El lector y su doble. Elogio de lo imposible.

Alberto Manguel

Comienzo con una de mis novelas policiales favoritas, Gaudy Night, de Dorothy L. Sayers, leída por primera vez a los once o doce años y después muchas veces releída. Aquella noche, después del complicado casamiento de Lord Peter Wimsey con su amada Harriet Vane, a quien el aristocrático detective había defendido de un oprobioso cargo de asesinato, la duquesa de Denver, madre de Lord Peter, busca en su biblioteca un libro para aliviar su mente de las fatigas del día. Su mano se dirige hacia la novela de Cronin, Las estrellas miran hacia abajo, que está tratando de acabar desde hace varias semanas, pero decide que lo que necesita es algo menos lúgubre y más sedante, y la anciana duquesa se va a la cama con un ejemplar de Alicia en el País de las Maravillas. El lector, nostálgico, comprende.
La relectura es privilegio de la infancia y también de la edad madura. De niños nos gusta la repetición, saber que la misma hacha abrirá la misma panza del mismo lobo travestido, y que otra vez el mismo volcán vomitará de sus entrañas la roca salvadora con los mismos viajeros del Centro de la Tierra. Más tarde, adolescentes y adultos, buscamos los dudosos méritos de lo original y de lo nuevo; obligatoriamente, nos importan primero las literaturas experimentales y luego las listas de best-sellers. Ya de viejos, hartos de novedad, el recuerdo de una antigua lectura nos vuelve nostálgicos. Con la esperanza de sentir una vez las emociones que (bien sabemos) no pueden sentirse más que la primera vez, cuando ignorábamos que el Dr Jekyll y Mr Hyde eran una sola y terrible persona, abrimos los libros que conocimos allá lejos y hace tiempo. El temor a la desilusión no nos detiene. Volvemos a las consabidas páginas sabiendo que no lograremos ser los candorosos lectores que una vez fuimos, pero que en cambio, si tenemos suerte, podremos descubrir rincones insospechados en esas geografías que creíamos conocer tan bien. Ya no podemos razonar como Alicia, pero de pronto podemos sentir, como ella, el terror de ahogarnos en el mar de nuestras propias lágrimas.
Al final de su vida, Pablo Neruda quiso releer a Emilio Salgari, a quien había leído cuando de jovencito escribía sus primeros versos en un cuaderno de matemáticas, durante el abrasador verano de Cautín, bajo el cerro Ñielol y, conmovido, el viejo poeta socialista soñó nuevamente con ser un bucanero ávido de sangre y de tesoros. Adolfo Bioy Casares, a los ochenta años, volvió a la historia de Pinocho. “No sólo la leí en el libro de Collodi, su inventor, sino también en una serie de la editorial Calleja, de autor no declarado, un tal Salvador Bertolozzi, un madrileño que la continuó y que, por lo menos para el chico que fui, escribió las mejores aventuras de Pinocho,” recordó Bioy. Y agregó: “El más íntimo encanto de la aventura nos llega en la enunciación de las circunstancias domésticas que la rodean.” Borges, pasados los sesenta años, se acordaba perfectamente del diseño de la revista en la que, de niño, leyó los Cuentos de la Selva de Kipling, recordando incluso si cierta ilustración se encontraba en una página par o impar. Y sin embargo, al escuchar ahora esas historias leídas tanto tiempo atrás, quedaba de pronto atónito, y confesaba que cierta frase, cierto detalle olvidado, le había inspirado una frase o detalle en una de sus propias ficciones.
Michael Dorris, el escritor indígena norteamericano, que de niño había sido ferviente lector de la serie La casita en la pradera de Laura Ingalls, intentó resucitar el placer de sus tardes infantiles leyéndole esos libros a sus propios chicos, antes de darse cuenta, horrorizado, que Ingalls describía a los indígenas de manera despectiva y racista, y Dorris se vio obligado a improvisar una versión “corregida” para no ofender a sus hijos con una historia que a él mismo, en su infancia, nunca le había molestado.
Lo cierto es que los libros que leímos de niños cambian con nosotros. No sólo las sobrecubiertas se desgarran, las cubiertas se ajan, el papel se vuelve amarillo, la tinta empalidece: las palabras mudan de sentido, los detalles se multiplican, los personajes se hacen más complejos, la acción cambia de rumbo. Los libros de nuestra infancia son más fieles a nosotros, sus lectores, que a aquellos que los han creado.
Hasta aquí, he hablado de releer. Pero quisiera dar ahora un paso atrás y declarar lo obvio. El arte de releer, de recrear o reinventar los libros que ya conocemos, implica un amor anterior, aprendido v generalmente de niño: el arte de leer. ¿Qué es este arte que todos aquí conocemos tan bien? ¿Qué queremos decir cuando hablamos de leer?
El arte de leer es una actividad muy curiosa, una empresa que se confunde con otra que lleva el mismo nombre. Leer y leer no son la misma cosa.
En primer lugar, leer es una de las técnicas básicas de todo ciudadano activo en una sociedad llamada letrada. Para cumplir con ciertas responsabilidades cívicas y disfrutar de ciertos derechos sociales, un ciudadano necesita saber descifrar el código a través del cual la sociedad formula reglas, instrucciones, advertencias y anuncios de todo tipo. Esto es bien sabido. El conocimiento de las letras del alfabeto y de las reglas de sintaxis son necesarias tanto para el ciudadano como para su sociedad: si el ciudadano no las aprende, éste se ve disminuido en sus funciones; si la sociedad no las enseña, ésta pierde un obrero más diestro, un pagador de impuestos más lucrativo, un consumidor más dispuesto a consumir. Leer, en este caso, es equivalente a adiestrar.
Pero leer tiene también un significado más complejo. Leer, en este otro sentido, es el arte de dar vida a la página, de establecer con un texto una relación amorosa en la cual experiencia íntima y palabra ajena, el vocabulario propio y la literatura de otro, convergen y se entremezclan como las aguas de dos ríos, y se funden en un sólo caudal en el cual ya no podemos distinguir si una frase cualquiera –“no perdono a la muerte enamorada”, por ejemplo, que nos viene a la mente cuando la pérdida de un amigo—es nuestra o de un cierto Miguel Hernández. Esa incorporación del texto, este sentirlo en carne propia, este vivir a través de la crónica de vivencias ajenas a la suya propia, este ver el mundo a través de los iluminados ojos de un poeta, de un narrador, de un artesano de palabras — es lo que llamo yo el arte de leer.
El escritor inglés Edmund Gosse, en su admirable autobiografía Padre e hijo, explica la diferencia entre lectura instructiva y lectura imaginativa. Su padre, riguroso victoriano para quien la religión y la ciencia bastaban para explicar el mundo, le enseñó a Gosse las letras pero nunca permitió que leyese obras de ficción. “Nunca, durante toda mi primera infancia,” cuenta Gosse, “alguien se dirigió a mi con el conmovedor preámbulo ‘Érase una vez’. Me contaban de misioneros, pero nunca de piratas. Sabía de picaflores, pero nunca había oído hablar de hadas. Pulgarcito y Robin Hood no me eran conocidos, y aunque tenía información sobre los lobos, de Caperucita Roja no sabía ni el nombre. En cuanto a mi ‘devoción’, pienso que mis padres se equivocaron al excluir lo imaginario de mi visión de la realidad. Querían hacer de mí alguien veraz; me volví en cambio categórico y escéptico. Si me hubieran envuelto en los blandos pliegues de la fantasía, mi mente se hubiera contentado por más tiempo a seguir sus tradiciones sin ánimo de cuestionarlas.” Para Gosse, educar no es sólo adiestrar; es permitir que, a partir de una cierta base de conocimientos, cada uno pueda crear una versión de la realidad que su razón y su imaginación le inspiren.
Por supuesto, toda sociedad necesita un sistema de adiestramiento. Necesita escuelas en las que se enseñe a leer la información básica que la sociedad produce para mantenerse activa, para que la maquinaria económico-política funcione. Las estadísticas (esa rama ilustre de la literatura fantástica) nos informan que en México, por ejemplo, en el año 2005, el 91% de la población sabía leer. Esto es sin duda cierto, pero sólo en el sentido “social” que le damos a la palabra “leer”. Porque nadie, según creo, ha tabulado cuántos de estos “lectores” saben “leer” en el sentido más arduo que he evocado: íntima y profundamente. ¿Cuántos de estos lectores se internan en la página, renuevan un texto, reflexionan sobre él, lo desmenuzan y lo vuelven a armar con un sentido propio? ¿Cuántos de estos lectores consideran al libro algo indispensable para ser felices? ¿Cuántos de estos lectores saben realmente leer?
Mi pregunta implica quizás una imposibilidad. No sé si la escuela puede enseñar a leer en este otro sentido. No sé si la escuela puede dar a un niño un método para convertirse, no en mero descifrador de un texto, sino en su taumaturgo, hacedor cotidiano de prodigios a partir de meras palabras. No sé si la escuela puede enseñarle no sólo a entender lo que dice una página, sino a obligar a esa página a revelar verdades ocultas entre los renglones, enseñarle no sólo a respetar y a obedecer lo escrito, sino a rebelarse contra él, a discutirlo, a subvertirlo, a obligarlo a renovarse. No sé si la escuela puede hacerlo. Es cierto que a veces, en presencia de un cierto maestro, de una cierta maestra, un alumno se siente de pronto iluminado, ve una puerta entreabierta en lo que yo llamaría la “burocracia de la enseñanza” y descubre por sí mismo, más allá de la tediosa secuencia de palabras, algo que palpita, vivo y reluciente, al alcance de sus manos, y siente que él también pertenece (o puede pertenecer) a esa maravillosa aristocracia, abierta a todos, que es el universo de los lectores.
Pienso que no se trata de “enseñar a leer” en este sentido profundo (tarea que juzgo imposible) sino de “educar para leer”. La etimología del verbo “educar” es harto conocida: “extraer de sí mismo”, “llevar hacia afuera”, “hacer surgir.” El espejo de esta frase, no “educar para leer” sino “leer para educar”, es una misión igualmente imprescindible. Quien lee, se educa, se conduce hacia afuera, sale al mundo, no se escapa de él. La metáfora de la torre de marfil es una calumnia inventada por quienes temen el poder activo del lector, en una sociedad de más en más complaciente.
Exemplum docet, dice el lugar común latino, y es cierto que, en el campo de la lectura, si las estrellas nos son favorables, el ejemplo enseña. Es cierto que un maestro apasionado puede despertar esa pasión en el joven que lo está escuchando. Pero es cierto también que, hoy en día, el maestro que quiere dar un lúcido ejemplo debe hacerlo en un mundo cuyo propio ejemplo predica todo lo contrario, un mundo en el cual esa otra lectura –-la generosa, la inquisitiva, la que por sobre todo se hace por avidez de inteligencia y de placer intelectual—es denigrada como mero entretenimiento, ocio superfluo, actividad prescindible y tediosa o difícil.
Para alentar a nuevos lectores frente a tales inmensos obstáculos, los defensores del arte de leer tratan de fortificar y promover la literatura que llamamos infantil. Comparto sus deseos, pero me gustaría proponer que ese rótulo no se limite a los libros escritos específicamente para niños. La categoría “literatura infantil” no se inventó hasta el siglo diecisiete, y durante muchos años fue meramente instructiva. Nuestros antepasados en Babilonia y en Grecia, en India y en China, leyeron en sus remotas infancias libros escritos para sus padres, pero, porque eran niños quienes los leían, esos mismos libros se transformaron en otros, distintos. La epopeya de Gilgamesh, la historia de la amistad entre un rey civilizado y un hombre salvaje, que para los adultos de Sumeria narraba entre alegoría e historia los orígenes de su civilización, era sin duda para los pequeños sumerios una primera versión de lo que, dos mil años más tarde, sería el encuentro del niño Elliot con E.T., el extraterrestre.
¿Y qué diría un niño catalán que leyese, hace más de cuatro siglos, el texto siguiente?
“Com evident experiència mostra, la debilitat de la nostra memòria, sotsmetent fàcilment a oblivió no solament los actes per longitud de temps envellits, mas encara los actes frescs de nostres dies, és bestat doncs molt condecent, útil e expedient deduir en escrit les gestes e històries antigues dels homens forts e virtuosos, com sien espills molt clars, exemples e virtuosa doctrina de nostra vida, segons recita aquell gran orador Tulli.”
Así comienza la novela que, entre los pocos libros perdonados de la biblioteca de Don Quijote, el cura rescata por ser “un tesoro de contento y una mina de pasatiempos”: el Tirant lo Blanc de Johanot Martorell y Martí Johan de Galba. “Llevadle a casa y leedle,” le dice el cura a su compadre el barbero, “y veréis que es verdad cuanto de él os he dicho.”
El Tirant justifica su propia existencia como un remedio a nuestra flaca memoria, como depósito de nuestra experiencia pasada, como espejo de valores antiguos y de enseñanza meritoria. Eso quiso su autor, pero sus lectores, menos ambiciosos, como aquel cura de La Mancha, no se preocuparon por tales noblezas y lo recomendaron por razones más sutiles y menos graves: por dar contento, proveer pasatiempo, provocar deleite. El censorio cura y el ensañado barbero condenaron a las llamas aquellos libros de Don Quijote que, a sus ojos, pecaban de revueltos, disparatados, arrogantes, duros, secos — es decir, libros que nos les gustaban. Todos somos así en algún instante de nuestra vida. Porque en el momento de la verdad, frente a la salvación o a la hoguera, para un verdadero lector lo que importa es el placer.
Pero ¿qué es este placer? ¿En qué consiste ese extraño sentimiento de intimidad compartida, de sabiduría regalada, de maestría del mundo a través de un mero juego de palabras, de entendimiento adquirido como por acto de magia, de manera profunda e intraducible? ¿Por qué nos lleva a rechazar ciertos libros sin misericordia y a coronar a otros como clásicos de nuestra devoción si algo en ellos nos conmueve, nos ilumina, pero por sobre todo nos deleita?
Como lectores, nuestro poder es aterrador e inapelable. No nos enternecen ni las súplicas de los críticos ni las lágrimas de los autores que nos han precedido. Implacables, a través de los siglos, juzgamos y volvemos a juzgar a los libros que ya se creían a salvo. Por puras razones de gusto, en el paraíso de la lectura, Cervantes ocupa el lugar que Martorell y Galba han perdido a pesar del juicio del mismo Cervantes. ¿Nuestros abuelos adoraban a Anatole France y a Mazo de la Roche? A nosotros no nos gustan: al infierno con ellos. ¿Melville fue despreciado y Kafka vendía apenas unos pocos ejemplares? Hoy Melville está sentado a la diestra de Dante y una primera edición de La Metamorfosis de Kafka vale una pequeña fortuna. Si debemos justificarnos, inventamos razones estéticas, culturales, filológicas, históricas, filosóficas, morales. Pero la verdad es que, a fin de cuentas, nuestros juicios son casi todos refutables fuera del campo hedonista.
El lema de todo verdadero lector es De gustibus non est disputandum. “De gustos no se discute”, o, como se dice en castellano, “Sobre gustos no hay nada escrito”. El proverbio latino dice la verdad; la traducción castellana miente. Nuestro placer no admite argumentos; admite en cambio una infinidad de escritos, los exige. Al fin y al cabo ¿qué son las bibliotecas sino archivos de nuestros gustos, museos de nuestros caprichos, catálogos de nuestros placeres?
El placer de la lectura, que es fundamento de toda nuestra historia literaria, se muestra variado y múltiple. Quienes descubrimos que somos lectores, descubrimos que lo somos cada uno de manera individual y distinta, como si nos dividiéramos en un sinfín de dobles. No hay una unánime historia de lectura sino tantas historias como lectores. Compartimos ciertos rasgos, ciertas costumbres y formalidades, pero la lectura es un acto singular. No todos soñamos de la misma manera, no todos hacemos el amor de la misma manera, tampoco todos leemos de la misma manera.
Para ese doble del lector que somos secretamente, el placer de la lectura es uno de intimidad. Ese espacio amoroso que creamos cada cual con su libro, no admite otra presencia. El niño que lee bajo la manta a la luz de una linterna cuando se le ha ordenado dormir, el adolescente acurrucado en el sillón para quien el único tiempo que transcurre es el del cuento que está leyendo, el adulto aislado de sus congéneres en un atiborrado vagón de tren o en un bullicioso café, encuentra su placer en un mundo creado sólo para él. De niño, Proust volvía al comedor una vez que la familia había salido a pasear para hundirse en el libro que estaba leyendo, rodeado solamente de los platos pintados colgados en la pared, del almanaque, del reloj, todos objetos, nos dice, “muy respetuosos de la lectura” que “hablan sin esperar respuesta y cuya jerga, a diferencia de la de los humanos, no trata de reemplazar el sentido de las palabras leídas con un sentido diferente.” Dos horas de placer hasta la entrada de la cocinera que, con sólo decir “Así no puede estar cómodo. ¿Y si le traigo una mesita?” lo obligaba a detenerse, a buscar su voz desde muy lejos, a sacar las palabras de su escondite detrás de los labios y a responder, “No gracias,” con lo cual el encanto quedaba roto. El placer de la lectura es para nuestro doble, y no admite terceros.
Luego sí. Todo lector sabe que, después de leer un libro, la experiencia compartida prolonga y profundiza el placer de aquella intimidad. Acabo de leer un párrafo que me encanta y, antes de cerrar el libro o pasar a otra página, quiero leérselo a otros, regalar a un amigo el nuevo placer descubierto, formar un pequeño ruedo de admiradores de ese texto. Dar un libro a otro lector es decirle: “Éste fue mi espejo; ojalá sea el tuyo.” Es así como creamos asociaciones de lectores que tienen algo de sociedades secretas, y es gracias a ellas que ciertos autores no han desaparecido de nuestras bibliotecas canónicas. He regalado innumerables ejemplares de Su mujer mona de John Collier, La muerte tiene permiso de Edmundo Valadés, de Rosaura a las diez de Marco Denevi, para poder hablar de lo que me gusta, para que mi placer tenga un eco. En su diario, el novelista francés Hervé Guibert cuenta que compró las Cartas a un joven poeta de Rilke, para leer al mismo tiempo que su amigo el libro que éste se había llevado de viaje.
Intimidad solitaria y compartida. La lectura nos ofrece también el placer de la inteligencia. ¿Qué otro arte nos permite pensar con Pascal, razonar con Montaigne, meditar con Unamuno, seguir los vericuetos de la mente de Vila Matas o de Sebald? No se trata de dejarse convencer con argumentos ajenos, lo que se ha llamado “terrorismo intelectual”. Se trata de ser invitados a un momento de reflexión, de convertirnos en testigos de la creación de una idea. Se trata de escuchar y pensar. El resultado puede o no ser compartido; poco importa, ya que el recorrido intelectual no prevé ni conclusión ni destino preciso. Cerramos ciertos libros y nos sentimos más inteligentes, resultado que el autor no puede nunca prever. “El arte alcanza una meta que no es la suya” escribió Benjamin Constant hace más de un siglo. Lo mismo puede decirse de la lectura.
El placer de la inteligencia significa al menos dos cosas: disfrutar del uso de la razón y disfrutar del reconocimiento del mundo. Es banal recordar que la lectura nos lleva a regiones insospechadas; menos banal es recordar que nos hace ciudadanos de tales regiones. Para un lector, todo libro es un museo del universo y, a veces, el universo mismo. Los lectores habitamos el Cairo de Naguib Mahfouz, las islas de Conrad, el México de Rulfo, pero también la luna de Wells y de Verne, los universos soñados por Lovecraft y Juan José Arreola, el País de las Maravillas de Lewis Carroll. Hay un cuento (ya no sé quién lo escribió) en el que un hombre leyendo las aventuras de otro que se pierde en el desierto, muere de hambre y de sed en su cama, rodeado de comida y de bebida. De forma algo más moderada, todo lector conoce el placer de habitar el mundo creado por otros, de ser su explorador y su cartógrafo.
Un auténtico explorador goza de lo que encuentra, sea bueno o sea malo; un lector también. Que un libro nos parezca pésimo, no significa que no nos pueda dar placer. Los grandes poetas nos deleitan; otros menos agraciados también son capaces de hacerlo. El inglés Charles Waterton, famoso conocedor de las selvas de Sudamérica, se extasiaba ante los animales más feos de la creación, como por ejemplo el sapo de Bahía, repugnante criatura que el Dr Waterton cogía tiernamente en su mano y acariciaba con cariño, mientras hablaba emocionado de la profunda mirada y espléndido brillo de los ojos del batracio. Igual hacen los lectores con cierta mala literatura. Parafraseando a Wilde, yo diría que hay que tener un corazón de piedra para no morirse de risa ante ciertas páginas de Azorín o de Ángeles Mastretta. O ante este verso de Díaz Mirón que imita o tal vez parodia a Baudelaire: “Tetas vastas como frutos del más pródigo papayo.” Tales abominaciones tienen la marca de un genio.
Tom Stoppard escribió que para saber si un escritor es bueno o malo, no hay que preguntarles a sus críticos sino a su madre. Más interesante, más entretenido, más placentero es descubrir si es un visionario. Quiero decir, si es capaz de revelarnos en su obra esos pequeños secretos que misteriosamente dan sentido al universo, diciéndonos lo que no sabíamos que sabíamos. Elijo una frase al azar, de los poemas de Jorge Esquinca: “El desierto es una distancia del alma.”
Tales revelaciones resultan menos insólitas que verdaderas. Cualquiera que haya visto el desierto sabe que su dimensión ya está en nosotros, que existe porque sabemos que debe existir. Pero no sabemos cómo decirlo. El lector sabe que, en tales casos, como en los poemas de Esquinca, el placer no resulta de la sorpresa, que es obra del azar, sino de la confirmación de algo que ya ha intuido vagamente. La orden de Diaghilev a Cocteau –“Étonnez-moi!” “¡Sorpréndame!”—es el deseo de un empresario, no el de un auténtico lector. El lector acepta las sorpresas del texto como un preámbulo amoroso –descubrir, después de un primer encuentro, que el ser amado toma café en lugar de té, que duerme del lado izquierdo de la cama, que tararea “La violetera” en la ducha—pero luego busca un conocimiento más íntimo, más profundo, una familiaridad que se extiende y se renueva con cada relectura. “Cuando diseño un jardín,” dice un pedante personaje del novelista inglés Thomas Love Peacock, “distingo lo pintoresco y lo hermoso, y agrego una tercera calidad que llamo lo inesperado.” “¿Ah sí? Entonces dígame,” responde su interlocutor, “¿qué nombre le da usted a esa misma calidad cuando alguien recorre el jardín por segunda vez?”
Tampoco debemos olvidar el placer de la memoria. Leer es recordar. No solamente esos “actes per longitud de temps envellits” sino también “los actes frescs de nostres dies”. No solamente la experiencia ajena contada por el autor sino también la nuestra, la de nuestro doble, inconfesada. Y no solamente las páginas del texto que vamos leyendo, memorizando las palabras a medida que adquirimos otras nuevas que olvidaremos en la página siguiente, sino también los textos leídos hace tiempo, desde la infancia, componiendo así una antología salvaje que va creciendo en nuestro recuerdo como la obra fragmentaria de un monstruoso autor único cuya voz es la de Andersen, la de San Agustín, la de Quevedo, la de Stevenson, la de Cortázar. Leer nos permite el placer de recordar lo que otros han recordado para nosotros, sus inimaginables lectores. La memoria de los libros es la nuestra, seamos quienes seamos y estemos donde estemos. En ese sentido, no conozco mayor ejemplo de la generosidad humana que una biblioteca.
Leer nos brinda el placer de una memoria común, una memoria que nos dice quiénes somos y con quiénes compartimos este mundo, memoria que atrapamos en delicadas redes de palabras. Leer (leer profunda, detenidamente) nos permite adquirir conciencia del mundo y de nosotros mismos. Leer nos devuelve al estado de la palabra y, por lo tanto, porque somos seres de palabra, a lo que somos esencialmente. Antes de la invención del lenguaje, imagino (y sólo puedo imaginarlo porque tengo palabras) imagino que percibíamos el mundo como una multitud de sensaciones cuyas diferencias o límites apenas intuíamos, un mundo nebuloso y flotante cuyo recuerdo renace en el entresueño o cuando ciertos reflejos mecánicos de nuestro cuerpo nos hacen sobresaltar y darnos vuelta. Gracias a las palabras, gracias al texto hecho de palabras, esas sensaciones se resuelven en conocimiento, en reconocimiento. Soy quien soy por una multitud de circunstancias, pero sólo puedo reconocerme, ser consciente de mi mismo, gracias a las páginas de un sinnúmero de autores anónimos. La lombriz de la conciencia (como la llamó Incola Chiaromonte) denota la incisiva, constante, obsesiva búsqueda de nuestro doble, es decir, de nosotros mismos. La lectura añade a esta obsesión la consolación del placer.
El placer ha sido denigrado en nuestra época al entretenimiento superficial, a la distracción, a la facilidad, a la satisfacción egoísta. Confundimos información con conocimiento, terrorismo con política, juego con habilidad manual, valor con dinero, respeto mutuo con tolerancia altiva, equilibrio social con comodidad personal. Creemos que estar contentos (o creer que estamos contentos) es ser felices. Quienes están en el poder nos dicen que para sentir placer tenemos que olvidarnos del mundo, someternos a normas autoritarias, dejarnos subyugar por míseros paraísos, deshumanizarnos. Pero el auténtico placer, el que nos alimenta y nos anima, tiende a lo contrario: a tomar consciencia de que somos humanos, que existimos como pequeños signos de interrogación en el vasto texto del mundo. Quienes tenemos la fortuna de ser lectores sabemos que es así, puesto que la lectura es una de las formas más alegres, más generosas, más eficaces de ser conscientes.
Concluyo así: ser lector puede permitirnos actuar con mayor conciencia de nuestra humanidad. Cuenta Plutarco que Alejandro Magno llevaba siempre consigo un ejemplar de la Ilíada. Sus biógrafos han visto en esta pasión bibliófila (tan rara en los militares de nuestros días) el natural interés de un gran guerrero por las estrategias de otros guerreros famosos. Pero también es posible que el conquistador del mundo, intuyendo la brevedad de su vida, quiso volver, en sus contados reposos entre batallas, a un tiempo en el cual las hazañas de Aquiles eran un maravilloso cuento que Aristóteles (maestro que por cierto sabía que educar no es solamente transmitir técnicas mecánicas) le enseñaba a leer noche a noche y que el niño Alejandro podía repetir incansablemente con soldados de arcilla en el patio del palacio de su padre en Pella. Educar para leer fue la tarea que Aristóteles se impuso para que su alumno Alejandro pudiese encontrar en la obra de Homero un espejo de su propio destino; leer para educar fue lo que intentó Alejandro adulto cuando, en medio de una empresa brutal y sanguinaria como es toda guerra, se empeñó en repasar la epopeya de Troya – leer para enseñarse a sí mismo, a ese militar, a ese político que encarnaba, que por cada Menelao triunfador hay cientos de Hécubas desesperadas que lloran a sus hijos muertos.

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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  1. Muy interesante estos comentarios.

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