La literatura infantil: sus espacios de presencia

Leemos, soñamos. Ilustración de Mao Hamaguchi

 Adrián Ferrero

Me he referido en otro artículo a la literatura infantil de un modo en que habitualmente ha sido  (y parcialmente lo sigue siendo) subestimada por los estudios académicos y su escasa visibilidad en ciertos ámbitos vinculados a la  cultura literaria canónica. El modo en que ha sido invisibilizada, su articulación con otros discursos literarios coronados por el sistema literario y cómo ha sido desacreditada, de un modo sutilmente solapado. Hice en esa oportunidad una doble salvedad. Por un lado que me refería a la literatura infantil contemporánea y a la de la Argentina concretamente, que es la que más conozco. No obstante, es posible trazar, por propiedad transitiva, algunos puntos de contacto con literaturas infantiles del así llamado Tercer Mundo y a la literatura infantil perteneciente a otras épocas, con matizaciones y reparos, por supuesto.

Quisiera referirme en cambio esta vez, aspecto que suele ser menos abordado, a los espacios de presencia efectiva, concreta y eficaz de dicha literatura, así como lo  que ello conlleva y ha conllevado en tanto que devenir de una serie de procesos y prácticas sociales que no fueron azarosos. Asimismo, a las  repercusiones que tienen en la sociedad en su conjunto. Vamos por partes entonces.

La indiferencia histórica hacia la literatura infantil pareciera manifestarse en tiempos más cercanos no precisamente en el mercado (por ejemplo en sectores de librerías, colecciones o incluso empredimientos de editoriales especializadas), así como en ciertas Ferias del libro infantil y juvenil, que de hecho han  sido objeto de un florecimiento notorio. Por el contrario, dicha indiferencia sí puede apreciarse en los medios masivos, los sectores sociales adultos que no están rodeados de niños y niñas y, por supuesto, en los mencionados resabios de decenios de desinterés además de remezones de desatención hacia este tipo de literatura en los estudios literarios, al menos en los argentinos, si bien una revisión de estas prácticas está teniendo lugar más o menos recientemente.

Ahora bien: el sistema capitalista ha tenido mucho que ver en esto. Si es el mercado el que brinda un espacio material y simbólico a la literatura infantil se trata también de una relación en la que comienzan a intervenir variables de carácter económico y ya no valores exclusivamente estéticos. Esto por un lado.

Me sigo formulando preguntas inevitables en orden a procurar inteligir el por qué de la marginación selectiva. De modo que surgen varios interrogantes en relación con los espacios en los cuales la literatura infantil tiene o no cabida ¿Por qué en algunos y no en otros? ¿Por qué las instituciones educativas, salvo las que acogen a los menores les otorgan relevancia y no los estudios superiores? ¿Por qué hay secciones en ciertas bibliotecas públicas y no en otras, por lo general destinadas a universitarios, eso no ocurre? Son preguntas, como mínimo, interesantes, me parece, en torno de las cuales reflexionar.

 En principio, diría que el hecho de que la literatura infantil circula como mercancía está claramente vinculado también a una demanda. A la supuesta educación que de esos libros se espera por parte de autores y autoras que eventualmente aportarían a niños y niñas de edades en las que los bienes simbólicos de naturaleza formativa son primordiales para el sujeto infantil. Desde los mismos jardines de infantes, escuelas primarias y algunos institutos de idiomas incluso u otras instituciones donde se imparten saberes, se promueve la lectura, el teatro, la escritura de ficciones por parte de los niños y niñas.

Esta articulación entre institución escolar de la primera edad no corre pareja, como ya tantas veces ha sido comprobado, con investigaciones. De modo que prácticas pedagógicas de la primera edad y estudios sobre poéticas infantiles me parece que no están lo suficientemente desarrollados, al menos en Argentina. Aquí ya es posible detectar un primer contraste bastante sintomático: a cada nivel o ciclo educativo corresponderá un espacio distinto de la literatura infantil en su seno. Recientes maestrías y seminarios, jornadas y mesas redondas, centros de investigación y proyectos también de investigación, programas de promoción de la lectura y de provisión a bibliotecas, lo sabemos, están revalorizando este tipo de literatura, en especial desde instituciones del Estado (lo que también constituye otro dato sintomático). No obstante, lo más probable es que un adulto lector (y dicho esto sin prejuicios sino con una comprobación empírica y una observación cotidianas, además de con sólo echar una hojeada a la lista de best sellers en un diario o revista) leen novelas, sobre todo, o libros de cuentos de narradoras y narradores de cualquier nacionalidad. Muchos policiales, novelas históricas y románticas. Literatura de autoras. Muy difícilmente se aboquen esos grupos a la lectura de dramaturgia, narrativa o poesía infantil, que a esta altura resulta indiscutible que abundan y disponen de un corpus por demás prolífico además de lo suficientemente atractivo. Muy por el contrario, estoy en condiciones de afirmar que en Argentina hay una serie de creadores de un inmenso talento que se han consagrado de modo profesional y exclusivo a la escritura de literatura infantil, en sus distintos géneros (dramaturgia, poesía y narrativa) habiendo consolidado ya lo que podríamos denominar una tradición.

Un árbol, un refugio para leer. Iilustración de
Naoko Stoop.

En el mercado las cosas están más claras. En primer lugar lo que hay es un público de consumidores: padres preocupados por cultivar a sus hijos, formar jóvenes lectores y lectoras y, también, fomentar el placer estético. Al menos en algunos de ellos. Y lo que los padres no aportan (o no están en condiciones de aportar, como sucede en muchas ocasiones y por múltiples motivos) lo suple la escuela pública, en el supuesto caso de que esos padres puedan enviar a sus hijos e hijas a esa escuela. Porque, tal como lo adelanté en el primer párrafo de la presente nota, la realidad de los países de Tercer Mundo y, en particular, de las provincias del así llamado “interior” de  nuestro país, es radicalmente distinta de la de  Buenos Aires u otras ciudades capitalinas más florecientes. Los niños y niñas a poco tiempo de crecer se vuelven mano de obra. Este es un dato que no conviene perder de vista.  

Lo cierto es que, nos guste o no (dado que todo este fenómeno suele tener que ver con grandes monopolios), hay un componente positivo y es que, como dije, se lanzan colecciones o bien directamente editoriales que se consagran a publicar literatura infantil y que alientan la producción de textos, así como la edición de autores y autoras tanto celebrados como inéditos. Se lanzan concursos literarios en muchas ocasiones por parte de las mismas editoriales y eso colabora para dar a conocer nuevas voces. El mercado entonces alimenta (en su doble acepción de nutrir simbólicamente y de brindar sustento económico) a productores culturales que antes no tenían cabida y, quizás, tampoco fomento para escribir sus ficciones infantiles.

Los concursos son, como dije, una opción, si bien en este rubro no se trata de los más abundantes, hasta donde tengo noticia. Nuevamente aquí se ve otro rasgo de discriminación. Predominan los concursos de literatura “para adultos”. Pero sí existen premios y distinciones, lo que confiere a escritores y escritoras y reconocimiento a su trabajo y, luego, a su trayectoria. Ha habido distinciones notables en nuestro país, por ejemplo a la escritora María Teresa Andruetto con el Premio “Hans Christian Andersen”, el más importante galardón del mundo en lo relativo a literatura infantil.

Hay también toda una línea de escritores y escritoras para adultos sumamente prestigiosos que, además, tienen una línea de trabajo que resulta un aporte sustantivo a la literatura infantil: la escriben. Esto, me parece, constituye una información fundamental y viene a reforzar la posibilidad de que esta literatura gane en aprobación y en atención por parte de un público ante el cual esta literatura pasaría de otro modo por completo desapercibida sencillamente porque se la toma más en serio. Porque, naturalmente, que un narrador, poeta, dramaturgo o guionista calificado también escriba obras infantiles (como es el caso paradigmático de la dramaturga y narradora argentina Patricia Suárez, por ejemplo) le brinda un crédito mayor a la producción infantil, proviniendo esta vez de plumas que han competido en la arena de las contiendas mayores. Gracias a estos autores y autoras el status de la literatura infantil se carga de capital simbólico, eleva su status y se jerarquiza (si está bien hecha, por supuesto). De modo que hay casos importantes tanto de escritores y escritoras de best sellers (como Isabel Allende) hasta los autores y autoras más exquisitos que han explorado y siguen haciéndolo esta clase de literatura, lo que por supuesto, como dije,  la beneficia, como Marina Colasanti. Ver un nombre de un escritor o escritora “para adultos” con notoriedad encabezando un título infantil ya es garantía por lo pronto de curiosidad y concita intriga. Un caso ejemplar en EE.UU. lo constituye la escritora Ursula K. Le Guin, quien fuera célebre por sus libros de ciencia ficción y fantasía “para adultos”. Y, para volver a nuestro país, por ejemplo las ya mencionadas Patricia Suárez y María Teresa Andruetto, Griselda Gambaro y Liliana Bodoc, entre muchos otros, escribieron literatura infantil y literatura para adultos con pareja calidad. Los ejemplos se multiplican tanto en nuestro país como en el resto del mundo. En España las sobresalientes narradoras Carmen Martín Gaite y Ana María Matute, han sido autoras destacadas en la difusión de esta literatura. Quizás estos mismos autores y autoras, por lo general desprejuiciados y con talante exploratorio (seguramente en muchos casos con los ojos atentos y preocupados por la niñez), fueron los primeros en dejar de hacer distingos entre una y otra clase de rótulos y comprendieron con una apertura sin lugar a dudas imprescindible la importancia de la llegada a un público necesitado de propuestas ficcionales de excelencia sin la necesidad trazar límites atravesados por edades. Y hasta es posible que experimentaran esa escritura como un desafío, como un reto, como una forma nada desdeñable de indagación en sus propias capacidades expresivas forzando los límites de una literatura que naturalmente los había conducido a cristalizarse exclusivamente en un público adulto con ciertas exigencias y demandas de las que ahora podían tomarse algunas licencias sin sacrificar la calidad.

Lo cierto es que, para bien de la literatura infantil, ha habido y sigue habiendo lugares y espacios simbólicos (afortunadamente pujantes) en los cuales poder abrigarse de tantos de tantos años de intemperie. Lo más importante, me parece es el primer impulso: la espontánea iniciativa de crear por parte de autores y autoras. Para ello hacen falta por supuesto en primer lugar talento, capacidad, ciertas condiciones de bienestar elementales y una formación que me parece importante se tenga y se logra a través de lecturas sistemáticas (no sólo infantiles) y ¿por qué no? de estudio. Una lectura crítica de los clásicos tanto argentinos como universales permite que un creador esté en condiciones de  posicionarse respecto de su poética de un modo radicalmente diferente de otro que o no la ha leído o la ha leído sin reflexionar sobre ella de modo profundo. Han irrumpido en la vida cultural talleres de escritura especializados en literatura infantil coordinados por autores de literatura infantil, lo que colabora para comenzar a tejer las primeras tramas y tejidos.

También es imprescindible el estímulo que lo dan la inserción editorial concreta de esas ficciones que, para tener lectores, requieren naturalmente de la edición. Luego, claro está, el hecho de que esas casas editoriales apuesten y respalden a autores y autoras consagrados tanto como a noveles a través de campañas de promoción y publicidad de sus libros. Ese es un proceso lento y progresivo y puede demandar muchos años y muchos libros publicados. Pero estimo que mucho se ha avanzado y ese lugar completamente marginal de la literatura infantil, y revisado desde múltiples contextos ya ayuda a que se la reconsidere en todo su esplendor. Tanto en sus procesos de producción como en los de lectura.

Desde el Estado hay planes de promoción de la lectura orientados hacia el  público infantil en ocasiones articulados con bibliotecas y, por supuesto, escuelas. Estos proyectos no hacen sino trazar una urdimbre que articula instancias gubernamentales y acceso a capital simbólico.

Por otro lado, sin  lugar a dudas, ya se está consolidando una tradición en los estudios literarios sobre la literatura infantil (me concentro en el caso argentino nuevamente) que se traduce en la publicación de bibliografía y también, lo que me parece sumamente importante, en la publicación de libros de los mismos escritores acerca de lo que significa escribir literatura infantil para cada uno de ellos. Es decir: el relato de una experiencia. La descripción de testimonios concretos y, también, la posibilidad de acceder a vivencias asociadas a la lectura y la escritura en las cuales refieren el modo en que han ejercido su oficio a lo largo de los años, las dificultades que les tocaron afrontar y la peculiaridad del oficio. Libros de las escritoras Laura Devetach, Graciela Montes y la mencionada María Teresa Andruetto son algunos casos concretos en Argentina, a veces ligados a los DDHH. Se trata de un material invalorable porque es material de transferencia y divulgación de conocimientos sobre la producción de textos infantiles en su singularidad y su historia, sobre casos particulares que comienzan a conformar un territorio de palabras que va circunscribiendo un campo. Es, de un modo u otro, una forma de impartir docencia desde el ángulo de quienes profesan el arte de escribir ese género de escritura. Lo que supone también un género de vida, así como determinados modos y claves de lectura, además de delimitar un corpus de las mismas.

Para concluir: el panorama que se abre es auspicioso y, en especial se percibe precisamente eso, apertura. La  literatura infantil, gracias a quienes la hacen bien, la editan bien, la difunden bien y la interpretan bien está lentamente refinándose y dándose a  conocer (también en el extranjero), además de ampliando sus temas, sus formas y sus abordajes.

Lectores curiosos y familiares se vuelven más exigentes, así como mediadores culturales, bibliotecarios, especialistas, expertos. Ello actúa también como una forma de rigor en la producción literaria y de garantía en orden a la excelencia de lo que circulará. Ya existen a esta altura del siglo XXI, referentes a cuyos corpus acudir, tanto de autores fallecidos como en actividad. Y el diálogo también con literaturas extranjeras no deja de ser promisorio, en particular de América Latina. La literatura infantil está viva. Su pulso late, como una promesa. Pero también, a esta altura, como una realización.

Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
Esta entrada fue publicada en Ensayo, Escritura, Lectura, Libro, Literatura infantil y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a La literatura infantil: sus espacios de presencia

  1. Excelente reflexión sobre la LIJ.

    Me gusta

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s