Amar las palabras

Oche Califa

3238_directorCreo que el descubrimiento de las palabras es lo primero y considero que si aprendemos a amarlas ya estaremos en el buen camino. Y eso hacemos, efectivamente, muchos de nosotros. Las amamos por su sonido, por lo que nos sugieren, por lo que significan o encubren, por el misterio que acercan.

Yo viví una eternidad que se llamó infancia y adolescencia. Las horas me sobraban porque yo era eterno, podía derrocharlas como derrocha dinero el hijo de un millonario a quien siempre le ingresa plata por otro lado. A mí me ingresaban horas todo el tiempo, así que podía gastarlas. Así y todo, le retaceaba algunas de esas horas al estudio para poder vaguear más. Por las tardes, por ejemplo, solía estar en un taller mecánico que había frente a mi casa. Cebaba mates al chapista y oía conversaciones donde aparecían palabras que yo desconocía, pero que debían ser importantes porque provocaban discusiones exaltadas, fastidios, burlas. Se hablaba, por caso, de la crapodina y del chiclé de baja. ¿Qué serían? Todavía no lo sé hoy.

Hace poco le pregunté a un mecánico joven qué era la crapodina y me contestó que no sabía, que le parecía que era una pieza que ya no existía. Así que la crapodina se debe haber extinguido como el pájaro dodo en las remotas islas del Índico. Pero, si es así, no se ha extinguido de mi memoria.

Cuando tenía unos catorce años encontré una antología de la poesía argentina que, acorde con las nuevas consideraciones de ese tiempo –los años sesenta o setenta–, traía textos que a los que antes no se hubiese considerado con jerarquía para integrar una compilación de esa naturaleza. Me refiero a letras de tangos y poesía lunfardesca. Encontré allí el poema “Hermano chorro”, de Carlos de la Púa: “Hermano chorro / yo también sé del escruche y de la lanza… / La vida es dura amarga y cansa / sin tovén. / Yo también tengo un laburo de ganzúa y palanqueta. / El amor es un balurdo / en puerta. / Con tal que no sea al pobre / robá hermano, sin medida… / Yo sé que tu vida de orre / es muy jodida. / Tomá caña, pitá fuerte, / jugá tu casimba al truco. / Y emborrachate, el mañana / es un grupo. / ¡Tras cartón está la muerte!”. Yo entendía el sentido del poema, aunque desconocía la mayoría de esas palabras, que me nutrían de sonidos y sugerencias.

portada-1En esa antología también estaba el tango “Malena”. Claro que lo había oído más de una vez, pero me di cuenta de que, aunque lo conocía, no lo había advertido. “Tus tangos son criaturas abandonadas / que cruzan sobre el barro del callejón, / cuando todas las puertas están cerradas / y ladran los fantasmas de la canción”.

Vean que el autor, Homero Manzi, no escribió que los tangos son “como” criaturas abandonadas. No, él no quiso el “como” y dijo que eran criaturas abandonadas. Así que yo me encontré en las puertas de la metáfora. Esa metáfora que, luego, hallé en las obras de Shakespeare, cuando un protagonista sale y dice cosas como “qué noche cerrada, no logro ver nada” y uno se da cuenta de que no se refiere a la noche cósmica sino a que él no logra entender qué ocurre: la oscuridad está en su cabeza. Y Shakespeare hace que los protagonistas hablen durante toda la obra de esta manera y que nosotros sepamos, así y todo, lo que ocurre. ¡Qué envidia! Quisiera odiarlo y no puedo…

En “Malena”, además, el autor nos dice que existen “fantasmas de la canción” y que, como si fuera poco, ladran, cosa que yo hasta entonces sabía que hacían los perros. El perro ladra, el gato maúlla, el pato parpa, el elefante barrita. Había aprendido eso en la escuela, pero ahora había fantasmas que ladraban. Otro poema incluido en la antología era uno de Oliverio Girondo que dice: “Mi lu / mi lubidulia / mi golocidalove / mi lu tan luz tan lu que me enlucielabisma / y descentratelura / y venusafrodea / y me nirvana el suyo la crucis los desalmes…” Yo entendía que se trataba de un poema de amor, ¿pero qué diablos era “mi golocidalove” y “me enlucielabisma”? Entonces busqué el libro al que pertenecía el poema, En la masmédula, y allí encontré más: “No sólo / el fofo fondo / los ebrios lechos légamos telúricos entre fanales senos / y sus líquenes / no sólo el solicroo / las prófugas / lo impar ido / el ahonde…”

Me parecía que Girondo era como un entusiasta descuartizador de palabras, que le sacaba dos sílabas a una y otras dos a otra, y las unía para dar origen a una palabra “monstruo”. O bien, un sacrificador de palabras. Así como en culturas antiguas había sacrificios de corderitos o cabritos, ahora él sacrificaba palabras para que siguieran existiendo las palabras.

De esta manera, yo había comenzado a entender que la poesía era sólo un género de palabras. Ustedes dirán que también lo son el cuento y la novela. Sí, pero de ellos podemos, al menos, referir el argumento. No será lo mismo que leerlo, pero podremos dar una idea aproximada de su cuestión. Pongamos, por ejemplo, “Casa tomada”, de Julio Cortázar: diremos que es la historia de dos hermanos que viven en una casa y etcétera, etcétera. Le habremos hecho un flaco favor al pobre Cortázar, degradando su sugestivo cuento, pero de todos modos podremos referir a él.

En cambio, no hay manera de referir una poesía sino repitiéndola. ¿Cómo contar “verde que te quiero verde”? ¿O “Walking around”, de Neruda? ¿Cómo decir que acabamos de leer “Alta marea”, de Enrique Molina, si no es repitiendo “Cuando un hombre y una mujer que se han amado se separan, / se yergue como una cobra de oro el canto ardiente del orgullo”? Es como pretender contar Adios Nonino, de Piazzolla.

Ustedes me recordarán que existe una poesía narrativa, que suele llamarse épica. Nosotros tenemos la suerte de haber elaborado, ya en el siglo XIX, una poesía así, la gauchesca, que es la vez genuina literatura, en el sentido de que crea una escritura a partir de una lengua y un lenguaje. Es cierto. Pero aún cuando es narrativa, resulta prácticamente imposible contar lo que cuenta si no es con sus palabras precisas; es decir, repitiéndola.

El Fausto criollo nos presenta, por ejemplo, la conversación de dos amigos (y con ella la experiencia de uno al presenciar la historia del Fausto en el teatro). Pero no hay otra posibilidad que volver al texto y leer (y oír): “En un overo rosao, / flete bueno y parejito, / caia al bajo, al trotecito / y lindamente sentao, / un paisano del Bragau / de apelativo Laguna. / Mozo jinetazo, ahijuna, / como creo que no hay otro, / capaz de llevar un potro / a sofrenarlo en la Luna”.

En este último verso hay incluso un hermoso engaño, porque uno piensa en la linda imagen de sofrenar un potro en nuestro satélite exclusivo. Pero no, el autor refiere, en realidad, a un cuero redondo que se colocaba en el suelo durante la doma para lograr lo que se consideraba una proeza: amansar el equino y llevarlo a detenerse sobre él. Es una lástima saber eso –y pido disculpas por revelarlo a quien lo desconocía–, porque es mejor pensar en la verdadera Luna.

Bueno, tengo que disculparme por algo más y es por no poder ayudarlos demasiado en esta preocupación e interés que los tiene reunidos. Soy sólo un escritor y periodista y sé bastante menos que ustedes sobre alfabetización, pedagogía, didáctica, etcétera. Pero sí tengo para decirles que si uno ama las palabras, ¿por qué no va a querer verlas escritas? ¿Por qué no va a querer, alguna vez, escribirlas? ¿Verlas tomar otra dimensión en el papel, crecer y multiplicarse…?

Nada más. Gracias por escucharme.

En: La Formación docente en alfabetización inicial. Literatura infantil y didáctica. Instituto de Formación Docente. Buenos Aires. Argentina.

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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