró en la basura las servilletas de papel usadas, barrió y fregó pisos y guardó a Magdalena en su funda. Esa funda abrigaba a Magdalena en este otoño tan frío. Con días que amanecen muy tarde y oscurece tan temprano. A mí por eso no me gusta el otoño, el sol como la lamparita de un velador se extingue hasta desaparecer tan pronto como si a sus rayos se los hubiera robado alguien malvado. En fin, tenemos que resignarnos al otoño. Todos hablan de lo lindo que es ver las hojas girando en remolinos por el la vereda con el viento. Pero la verdad es que a mí no me gusta nada. Porque miro los árboles que han perdido su copa frondosa. Y las ramas se quedan solas como brazos desnudos. O se parecen un esqueleto raquítico. No sé. A mí el otoño me provoca mucha melancolía además de que me da mucho frío.

Pero Magdalena, luego de haber sido bautizada, agasajada por los amigos y parientes de Nury, de haber sido guardada en su funda, un día enmudeció. Ustedes se preguntarán de qué modo una guitarra puede enmudecer. Yo también me preguntaba lo mismo. Hasta que cierto día fui, le pedí a Nury que tocara una canción de Paco de Lucía. Y pese a que rasgaba y rasgaba la guitarra, no había caso. La guitarra no sonaba.
-Sonamos-dijo Nury. Es tremendo pero mi guitarra Magdalena ha callado ¿para siempre? ¿Por un rato? ¿Media hora? ¿Durante todo el otoño? ¿Hasta el año 2030?

 Estas preguntas naturalmente que tenían su fundamento. Uno se imagina a una guitarra silenciosa con dolor por no poder cantar. La guitarra de Nury no cantaba más. Se había quedado muda. Sin notas ni ritmos.

Nury consultó con luthiers, varones y mujeres, expertos en instrumentos. Son las personas que los fabrican o crecen (mejor). Son las personas mágicas gracias a las cuales tenemos el privilegio de escuchar a Nury, a Martha Argerich, a Daniel Barenboim y muchísimos artistas. A mí, por ejemplo, me gustan mucho los fados, un género musical de Portugal que suenan como un si fueran un canto desgarrado pero también con una melodía exquisita.

Uno le dijo: “Está empachada”. Otro luthier le dijo: “Para mí que tiene fiebre. Tómele la temperatura”. Otra le dijo: “A esta guitarra le pasa algo. Algo serio”.  En fin, tanta vuelta, tanta vuelta cuestión que Nury quedó mareada. La señora luthier, que era famosa en Ensenada porque había confeccionado los instrumentos más difíciles de tocar hasta los más sencillos (como el triángulo) le pasó el estetoscopio en la curva derecha a Magdalena. La auscultó, calibró la tensión de las cuerdas, probó la resonancia, si estaba o no afinada. Todo estaba perfecto. Pero Magdalena no cantaba. No había caso. Ni hablar de interpretar tangos o zambas, cuecas o valses. Imposible.

Un día, Nury estaba tan desesperada y triste con la guitarra sentada en el escalón de su puerta que daba a la vereda, pensando que si veía gente recuperaría su canto. A lo mejor lo que sentía la guitarra era soledad. Porque no participaba de ninguna orquesta. Hasta que se le acercó un señor de sombrero,  levita, bastón y guantes. Y le dijo:

-Esta guitarra no está embrujada. No tiene empacho. No se siente sola. Le pasa algo más dramático. Extraña al chelo de su vecino Julián. Se ha quedado muda de desamor. Esto no es enfermedad.

Y Nury se dijo que cómo podía ser que se hubieran separado chelo y guitarra, que habían noviado largamente en el zaguán de su casa. Más bien estaban enamorados, tenía entendido. A mí  en cambio me lo contó mi clavecín, muy amigo del chelo en la orquesta.

Nury comprendió por dónde venía la cosa. Y la cosa venía por el lado del amor. “Mal de amores”, dijo el señor de levita, bastón  y guantes. 

Fue así como le tocó el timbre a su vecino Julián, quien la hizo pasar a su casa. Y bueno, Nury de acá, Nury de allá, Julián de aquí, Julián de allá, por fin ella le explicó lo que le habían dicho. Que su guitarra extrañaba al chelo, a su chelo, que tocaba en la orquesta estable del Teatro Argentino de La Plata. Era un chelo traído de Europa. Muy pintón. Muy elegante. De un sonido que conquistaba a las flautas y al arpa, a las trompetas y a las violas, a las castañuelas y hasta a la batuta del director de la orquesta. Todas estaban muertas con el chelo. Él tenía sus amigos pintones. Por ejemplo el timbal, con ese sonido estridente, como una bomba, como un trueno, como el disparo de un arma de fuego. El timbal era su mejor amigo junto con el oboe. Jugaban al poker cuando sus dueños se juntaban a tomar un vinito. Y Julián le preguntó:

-“¿Mal de amores?, Nury”.

-¿Y cómo resolvemos esto, Julián?”, preguntó Nury, de lo más preocupada.

-Bueno, mi chelo, que se llama Pedro, no sé si sabías Nury, puede cantarle a Magdalena.

El chelo aceptó de inmediato porque Magdalena era una guitarra bellísima y seductora. Pero ustedes saben que el amor no se explica demasiado. Más bien es misterioso, secreto y nace de un encuentro en los mejores casos espontáneo, inesperado, imprevisto. Sorprendente.

Fue así como Julián y su chelo Pedro, fueron por la noche a la casa de Nury. Pedro dio un poco de trabajo antes ir. Lo hizo rezongar a Julián. Hasta que por fin Julián lo convenció. Pero no entraron. Le querían dar una serenata a Magdalena (idea de Julián). Nury entonces la sacó de su funda. La puso sobre una silla en el balcón de su casa. Y se dispuso a escuchar con ella la magia que estaba a punto de ocurrir. La función acababa de anunciarse. En efecto, Julián se adelantó y en voz muy alta dijo que iba a tocar el chelo porque sabía que Pedro había cortado relaciones con una flauta traversa con la que había engañado a Magdalena, quien lo había abandonado, indignada. Ella era una guitarra fiel. Se ve que la flauta traversa había conquistado al chelo con su silbido perfecto. Pedro de inmediato sucumbió a los encantos de la flauta. Fue un enamoramiento no a primera vista sino a primera escucha.

Total que luego de haber escuchado a Pedro tocar unas zambas hermosas, compuestas por María Elena Walsh, Magdalena se movió un poquito. Un poquito que fue suficiente para que Nury se diera cuenta de que se había despertado de esa larga pesadilla del dolor porque la habían abandonado. Nury, cuando vio que se movía un poco la rasgó y Magadalena se dejó escuchar con una dulzura sin igual. Abrió la boca grande, bostezó, porque era noche cerrada pero con una luna llena magnífica. Y alumbrados por la luz de la luna y las farolas de la cuadra, en Ensenada esa noche renació el amor. Nury, que es una mujer sabia, le dijo:

-Donde hubo fuego, cenizas quedan.

El violonchelo Pedro le cantó a su amada guitarra que la amaba. Lo hizo con la boca como una redonda acompañada de unas cuantas semifusas, dejando en claro que la extrañaba. Y que extrañaba el amor que se tienen el uno hacia el otro. Que rápidamente quería recomponer su pareja. De modo que Nury, que sabía que Magdalena iba a sentirse muy a gusto esa noche, esa madrugada y ese amanecer le propuso a Julián que la prestara a Pedro por un día. Eso sería suficiente para que su guitarra recobrara su canto (y su alegría, agrego yo). Nury quería que su guitarra no solo retomara el canto. Sino que también fuera feliz. De ese modo estaría más afinada. Y cuando ella eligiera boleros, unas canciones románticas muy famosas, Magdalena, guiada por sus dedos, sonaría de modo genial.

La cuestión es que en lugar de ponerle la funda a Magdalena, la dejó sin funda. Y Julián le dejó al chelo Pedro en su casa con el estuche a mano por si se portaba mal. Nury es una persona, además de muy buena, muy creativa. Sabe de estas cosas. Sabe cómo lograr que la gente se sienta cómoda en su hogar. Julián se despidió y en menos de lo que canta un gallo (parece que este es un cuento de aves y de canciones, sobre el otoño también)

Mientras tanto, en el living de Nury se escuchaban unas serenatas bárbaras que ahora le daba Magdalena a Pedro para reconquistarlo. Cantó, cantó, cantó. Hasta que en idioma musical escuchó  que el chelo le hacía promesas de amor eterno. Y hasta la invitó de gira, porque su dueño Julián salía con su orquesta a recorrer el mundo. La guitarra Magdalena no aceptó. No quería  abandonar a Nury. Pero le dijo que lo esperaría hasta su regreso. Estaba profundamente enamorada de este chelo cautivante. Por la mañana Nury llamó a su vecino Julián, bien temprano, disculpándose por la hora. Y lo invitó a desayunar. Había medialunas con jamón y queso, panqueques con manzana, un esponjoso budín de limón, tarta de frutillas y también una enorme torta de chocolate y crema. Una cereza pintada por Nury con un almíbar especial, reinaba en su trono en medio de la torta.

Cuando terminaron de desayunar Julián le dijo que tenían que irse al Teatro Argentino a ensayar. Pero Nury tuvo una idea que para mí fue una genialidad. Acercó la guitarra al chelo, frotó sus cuerdas contra la de Pedro. Y la música de las esferas celestes se hizo escuchar.

Y le dijo a Julián:

-Esta, por si no lo conocías, es la música del amor. O de dos enamorados. Total que Nury pudo seguir participando de fiestas y fogones con su guitarra Magdalena, porque la promesa de Pedro se iba a cumplir. Le había dado su palabra de que regresaría para escuchar su mágico sonido. Magdalena recuperó la voz, se la escuchó sonar de modo inspirado. Y hasta se animó a confesarle a Nury, ahora que había recuperado su voz, que ella había sufrido tanto, que antes que cantar iba a llorar. Por eso había preferido el silencio.

     Julián tocó con su chelo Pedro por distintas ciudades y países: de Estambul a Seúl, de Barcelona a Mendoza, de Nueva York a Tokio. Y en esta gira tan anhelada por el chelo Pedro, que amaba los viajes, la vida aventurera, los lugares exóticos y las comidas típicas, la guitarra Magdalena siguió en cambio alegrando las plazas, los parques, los colegios y las fiestas de Ensenada adonde Nury la llevara. Magdalena ya tenía la certeza del amor de su vida. Solo faltaba recibir al chelo Pedro con unos acordes infartantes. Se trataba de cantar, cantar, cantar en una paciente espera. Pero no se quedaron quietas. Junto con Nury, se quedó barriendo las hojas de la vereda ni esperando la llegada del ómnibus. Nury siguió yendo a muchas escuelas a cantar su música y recitar sus poemas. Magdalena acompañó como su inseparable amiga. Mientras esperaba cantando afinada y enamorada.

Adrián Ferrero, La Plata, noche del 14 de junio de 2022

Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
Esta entrada fue publicada en Cuento y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s