Leer hasta el fin

Juan Gustavo Cobo Borda

En pedazos de cuero, en huesos planos de camello, en tiestos de cerámica, en tallos de palmera, en tablillas de barro, los hombres, seres transitorios destinados a la aniquilación, han querido dejar memoria de su paso. Han inscrito su voz para contar lo que les paso. Y esas incisiones, esos signos, esos rasgos, reclaman el ojo que las acompañe y descifre. Que mantenga su impulso y sus pausas. El deseo que llevó a realizar ese conjunto de garabatos expresivos que ahora es una montaña, una casa, un árbol, un bisonte herido, un ave en pleno vuelo, un chamán con cuernos de venado en la cabeza que danza con un bastón ceremonial en la mano.

Seguir esas imágenes, con la vista, desemboca inevitablemente en el sonido. Asombro, perplejidad, asentimiento, incomprensión, rechazo. Lo dibujado se hace texto y el texto lectura. Lectura silenciosa, para esclarecer nosotros mismos lo que vimos. Lectura en voz alta, para que ese otro yo que también somos dialogue con nosotros y nos abra, con mayor amplitud, un espacio privilegiado donde los grafismos se han tornado música. Donde el pentagrama de la sensibilidad (un color ocre, un vientre henchido) se ha vuelto reflexión. Debemos conjurar el animal para cazarlo y así, en el invierno, alimentar a la mujer preñada. Quizás desde el paleolítico, en cuevas de Francia y España, en la oscuridad húmeda de esas cavernas, una novela nos aguarda. O en África, sobre paredes de arena petrificada. La lectura se vuelve así viaje, aventura. Descubrimos el mundo y nos miramos a nosotros mismos. No sólo en nuestras emociones, perplejidades, desalientos y euforias, sino en la transmisión de esos asombros o en el dolor de esos incomprensibles nudos ciegos, que resulta imposible desatar con una sola palabra. Por ello el hombre levanta la vista del texto y escucha el murmullo incesante del mundo y los truenos que descienden de lo alto, advirtiéndonos que hay poderes superiores a nosotros, que nos asustan y hacen temblar. O que aún subsisten, bajando por las laderas de las colinas, alados dioses que todavía pueden traer consigo el duelo o la euforia. El inicio de la lucha o el fin de la batalla.

Todo está poblado de enigmas y por ello las tres grandes religiones del libro (judaísmo, cristianismo, islamismo) siguen intentando penetrar el sentido de esas páginas que rigen su vida. El viejo Testamento, el nuevo Testamento y El Corán parecen no agotarse nunca, y cada nueva generación intenta penetrar en la carne de su significado. Algunos, con la mística, rozarán lo indecible. Otras, con la cábala, hallarán cien significados distintos. Que al igual que con los cien nombres de Alá solo podrán pronunciarse 99 pues el último es Ala mismo. El Nombre que no tiene Nombre pues su fuerza y su perdurabilidad reside en la eternidad de su tautología: él es el que Es.

Así sucede con la lectura. Si la emprendes, llámese Ilíada y Odisea, llámese Don Quijote o los Ensayos de Montaigne, llámese Pedro Páramo o Cien años de soledad no podrás concluirla nunca. Los libros van cambiando de color y de perspectiva, como tu vida misma, y no es lo mismo Un amor de Swann, de Marcel Proust, descubierto a los 16 años, que releído quizás a los sesenta. La lectura es una forma no solo de situarnos en el mundo (país, lengua, tradición, clase social) sino una vía para profundizar en el misterio insondable que termina por clausurar la luz en el ojo de los hombres. Ceguera que es revelación. No más libros que leer sino si acaso recuerdos, coplas, adivinanzas, anécdotas que nos transmitimos unos a otros. Madres a hijos, abuelos a nietos. Sin la lectura carecemos de historia, llámese esta Los doce Cesares, de Suetonio, como Las reminiscencias de Santa Fe de Bogotá, de Cordovez Moure.

La verdadera universidad, se ha repetido muchas veces, son los libros. Los libros degustados en la biblioteca o en los jardines. Los libros de los cuales subsiste una imagen o una frase subrayada, en El Banquete de Platón como en la Utopía de Tomas Moro. En los versos de Pablo Neruda como en una proclama o el testamento de Bolívar. Páginas que en tantos casos nos llevan a suspender precisamente la lectura para asimilar mejor, y meditar, cantar o increpar, según sea nuestro acuerdo o desacuerdo con las ideas allí expuestas. La lectura nos da el privilegio único de conversar tranquila, amistosamente, de tú a tú, con muertos aun vivos, llámense Descartes o Albert Camus, llámense Confucio o José Asunción Silva. Nuestros prejuicios provincianos, la estrecha frontera de nuestras limitaciones parroquiales, de nuestros pequeños ídolos con pies de barro, se harán pedazos, ante la universalidad que propone la historia. Ante otro paradigma y otras medidas, más universales. La lectura, en definitiva, es aquella forma de arte donde lo humano se hace por fin posible y compartible, hasta el fin.

Confirmando la verdad de lo que Píndaro dijo en su momento, hace tantos siglos: “Cuando la ciudad que celebro haya muerto, cuando los hombres a quienes canto se hayan desvanecido en el olvido, mis palabras perdurarán”.

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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Una respuesta a Leer hasta el fin

  1. Me encantó. La palabra siempre queda. Nunca podrán callar las voces del poeta.

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