Leer sin libros

Roger Chartier

Lector de Pierre Bourdieu sé bien las seducciones y trampas de la ilusión biográfica. Escribir recuerdos personales es siempre (conscientemente o no) plasmar una representación de sí mismo que construye un pasado deseado, imaginado, que no corresponde necesariamente a lo que fue realmente. Semejante ilusión se encuentra aún más fuerte cuando se trata de los libros y las lecturas. Escribir sobre sus lecturas es un género bien establecido que aprovecha formulas narrativas en las cuales los imprecisos recuerdos imprecisos de la experiencia personal pueden estar situados en la imagen que cada uno tiene o quiere de sí mismo. Me parece que existen dos formas dominantes de semejante narrativa. La primera supone que los libros fueron siempre presentes. La historia del lector en un mundo saturado por los libros es como un viaje entre títulos, autores,   géneros. Las elecciones de la memoria o de la manera de presentarse hacen hincapié en la precocidad del leer, los descubrimientos furtivos, las lecturas transgresivas opuestas a las lecturas impuestas por la escuela. Como si hubiese nacido en una biblioteca, el lector heredero construye los corpus de las lecturas de su juventud a distancia del modelo y del repertorio de la escuela.

El lector que nació en un mundo sin libros, o casi, elige otra narración en la cual el leer es una conquista, no una herencia. En su narración en la escuela desempeña un papel fundamental. Sus lecturas más personales son, de hecho, las que requería la escuela. Hace de la conformidad con los repertorios más canónicos lo propio de una trayectoria descrita como singular. Entre estos dos discursos existen, por supuesto, otras modalidades de la memoria de las lecturas, más complejas o híbridas, pero son estos dos modelos dominantes los que definen la polarización, socialmente arraigada, entre dos maneras de contar su vida y dos relaciones de la memoria con los libros. Nunca debe olvidarse que las fórmulas disponibles para construir un discurso autobiográfico plasman los relatos de las experiencias personales. La ilusión autobiográfica hace que el individuo se piensa como irreductiblemente único cuando, sin saberlo, su discurso o su memoria retoma modelos retóricos o narrativos ampliamente compartidas.

En relación con mis recuerdos debería elegir el modelo de la conquista lenta y difícil de la lectura en un mundo social en el cual los libros no eran raros, sino ausentes. En tal caso, libros y escuela se confunden. Sea porque los libros poseídos son los que la escuela procura o exige y que su lector debe traer en una pesada cartera, o bien porque los libros de la lectura de entretenimiento son los del programa escolar. Es la razón por la cual me acuerdo del placer que me daba la lectura de las obras de Molière, como si la materia didáctica se hubiese transformado en una relación personal con textos estudiados en la clase, como si la obligación escolar fuese la condición misma del descubrimiento del placer del leer. En las infancias donde no hay libros, o solamente algunos libros de las colecciones destinadas a los niños recibidos como regalos (la colección “Rouge et Or” o la “Bibliothèque verte”) o como premios al final del año académico, las lecturas son lecturas de las revistas – para mi, en el Lyon de mi infancia, Spirou, Les Pieds Nickelés, Bibi Fricotin cuyos números podían también encontrarse en álbumes que eran esperados presentes de Navidad. Recordar estas lecturas “sin méritos” no permite los efectos otorgados a los herederos que descubren en la biblioteca familiar los libros maravillosos ignorados por el canon escolar. Tal vez estos lectores leían como yo las revistas de poca calidad, pero no son estas lecturas las que su memoria recuerda.

En las infancias sin (muchos) libros, la aproximación a la literatura, a los libros que tienen fuerza, densidad, belleza, supone mediaciones. La escuela es la más importante. Pero también hay otras mediaciones. En la Francia de los años 60, la televisión francesa fue un poderoso instrumento de difusión cultural. Con una sola red hasta 1967 y solamente dos hasta los comienzos de la década 70, esta televisión que hemos perdido permitía a un grupo de realizadores unidos por un fuerte proyecto cívico ofrecer a un público amplio (o que iba ampliándose) las obras más canónicas (Racine o Dom Juan en “prime time”), adaptaciones de novelas del siglo XIX, reconstituciones históricas (“La caméra explore le temps”), programas dedicados a los libros (“Lectures pour tous”), documentales sobre pintores, escritores o monumentos (me acuerdo hoy de un magnífico documental sobre el parque de Bomazro y de otros dedicados a Goya o a los salinas de Arc-et-Senans construidas por la utopia del arquitecto Ledoux). En este tiempo, los realizadores de la llamada “Ecole des Buttes-Chaumont” (donde estaban ubicados los estudios de la televisión) pensaba que la gente sin libro, pero sí, con televisor (mi padre compró uno en 1957 o 1958) debía poder encontrar las obras y los conocimientos tradicionalmente reservados a una elite social. La esperanza y el esfuerzo eran admirables, comparables en su dimensión democrática a lo que fue después de la guerra el teatro popular imaginado y practicado por Jean Vilar (o Giorgio Strehler en Italia).

No sé si se produjeron todos los efectos deseados, pero sí sé bien que descubrí los libros que me acompañan hasta hoy frente a la pantalla del pobre televisor en blanco y negro. Es la razón por la cual me gustaría asociar a mis maestros de la escuela primaria o del colegio, estos hombres de televisión que, por poco tiempo, tal vez diez o quince años, antes de la destrucción de su sueño de democratización cultural por la invasión de los programas vulgares, iniciaron a la lectura y a los libros los niños que no eran herederos de una biblioteca: Stelio Lorenzi, Claude Barma, Jean Prat, Marcel Bluwal, Pierre Dumayet, Max-Pol Fouchet. Sus nombres son olvidados hoy en día, pero pienso que sin ellos, sin su dedicación cívica y su imaginación estética, tal vez yo no sería historiador, y aún menos historiador del libro y de la lectura.

Chartier, Roger (2017). Leer sin libros. Álabe 15. [www.revistaalabe.com]

DOI: 10.15645/Alabe2017.15.10

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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