Hugo Colmenares en La bodega de los caramelos

Laura Antillano

Hugo Colmenares. Foto cortesía La cofradía cuentacuentos.

Hugo Colmenares es uno de los autores  de obras para niños en Venezuela que más prontuario tiene. Sus cuentos aparecen por todas partes y en múltiples sellos editoriales.

Hugo nos acompañó recientemente en el 10° Encuentro con la literatura y el audiovisual para niños y jóvenes, visitó escuelas habló de su oficio y formó parte de esta cofradía de locos que seguimos empeñados en que la gente disfrute de la lectura y fortalezcamos los canales de comunicación con lo audiovisual.

Entre su prolífica obra queremos referirnos a “La bodega de los caramelos”, publicada bajo la identificación de: Novela breve, pero que a nuestra lectura es un texto poético extenso, que abarca una cantidad de elementos  interesantes, y contiene la memoria de un pueblo (¿de Los Andes venezolanos?)  A través de las distintas miradas de algunos de sus habitantes, cuyo centro de atención ha sido una familia: padre, madre e hija, y el lugar de variedades que la bodega o comercio que poseen con todo lo que contiene o podría contener para la ensoñación de los extraños.

Así Sabino, Leonor y Sara Lucia son los protagonistas de la historia, pero lo son también cada uno de los habitantes del pueblo de Agua Linda de los Verdes, quienes conforman un entorno lleno de vicisitudes y para quienes la fiesta real, la celebración  del asombro, ha estado en manos de todo lo que pueda salir de la casa de Sabino y se convierte en magia.

El texto está construido entonces desde varias miradas y nos va presentando varios tiempos sin darles orden cronológico. Así sabemos de la llegada de Sara Lucia recién llegada a ser la alegría de sus padres, pero también prontamente reconocemos la muerte de Sabino y la soledad de madre e hija o regresamos al tiempo de las celebraciones recontado por algún lugareño.

El lenguaje en que está escrito  pone de manifiesto la construcción de código poético particular donde es, precisamente, ese estado de ensoñación general en el cual todo puede ser verdad o todo puede ser producto de lo imaginado, lo que priva.

Y  la construcción de la fantasía proviene justamente de la conjugación colectiva de esas voces que ponen en evidencia sus mundos imaginarios:

“-La tienda de las delicadezas de Sabino, venían los marcianos a conocer la  Tierra y muchos de ellos se quedaron, encantados por los caramelos, decía Maura.

-Sabino era un mago y cualquier confite, él lo transformaba en el mejor por el sabor, la abundancia y esos colores de frutilla con miel, recordaba Gerardo.

-Sabino compraba juguetes de madera, de batería, muñecas de trapo. La tienda era maravillosa, con sueño de hadas y reyes de la fantasía. Evocaba Julia.”(p.56).

El hecho es que ese lugar de ensueño tiene también su lado oscuro, perdido en el tiempo, en el del antes y el del después. Porque el colectivo de habitantes cuenta también de los fantasmas, y esos seres tenebrosos pueden haber estado allí y la familia no lo sabía, y después de la disolución familiar a la muerte de los padres y el viaje de Sara Lucia a la India, y su retorno a la casa para crear una escuela de música (lo que da continuidad  a  las  fantasías).

Resulta sumamente interesante el tejido que va armando el escritor, donde las voces van construyendo  a estos tres personajes por la construcción de múltiples  miradas de los otros.

El amor y el odio conjugados  pueden dar semblanzas radicalmente opuestas de quienes, en definitiva, son la atracción principal del pueblo.

Colmenares  combina  la admiración y el desenfreno  de lo recibido, con la sospecha soterrada, la intriga, la envidia y el odio alimentando lo supuesto:

“En verdad la bodega de Sabino y Leonor tenía un encanto que era difícil de explicar. Iba más allá si la niña Sara Lucia  llevaba a la escuela y vecindad confites y juguetes. Nunca faltaron las especulaciones y se llegó a la calumnia, porque nadie tenía las pruebas.

Sucede que muchos ancianos y ancianas desaparecían en Agua Linda de los Verdes y se creía, que esas personas siendo cadáveres, las metían en el horno y con las cenizas se preparaban las galletas”.(p.63).

Los personajes que van construyendo  este ensueño  también provienen de otra participación que no se limita a la palabra que recuenta o elucubra. Nos referimos por ejemplo, al fotógrafo  o al maestro de música. Cuyas presencias  se suman al cuadro de época que construye  el lirismo de las escenas que poetisa el escritor.

Los fantasmas o la visión que de estos alimenta la población señalan la continuación del movimiento en un espacio: el de la casa-bodega, que aún abandonado mantiene su protagonismo histórico.

“-Anoche se escuchaba a Sabino ejecutar la guitarra. Nos asomamos y una luz de vela, iba por el pasillo como si alguien respirara allí, asegura Manuel.(…)”Lo que si es cierto es que la casa de noche es de soledad profunda y allí alguien da de comer a los gatos. Piensa Rosa.

Tulio trajo una cámara fotográfica. A eso de la una de la madrugada, hizo fotografías. Se ven las siluetas de un anciano y una niña en la sala de los espejos. Tulio estuvo acompañado por vecinos que durante muchos años, aseguraron que en lo que fue la tienda, quedaron enterrados, juguetes, oro y turrones. Aunque en las excavaciones para el tesoro escondido, no había nada.”(p.47).

La fotografía entra entonces como un proceso para la búsqueda de la veracidad de los hechos o la permanencia de la memoria.

Vinico Cebada era el tímido profesor de violín. Su papel en la historia tiene también huellas diversas en su propia memoria personal, donde aparece una familia de bailarines, y siguiendo un procedimiento periodístico, que también ubicamos en el asomo de los testimonios de todos los testigos citados, Vinicio es entrevistado para hablar de su impresión:

“-Mi familia pertenecía a una tribu de artistas populares y mi padre Felipe Mira Gallos era el mejor fabricante de mermeladas, juguetes y guitarras”. (p.55)

Esta confesión coloca a Sabino, padre de Sara Lucia, y al padre de Vinicio, como espejos.  Lo que explica una cierta ensoñación de la imagen de la niña alrededor del sonido del violín:

 “Escuchaba con emoción y ternura la obra para violín Meditación de Jules Massenet.”(p.61).

Los engranajes entre los personajes van construyendo la riqueza de la historia donde los hilos entre lo real y lo imaginado se cruzan continuamente.

Esta rica historia de Hugo Colmenares no es necesariamente un texto para tener a los niños  como destinatarios, es una obra para muchos públicos lectores, y merece lecturas divergentes. Su encanto reside en los hilos de construcción de un texto sostenido sobre el imaginario colectivo, y en el traslado a una voz poética que construye a partir de procedimientos como la enumeración, el juego sonoro, los contrastes, la variación de sentidos  y otras estrategias de sugerencia, una historia que puede tener tantas interpretaciones como lectores.

Colmenares Hugo (2013) Fondo Editorial Ipasme, Caracas.

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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2 respuestas a Hugo Colmenares en La bodega de los caramelos

  1. Me parece muy interesante y profundo.

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  2. Saludos muy interesante,Hugo y gracias a Latintainvisible, por su siempre importantes temas

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