¿Cómo se escribe literatura infantil? Ni más ni menos

Armando José Sequera

Foto cortesía Letralia

Foto cortesía Letralia

Como se sabe, la literatura para niños y jóvenes es más un producto editorial que una categoría literaria. Por tal motivo, no puede hablarse con absoluta propiedad de una narrativa, una poesía o una dramaturgia infantil o juvenil, sino de narrativa (novela o cuento), poesía y dramaturgia sin más, una parte de las cuales hacen suya los lectores de menor edad, se edite o no para ellos.

Un cuento, un poema o una pieza teatral para niños y/o jóvenes es un texto literario como cualquier otro, ni más ni menos, y, como tal, debe ser elaborado por sus autores. En su confección, se deben emplear las mismas técnicas, tener el mismo cuidado con el lenguaje y asumir el mismo respeto hacia los lectores que al producir una obra dirigida a adultos. Sólo en lo que se refiere al tratamiento de los temas podemos señalar alguna diferencia. Y ello no porque los niños o los jóvenes sean incapaces de entender, sino porque la forma de abordar ciertos temas puede resultar contraproducente para la formación de quienes vienen creciendo.

Ahora bien, es preciso dejar claro que, al apuntar lo anterior, no quiero indicar la existencia de temas tabú, en los textos que se escriben y editan para niños y jóvenes. Y es que tal como el resto de la literatura, cuando se hacen libros para quienes están en etapa de formación personal no hay ni puede haber temas prohibidos.

Durante las décadas del siglo XX en que se predominó el enfoque pedagógico y moralista de la literatura infantojuvenil, se consideró que los libros destinados a niños y jóvenes debían ser asépticos, libres de conflictos y absolutamente fantásticos. Los animales, las plantas, los astros y los niños que protagonizaban tales textos, jamás padecían dolores de muelas, nunca perdían a un ser querido, ni sus padres tenían la menor desavenencia.

Los personajes habitaban un mundo irreal en miniatura, en cuya descripción imperaba el diminutivo. Allí no había casas, sino casitas; no había caballos, sino caballitos; existían las ballenitas, los elefantitos y los dinosauritos, así como los hombrecitos, las mujercitas y los niñitos. Tal situación condujo a una minusvaloración académica de los libros editados para niños y jóvenes y al rechazo a priori, por parte de los demás escritores y los estudiosos del hecho literario, de los autores que hacían libros para públicos infantiles o juveniles.

Tal rechazo se repartía por igual entre quienes mancillaban la escritura con su ignorancia del hecho literario y quienes procuraban hacer un trabajo serio que se editara para pequeños y adolescentes. De hecho, se veía a ambos grupos de autores con asco o lastima, como si quienes hacían literatura infantil transmitieran el virus de la más deshonrosa mediocridad.

Viajando con la lectura: información e imaginación (ilustración de Mary GrandPre)

Viajando con la lectura: información e imaginación. Ilustración de Mary GrandPre

Antes, la literatura para niños y jóvenes no fue mal vista, ni tampoco sus autores. ¿Una prueba? Ofreceré dos.

En primer lugar, debo señalar que cuatro de los más celebrados del Premio Nóbel de Literatura son más recordados por sus libros destinados al público infantil o juvenil que por el resto de su obra. Tales los casos de Rudyard Kipling, Selma Lagerlof, Gabriela Mistral y Juan Ramón Jiménez.

Segunda prueba, ésta más próxima: cuando en 1950, el poeta tachirense Manuel Felipe Rugeles publicó por primera vez su poemario ¡Canta,pirulero!, se pudieron leer en la prensa de la época más de cincuenta notas, firmadas por los más destacados escritores venezolanos y por algunos nacidos fuera y residenciados en Venezuela, debido a exilios políticos, como Alejo Carpentier y Miguel Ángel Asturias.

La totalidad de estas notas celebraba tanto la aparición del libro como el hecho de que un poeta sumamente reconocido destinara parte de su tiempo a escribir para niños.

La literatura infantil y juvenil pasó a ser mal vista por los demás escritores, intelectuales y académicos a mediados de los años Sesenta del pasado siglo XX, cuando gran parte de los autores en nuestro continente y en Europa provino del campo docente. Entonces, se establecieron cánones y fórmulas de elaboración de los libros para niños y jóvenes, provenientes no del campo de la literatura sino del de la pedagogía, lo cual condujo al aislamiento al que antes hemos hecho referencia.

Se llegó incluso al exabrupto de repudiar las técnicas literarias, porque lo que se buscaba era transmitir un mensaje o una lección, no escribir una obra para ser leída y disfrutada.

Tal hecho, adjunto al auge de los medios radioeléctricos de comunicación masiva, condujo a la perdida campal de lectores que aún padecemos escritores y editoriales, especialmente en Latinoamérica. Fue en ese tiempo cuando la televisión inició su conquista del público infantojuvenil ávido de entretenimiento y las pésimas lecturas que se le proponían a dicho público no pudieron contenerla.

En la actualidad, el péndulo está llevando a muchos autores al otro extremo. Los protagonistas de los textos para niños y jóvenes son niños o niñas rebeldes-obviamente incomprendidos- que, pese a sus debilidades o delitos, se redimen y alcanzan el nivel de héroes o heroínas. Eso no está mal, salvo que representa un nuevo ropaje de la moraleja que, como se ha demostrado hasta la saciedad, empobrece a un texto, al proponer una única lectura, un cauce único por el que el lector es conducido hasta determinado final, casi siempre con connotación moral.

Y como todo extremo tiende a aproximarse a su opuesto, no me extrañará leer cualquier día de estos una obra protagonizada por un joven que, para comprar las medicinas que requiere su agonizante madre, se dedique a la venta de estupefacientes. O un libro titulado El pequeño sicario, que cuente las vicisitudes de un adolescente que crece a costa de la muerte y el dolor ajenos. Tal obra destinada al público sería bienvenida, si estuviese bien escrita, pero dudo que resulte apropiada a niños o a jóvenes.

Llegados a este punto, parece asomarse en mi texto una contradicción: ¿no puede haber temas tabú en la literatura para niños y jóvenes, pero hay cosas que resultan inapropiadas para estos últimos? No hay contradicción si señalamos que, aunque no haya temas tabú, si hay tratamiento de algunos temas que no convienen al lector en formación.

Un tema como el consumo de drogas, por ejemplo es difícil-no imposible-,de ser llevado a un libro-álbum, para ser entregado a niños que comienzan a leer. En este caso, no podemos hablar propiamente de la literatura ya que, como es sabido, el libro-álbum, por su condición de obra híbrida-texto e imagen o imagen y texto-, no puede considerarse como parte de la literatura, sino como un producto editorial que se auxilia con la literatura.

De este tema, en cambio, puede hablarse de un libro para niños y /o jóvenes, obviamente, dependiendo de cómo se trate. No cabe, por supuesto, una apología de tal consumo, ni la elevación a la condición de héroe o heroína de quienes manifiestan su rebeldía social del modo más enfermo posible. Tampoco puede hacerse un retrato amable del vendedor o el traficante, pues ambos son conscientes del daño que hace su comercio.

The End of Print?

Llueven letras. Ilustración James Fryer

Tampoco temas como la muerte, el divorcio de los padres, la prostitución y la pornografía infantiles, la forma terrorista de actuar de quienes dicen combatir el terrorismo, el despertar sexual, la primera menstruación, la explotación de un hombre por otro, la contaminación de los ríos, mares, lagos y el aire por la avaricia humana, entre otros-, pueden ni deben evitarse en los libros para niños.

Son cosas que forman parte de la cotidianidad informativa de hoy y nuestros niños oyen hablar de ellos y se hacen preguntas. Preguntas que por lo general, no tienen a quiénes hacérselas y se responden por simple sentido común, el cual no siempre es acertado. Muchas veces, las respuestas vienen de otros niños tan mal informados como los que preguntan.

Un texto- de ficción es pertinente, claro está si no confunde más a los lectores.

Y aquí entre un aspecto que tiene que ver con la ética del escritor y es que, cuando se escribe y se publica un libro destinado a niños y jóvenes, debemos evitar hacer daño a terceros, no sólo si se trata de nuestros lectores en crecimiento, sino también de personas de cualquier edad.

Tal es también una condición de cualquier hecho humano, no sólo literario, y lo indico porque hay quien confunde libertad de expresión con la posibilidad de agredir e irrespetar a los demás.

Ningún tema que forme parte de la vida cotidiana de los seres humanos puede dejar de tratarse en la literatura para niños y jóvenes, por la sencilla razón de que, en nuestros días, se habla abierta o veladamente en la calle, los colegios, las casas y, por supuesto, a través de los medios de comunicación, de todos los temas habidos y por haber.

Un tema como la muerte, que fue tabú para niños y jóvenes hasta hace unos años, hoy forma parte de su cotidianidad, gracias a la televisión, el cine y, sobre todo, los vídeo juegos. No en balde, nuestros niños y adolescentes viven matando a terroristas árabes, orientales o latinos en los vídeo juegos; cortando la cabeza de asiáticos expertos en artes marciales o disparando desde helicópteros, cual rangers estadounidenses, para liquidar a toda una aldea de presuntos guerrilleros u opositores al orden internacional promovido por Washington.

Los niños y jóvenes de hoy están diez o más veces más informados que lo adultos de hace unas décadas y eso hace que escribir para ellos resulte fácil por una parte y difícil por la otra.

Fácil porque, al leer un libro, el niño o el joven no se estará enfrentando a un tema del que ha oído hablar y, lo más seguro, es que no sabe nada. Fácil también porque hay una mayor apertura editorial en nuestros días que hace poco más de una década.

Difícil porque tanto el niño como el joven de nuestros días se ha criado bajo un bombardeo informativo que, cuando no le impide pensar, lo induce a la apatía pues, al no poder discernir qué es importante y qué no, prefiere la inacción y la indiferencia.

La persona sobreinformada no sabe valorar las cosas que se le dan a conocer. ¿Y cómo hacerlo si el divorcio de una diva de la canción o el cine tiene la misma o mayor importancia que una tragedia colectiva ocurrida en cualquier país del mundo?

Bibliotecaria o lectora? Esa es la cuestión! (ilustración de Will Bullas)

Bibliotecaria o lectora? Esa es la cuestión. Ilustración de Will Bullas

Y es allí donde la literatura escrita y editada para ellos puede intervenir, especialmente al tratar tales temas.

Si quien escribe sabe lo que hace, puede lograr que, mediante una historia de ficción, el lector comprenda mejor un problema que leyendo un tratado al respecto.

Por último quiero hacer una breve acotación acerca de un temor que me ha manifestado algunos autores de libros para niños y jóvenes, si sus libros se reciben académicamente como obras literarias y no como textos dirigidos a un público específico.

Sobre esto debo señalar que, igual que cualquier otro texto literario, el que se escribe y publica para niños y jóvenes es susceptible de ser apreciado académicamente, bajo la óptica de cualquiera de las múltiples teorías literarias que abruman e inflaman a las escuelas de Letras.

Esto, por supuesto, deja y dejará mal parada a la mayoría de las obras que, en los últimos 50 ó 60 años se han elaborado para público infantil o juvenil, en todo el mundo, no sólo en Venezuela o América Latina.

Tal decantación -o, más propiamente, tal extinción masiva-, no es ni será exclusiva de la literatura para niños y jóvenes. La factura de malos textos también ocurre y, lamentablemente, seguirá ocurriendo en los otros campos del quehacer literario, especialmente en los de la poesía y el cuento, en los que la superproducción de textos de mala y pésima calidad va camino a producir colapso en los lectores.

Así que si un autor no quiere que sus libros sean humillados hoy por la crítica literaria y mañana por el paso del tiempo, es necesario que se esmeren en hacer buenos textos; que aprendan y apliquen las técnicas de elaboración de cuentos, poemas u obras dramáticas y que, antes que todo, sean honestos consigo mismos con sus lectores. Ni más ni menos.

Armando José Sequera. (Caracas, 1953) Escritor y periodista venezolano, autor de libros, la mayoría de narrativa. Licenciado en Comunicación Social. Ha obtenido quince premios literarios, entre ellos el Casa de las Américas (1979) por Evitarle malos pasos a la gente.1996 Diploma de Honor de IBBY (Internacional Board on Books for Young People, Basilea, Suiza, 1996). Premio de Literatura para niños y jóvenes “Rafael Rivero Oramas” (Caracas 1997). Su libro de cuentos para niños Teresa recibió el Premio de Bienal Latinoamericana “Canta Pirulero” del Ateneo de Valencia.

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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  1. Comparto plenamente lo dicho en este artículo. ¡Excelente!

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