Recuerdos

Zunilda Borsani

Desde muy pequeña solía viajar en tren con mi madre a la ciudad de Florida. A los cinco años mis padres se separaron, fue un golpe muy fuerte y me pareció que la tierra se abría bajo mis pies, estuve mucho tiempo de enfermedad en enfermedad, por suerte mi madre supo contenerme. En esos viajes, fines de semana o vacaciones, llevaba un portafolio cargado de libros, pinturas y hojas en blanco para realizar mis dibujos, lo hacía tanto de mañana, como a la hora de la siesta. Adoraba los colores fuertes que hasta el día de hoy llevo a mis telas todos los colores y la creatividad que inundan mi mente. Era la más pequeña de cinco hermanos Todos mayores. El placer que sentía por leer aquellos libros como “Vidas Ejemplares” Bajo dos Banderas” “Mujercitas” “Oliver” Poemas de Juana de Ibarbourou y todos los clásicos. Era muy fantasiosa y creaba mis propias historias. Soñaba con hadas y duendes, príncipes y reyes, en más de una oportunidad, era tal mi fantasía que siempre decía que cuando creciera, me casaría con un príncipe. Los niños y niñas de mi época vivíamos una educación bastante rígida, mi padre fue muy severo y mi madre me consentía demasiado. Mis primeros años entré en un colegio de monjas. A los cuatro años sabía leer y escribía un poco ya que mis hermanos y hermanas, se divertían jugando a las maestras, ellas me enseñaron a leer, escribir, sumar y contar. Pero en ese colegio sufrí tremendamente la discriminación por ser hija de padres separados, no soportaba más las injusticias que veía permanentemente. En él permanecí hasta 4º año, luego se inauguró una escuela pública en la esquina de mi casa y me mandaron allí, descubrí las mejores maestras, humanas y responsables por cada uno de nosotros, compartí por primera vez una escuela mixta, disfruté mucho en ella. De adolescente escribía poemas sin parar. Ingresé a preparatorios de derecho y a la Escuela Nacional de Bellas Artes, más tarde transité por magisterio sin terminar los cursos pues me sentía oprimida por los estrictos programas, sin poder dar conocimientos sobre todos los temas del entorno. Cualquiera que hubiera pasado todo lo que pasé en ese colegio hubiera terminado agresiva y cruel, pero no fue así, por el contrario, crecí espiritualmente, aprendí muchas cosas, entre ellas las penurias de esas niñas que no tenían voz ni voto porque eran becadas y sus padres no podían pagar la mensualidad, eran invisibles al resto del alumnado. Creo que fue este el motivo por el cual decidí escribir para los niños y niñas, como si fuera su propia voz que surgía de mis escritos. Comencé con poemas y los mandaban inéditos a los diferentes colegios y escuelas públicas. Ante todas las cartas y dibujos que me fueron llegando, muy alentadores, por cierto, decidí editar mi primer poemario “Remolinos de canela y miel” Continué escribiendo cuentos y novelas cortas para adolescentes. Visité y aún lo hago, liceos públicos y privados, así como también escuelas. Más tarde quise sensibilizarlos frente al arte y edité y aún estoy completando la colección “Un paseo por mi ciudad” en ella hablo de los diferentes barrios de Montevideo, la arquitectura, los monumentos, casas de personajes históricos, Nomenclátor, etc. Colección esta que cuenta con muchas declaraciones de interés por las diferentes instituciones públicas. Ahora paso a contar parte de la historia que viví durante las vacaciones en la casona de la quinta de mis abuelos maternos.

Desde pequeña solía detenerme en observar a aquellos adultos por largo tiempo. Todos decían algo, había rostros felices y otros no tanto. Durante mis vacaciones, ya fueran veraniegas o julianas, mi madre y yo solíamos quedarnos en la casa de mis abuelos, en la ciudad de Florida. En las tardecitas los viejos amigos de mis abuelos, se reunían a jugar a las cartas, alrededor de una gran mesa. De vez en cuando se escuchaban discusiones y palabras desconocidas para mí como truco o purrete. Yo los observaba. . . Mujeres obesas y bigotudas, hombres vestidos con botas de montar y abrigos de cuero, grandes hacendados que solo hablaban del campo y las finanzas y por supuesto de los juegos de cartas. Las mujeres vestían de negro, de cuello alto, canosas y envejecidas. Sus voces eran exageradas y algo gruesas, la mayoría no hacían otra cosa que hablar de lo mismo; las haciendas, las ganancias, las vacas, la agricultura, de comidas cuantiosas que solían darse de vez en cuando con parientes y amigos, en fin, eran demasiado grotescas para mi gusto.
Mi madre era diferente, ella no participaba del juego, sólo servía los refrigerios y el mate a los invitados. Las dos veníamos de la capital, exactamente, de Montevideo y nuestro idioma parecía diferente. Yo tenía primos con quienes jugar, sin embargo a esas horas ya se habían marchado a sus casas y a mí se me hacía aburrido aquellas conversaciones sin sentido.
En el cuarto de la abuela Francisca, había una mecedora que me invitaba a balancearme en ella. Allí me mecía con mi blanco vestido de organza, y un lazo de seda rosado atado a mi cintura. Mis zapatos eran blancos y relucientes. Yo sentía el perfume que mi madre me ponía después del baño, los cabellos largos, rubios y con rizos, caían sobre mis hombros. Muchas veces soñaba que era una princesa escapada de un cuento. A la izquierda había un espejo antiguo, con un trabajado marco bronceado en el cual descubría personajes fantásticos y conversaba con ellos. Las horas eran marcadas por aquel carillón, cuyo sonido invadía la habitación y parecía transportarme a otro sitio. . .
Los viejos seguían con el juego y se hacía interminable el momento de reencontrarme con mi madre a solas y poder dormir en sus brazos, como siempre lo hacía. Mientras me hamacaba, mis ojos recorrían la habitación y podía observar que las paredes estaban cubiertas de fotos de familia: comuniones, casamientos, niños desnudos mostrando su cuerpecito mientras reían sobre una piel de tigre. Cuadros de la tía Estela fallecida cuando era apenas una niña de ocho años y allí encima de la cabecera de la cama de mis abuelos, había un señor con un rostro que solía impresionarme, parecía llorar y me miraba con mucha pena, en el medio de su pecho tenía un corazón, varias veces lo había visto en el colegio, pero siempre me impresionó. Al costado una cruz bronceada con un hombre de brazos abiertos y semidesnudo que moría lentamente clavado por sus cuatro miembros, también lo reconocí pues había una cruz igual en el salón del colegio, era mucho sufrimiento para un hombre y más saber, cómo nos decían las monjas que había sido crucificado por nuestra causa. Sentía algo que no sabía explicar ¿Tristeza? Era muy pequeña para saber si eso era una tristeza, pero sí sabía y sentía que algo se debatía dentro de mí cada vez que lo observaba. Bajaba la mirada y comenzaba a contar los dedos de mi mano y a nombrarlos por su nombre como había aprendido. Sacudí mi cabellera hacia atrás y cerré los ojos para soñar un poco. Una tardecita de esas me quedé dormida. Cuando terminó la partida de cartas, mi madre me tomó en sus brazos, y me llevó a la habitación de huéspedes, me besó tiernamente y me arrulló con sus dulces canciones.
A la mañana todo volvió a ser como siempre. Mi abuela y mi madre se levantaban muy temprano, aprontaban el mate y recorrían la famosa y querida quinta que mi abuelo cuidaba afanosamente.
Yo despertaba con el canto de los zorzales, cardenales y calandrias que mi abuelo tenía en una gigantesca pajarera, en ella convivían varias aves y hasta una perdiz mimosa y juguetona. Parecían sentirse libres porque dentro crecía en su centro un árbol grande y copioso.
Me sentaba en la cama cubierta con la colcha de colores que mi abuela había tejido y que aún recuerdo, y me quedaba un ratito para observar la misteriosa habitación.
Mi abuelo era hijo de suizos y junto a su padre comercializaban antigüedades, muchas de ellas llegaban al puerto, y de él a Florida. Recuerdo una mañana que mis ojos se detuvieron sobre un pedestal de mármol para observar a una niña, con cara de ángel y  la mitad de su cuerpo menudo, apoyado sobre un libro enorme, mientras leía otro que mantenía con sus delicadas manos. En la cabeza llevaba un sombrero de ala y sobre él, mi abuelo colocaba sus sombreros para mantenerlos siempre en forma. Después de un rato de observar todas esas piezas que me cautivaban, me quité la pereza y salté de la cama. En ese preciso instante, irrumpió mi madre, alta con sus cabellos rizados y castaños y sus ojos verdes y vivaces. Corrí a su encuentro, la abracé con fuerza como siempre lo hacía, a veces tenía la sensación de perderla. Ella me protegía y me transmitía una paz interior que hacía florecer dentro de mí los más puros sentimientos. Buscó rápidamente mi ropa mientras una sonrisa escapaba de sus labios. Peinó cuidadosamente mis rizos y luego me estampó un beso, un pequeño pellizco en la mejilla y me dijo:
– Estás preciosa, mi amor, ahora ve a lavarte la cara y los dientes para tomar el rico desayuno que tu abuela preparó para ti. Luego podrás recorrer la quinta como te gusta.
Claro que me gustaba, sentir el olor a los manzanos, duraznos, naranjas y todas las frutas exquisitas que brotaban de los árboles. Correteaba por los distintos senderos y observaba todos los insectos que danzaban entre las flores, mientras llegaba desde la cocina, el aroma de la comida de la abuela, cuyas hierbas especiales, hacían de su sopa un manjar. Después de saborear mi desayuno, corrí con todas mis fuerzas hacia la quinta. Allí entre las matas estaba él, mi abuelo, con sus mejillas rojas y sus ojos claros como los de mi madre. Era un ser dulce y afable, nunca se enojaba y siempre me enseñaba a distinguir las diferentes frutas y verduras que luego llegaban a la mesa. A media mañana venían mis primos y nuestros juegos eran fantásticos. Fue hermoso disfrutar de los verdes pastos, los diferentes olores que escapan de las flores y los frutos, mi abuelo siempre decía:
– M’hijita, usted no conoce lo bueno que es vivir aire libre, disfrutar todos los días del sol que juega a las escondidas en las ramas de los árboles. Ustedes los de la capital sólo viven acurrucados en casas y apartamentos que parecen palomares. Tiene que venir a vivir con nosotros, esto es muy saludable para una niña como usted.
Pero yo no sentía eso, me gustaba pasar las vacaciones solamente y luego volver a mi casa de Montevideo. Tengo que reconocer que él me enseñó a distinguir los diferentes sonidos de los pájaros que inundaban el patio, donde un aljibe mantenía en su interior el agua fresca y límpida.
En las mañanas, mi abuela me llevaba al gallinero a recoger huevos para preparar la torta de la merienda. Yo recuerdo que sentía miedo de acercarme a las gallinas, pero ella me enseñó cómo debía entrar para no asustarlas. En esas tardes de verano muy cálidas, buscaba la sombra de algún árbol y allí con mis papeles y lápices, dibujaba y escribía al aire libre sobre mi estancia en esa casona vieja, luego me sentaba en un banco de piedra y allí mientras leía, viajaba por el mundo con las fantasías que él me provocaba. Los domingos nos reuníamos en familia en una gran mesa: tíos, tías y primos. Los niños éramos tantos que nos ponían en una mesa solo para nosotros.
Yo nací en Florida, pero me adoptó Montevideo y aquí desarrollé mis actividades. Cuando estaba en mi pueblo, en esos primeros días extrañaba los ruidos de los automóviles, las bocinas y el despertar en mi casa, con mis padres y hermanos, pero luego todo desaparecía cuando ingresaba en la famosa casona vieja de los abuelos. Era una paz infinita y recuerdo que cuando me sentaba debajo del mimbre viejo podía escuchar el silencio. Yo era muy inquieta y trepaba a los árboles y más de una vez me colgué de sus ramas y me hamaqué en ellas, elásticas y suaves, pretendiendo llegar al cielo. Creo que fui una privilegiada al poder disfrutar de la naturaleza con tanto cariño.
Hoy ya no tengo nada de todo eso que marcó mi infancia, aunque solamente fuera en vacaciones, disfruté la tranquilidad de la naturaleza viva, del amor de mis abuelos y de la gran familia. Cada vez que viajo a visitar algún familiar que aún existe, me lleno de nostalgia de aquellos benditos días de mi ciudad natal. Hoy en plena era de la tecnología, reconozco lo bueno que fue haber podido disfrutar de la vida al aire libre que me ofreció el lugar donde nací, donde nacieron mis padres y hermanos. La casa ya no existe, pero sí los recuerdos quedaron grabados para siempre en mi memoria…
Luego me casé y tuve dos hijas, a las cuales les di todo lo que pude aprender de esa infancia, procuré que fueran muy lectoras como éramos mi esposo y yo, para mi satisfacción así fue. Hoy suelo contarle a mis dos nietos como si fuera un viaje en el tiempo.

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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2 respuestas a Recuerdos

  1. Jesús Pérez Soto dijo:

    Encantado de leer sus textos

    Me gusta

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