Había una vez: un comienzo para Liliana Bodoc

Adrián Ferrero

Liliana Bodoc. Foto: Ministerio de Cultura Argentina

Se sienta en la silla de madera, se estira cuan larga es y se coloca un almohadón de plumas detrás de la nuca. Recuerda el cuento de Horacio Quiroga y se estremece. Luego estira las piernas y las acomoda sobre un banquito con asiento giratorio. La escena puedo verla como el narrador que soy. Lo lamento. Ustedes tendrán que imaginarla. Porque ver a Liliana Bodoc (más ahora que nunca), es sobrecogedor. Ella misma sería capaz de imaginar esta escena mucho antes de que hubiera tenido lugar. Brilla como el sol cuando lanza un chispazo contra el filo del cuchillo de plata que descansa sobre el mueble de cedro. Ella parece de plata por la luz que la circunda. Pero todos sabemos que es de oro, confirmando el lugar común que atribuye ese metal a un ser virtuoso o de talento superlativo ¿Cómo confundir dos metales tan distintos como si fueran el mismo? Eso solo lo saben los contadores de historias. Yo soy uno de ellos. Pero solo por un rato. Luego cambio el rumbo y quedo dormido en el mar de la poesía. ¿El mar de Mármara? Diera la impresión de murmurar ese mar.

Luego ella extiende un brazo sobre la mesa. Primero la acaricia como si fuera las escamas de un dragón. Luego la palpa y golpea con sus nudillos la rudeza de ese algarrobo. Están con Antonio en el Trapiche desde hace tres o cuatro meses. Ya no lleva la cuenta. Salvo el último chaparrón, que le sirve para contabilizar qué día de la semana es hoy. Están terminando de acondicionar la cabaña para cuando vengan sus hijos. También lugar para los libros, que no son pocos. Se levanta y va al estante de los diccionarios y las epopeyas griegas. La Ilíada estaba a punto de derrumbarse. Un insecto (¿una polilla? ¿una  cucaracha de esas que causan tanto pavor?) vuela por la habitación, haciendo circular su pequeña sombra contra las paredes, girando como un trompo que ha perdido el rumbo. El insecto por fin se posa sobre la mesada. Ella se inquieta porque justo ahí dejó el pan que sobró de esta mañana. Si ese monstruoso insecto (¿Gregorio Samsa?) se convirtiera en uno de los dragones que componen por un instante la historia que ha estado escribiendo ¿qué ocurriría?

Se sacude de encima el miedo y los reparos. ¿Vieron como se sacude cualquier mascota cuando se ha mojado lanzan dos gotas en todas direcciones? Parece un temblor. Toma un matamoscas y termina con la vida de ese bicho horrible, mezcla de moscardón con cascarudo. En esa casa, en la que todo tiende a ser limpio y transparente, esos insectos no tienen cabida. Provienen del  mundo, del universo incluso, propio de las alimañas. Donde hay pantanos y serpientes de cascabel.

Soñadoramente piensa en su familia. En sus dos embarazos. En las lunas que contaba antaño. Luego recuerda las tardes y las noches enteras en que, habiendo dejado de escribir, se ha consagrado a tejer. “Tejer, tejer, todos sabemos que es un oficio de mujeres, que se transmite de generación en generación”, se dice con poesía.  A veces son las abuelas las responsables de impartir cómo unir la luna con las aguas, el cielo con la tierra en un tejido. En otros casos, si ellas no están en el mundo, las suplantan las madres.

A ella sí le enseñó su madre el modo de ir entrelazando las hebras. Las hebras de lana, junto con las hebras que dan a luz un mundo que antes no existía y ahora es toda suavidad mullida.

Pero ella no le ha enseñado a su hija cómo se teje. Sino cómo se narran las historias, que es su territorio mágico. Ya desde que el vientre estaba abultado, ella le leía los cuentos de Charles Perrault. Como feto en gestación, aún así ella escuchaba. Y no olvidó. A la tnue voz de su madre como una llovizna, la guardó en su herbario. Como las flores secas de Emily Dickinson. Claro que ella escribía poemas. Y cartas. Y claro que las historias también se enhebran como una aguja. Y claro que las historias se tejen y destejen. Las teje y desteje el viento que pasa por entre los dedos de sus manos. Recuerda los primeros cuentos que escribió. Es de temperamento, consciencia tan honesta, que no sería ni siquiera capaz de tejer una sola historia sin antes tejerla con amor. El amor. Es un  tema demasiado grande para una historia. Es la emoción más grande de todas. Puro sol, sístole y diástole. Y sin embargo en una novela tal vez algunas gotas de amor podrían mojar su argumento. Las gotas del deseo y las gotas del amor. Para pensar en abuelos, padres, parejas, hijos, nietos. Ella ha urdido en su telar invisible de historias, acariciando cada adjetivo, sopesando la dignidad de los sustantivos y la velocidad de cada verbo. Los verbos se mueven con mucha agilidad. Pueden ser lentos como la miel. Pero su movimiento es leve, grácil, etéreo. También recuenta la humedad o el calor de los adverbios. Hasta llegar a la esquiva trama de su saga. Allí es cuando de modo arborescente su historia se mezcla para siempre con las historias. Porque un escritor es el  protagonista de muchas historias a la vez. Su propia historia que es como decir su propia vida. ¿Un escritor entra en una historia? Me inclino a creer que no. En todo caso en más de una. Y luego hay toda una serie de otras historias: las del resto de los seres humanos que esa noche están dándole de comer a un gato mestizo que cuida su casa de los ratones. A uno de ellos le han meado la casa y comido una resma de papel. Está consternado.

     La gente del sur está a esta altura ya durmiendo. Las que guisan con sus últimas provisiones un caldo que no tiene casi sabor a nada salvo una lata de arvejas. Ella conoce a las personas que no tienen su caldo. Su caldo sobre la mesa como un regalo. Trabajan, juntan cartones, se ocupan de limpiar la casa de los ricos, toleran los desplantes de las grandes damas patricias, escuchan el invierno antes de que llegue, perciben el perfume que sale de una panadería por al lado de la que pasan. “Una panadería, una panadería…Es el hogar de un niño”, se dice. “O del de los abuelos de la Humanidad que compran un pan flauta o un pan felipe”.

Se vuelve a acomodar sobre la silla. Está dura y sabe que su cuerpo estará incómodo. Comenzará a sentir dolor en las posaderas cuando luego de una o dos horas de leer, la silla tan dura, la mesa tan dura le duelan en los huesos. Como sucede en los días de mucha humedad, que hieren las articulaciones y nuestro esqueleto. Pero El Trapiche es de clima seco. En la carne apretada contra esa incomodidad, sin embargo, leerá las sagas islandesas. Islandia, ese libro mágico y erudito de María Negroni. No es ni su contrincante ni su enemiga. Son dos mujeres con la misma encendida vocación pero distintas inquietudes.

Se levanta. Busca en el cuartito del fondo. El cuartito de las herramientas de la cabaña una manta para abrigarse. No olvidemos que estamos en invierno. Un invierno que en esa zona del planeta les diría que prácticamente es cruel. Sí. El tiempo es un tiempo dañino que no deja plantar ni regar las flores. A ella le gustan las peonías. Pero también las flores de sombra. Las flores que crecen lejos de los rayos del sol. Lejos del fuego. Bajo las hojas de un filodendro. Cerca del venado. O por donde los venados circulan, en libertad, distantes de las ciudades.

Su marido le ha dicho que se recueste. Que fuera a la cama.

-Es que se me acaba de ocurrir una historia. Una historia de un cuento para chicos- se explica.

Y el marido sabe que cuando ella habla de cuentos para niños los ojos se la agrandan con el asombro de la curiosidad. Y que no tiene caso discutir. De modo que gira el cuerpo y se duerme. El cuento se llamará “Rojo”. Así como otro se llamará “blanco”. Y otro “Amarillo”. Hasta llegar al negro. Es que hay tantas cosas negras. Oscuras como la noche. La muerte es una mujer toda vestida de negro.

Estos serán cuentos protagonizados por lugares, personas, plantas, animales y cosas de un color distinto cada uno hasta componer una urdimbre propias de un cuadro de Joan Miró. Cada cuento será todo blanco, todo nieve, todo niebla, todo iglú, todo algodón, toda leche, toda azúcar refinada. De modo que asociativamente a la historia primera le surgirán los otros cuentos/canción. Porque un cuento puede ser una canción. Las historias se acomodan junto a otras historias. Piensa en por qué color comenzará. Y se dice: “Antes de una historia, debo tener un nombre, como los niños”. Como ha tenido la revelación de cómo será este libro de un solo estremecimiento, entonces tan solo cuenta los colores de los que estará compuesto su libro. Los elige cuidadosamente. Pero los calla incluso para sí misma. Silencio. El nombre de una persona podría ser “Silencio”. O “Silencio” podría ser el nombre de este noche, en que todo descansa, salvo el fuego, afanoso. Es un tiempo de paz. Todo tiene que ser un agradable secreto. Se pone de pie. Se sienta a la computadora. La enciende con sigilo, para que las historias sean más tibias. Sabe que esa noche no dormirá. Abre un documento en blanco. Duda sobre con qué palabras comenzar ese libro. Y se le ocurre que primero debe pensar en un título. Hay uno que le gusta pero no la convence para este caso en particular. Hay buenos títulos. Sus títulos suelen ser elogiados por los grandes lectores. Pero ninguno la termina de convencer para su libro. Uno que ella ya tiene pensado y huele de otro modo. Huelen como el aserrín recién lijado. O suena de otro modo. Es veloz como los ánsares, esas aves de Japón. Lo descarta. Hasta que de pronto, rauda como una liebre, con esa misma velocidad sencilla escribe:

Sucedió en colores

Y las primeras palabras comienzan a discurrir.

La Plata, madrugada del 9 de septiembre de 2022

Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
Esta entrada fue publicada en Cuento, Escritura, Lectura, Libro, Literatura, Literatura infantil, Literatura Juvenil y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s