Un lugar en el mundo

Isabel Barceló

isabel_barcelofirmandoNo existía en el mundo un lugar más hermoso para leer que los brazos de mi madre. Esa lectura no consistía en descifrar palabras, sino imágenes y colores que cobraban vida y significado a través de lo que ella leía en voz alta. El universo entero se construía delante de mí. Y yo quedaba absorta ante tanta maravilla, fascinada por el mundo y sus peligros. Si atravesaba bosques solitarios para llevar la merienda a mi abuela, si una de mis hermanas abría la puerta al lobo confundiéndolo con nuestra mamá cabritilla, si una viejecita me ofrecía una manzana y yo la mordía confiada, todo lo horrible que aconteciera después yo lo vivía desde la protección y el calor del regazo materno. No hay mejor escuela de la vida que esa mezcla de amor y ficción.

Aprender a leer por mí misma fue una conquista, la más significativa de la infancia: a partir de ese momento sería mi propia –insonora– voz, y no otra, la que me adentraría poco a poco en los misterios y los desvelaría. Descubrí el placer de leer a mi antojo: volver a lo ya leído, detenerme en un momento de máxima tensión para alargar la emoción que precede a un descubrimiento, paladear cada frase o cada palabra, cerrar momentáneamente el libro y los ojos e imaginarme cómo eran las hadas que habían venido a mi cuna a regalarme sus dones cuando nací. De los ladrones ocultos en tinajas de aceite, de las garras del pájaro Roc o del infortunio de ser engullida por una ballena como el pobre Gepeto, me protegía la mesa.

Ese era mi territorio real: una mesa de camilla situada en una estancia de paso entre el comedor y la cocina. Me sentaba debajo de las faldas y las separaba con una sillita de anea cuyo respaldo hacía las veces de ventana por la que entraba la luz: la luz del día, porque el albor de la comprensión se gestaba dentro. Allí pasaba las horas leyendo cuentos, viviendo.
Eso fue mientras mi tamaño lo permitió. Hube luego de cambiar de mueble y así, dejaron de buscarme levantando las faldas de la camilla. Para encontrarme bastaba agacharse un poco: siempre estaba sentada sobre la barra que unía entre sí las cuatro patas de la mesa del comedor. Una barra muy útil, pues su palmo y medio de anchura me permitía tener también los pies en alto y vivir en una diminuta isla. Era un lugar más expuesto pero, con todo, aún tenía el tablero de la mesa sobre mi cabeza, un techo protector. Desaparecidos los límites impuestos por las faldas de cretona, bajo aquella amplia mesa se extendían América, África o el Ártico siempre helado, y la sabana o las grandes llanuras en las que pastaba el búfalo eran un paisaje común. La tabla ofrecía seguridad mientras me deslizaba sobre las aguas del majestuoso Misisipi o cuando, agazapada en la oscuridad de la noche con Tom Sawyer y Huckleberry Finn, observaba con pánico los siniestros manejos del indio Joe. Sobre esa balsa, con los pies en alto, viví muchas aventuras y sorteé toda clase de tormentas y amenazas: la separación de mis padres para ingresar en un internado, la angustia de creerme poco amada, el miedo a la muerte.

Fueron años de dura travesía.

Me instalé luego en la escalera, en un tramo que iba desde la primera planta, donde estaban los dormitorios, al desván. Quizá era un símbolo, un punto intermedio entre el camino ya recorrido (la infancia y la planta baja de la casa) y el que faltaba hasta alcanzar la madurez. La luz entraba gozosa por una gran ventana y era un sitio acogedor pese a los duros escalones. Acotado entre la pared y la barandilla, ofrecía la posibilidad de diversas posturas: apoyar el costado y un codo contra el escalón de atrás en una actitud relajada, cuando la historia iba de aventuras; reflejar la tensión, apretando la espalda contra la pared y los pies contra la barandilla; asistir al nacimiento del amor inclinada hacia delante, con los codos sobre las rodillas, intuyendo que enamorarse es un riesgo y que sólo a pecho y espaldas descubiertos valía la pena acercarse a él.

Desde entonces he leído en muchos sitios: en sofás, en el tren, al borde de la piscina, frente a un lago, por encima de las nubes, por debajo, de pie, incluso dormida. A través de todo ese periplo no he encontrado un refugio más hermoso para leer que los brazos de mi madre. Ese es, ya, un lugar imposible porque imposible es volver a ser niña. Tampoco necesito un espacio físico concreto para entregarme a la lectura: la lectura es un lugar. Y estoy allí donde ella me lleva: en alta mar o en la cima de un monte o en el recoveco más oscuro de un alma. Ese viaje enriquecedor e interminable a través de las historias y los libros me ha procurado alegría, conocimiento y saber de la vida. Así, completo un círculo convirtiéndome yo misma en un lugar de lectura: he sido para mi hijo –y aspiro ser para mis nietos–, uno de los regazos desde cuya seguridad alcancen a descubrir los peligros del mundo y sus maravillas.

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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2 respuestas a Un lugar en el mundo

  1. Esta entrada es un puro regalo, por lo que dice, por la forma en la que lo hace y por el viaje que ha iniciado en mi recuerdo a esos lugares de lectura. Gracias, vuelvo a leerlo y a disfrutarlo.

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  2. Es hermoso el relato de Isabel, me recuerda mucho mi propia infancia porque también para mí los brazos y los cantos de mi madre me curaron las más profundas heridas. Gracias por compartir.

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