Cómo ordenar el universo

 Juan Villoro

Fotografía: Omar Torres /AFP

De acuerdo con Borges, ordenar una biblioteca es ya una forma de ejercer la crítica. Ese acomodo implica una lógica que rebasa el criterio alfabético y puede provocar arreglos tan peculiares que se confunden con el desorden. En mi novela El libro salvaje, imaginé un biblioteca donde los volúmenes no respondían a una organización racional sino al agitado inconsciente de su dueño. Cada sección de esa biblioteca delata un capricho: “Cohetes que no regresaron”, “Futbol de ataque”, “Motores que no hacen ruido”, “Espadas, cuchillos y lanzas”, “El pescador y su anzuelo”, “Exploradores que nunca se fueron”.

Mientras más extensa es una congregación de libros, más se parece a una cosmogonía. En el caso de las colecciones privadas, el orden se somete a todo tipo de supersticiones. La explicación de ese universo deja de ser histórica y se vuelve íntimamente legendaria. Los variables caprichos del abuelo explican los contradictorios tomos que dejó en sus repisas.

En noviembre de 2012, el periódico chileno El Mercurio me invitó a un almuerzo con Alberto Manguel, quien vive en compañía de cuarenta mil volúmenes. Con el café llegó la pregunta imprescindible: ¿cómo se ordenan tantos libros? El autor de Una historia de la lectura explicó que dividía los títulos tomando en cuenta el idioma original en que habían sido escritos. Sin embargo, esta organización por lenguas admitía excepciones. La Biblia, el Corán, y las obras relacionadas con ellos, eran islas aparte; lo mismo podía decirse del Quijote y los cervantistas, cuyo número conforma una literatura. Nos quedó claro que estábamos ante una Biblioteca de bibliotecas, donde el criterio de clasificación sólo podía ser regional.

Los acervos personales retratan una mente. Por ejemplo, Umberto Eco tiene una colección de incunables “muy orientada” en la que sólo admite libros herméticos, mágicos y de falsa sabiduría: “Tengo a Ptolomeo, que se equivocaba sobre el movimiento de la Tierra, pero no tengo a Galileo, que tenía razón”, comenta en su libro de diálogos con Jean-Claude Carrière.

La biblioteca de la Ciudadela permite tantas lecturas que también es conocida como Biblioteca México, Biblioteca José Vasconcelos o Ciudad de los Libros. Sus acervos más recientes incluyen excepcionales bibliotecas privadas. La riqueza del sitio es única: no sólo preserva volúmenes, sino el sentido crítico con que fueron adquiridos. Se trata de una doble preservación del patrimonio, ahí están las obras, pero también los modos de leerlas. Las intangibles preferencias de José Luis Martínez, Antonio Castro Leal, Jaime García Terrés, Carlos Monsiváis y Alí Chumacero cobran cuerpo en esos reveladores estantes.

En agosto de 2013 tuve la suerte de que un monólogo mío, Conferencia sobre la lluvia, inaugurara el teatro Antonieta Rivas Mercado de la Biblioteca México. El protagonista es un bibliotecario, oficio que se encuentra en entredicho en tiempos de la cultura digital. Durante siglos, el bibliotecario ha sido el intercesor decisivo, y muchas veces ignorado, entre los libros y los lectores. Me propuse contar la vida íntima de quien cree que los libros valen la pena porque pasan de unas manos a otras. Con frecuencia, ese oficio se asocia con la soledad y la timidez de quien dialoga más con catálogos que con personas. Pero hay algo definitivamente gregario en esta tarea. Quien clasifica una biblioteca presupone que los lectores llegarán ahí y se unirán en una trama colectiva. No necesita hablar con ellos para saber que forman parte de una urdimbre compartida.

En un mundo de supremacía digital los motores de búsqueda serían más importantes que los bibliotecarios. ¿De la colmena compartida pasaremos a la suma de individualidades, en la que cada quien se ocupará por sí mismo de saciar su curiosidad con descargas en una tableta encendida? Mientras existan libros en papel, los volúmenes pasarán de mano en mano. Nos encontramos en un momento limítrofe que dio lugar a mi monólogo. Conferencia sobre la lluvia descifra las emociones de un custodio de las aventuras del papel, alguien dispuesto a amar a personas reales, siempre y cuando eso tenga que ver con los libros.

A principios de los años noventa, trabajé en la revista Biblioteca de México, dirigida por Jaime García Terrés. Nuestro objetivo era dar a conocer textos dispersos, raros, perdidos, de escritores asentados en la tradición. En otras palabras, entendíamos la revista como una biblioteca de manuscritos.

Hoy, los libros del inolvidable García Terrés forman parte de los acervos consultables. Al ver esa reconstrucción de la vida interior de un lector ejemplar, pensé en otra clase de libros: los rechazados. ¿Cómo sería la biblioteca que al modo de un hospicio recogiera volúmenes expósitos?

En ningún otro sitio se abandonan tantos libros como en un hotel. El viajero que asiste a un congreso suele recibir más libros de los que puede o quiere llevar a casa. No siempre es fácil desprenderse de ellos ni arrancarles la dedicatoria que alguien rubricó con esperanza de ser leído. Pero hacen bulto, pesan mucho y recuerdan que el tiempo es limitado. A veces, los organizadores de la feria o el congreso en turno tienen la cruel gentileza de enviar al cuarto una enciclopedia o una historia de la región en cinco tomos.

La vergüenza de desprenderse de los libros lleva a algunos huéspedes a escribir un mensaje para la recamarera, recomendándole la lectura de los valiosos tomos que por desgracia no cupieron en la maleta.

Lo más probable es que esos huérfanos sean tirados a la basura. Sería bueno diseñar un programa de rescate para crear una biblioteca de obras rechazadas que podría catalogarse por distintos niveles de repudio: “Libros que causan alarma”, “Libros de portada horrenda”, “Libros que necesitan autoayuda”, “Libros que da vergüenza tener”, “Libros de amigos íntimos que no conocemos”, “Libros de pésimo título”, “Libros de enemigos”, “Libros que prometen tedio”, “Libros negados por prejuicio”, “Libros que no dan prestigio”, “Libros más extensos que nuestra curiosidad”, “Libros que creemos no entender”. Estos motivos de rechazo estimularían la curiosidad de otros lectores. La condena atrae.

La Biblioteca Negativa promovería la lectura por las mismas causas que llevan a negarla. Su catalogación sería no sólo subjetiva sino hermética. Es posible que en ciertas habitaciones se abandonen más libros que en otras. La ignorada disciplina de recuperarlos podría llevar a interesantes estadísticas (el ser humano ama las cantidades que no comprende). ¿Qué sucedería si descubriéramos que en ningún otro cuarto se dejan tantos libros como en el 304 de cualquier hotel? ¿Una coincidencia? ¿El cumplimiento de un insondable maleficio? En caso de que el “Cuarto del Abandono” fuera científicamente localizado, la Biblioteca Negativa podría incluir una sección con su número (“Libros del 304”), susceptible de fomentar investigaciones esotéricas y numerológicas.

No sólo lo que se ha leído con provecho merece ser preservado. La Biblioteca Negativa podría ser un archivo de lo posible, una variante de la cultura en la que no hay eruditos, pues lo interesante de esos libros es que no han sido consultados. En este caso, la tarea del bibliotecario se acercaría a la del psicólogo. Lo interesante de ese espacio serían los motivos que llevaron a repudiar volúmenes.

Los libros negados, que nadie aprecia sueltos, adquirirían importancia al ordenarse en una vasta cultura del rechazo. Poco a poco, serían apreciados por lectores estimulados por el morbo, que se encontraran en la situación feliz de quien no tiene que hacer una maleta.

“Somos los libros que nos han hecho mejores”, escribió Borges. Esta frase tiene muchos modos de ser cierta. Un libro nos puede afectar por lo que contiene, por la razón que lo llevó a una biblioteca, por la persona que nos lo entrega. Detrás de todas estas causas, hay un bibliotecario.

Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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