Escuche leer

Jesús Pérez Soto

Niña leyendo. Vladimir Gusev

Escuche y si le parece lo que digo agarre, que de esa manera también se llega lejos con prudencia: escuchando. Que una persona reconozca sus carencias lectoras es una de las claves, la más importante diría yo, para que luego domine y disfrute el placer de leer. Para ello que lea en voz alta; que se escuche, que sienta la respiración, que redescubra el proceso, que opine sobre su práctica, que se evalúe y reflexione sobre cómo lo hace.
Más que alguien que empieza a enseñar, las personas necesitan a alguien que les muestra cómo se lee. Si quien lo hace entona con maestría, enamora con su dicción, haciendo gustosa la lectura, modulando la voz cuando se amerite, imitando los sonidos si se requiere; tengamos por seguro que poco a poco esa persona se irá acostumbrando a escuchar, y en el mejor de los momentos, le llegará el interés por leer, sin ser mandado.

La preparación de los futuros lectores como buenos oyentes se basa en seleccionar los textos, que deben ser divertidos, gustosos a sus oídos, que satisfagan sus inquietudes, que se acerquen a las riquezas de su entorno particular, que generen curiosidad y despierten su imaginación.

La persona debe sentir placer al escuchar, de lo contrario no prestará atención; lo dijo Simón Rodríguez: “Lo que no se hace sentir no se entiende y lo que no se entiende no interesa”, por ello se requiere de un docente minucioso, que persuada cuando lea, que emocione, que incite a la pregunta sobre el texto, que enseñe el uso de los libros y su contenido porque en definitiva, solo se le ama si se le conoce.

Es importante enseñar a escuchar leer para que se desarrolle el oído interno, la imaginación empiece a asombrar; cuando una persona escucha y vive lo que se le cuenta, su universo intelectual y creativo se ensancha; su riqueza mental se abona y si sigue escuchando germinan en ella las capacidades conceptuales y lo más importante, el placer por la lectura se le vuelve semilla que se dirige al libro, y querrá meterse en ellos para constatar que lo que escuchó es tan cierto que debe leerlo para seguir viviéndolo.

Lo experimenté el año en que estaba haciendo mis pasantías en una escuela pública para licenciarme en Educación Integral. Me aprendí la Fábula de la ratoncita presumida, de Aquiles Nazoa, lo conté antes de iniciar formalmente la clase, me lo pidieron y lo volví a contar antes de irnos a casa; al parecer a aquellos niños nunca les habían contado un cuento, así, con técnicas de persuasión: imitando los sonidos, gesticulando expresiones, pausando para atraer la atención hacia un punto, acariciándolos con la mirada, iniciando y culminando de manera sorprendente.

Dos veces conté la fábula y estoy seguro de que me escucharon con atención porque al siguiente día, uno de los niños llevó un libro donde estaba el cuento; le había contado a su mamá cómo lo hice y le pidió que se lo buscara para leerlo y también para mostrarlo en clase. Nomás entró al salón lo mostró y recuerdo que varios de sus compañeros querían leerlo y para aprovechar el momento fuimos y le sacamos copia para que todos lo tuvieran y para que todos lo leyeran.
Desde entonces he repetido la estrategia muchas veces: narro el cuento y luego les doy copia a los chicos para que lo lean, y funciona, pero hay que saber darle vida al texto que se está contando.

Otra experiencia me pasó cuando escuché a la cuentacuentos Ángela Marín narrar la historia de Juan Jaragán y el diablo, un cuento recopilado por Samuel Feijóo, en el libro, Mitología cubana; me atrapó la forma de narrarlo, tanto que minutos después estaba rememorándolo y cuando llegué a casa me lo sabía, cuando volvía a ver a Ángela le pedí que me prestará el libro y finalmente terminé comprando mi propio ejemplar en una feria.

Si no hay buenos oyentes, no puede haber lectores, porque incluso quien lee en soledad es buen oyente, pero solo escuchándonos podemos evaluar y corregir la mecánica del proceso lector: la propia y la de quienes estemos ayudando.

La experiencia de escuchar leer en voz alta es crucial para entender ese mundo que tiene que ver con que hay letras en una hoja, que forman palabras y que originan lengua. Las lecturas bien practicadas provocan sensaciones más intensas y se retienen durante más tiempo. Al buen lector, por su parte, lo nutre la atención del oyente y ver cómo ellos van desarrollando el gusto por lo dramático, el sentido del humor, el interés por la lectura y escucharlos hacer el proceso, superando poco a poco las dificultades mecánicas de la lectura.

¿Quiere usted que sus hijos, sus alumnos o alguien en especial se convierta en un apasionado lector? Enséñelos a escuchar cuentos o poemas, y si usted no sabe escuchar, llegó el momento de aprender. Para ello puede realizar el siguiente ejercicio:

Cierre los ojos y escuché una historia, mejor, si es la que a usted más le gusta. Puede buscarla en YouTube o pedirle a alguien que sepa leer que se la lea. Con los ojos cerrados imagine a los personajes, las acciones, el conflicto; recree la historia y si siente que no está bien contada, dígase que usted lo haría mejor, que usted le daría más vida; ahora apréndasela y cuéntela mientras se graba, si no le gusta como quedó, elimínela y vuelva a grabarse hasta que esté contento con usted mismo.

Cuando tenga internalizada la atmósfera del cuento, cuando conozca física y sicológicamente a cada personaje, cuando entienda el porqué del conflicto, las relaciones entre las acciones, considérese satisfecho y ensaye nuevamente, pero para leerla o contarla a un público.

Ese será nuestro primer reto: aprender a escuchar historias. A escuchar conscientemente. Es hora de utilizar los oídos de manera proactiva; si tienes un hijo, escucha con él tus historias favoritas. Escuchar, escuchar para después aprender a leer y a enseñar a escuchar.

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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2 respuestas a Escuche leer

  1. Es real lo que dice. Los bebés necesitan oír no solo cuentos también música desde que están en el vientre de su madre.

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