Libros viejos

Claudio Vivas

Caduco y olvidado, el libro clásico reposa su experiencia blanca sobre el anaquel de cedro, en la antigualla. Es un volumen de lujosa estampa y linajuda procedencia. Lleva en su portada el escudo acuartelado de los Garnier en su mansión tipográfica de la rue de Saints Péres y la advertencia editorial de tous droits reservés. La ciudad luz lo vio nacer un buen día romántico, apadrinó su bautizo el padre Hugo y se cuenta que sobre su linaje retórico hubo murmuraciones en la Academia de los Goncourt.

Señorial en su feudo por su lomo de fuerte tafilete, soberbio e imponente por sus leyendas en tudescas letras, opulento y con rango por el oro viejo de sus cantos, latino y académico por sus romanos signos y su V usada por U, me da la impresión de las cosas formidables. Su contenido de profunda esencia en savias maduradas, ofrece el gusto bueno de los vinos añejos.

Frente a la vieja alacena, la pulida biblioteca ostenta la nueva armonía de su desorden. Acuna con picaresca chocantería, sin disciplinas de tamaños ni de formas, muchos libros nuevos, rústicos y ligeros, de títulos absurdos que reclaman la exégesis. Van marcados con caprichosos e inacabados signos y aparecen ilustrados con grabados que son apenas mediastintas y bocetos. Su contenido de revelaciones sorpresivas sobre las realidades de un mundo insensible, me acelera el sentido intuitivo para la vislumbre de luces ignoradas y la audición de ritmos escondidos.

Es pesante y envolvente el clima de la estancia. Entre las maderas olorosas del bargueño se percibe un vaho de tiempo, silencios ocultos y palabras ausentes. Por su influjo, la sensibilidad sintoniza sugerencias. Son éstas: extrañas angustias, clavadas en los muros como cuadros perversos; y esperanzas desteñidas, como las flores de seda el jarrón chino que decora el bargueño.

La Vagueación me incita a fojear el viejo libro. Es un mosaico de novelas, poemas y leyendas. Por sus páginas pasan las sombras intranquilas de Chateaubriand, Lamartine, Vigny, Musset, George Sand, Hugo, Dumas, Balzac y Michelet, entre un fulgor de antorchas sentimentales y una orquestación de consonantes.

Lentamente voy hallando tesoros escondidos de la vida sentimental. Son cintas de color, flores resecas y estampas recordatorias. Influido por el hallazgo sugerente, sube de grado mi clima intuicional, y se acelera mi cualidad imaginativa.

Estas flores pequeñas, blancas y tenues, son como amores de colegiala o iniciaciones de novicia. Ésas, grandes, fascinantes y purpúreas, obligan a pensar en flor de pecado de una hora pasional. Aquellas, de aspecto sensitivo, violáceas y desteñidas, tienen la suavidad de las bendiciones y el color de las plegarias.

En los márgenes del libro leo, escrito a lápiz ya borroso, fechas, nombres y frases. Nombres de mujeres que derramaron su música interior en la canción silenciosa del querer; hitos del tiempo marcados por alguna incidencia vital, y palabras buenas maduradas en algún campo de sueños.

¡Blanca! Tuya es la gamopétala que se oprime entre las fojas amarillas. La pusiste allí aquel día cuando el amado te sembró la bella promesa, a la hora armoniosa en que te dijo las palabras con alas y con luz. De tu lápiz debe ser la perífrasis graciosa, “en la cita de abordo, cuando el mar fue discreto”, o la otra sugeridora de tu vida bien, “al final de Aída, en la noche de pianos y violines”. Tuyo debe ser el perfume venido de savias antípodas, maduradas en la jungla en la extraña blanca de los lotos. El perfume que se durmió dulcemente entre tus manos y se acunó en los folios cuando intuías maternidades.

¡Margot! ¿A qué dudarlo? Estos folículos de muertos crisantemos se quemaron en tus manos tibias como la sangre joven, y supieron del gozo de tu seno. Los desfoliaste con una hebra de luna en tu jardín, durante las noches asomadas hacia el cielo por un claro de los pinos. O en tu alcoba, muellemente tendida sobre tu chaise longue, mientras saboreabas en tu cigarro egipcio el gusto enervante de la espera. Y cayeron sobre el libro abierto e invertido, en la vigilia, cuando fue vana tu ansiedad, conmoviente la soledad y cruel el silencio

¡Consuelo! Bien lo explica la estampa recordatoria y mística. La pusiste en el libro de oraciones aquel día eucarístico, cuando te ofreciste en cirio ardido ante el amor divino porque tu Amado era “el camino, la verdad y la vida”. De tu lápiz es el verso suave de la lira reluciente a oro viejo, “y pacerá el Amado entre las flores”. Lo tomaste del dulce carmelita de Medina del Campo, que te prendió la llama mística. Sor Teresita : – ¿ En cuál convento llevas la toca blanca y la opalanda carmelita? ¿En que celda arrebujas tu alma dolorosa? ¿Dónde ardes entre la “llama de amor viva”.

¡Libros viejos! Llaves con herrumbre que descubren un mundo surreal, colmado de intuiciones. Ellos nos permiten retrotraer hasta la nueva sensibilidad el candor no marchito de las horas iniciales.

¡Leyendas marginales y bisuterías sentimentales! Ellas nos ofrecen la presencia de las almas apenadas que pasaron por sus hojas, dejando en ellas la sombra vaga, pávida o vivaz, de sus dolores y sus gozos.

Con sentimientos de bondadosa ternura interrogamos esas siluetas intranquilas que nos cuentan con voces silenciosas el éxodo de una esperanza o la permanencia de una angustia.

Desde aquel día, me complazco en buscar entre las hojas y en los márgenes de los libros caducos los saldos inquietantes de las vidas. Y comprendo mejor el pensamiento de quien dijo: – “Todo en el Universo es Uno: corazón, luna, sollozo, verso, recuerdo, carne, aroma, risa o cantar dolido”.

Vivas, C. ( 1956). Huellas entre las cumbres. Caracas: Ediciones del Ministerio de Educación.

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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