Voces en el desierto

Rafael Gumucio

Fui de niño un lector más bien escaso que buscaba en los libros información sobre dinosaurios, animales en vías de extinción, capitales y mapas de países. Es quizás la razón por la que siempre me resulta problemática la idea de que habría que enseñarle a leer a los niños para estimular su imaginación. La lectura estimula una forma de imaginación, pero no toda la imaginación. Los pueblos que no escriben ni leen son tanto o más imaginativos que los que sí lo hacen. Mi hermano Ignacio, aún más teleadicto que yo, pero también dotado de una sensibilidad y memoria prodigiosa, no parece ni un pelo menos culto o ubicado en la realidad que yo que abandoné el vicio de las ocho horas diarias de televisión a los 12 años y me puse a leer fiebrosamente, en los años en que todo es fiebroso —de los 12 a los 27— y con bastante más lentitud o descuido desde entonces, confieso aquí ante este grupo de lectores impenitente.
A diferencia de una niña solitaria en un campo de Irlanda o de Chiloé sin luz ni televisor, los libros llegaron tarde a mi vida. En rigor, siempre estuvieron aunque nunca me pareció que ellos debieran entretenerme. Jugaba en una biblioteca de una ONG protestante llena de fotos de niños con difteria. Me informaba sobre los dinosaurios o los piratas o Napoleón Bonaparte en libros muy grandes, con muchas ilustraciones que servían para zanjar debates con mi hermano o algunos compañeros de curso. Los cuentos eran los que me contaba mi mamá antes de dormir. Si necesitaba divertirme, devoraba Asterix y Obelix, Lucky Luke o Achille Talon. Leer libros sin imágenes para conocer una historia, para pasar el rato me resultaba, me resulta aún, incomprensible. Admiro la prosa de Stephen King o Hammett, pero debo confesar que no puedo leerlos sin culpa. Para mí leer no era una entretención, y una novela era cualquier cosa menos su trama. Para eso, para no pensar, para dejarme ir, para viajar, para temblar o reír estaban las películas. Mi lectura favorita de entonces era una enciclopedia sin cubierta llena de fotos que tenía debajo de la cama. La abría en cualquier página y buscaba al azar cosas para saber más cosas. Pedanteaba después ante la profesora impresionada por mi infinita cultura general y mi incapacidad de convertir esta en pruebas y exámenes que no estuvieran plagados de errores de ortografía, gramática y lógica.
Habría permanecido en este estado de ignorancia cultivada de no vivir en Francia donde todo termina o comienza con un libro. De hecho, sobre la puerta de mi escuela había un gran libro abierto que recibía a los alumnos. Alrededor había tres o cuatro librerías, varias de corte islámico (mi colegio quedaba cerca de la mezquita). Una vez a la semana nos llevaban a la biblioteca pública, con la obligación de sacar de ahí un libro. La primera vez me porté bien y saqué Ivanhoe en una edición para niños de mi edad, con ilustraciones y un francés perfectamente neutral que traté de disfrutar encontrando gracia a las largas transiciones, las complicadas explicaciones, la sucesión de personajes y tramas segundarias que la televisión sabía ahorrarme. También había combates, y torneos, y espadas que brillaban menos que en el cine.
Devolví el libro sin terminarlo, avergonzado de mi falta de entusiasmo. Libre en la biblioteca pensé que el problema era que el libro había sido escrito, o editado para el niño que se suponía debía ser. Yo no quería, no era, no podía ser ese niño ansioso de heroísmo, nobleza y nombre raros de caballeros medievales. Heroísmo y nobleza del que había tenido demasiados desmentidos para creer, nombres raros que eran menos raros que los de mi familia, Medioevo anglosajón que nada tenía que ver con mi vida. Deserté de la sección de libros para niños y jóvenes, abandoné sus colores verdosos y morados para ir a los libros de los grandes, los folios blancos y de bolsillo. Aunque aún no del todo audaz escogí uno con un dibujo de trazo claro y colores infantiles, un dibujo que podría haber dibujado yo. Dos caras frente a frente, las manos atadas con el título y el nombre del autor que era también el dibujante de la portada: Jean Cocteau, Los niños terribles. Juntas las dos palabras que más me representaban, la palabra “niño” y la palabra “terrible”, que para mí eran sinónimos exactos. Primera página: unos niños saliendo del colegio un día de nieve. La insolencia del “gallito del colegio”. Una pelota de nieve que cae en el pecho del más débil, que se complace feliz en esa debilidad que lo deja para siempre fuera de clase, en un mundo paralelo tan parecido a mi casa donde se hablaba castellano y no había horarios.
Muchos años después conseguí ver en película esa misma historia en la pantalla, Los niños terribles, de Cocteau, filmada con perfecta fidelidad por Jean Pierre Melville. Lo mismo que leí, a lo que le faltaba ese elemento esencial que era yo leyendo, pálido y feliz de todo lo prohibido a lo que tenía acceso sin que nadie se diera cuenta de mi audacia, cubierto por el filtro de la cultura, convertido en un niño serio, yo que me abocaba sin límite a una orgía de sensaciones y placeres de los que solo tenía una vaga idea. Nunca había dado ni un beso ni tomado ni un trago pero no era inocente, era cualquier cosa menos inocente.
Estaba eso y las palabras que no valían igual unas que otras, que no solo contaban la historia sino que la traspasaban, translucían, transfiguraban. Las palabras elegidas con placer, con lujuria, con verdadero vicio para que uno viera y oliera y sintiera mucho más de lo que tenía que ver, que oler, que sentir normalmente. Una voz en mi cabeza. La conciencia de escuchar una voz que me cuenta una historia que ambos sabemos, que ambos vamos tejiendo y entretejiendo, que es tan mía como suya. Ese debate entre el libro y yo, ese tiempo que tomaba en mí, ese tiempo que le regalaba no podían reproducirlo las películas. Las imágenes contaban la historia, pero la gracia de leer era justamente esa imprecisión movible de las imágenes, de los rostros, de las habitaciones que iban como una foto en un laboratorio, fijándose en el ácido para disolverse unos segundos después. Película que tenía esa gracia, estar siempre en montaje, en rodaje, en casting y preproducción en el momento de su estreno mismo, en la sala en que yo la veía que no era del todo mi memoria ni del todo la voluntad del autor, sino un territorio intermedio, una zona franca como esos sitios eriazos que dejaron en posesión de nadie los arquitectos del muro de Berlín.
Las películas se convertían tarde o temprano en pedazos de sueños, los libros me acompañaban despierto, caminando solo en el invierno, masticando palabras infinitas, plegarias sin fin que me salvaba justamente de la sensación de que todo tenía fin, que yo terminaría tan luego, tan solo en un silencio sin palabra que temía como la peste. Las películas me podían proveer la impresión de viajar a Rusia o al Renacimiento italiano, los libros y solo los libros me conectaban en directo con la conciencia de Montaigne o las pesadillas de Dostoyevski. Entrar en ellos o dejar que ellos entraran en la suya porque me necesitaban, porque sin mi lectura, sin mi propia memoria, sin mi propia conciencia sus palabras eran letra muerta. Porque leer era de alguna forma prestar conciencia a una conciencia ajena a la mía, era dejar que entrara en la conciencia ajena algo de la mía. Porque leer era un acto político, una negociación que tenía justamente que ver justamente con el límite de lo que ellos imaginaron, de lo que yo podía agregar en mi lectura. Una interpretación que me obligaba a recrear su texto, a reescribir su partitura, esa que solo podían escuchar cuando la tocaba en ese piano invisible en que todos los lectores no paramos de ensayar.
En Los niños terribles Cocteau me contaba un secreto a mí y solo a mí. Cocteau, que estaba muerto, decía la noticia biográfica al comienzo del libro. Muerto, muerto pero vivo lo que quizás más podía importarme perder, la forma de su mente, el sello de su voz, la posibilidad de hablarle a los que quería, la posibilidad de quedarme después de haberme ido. Es lo que me obsesionó de los libros y la literatura, la posibilidad de hablar con los muertos, o más bien de acceder a un mundo en que los muertos y los vivos, los niños y los adultos, los modernos y los antiguos viven juntos para siempre, dejando ahí colgando en la nada su respiración, su aire, la forma en que veían la luz, la manera que tenían de rezar cuando rezaban, de blasfemar cuando blasfemaban, de hablar con Dios o contra Dios, de hablar como se supone que Dios habla en la Biblia o el Corán, en voz tan baja que nada puede acallarlo, en sus propias palabras que son las tuyas.
La lectura estimuló en mí un tipo de imaginación que podría llamar imaginación religiosa. Como en la última escena de El Arca Rusa, de Sokurov, los libros me hacían ver el mundo como una infinita escalera llena de personas de todos los siglos caminando acompasada y tranquila hacia un gran salón de baile. Y de pronto la cámara que gira hacia una ventana que mira el mar y la nada y una voz, una voz sola que habla de navegar eternamente. Leí, empecé a leer porque no necesitaba creer. La lectura me enseñaba un método para hacerlo, callarme, escuchar en silencio, seguir palabra por palabra el dictado de otro que tenía en ese momento plenos derechos sobre mí. Un otro que era yo entonces, viviendo en lugares, conociendo gente, pensando cosas que no era yo capaz de pensar.
Esa ampliación sin fin del yo, esa intimidad completa con el tú, esa forma silenciosa e individual del nosotros, es lo que trajeron los libros a mi vida. Las películas o la televisión supieron estimular mi imaginación, los libros inventaron en mí una imaginación, una necesidad imaginativa que no existía antes de ellos. Decidí entonces, que sería de eso, que así no moriría dejando palabra en un libro, hablando para niños terribles, contándome para quedarme, resumiéndome, palabras que frotar como la lámpara Aladino para que saliera de la lámpara el único genio posible, la voz que cumple el único deseo que vale la pena, el seguir después de muerto, extinto, invisible, deseando

Ponencia presentada en el Seminario Internacional “¿Qué leer? ¿Cómo leer? Perspectivas sobre la lectura en la infancia”, realizado los días 6 y 7 de diciembre de 2012 en la biblioteca Nicanor Parra de la Universidad Diego Portales.

Rafael Gumucio Profesor de castellano y magíster en literatura de la Universidad de Chile. Ha trabajado principalmente como periodista en diversos medios escritos, como los diarios La Nación, El Mercurio, Las Últimas Noticias, el periódico The Clinic y las revistas Fibra y Rock & Pop, de Chile; los diarios españoles El País y ABC; las revistas mexicanas Gatopardo y Letras Libres; y el diario estadounidense The New York Times (en todos ellos ha escrito sobre los más variados temas: televisión, política, literatura, mujeres y viajes, entre otras cosas). También ha sido animador, guionista y realizador de películas y programas de televisión, como el espacio de humor absurdo Plan Zeta (Rock & Pop Televisión). Actualmente es panelista del programa radial Desde Zero, de Radio Zero, y académico de la Universidad Diego Portales, donde dirige el Instituto de Estudios Humorísticos.

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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