Los cuentos maravillosos

Gustavo Martín Garzo

9788478447336La razón última por la que contamos a un niño una historia es buscando su felicidad. No creo que haya una razón de más peso para hacerlo. Hay otras: que esa historia le enseñe a ser generoso, a amar la naturaleza y a los animales, a confiar en los que quiere, a no tener miedo. Pero lo esencial es que le haga feliz escucharla. Si no ¿para qué se la contaríamos? Es como cocinar para él. Lo hacemos porque necesita alimentarse, pero ese mundo de bizcochos, tartas de crema, natillas y leche frita, pertenece al mundo del alma, que es la parte menos doctrinal y previsible del hombre, porque el alma ama vivir sin porqués. Borges decía que quien escribe para niños puede quedar contaminado de puerilidad. Y es cierto, pero no lo es menos que el problema no está en los riesgos que se corren sino en cómo logramos salvarlos. Además ¿qué es ser pueril? Somos pueriles cuando jugamos con un niño pequeño o cuando paseamos con un perro. Somos pueriles cuando amamos a alguien, cuando nos arreglamos para ir a una fiesta o cuando bailamos, y lo seremos definitivamente cuando nos hagamos ancianos. Don Quijote es pueril, y muchos personajes de Kafka también lo son. Incluso me atrevería a decir, que la lectura es un acto pueril, ya que nos instala en el mundo de la irrealidad. En ese caso ¿por qué habría de ser mala? La puerilidad no se confunde con la niñería. Tenemos vidas reales pero nos enamoramos de vidas irreales.

Todos los que amamos los libros sabemos que no leemos tratando de ser mejores, sino para ser más, o para ser de otra forma. Es decir, que al leer un libro lo que esperamos encontrar en él es nuestra propia vida. Pero ¿sabemos lo que es nuestra vida? No, no lo sabemos. Aún más, no queremos tener una sola vida sino muchas vidas. Y los libros hablan de nuestros deseos. Me sorprende que en los colegios se ponga tanto empeño en que los niños lean, porque los cuentos no tienen nada que ver con la educación. No le dicen al niño que sea obediente, sino que sea atrevido y curioso. Casi todos los cuentos son posibles porque el niño o la niña que lo protagonizan no hacen lo que le dicen. Caperucita se detiene a hablar con el lobo y elige el camino más largo para ir a la casa de su abuela, porque la maravilla todo lo que encuentra, y la esposa de Barba Azul sólo vive para robar la llave a su marido y descubrir el enigma del cuarto cerrado. Y el mundo está lleno de caminos extraños y cuartos cerrados, que no son sino esas preguntas que no podemos dejar de hacernos porque contienen la clave de lo que somos: por qué existe el dolor y la alegría, por qué existe la injusticia, por qué nacemos y por qué tenemos que morir, por qué fueron creados los elefantes, los ríos, el ámbar o las estrellas. Casi todas estas preguntas carecen de respuesta, pero los cuentos hacen que sigan vivas en nuestros corazones y así nos ayudan a vivir. Pues quien pregunta quiere saber, descubrir algo, y la imaginación es la facultad que nos permite abandonar el territorio de lo conocido y lo previsible e internarnos en el vasto campo de lo posible. Emily Dickinson dijo que la poesía era una casa encantada. Eso son los cuentos, la Casa de la Posibilidad. Lo bueno de contar un cuento a un niño es que creamos al hacerlo un lugar nuevo, un lugar donde podemos tener una segunda vida. No creo que ninguno de 50370777nosotros fuera gran cosa sin esa segunda vida que nos entregan los sueños. Julien Green escribió que la imaginación es la memoria de lo que no sucedió nunca; y nosotros añadimos, pero debió suceder. Es un acto de rebeldía frente a esa realidad cotidiana, que impone a los hombres una manera de vivir y de comportarse que nada o casi nada tiene que ver con lo que de verdad desean o son. La imaginación es como ese doble enmascarado que en los relatos de aventuras abandona el ámbito de seguridad de la casa y se escapa aprovechando la noche por los tejados. Nos promete el mundo de las ventanas iluminadas, de los tesoros que brillan en la oscuridad, de los amores prohibidos. Es decir, todo lo que sin duda merecimos pero no llegamos a tener. Santa Teresa la llamó la loca de la casa, pero su misión está llena de sentido común: hacer que la realidad vuelva a ser deseable y que los deseos se hagan reales. En definitiva, que eso que llamamos lo real no pueda existir sin el anhelo de lo verdadero.

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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