Un lector de poesía

Ángela Gentile

angelaSucede indefectiblemente que de niños soñamos en una dimensión infinita; y es por ello que entramos en territorios de lo posible, donde acontece esa otra vida que nos alienta sin saber hacia donde vamos. Y lentamente nos permitimos habitar otras pieles; así como insospechados espacios donde no importa tanto ser sino sentir que todo nos conduce a lo inesperado.
Siempre es una voz la que nos transporta a terrenos sin fronteras; y por ello de repente podemos reposar junto a Emilio Salgari en Maracaibo a la espera del Corsario Negro; que en mi caso vino tempranamente con la voz de mi padre.
Más que lector creo que uno con el tiempo se transforma en un buscador incansable de historias, perseguidor de faros como Stevenson o Verne, que iluminan el alma noche a noche como las luciérnagas en verano.
En territorios de la prosa uno se siente protegido; pero es más audaz, inexplicable e insólito cuando nos convertimos en lectores de olfato; en irrecuperables miembros de la universal cofradía de aventureros que poseemos la llave de todas las magias, con sólo dar vuelta por primera vez una página, y sentir que comienza nuestra larga vida de lector.
Todo ese maná un día no nos alcanza y sentimos que, además de ser lector de olfato, nos comenzamos a sentir lectores de bordes, de abismos y nos transformamos en peregrinos por territorios de poesía; la misma que no se anuncia y nos habitará por siempre.
Al leer poesía es muy difícil recordar cuándo, cómo y dónde fue la primera vez que sentimos que todo desaparecía a nuestro alrededor; algo similar al sentimiento que produce la Ilíada cuando nos damos cuenta que esa gran metáfora griega nos vincula con nuestro ántropos y nuestro deimon; y nos interesa cual hostil sea ese encuentro, igualmente entramos a los mundos que confluyen para desabitarnos.
La poesía estuvo antes en el mundo, estableciendo su primacía desde lo individual a lo cosmogónico, espacios por donde la Nada, como escribiera el poeta Horacio Castillo, viene a comer de nuestra mano.
Mirar desde el silencio y el lenguaje, nos hace partícipes de la esperanza y raramente están las palabras como uno las recuerda; de allí que los visitantes de nuestra memoria poética ingresan con la canción de cuna que ya ni siquiera tarareamos. Y a pesar de todo son los indicios , tan sutiles como los hilos de Ariadna y tan persistentes que se nos incorporan con el desayuno diario y que, por la magia de la musicalidad llega a nosotros nuevamente por otra voz; y en mi caso, fue la de mi madre quien recitaba a Rosalía de Castro, la gran poeta gallega y aquellos versos que hablaban sobre el amor a su tierra; y el cual no tenían por qué coincidir con mis necesidades pero estaban y estarán allí muy cerca de la infancia con :

“Airiños, airiños aire
Airiños de mia terra.
Airiños, airitos aires,
airiños portarme a ella”

Por aquellos tiempos lo primitivo era la tierra desconocida y sin frontera de los versos orales; un aprendizaje que me enseñó a sentarme en el mundo y escuchar solamente los silencios que dejaban los versos mientras se escapaban por el aire.
Uno se preguntaba más tarde si el hombre cantó antes de hablar; y llega aquella frase de Aristóteles: “La poesía es aquello no dicho”.
El lugar, el horizonte donde una vive suele tener lenguaje propio; y de pronto viviendo en familia y ciudad de inmigrantes, se penetra en otras lenguas y se escucha embelesada a su abuelo entrar en la cadencia de unos versos, que rondaban el cielo y nos cambiaba el cómo y por qué escuchar :

Nel mezzo del cammin di nostra vita,
mi ritrovai per una selva oscura,
che la dritta via era smarrita.

Con los años, estos versos, me llevaron a leer la Divina Comedia, a convocar la memoria de la infancia, el lenguaje que de pronto se volvió familiar y único en la belleza de la lengua romance que descubrí una vez y para siempre.
Y es el tiempo el que nos elige poéticamente en cada palabra, en cada descubrimiento, bajo distintas máscaras la poesía se hace presente. Los griegos cantaban antes de hablar, los jóvenes espartanos entraban recitando poesía a los campos de batalla. Lo poético siempre circuló y circulará entre el eros y el tánatos. En esos instantes de contacto con el mundo clásico, me encontré con la lengua generosa de los rapsodas, que me llegó en la voz de Horacio Castillo, poeta y helenista hacia el mundo de lo bello, desdibujando para siempre las fronteras literarias e instalando una visión del mundo homérico como un milagro cotidiano. Vinieron a mí las imágenes de los lavaderos de piedra y del Escamandro desbordándose hacia mis ojos; mientras que Safo, descorría las tinieblas del mundo hasta situarnos en la eternidad de líneas como:

Me parece igual a los dioses
aquel varón sentado frente a ti,
que a tu lado escucha
mientras hablas dulcemente
y sonríes con amor.

cuerno-de-marfil-de-angela-gentileEs difícil saber en qué momento uno se vuelve lector de poesía; pero seguramente ha sido de manera desprevenida para ir hacia nosotros mismos, en un nostos hacia el corazón, a ese lugar alquilado por los hombres. Allí, en ese viaje de regreso, me encontré con poetas griegos modernos como Odiseas Elytis, Yannis Ritzos, Yorgos Seferis o Constantino Kavafis , poseedores , todos, de la inmortalidad , míticos por dadores de tiempo, artífices de las palabras que nos hieren en la vigilia del verso.
Yannis Ritzos de pie ante lo terrible, traducía en su lengua aquello que no era dicho:

Estos árboles no se arreglan con tan poco cielo,
Estas piedras no se arreglan bajo el paso extranjero,
Estos rostros no se arreglan sino con sol,
Estos corazones no se arreglan sino con justicia.

Sólo alguien que haya sido devorado por la poesía, deambulado por las márgenes de un libro sin saber que lejos estaba la exterioridad y que cerca el sentido último de nosotros mismos; donde se albergaba la inmortalidad impuesta por Wordsworth y aquella, su oda perfecta:

Aunque mis ojos ya no
puedan ver ese puro destello
Que en mi juventud me deslumbraba

Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la hierba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos
porqué la belleza subsiste siempre en el recuerdo.

Luego de leer muchas veces uno se siente en una habitación vacía; y es entonces el momento de buscar la palabra que nos alcance como lo hiciera Olga Orozco, poeta de La Pampa argentina que en cada verso convoca tempestades y naufragios desde sí misma:

Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero.
Amé la soledad, la heroica perduración de toda fe,
el ocio donde crecen animales extraños y plantas fabulosas,
la sombra de un gran tiempo que pasó entre misterios y entre
alucinaciones,
y también el pequeño temblor de las bujías en el anochecer.

No hay temblor en la noche del lector de poesía pues cuando la palabra se va, como un inquilino nocturno, viene siempre otro y otro pasajero.
Ana Emilia Lahitte, poeta platense de la generación del 40 en Argentina, me acercó Lautremont y también a Roberto Themis Speroni que apareció de improviso con una poesía abismal:
Me alojarán en una veta fina.

Harán conmigo una estación yacente,
y me pondrán, al lado de las manos,
un hombre de tres clavos, un antiguo
perseguido de luz.

Ciertas personas,
habitantes del uso y la costumbre,
repararán, al fin, que fui una especie
de cometa infernal, un constelado
errabundo filial, un hongo triste,
un insecto de tórax luminoso.

En esa búsqueda de la síntesis, el único espacio interior lo cubrió la lectura de Roberto Juarroz y su universo vertical, nuestra interioridad hacia los mundos del éter y del infierno estaban por siempre asegurados:

Pienso que en este momento
tal vez nadie en el universo piensa en mí,
que solo yo me pienso,
y si ahora muriese,
nadie, ni yo, me pensaría.

Y aquí empieza el abismo,
como cuando me duermo.
Soy mi propio sostén y me lo quito.
Contribuyo a tapizar de ausencia todo.

Es la poesía la que nos evoca mediante signos que nunca se revelarán porque no hay interiores iguales, porque no hay interpretación única y posible.
Manuel Castilla, poeta salteño, llegó con dos líneas de un poema casi autobiográfico y deambuló su luz por una calle perdida de Salta :
(…)
ese que amanecido, con el vino,
se arrima alucinado al mandarino
y con su corazón lo va tanteando,
ese ya no es, aunque parezca cierto,
es un Manuel Castilla que se ha muerto
y en esa casa está resucitando…

El tiempo tenía a la eternidad como palabra y en la misma convivían Pessoa y su deambular por las cornisas del yo, junto a los sueños de Ungaretti y Montale.
La poesía ha suprimido todo espacio y todo equilibrio y la vemos desde la noche del poeta y no nos quiere decir nada; tampoco acumular el resto de nuestros propios rostros. Ella es simplemente como lo son estos versos de Miguel Hernández:

(…)
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Y uno se hace lector de poesía porque necesita respirar y quizá quiera también perdurar como Enjeduana, la primera poeta conocida que cantó su destierro hace más de 4000 años; y como ella ser una sacerdotisa de la luna; aunque no ya en el templo de Ur sino en la palabra y acompañar lo bello, que no es más que la armonía que sostiene lo no pronunciado.

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Ángela Gentile (Argentina)
Escritora y docente argentina (Berisso, Provincia de Buenos Aires, 1952). Ha publicado los poemarios Escenografías (Premio Nacional Iniciación) y Cantos de la Etruria, así como el ensayo La Divina Comedia, poema que atravesó océanos (revista Etruria de literatura juvenil, crítica y teoría). Codirectora de la revista Etruria. Coautora de Voces olvidadas, las lenguas y las canciones de cuna de la inmigración (2010).

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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Una respuesta a Un lector de poesía

  1. Muy buenas reflexiones. Comparto

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