¿Para qué escribo? ¿Quién me lee?

Enrique Pérez Díaz

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Ilustración de Francesco Ghersina

Michèle Petit ha dicho que: …hay niños que leen bajo las sábanas, con la linterna en la mano, en contra del mundo entero. Hay una dimensión de transgresión en la lectura. Si hay tantos lectores que lean por la noche, si leer es con frecuencia un acto de oscuridad, no es solamente porque hay en ello un sentimiento de culpa: de esta manera se crea un espacio para la intimidad, un jardín protegido de las miradas. Se lee sobre los márgenes, las riberas de la vida, en los linderos del mundo. Tal vez no hay que desear que se haga la luz en ese jardín. Dejemos a la lectura, como el amor; conservar su parte de oscuridad.

Quizás lleve más de cuarenta años dedicado al ¿oficio? de la escritura. Y más de una vida, desde mis ancestros, leyendo en los signos del mundo. Porque cuando se desciende de una familia lectora se viene ya con ese acervo que nos da, por añadidura, una relación neuronal, atávica y casi química con la vida que corre detrás -o entre líneas- en un papel. La respuesta implícita a las interrogantes: ¿Para qué escribo? ¿Quién me lee? me deja inerme ante cualquier propósito confeso, pues, como el actor que desconoce su auditorio y mucho más las posibles reacciones que su propuesta teatral despierte, así me asomo a cada nuevo libro en busca de una historia, guiado siempre por mis ocurrentes —e impredecibles— personajes… Escribo en primer lugar porque me siento libre en el paisaje de mi literatura. Mis libros me ofrecen una amplitud que jamás he conocido en otra geografía. Con ellos aprendí a conjurar el dolor que trae la existencia y gracias a personajes que llevan muchas tiras de mi piel y bastantes emociones de mi alma, conseguí liberarme de las ataduras y convenciones a que el mundo nos convoca desde la primera infancia. La literatura, ya la lea o la escriba, siempre ha ejercido en mi persona poderes terapéuticos y cuando me escapo a un libro, para contar mil y un verdades literarias, siento que soy ese yo que sueño ser y reivindico en mis historias al que la vida real casi nunca me permite salvar. ¿Para qué escribo? ¿Quién me lee?

Por muchas razones incomprensibles para mí, inconfesadas, pero persistentes, que me hacen dejar todo lo demás y sumergirme, antes en las cuartillas, hoy en una pantalla llena de iconos, para volar desde ahí a un mundo paralelo, tan cercano a este, sin embargo.

¿Quién me lee? ¿Para qué escribo?

Hace poco, apremiado por sus editores que desde la sinopsis mostraron gran interés, terminé el que de momento es mi libro más reciente: El puerto del buen retorno. Siempre intuí que alguna vez escribiría sobre Cleopatra VII, un personaje vapuleado a su antojo por la historia, sobre todo en virtud de que fueron hombres los que asumieron el relato sobre la personalidad altamente polémica de esta reina ptolemaica. Nunca antes pensé sumergirme en la retórica de un personaje de la antigüedad, pero de la mano y el estímulo de otra amiga escritora, la mexicana María García Esperón, me fui adentrando en el universo helénico para ir trazando los contornos de la infancia que presumiblemente pudo tener la última reina de Egipto. Todavía me siento fascinado por el modo en que los misterios isiacos se me fueron develando y de alguna manera conseguí entrar, tal vez del modo más especulativo (y humano a la vez) en el entorno espiritual de la malhadada reina que se suicidó a los 39 años y que, como su antecesor e idolatrado Alejandro, tuvo el privilegio de la inmortalidad que se nos confiere al morir jóvenes, en plenitud de facultades y en medio de nuestra leyenda personal, favor que solo se concede a los semidioses.

El libro se fue llenando de intrigas, misterios y personajes apócrifos que tuvieron la suerte de llevarme hasta esa desconocida Cleopatra, y a través de la cual comencé a amar y descubrir, cual un niño como ella, el universo donde ambos debíamos desarrollar nuestra historia. Hubo un punto en que tratando de entenderla, fui comprendiendo los últimos acontecimientos de mi vida personal y, entre olvidos, adioses y renuncias y la memoria de cuan fútiles pueden ser las creaciones humanas, entendí mejor a la reina que supo tener a raya a uno de los más poderosos imperios de la antigüedad y asumirse a sí misma como ella deseaba ser: una mujer culta, llena de amor, defensora de su pueblo y libre de obrar acorde al dictado de su corazón, sin más ataduras que sus lazos afectivos y lo que consideraba su compromiso con una civilización.

Luna especial lectura especial. Ilustracion de Federica Bordoni

Luna especial lectura especial. Ilustración de Federica Bordoni

¿Para qué escribo? ¿Quién me lee? Pues creo que ahí está la clave. Del mismo modo en que nos sumergimos en nuestros personajes, ellos se van revistiendo de nosotros, toman nuestros rasgos, anhelos, sentimientos, rechazos y se vuelven más humanos. Somos ellos viviendo su entorno y situación. Ellos son nosotros, tal y como, nunca nos atrevemos a vernos, porque en un libro nos revelamos como quizás nunca antes soñáramos. Y esta misma relación viene a producirse con el lector. ¿Para qué escribo? ¿Quién me lee? Pues escribo para aquellos que en mis libros pueden reconocerse tal y como son. Escribo para aquellos que en mis páginas descubren lo inconfesable de sus vidas y pueden asumir como actuarán desde su aceptación inmediata o su rechazo.

Aunque en mi caso escribo porque siempre me condicionaron a ello.

Y no es que sea persona obediente, disciplinada, sin ideas o voluntad propia, pero el escribir fue siempre una vía de solucionar algo inmediato. Desde muy chico estuve vinculado a los libros y eso me hizo no concebir el mundo sin ellos, sin sus imágenes, sin sus historias. Hallaba en ellos situaciones más edificantes, hermosas y llenas de pasión que las propiciadas por mi cotidianeidad de niño solitario en una playa apacible, bueno, en realidad no tan apacible pues a diario montones de personas emigraban desde allí hacia el para ellas promisorio Norte. En esa playa conocí la felicidad. Y el dolor. La luz. Y la ausencia.

Pero al leer todos en casa, hubiera sido un crimen de lesa familia no hacerlo, sobre todo con un abuelo periodista, una madre profesora, bibliotecaria y cuentacuentos, una abuela a quien gustaba adormecerse escuchando historias, una tía actriz que repasaba guiones y toda una gama de seres que de alguna manera se vinculaban a ese mundo ficticio que se oculta en los libros, pues como dice Ende: La literatura y la mentira están hechas de la misma sustancia: la ficción. Esta sustancia puede ser una medicina o un veneno, dependiendo de las manos en las que caiga.

Lo mejor de leer cuando niño (y ahora también) era (o es) llevar a la fantasía mis sueños y entonces mis vecinos eran (y son) testigos de mi desbordante imaginación.

En la escuela, tras el aprendizaje de las letras, comencé a escribir. Pésimo estudiante. Esmerado lector. Insumiso alumno. Dócil frente a un libro. No me costaba casi nada expresar mis ideas —lo que aún para muchos profesionales resulta un engorro— y mis maestras advertían eso que llaman un don de la palabra, oral o escrita. He contado mil veces que hacía las composiciones a mis colegas. Sin embargo, mis gustos eran tan fantasiosos que nunca soñé con ser escritor, oficio que me parecía (y aún puede resultarme en ocasiones) muy aburrido y demasiado apacible. La literatura no da respuestas, pero mantiene vivas las preguntas. Ha dicho Gustavo Martín Garzo y por eso me gusta leer. Por eso escribo. Aunque no siempre en cuanto uno lee encuentra preguntas interesantes y muchísimo menos, respuestas a algo que le inquiete, motive o preocupe.

¿Para qué escribo? ¿Quién me lee?

Fue al concluir Periodismo que me tomo la escritura más en serio y comienzo a leer con verdadera furia libros para niños y clásicos contemporáneos. Eso irá formando un universo variopinto de tendencias, temas, métodos, puntos de vista y amplitud argumental que hicieron de mí el escritor que soy. Es paradójico, o quizás comprensible —si se analiza el poco caso que yo mismo le hacía a mi escritura— que no comience a publicar hasta los 35, habiendo comenzado mucho antes (apenas adolescente) a garabatear libretas tratando de reinventarme el mundo.

Si desde el primer momento me sentí motivado a escribir sobre los niños y sus adversidades o sueños, nunca he pensado que escriba exactamente para ellos, aunque quizás cometí la torpeza de escoger los canales de difusión de concursos de LIJ para dar a conocer mis obras. La mal llamada “literatura infantil” o “para niños” es el predio donde opté por esconder una escritura bastante crítica y cuestionadora y más de un anhelo inconfesable que ante otros mis personajes me permiten exteriorizar.

En el acto de escribir soy un absoluto deudor de mis lecturas. Al descubrir a María Gripe supe que, como ella, para mí la literatura no conocería fronteras y precisamente es por esa razón que nunca he sentido estar escribiendo para niños ni he cometido el crimen de aniñar intencionalmente mis historias.

Bien temprano pude reparar en la certeza de que quienes se creen escritores para niños son leídos por más adultos de los que quisieran y a veces los niños pasan olímpicamente de lado por sus libros y, por tanto, resulta un mito condicionar nuestra literatura al presumible gusto infantil que pueda tener cualquier lector, de la edad que fuere.

Una buena historia bien agarrada por los cuernos es mi principal motivación para escribir. Esos personajes secundarios que de pronto descubro en mis obras y se adueñan de la trama, que como los grandes actores (o actrices) de un filme se roban la situación crucial para producir un vuelco, un anticlímax en el hilo narrativo que uno preconcibió. Partiendo de esa verdad es que me voy adentrando en argumentos donde la complejidad radica precisamente en decirlo todo del modo más sencillo para que un lector cualquiera pueda entender y vibrar con nuestra historia, hacerla suya, vivirla con nosotros, sufrirla, amarla y hasta sentir odio por ella.

El escribir de este modo dentro de un contexto en que la literatura se suele valorar más por parcelas genéricas o grupos que por su excelencia en sí misma, ha motivado que me quede marginado adentro de un grupo otro, o más bien fuera de todo grupo, con las consecuencias que eso puede traer para la difusión de una obra. Si de un lado el no ser intencionalmente infantil dota a mis historias de un aire diferente, el hecho de que en general los personajes protagónicos sean menores de edad, igual propicia cierta marginación por parte de las motivaciones que se suelen ver en los libros llamados para adultos. Ese es mi reto. Que el lector abierto me encuentre o halle lo mejor que pueda tomar de mis ideas o argumentos.

Quizás ese fuere el sentir de mi obra, que pese a su amplitud y variedad viene siendo toda ella un canto a la infancia: encontrar en el libro al mismo niño que vive en la cotidianidad de mi medio, tratar de entenderlo, de que otros lo comprendan y se le haga justicia, pues el mundo de la infancia suele estar más lleno de injusticias y dolor que de bonanzas, aunque usualmente se pregone lo contrario. Por eso mis personajes son alguna especie de enfant terribles que, como yo mismo, se esfuerzan por entender un mundo que nunca les acepta ni comprende al considerarlos inconvenientes, desajustados o fuera de contexto.

Sin embargo, a veces me pregunto ¿Para qué escribo si más de una vez he pensado que esos niños no me leen porque no estoy a su alcance? ¿Podrá un adulto captar en una historia suya cuanto acontece en el mundo de la infancia o sencillamente debe olvidarse de esto y escribir el libro que pueda, sin pensar en más? ¿Quién me lee, acaso el niño de una familia marginal donde jamás se ha posado la magia de libro alguno, el hijo de un pederasta, el niño que pide por las calles, el que se ve obligado a sufrir en silencio el desajuste de su entorno, ya sea familiar, escolar o social? Quisiera escribir para ellos, pero me detengo. Y pienso. ¿Resolverían algo de sus males leyéndome? ¿Si no saben qué comerán esta noche o a qué hora regresará su madre de alguna incursión nocturna, pueden pensar en leer algún libro mío? Entonces, ¿ciertamente escribo para los niños de poder adquisitivo? ¿Los que van a una feria del libro? ¿Los que tienen una profesora capaz de descubrirme en medio de cuanto se publica? ¿Para qué escribo? ¿Acaso mi literatura podría ayudar a que la gente cambie y se solucionen los problemas sociales de nuestro contexto y cualquier otro? O por el contrario ¿acaso pueden leerme aquellos niños de hoy que se sumergen en la pantalla de un PC y pasan horas frente a juegos, series, filmes, que las más de las veces nada tienen que ver con la literatura? El hecho de que Cuba sea un país de historia tan diferente a tantos ha condicionado, además, que muchos escritores estemos bien lejos de nuestro público. La diáspora literaria no es solo de personas sino de obras, pues incluso aquellos que contamos con publicaciones en el extranjero, no siempre somos conocidos por el público que nos lee y aquellos que tenemos a la mano, en ocasiones se han perdido muchos libros nuestros. Definitivamente es difícil, casi imposible, discernir quién lo lea a uno realmente, en el mejor de los casos algún editor sensible que se compromete con nuestra obra, apuesta por ella y la promueve por esos lares.

¿Quién me lee? Pues muchos que tal vez ni conozca siquiera. Personas que solo buscan una historia y quizás se encuentren con otra. Pues el haber sido uno mismo —y a la vez tan diferente— en los tantos libros que he escrito, suele desconcertar a los lectores. Es curioso cómo, en premios donde se compite anónimamente, para bien o para mal, casi nunca los jurados logran reconocerme y del mismo modo, para quienes han seguido de algún modo mis libros, suele resultar desconcertante el narrador diferente que creen advertir en cada nueva obra con que asomo al mundo.

Quizás el que mi escritura solo se comprometa con sus argumentos y personajes me ha dado esa envidiable libertad de, sin dejar de ser yo mismo —con mis inquietudes, anhelos, obsesiones, fantasmas y hasta veleidades—, ser uno nuevo y hasta otro cada vez. El no condicionar la escritura a un determinado tipo de lector potencial ofrece tal amplitud al autor, que le permite moverse en registros de mayor riesgo y atreverse a explorar derroteros otros, tanto temáticos, como formales.

Si bien en una época escribía de forma desordenada con la fruición y esa euforia que solo permiten inspiración y juventud, con los años de vida y trabajo como editor he ganado concentración. El arreglar (y hasta reescribir) tantos libros de otros, me permite ser más exigente con los propios y dedicarles mucho tiempo. Tanto que, si antes me sumergía en varios argumentos a la vez, hoy dedico años enteros a la investigación, la reescritura y el volver, en más de una oportunidad, sobre mis historias y personajes.

Desconozco si la madurez del oficio haya hecho mejores mis libros o les propició perder algo de la frescura e inocencia con que antes les dotara mi inexperiencia. Cada vez que recibo un elogio, siempre me queda la duda de si realmente es mi libro o soy yo, aquel que conocen, el elogiado. De cualquier modo, pese a períodos de silencio escritural, siempre que vuelvo con nuevos bríos, redescubro la magia del divino acto de tejer una historia, irla develando para el lector y dejarme sorprender halagüeñamente, tanto por su desenlace como por la reacción que pueda despertar en los más encontrados públicos.

Muchas veces me han preguntado si en otra vida sería escritor y suelo responder con un NO bien rotundo. Nuestro oficio se desconoce tanto, que se suele idealizar muchas veces, omitiendo esa triste realidad de poco estímulo en que viven tantos que por mantenerse fiel a su credo y no ceder ante las modas y espejismos de cada época, no son tocados por el Rey Midas de la fama y las ganancias exorbitantes.

Mantenernos en esa cuerda floja es lo que siempre nos hace preguntarnos, en más de una ocasión: ¿Para qué escribo? ¿Quién me lee? Y pese a las respuestas positivas o adversas, nunca cejar en ese mágico acto de revelar al mundo su cara oculta, a la historia su no ha sido, y a los seres humanos su infinito, su más allá…

Pese a haber tenido, como incluso pueden tener los peores escritores, personas fieles que me siguen, cada libro nuevo me trajo el hallazgo de otro alguien que apareció en mi vida para enriquecerla de algún modo. Esta evidencia me ha demostrado que el escribir sin mejor compromiso o atadura que aquella historia narrada —omitiendo cualquier intención ideológica, educativa, de recreación, facilista o comercial y a la vez sirviendo a la idea de que tras una lectura las personas puedan ser mejores y pensar con mayor amplitud, aunque no por ello el libro escrito (publicado o leído) vaya a cambiar el mundo— me redimen de tantas horas de incertidumbre frente a un posible desenlace, de tanto sufrir y dolerme con cuanto les suceda a mis personajes, de tanto abandono de la vida real —que a los escritores se nos escapa como a nadie en nuestro (según Hemingway) solitario oficio— para sumirme en la ficción.

No creo que un libro sea capaz de reivindicar la vida real y, sin embargo, cada historia que se cuenta sí que tiene el magnífico poder de llevar a su posible lector a un entorno nunca antes visitado, ese predio capaz de hacerle reparar en aquello que le rodea, revisarlo, aprehenderlo de otro modo y pensar en una posibilidad de cambiarlo. Libros y literatura no reivindican a nadie, pero sí son capaces de emitirnos señales, alertas, destellos que nos hacen reparar en aquello que de otro modo hubiéramos olvidado.

Ricardo Piglia dijo alguna vez que: Una buena literatura divide a los lectores, crea antagonismos, produce enfrentamientos y pasiones… es una forma privada de la utopía. Se lee para convertirse en poeta, para amar, para madurar, para mejor morir. Sólo a los lectores se ofrece o se niega el mundo… hay que leer la literatura con fe, es decir, como modelo de vida, como un oráculo personal.

Entonces, podríamos concluir diciendo que no solo hay que leer o escribir con fe, sino vivir con fe y, amigos míos, vivir en la literatura es toda mi fe. Esa religión concede la libertad que pocas otras, revitaliza como ninguna y me permite la reivindicación necesaria de que cada día me asome al mundo diferente y cada persona imprevista en mi camino, pueda ser la respuesta a tantas preguntas que se dibujan en el contorno de mis libros… aunque nunca consiga una respuesta convincente a mi inquietud siempre renovada: ¿Para qué escribo? ¿Quién me lee?

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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Una respuesta a ¿Para qué escribo? ¿Quién me lee?

  1. Rafael Febles dijo:

    Gracias por este envío, el escribir con atinencia, el hablar con sabiduría, no tendrían sentido alguno si no conocemos para quien escribir o hablar, el para que escribir es una pregunta pertinente cuando la curiosidad por lo que hago, no se parece a nada o a alguien, al igual que me he preguntado cada día, qué es un intelectual, porque cada respuesta me aleja contundentemente de encontrar el apellido que le corresponde. Ahora, si el escribir me hace sentir constructor de algo, que feliz es hacerlo. Gracias

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