Apuntes para una caracterización de la literatura infantil

José Gregorio González Márquez
Con este calor… mejor leer refrescándose. Ilustración de Achiki

Con este calor… mejor leer refrescándose. Ilustración de Achiki

La concepción que se tiene en la actualidad de la literatura infantil es diversa. Estudiosos del tema y aficionados a su interpretación han establecido algunos referentes que pueden considerarse válidos siempre que se manejen en un ámbito de libertad y creación. En la literatura, el papel de los críticos se mueve la mayoría de las ocasiones en un mar de especulaciones y posturas personales que difieren y hasta desacreditan las obras entregadas por escritores cuya esperanza es llegar al público lector.

La literatura infantil no escapa a estos postulados. Supuestos especialistas imponen cánones para la escritura de trabajos dedicados al público infantil obviando el proceso de creación y desconociendo la libertad que tiene el autor para recrear el universo desde la imaginación y la fantasía. Muchos de estos especialistas trabajan para editoriales y por lo tanto, responden al mercado que manejan las casas editoras y al complejo mundo de la comercialización del libro.

Así, el libro concebido para niños está atado a las disposiciones que desde intereses comerciales imponen temas como modas o ejercicios de pedagogía que a la larga aburren y desamoran a los lectores porque no consiguen en ellos el placer de ser atrapados sin ambages en las páginas de un buen texto. Quienes manejan el libro desde esta perspectiva equivocan su trabajo y lo sitúan en lo meramente comercial.

Por otra parte, hay un creciente número de investigadores que trabajan la literatura infantil asumiéndola como un juego en el que el niño es el centro de atención y al que está dirigida toda escritura que cause placer y diversión. La palabra entonces priva en su esencia y recorre los largos caminos que conducen a un lector ansioso por conocerla e interiorizarla. Viaja así el niño por los mundos insospechados de la imaginación y la fantasía; recrea en su mente y corazón cada una de las acciones de un excelente cuento o se maravilla con la musicalidad que le suministra un poema.

De la literatura infantil se puede hablar y especular mucho. Incluso hay quienes no están de acuerdo en clasificarla, denominarla o encasillarla en edades y tiempos determinados. Y con razón arguyen que no existe una limitante para leer una obra literaria pues el proceso de la lectura no es una opción ni una obligación para el lector sino que representa el acercamiento íntimo y natural al libro, a la palabra; a la espiral de placer que provoca leer.

Es lógico y razonable que si se escriben libros tendrán que existir lectores. Un libro de cualquier género literario está destinado a su lectura. Mientras esté en una biblioteca, en un hogar o en una escuela y jamás se haya abierto, puede considerarse un libro muerto. Cada una de las palabras gestadas a la luz de la creación permanecen dormidas, en un limbo de oscuridad. La vida de los libros está supeditada a quien se desvela por conocer su contenido; a quien sigue con verdadero amor las historias que se relatan; a quien ríe o llora mientras destrama la existencia de personajes; a quien realza las virtudes de la fantasía mientras viaja por los territorios ignotos de la imaginación.

Los libros son bienes materiales para el disfrute. La literatura infantil escrita para gozar desde el placer de leer está inmersa en la visión de un mundo onírico, cargado de imágenes cuyos referentes contextualizan infinitos universos. El niño, la niña y en general el lector, arrancan de sus páginas todo vestigio de sabiduría pero también de entretenimiento. William Ospina (2008), escritor colombiano y poeta preocupado por el libro y la lectura afirma:

Sabemos que todo libro es ficción, porque la realidad no es verbal. La realidad es infinita y simultánea, y convertir esa complejidad en el hilo sucesivo de un relato parece una mera simplificación. Pretender que toda Roma desplomándose está en el libro de Gibbon perecería un delirio. Y sin embargo, cuando leemos ese libro, tenemos la nítida impresión de que estamos viendo a Roma, minuciosa y poderosa, viviendo y desplomándose. Entonces comprendemos que la ficción no es lo contrario de la realidad sino que puede ser su síntesis.”

La ficción entonces está presente en todos los libros independientemente del tema tratado por el autor. Los libros escritos para niños deberían contener un caudal de situaciones emblemáticas que marquen la realidad del lector y al mismo tiempo, produzcan sensaciones de libertad; visiones axiológicas sin precipitarse en lo didáctico y moralizante. En otros tiempos lo que se escribía para niños estaba plagado de moralejas cuyo fin último suponía la siembra de valores. Sin embargo, los textos terminaban aburriendo pues su lectura era obligatoria en escuelas y hogares y no es difícil suponer que los más pequeños la asumieran como un monstruo que les acechaba desde el libro. Así, se atentaba contra el placer de leer.

Hoy, la mayoría de los autores están conscientes del rol que asumen ante la literatura infantil. Dejó de ser un vehículo para “educar”, para inyectar valores, para crear obligaciones y se convirtió en un medio esencial para el disfrute de la palabra escrita. Ospina nos dice que “Leer, como viajar, es desprenderse de la orilla habitual a la que se pertenece, y que se cree conocer, y avanzar hacia un objetivo que se desplaza, que cambia a medida que avanzamos, es caminar hacia un dios que se retira”. La lectura de cuentos y poemas es para los niños un bastión donde el placer por descifrar los misterios de la escritura no se da a cuentagotas si no que visualiza en un entorno amplio, diverso pero cercano al goce íntimo.

Por mucho tiempo existió la llamada literatura escolar. Prácticamente, toda la literatura escrita para niños pasaba por el tamiz de la escuela. No deja de ser importante que sea este, el lugar para promocionarla. Pero, el sentido obligatorio que se le daba actuaba como una camisa de fuerza y por lo tanto, limitaba los deseos de leer a libros concebidos para estudiarlos en las aulas. Muchos cuentos y poemas finamente logrados se perdieron en la maraña de lecturas propuestas para las fechas patrias, para los actos cívicos y los llamados actos culturales.

Y no es que se desdeñe el aspecto pedagógico ni axiológico de la escritura, pues todo lo escrito lleva su carga de valores; pero, no debe ser el leitmotiv pues terminaría generando animadversión al trabajo del escritor. Efraín Subero (2008) en su libro La literatura infantil en el mundo hispanoamericano dice: “Me parece que nuestra escuela ha errado al aceptar y entronizar esta división. Porque ha hecho que al utilizar la literatura infantil se desestime el inmenso valor humano que toda expresión literaria significa y se le reduzca a material de diversión o de relleno.” Darle prevalencia a la moraleja sacrifica el contorno humano de la literatura.

La escuela y el hogar son los lugares predilectos para promocionar la lectura. El maestro más que un agente de ideologización debe ser un amoroso ciudadano que pregone las bondades de leer, además de predicar con el ejemplo. Por su parte los padres deben consustanciarse con los libros que leen sus hijos para que se relacionen permanentemente con el acto lector y establezcan una comunicación diáfana que fortalezca el amor filial. Subero apunta que: “Cuando la literatura se junta en un todo armónico, con lo recreativo y lo didáctico, entonces no sólo sirve para el disfrute y hasta para enseñar historia y geografía – ¿no lo ha hecho por siglos la poesía folklórica? – , sino para elevar la condición humana, para recordar al hombre su condición de hombre y al niño lo hermosos de ser niño, algo que se es por única vez:”

La literatura infantil, en su génesis, como la literatura en general procede de la oralidad. La trasmisión del conocimiento de generación en generación le ha permitido a la humanidad preservar la memoria histórica de los acontecimientos, hechos, inventos y sus consecuencias para el uso de los mismos en los siglos venideros. Desde la prehistoria el hombre se ha comunicado; si bien no conocía la escritura podía trasmitir los saberes y la tecnología, los cuentos, sus miedos, preocupaciones y su cosmogonía. No inventa dioses los asume como parte de su cotidianidad; explica los fenómenos que le rodean e Interactúa con la naturaleza bajo cánones de respeto y humildad. La tradición oral salva del abandono y el olvido a la historia del mundo. En los confines del alma ancestral se localiza la narración de todo acontecimiento vivido por el ser humano y que extrapola al futuro.

Viajando con la literatura. Ilustración de Elzo Durt

Viajando con la literatura. Ilustración de Elzo Durt

La literatura existe entonces. En la memoria del hombre se asientan las bondades de su historia. Aunque muchas cosas parezcan olvidadas o perdidas, cada cierto tiempo emergen como los animales que se entierran en el desierto y reaparecen cuando la lluvia osa bañar sus arenas. Luego, la palabra permanece fiel a los designios de la providencia, a los avatares de la existencia. Cercana al hombre, merodeando en sus comarcas.

Desde la antigüedad, los niños han estado cercanos a la literatura. Sobre todo a la narración oral. Sentarse alrededor del fuego y escuchar historias era el pasatiempo primigenio de los pequeños. Una literatura que no es exclusiva de los adultos. Palabras que producen infinidad de sensaciones y sentimientos. Recorrer cada rincón de su hábitat natural pintado con la sencillez de lo que escucha le permitirá conocer las intrincadas relaciones humanas de la época en que vivían. Dioses y demonios; naturaleza bravía que proporciona los elementos básicos para consolidar una tradición oral que perdurará entre imágenes y sueños. Bitácora familiar y espiritual que puede ser consultada en cualquier era para provecho y disfrute; legado perenne presente en la memoria colectiva.

La invención de la escritura fortalece la tradición oral. El hombre comienza a trazar grafías para conservar sus saberes; domina el lenguaje escrito y comienza a trascribir su cosmogonía ancestral. Sin embargo, parte de su herencia continua de boca en boca, de viejo a joven, de anciano a niño, de profeta a discípulo. Desde entonces todo es literatura, manejo de ficción Para vivir en una eterna narración.

Luego, la aparición de la imprenta supone un aumento de los textos escritos. No significó en el momento la diversificación de la palabra impresa porque pocas personas sabían leer y por lo tanto, el acceso a los libros les estaba vedado. Pero si aumentaron los lectores y con ellos las posibilidades del conocimiento de lo que estaba escrito leídos desde los púlpitos de las iglesias o en contubernios públicos. A pesar de las censuras impuestas por religiones y gobiernos se amplió el estatus de la lectura y la escucha de todo lo escrito.

Aprender a leer representaba la ampliación del horizonte literario. Quién lee no solo usa el caudal de conocimientos que se le ha legado desde tiempos inmemoriales sino que sucumbe al embrujo de la palabra escrita. Descifrar códigos, hacerlos sonidos, sumergirse en sus grafías, interiorizar las imágenes y entregarse al placer de leer hace al niño, al joven, al adulto y al anciano partícipes de mundos fantásticos donde la imaginación y la fantasía conducen a la gratificación y la ensoñación. Manguel (2014) dice que: “Leer en voz alta, leer en silencio, guardar en la mente bibliotecas íntimas de palabras recordadas, son habilidades asombrosas que adquirimos mediante métodos inciertos. Antes de poder utilizarlas, el lector tiene que aprender la técnica elemental de reconocer los signos comunes que la sociedad ha escogido para comunicarse: en otras palabras, un lector tiene que aprender a leer.” (p 81)

Aunado a la lectura, la escritura se configura como un proceso de comunicación inherente al ser humano. Se escribe por necesidad, para informar, para transmitir conocimientos, para educar, para alegrar corazones, para divertir. En fin, son infinitas las potestades de la escritura. Quien escribe osa incursionar en el universo de la palabra para amarla. El escritor tiene contacto directo con la divinidad; puede decirse que su acercamiento al plano divino está señalado por su capacidad para sustraerse de la realidad y levitar entre fonemas y grafemas; signos y símbolos para terminar construyendo una obra que magnificarán o desarmarán sus lectores. Dios y hombre, realidad y fantasías concatenándose para dar a los mortales momentos de esparcimiento y disfrute. Escribir es un proceso que desvela. El escritor contribuye a la preservación de la memoria.

Para los estudiosos e investigadores en la escritura se imbrican innumerables connotaciones como la que se presenta seguidamente perteneciente al campo de la lingüística. Michel Foucault refiere que: “ Escribir, hoy lo sabemos, no es simplemente utilizar las fórmulas de una época y mezclar con ellas algunas fórmulas individuales; escribir no es mezclar cierta dosis de talento, de mediocridad y de genio; escribir implica sobre todo la utilización de esos signos que no son otra cosa de escritura.” (p 110)

La escritura representa libertad. El verdadero escritor no acepta compromisos políticos, sociales, religiosos; en otras palabras no se deja manipular por quienes pretenden dirigir la sociedad. Juan Carlos Santaella (1999) en su libro El huerto Secreto afirma que: “Escribir es un absoluto acto de rebelión. Significa, más allá de las excelencias y los logros imaginativos o conceptuales, exponerse a un clima donde abundan las perplejidades y los peligros más inminentes. Por eso mismo, la escritura se constituye en un acto impregnado de heroísmo; se trata, bien visto, de “provocar”, de “retar”, de iniciar a través de los medios más idóneos, un proceso de destrucción del orden establecido.”

La literatura infantil como categoría literaria

En las clasificaciones arbitrarias que se han hecho se encuentran algunas que mencionan a la literatura infantil como un género o categoría literaria. Sin embargo, la connotación que se le da es de género menor. Es notable el desencuentro entre escritores y la literatura concebida para la infancia. Los abismos que se producen están cimentados en las afirmaciones que establecen la existencia de la literatura como un todo y por lo tanto, no deberían establecerse parcelas o dividirla en trozos inconexos los unos de los otros.

Si bien es cierto que esta concepción es relativamente nueva – Siglo XX – no significa que haya estado ausente a lo largo de la historia. Recordemos que la tradición oral permitió la creación de dramas, poemas, leyendas y mitos que fundamentaron la memoria de los pueblos. Indudablemente, la literatura para niños tiene características especiales que la diferencian de la literatura en general. Para finalizar revisemos algunas apreciaciones sobre la literatura infantil que puede considerarse como una caracterización:

  • Escrita para niños y niñas. Obras con prevalencia de temas acordes a la edad.

  • El escritor de textos infantiles recrea mundos desde la imaginación. Pero sin mentir a los más pequeños.

  • La fantasía que está subordinada a la imaginación permite al infante sumergirse en diversos ambientes.

  • Aunque el tratamiento de los temas pueda ser de difícil comprensión para niños y niñas no se deben obviar. Se entiende que existen formas de abordarlos.

  • Los temas tabú deben desaparecer. El niño está en capacidad de entender cualquier conflicto que se presente en un libro.

  • La verdadera literatura infantil no se nutre de diminutivos ni trata a sus lectores como tontos pues minimizar el mundo implica hacerlos sentir minusválidos

  • El escritor no puede considerar a su lector como un ente abstracto.

  • Los libros escritos para niños que son encargados por el mercado editorial, generalmente tiene como fin la obtención de ganancias.

  • Los escritores de libros para niños no son mercaderes ni piensan en función de lucrarse. No significa que no vivan de su oficio.

  • Quien escribe para niños transforma cualquier suceso cotidiano en una obra de arte.

  • Los textos que despiertan la imaginación son los preferidos de los chicos.

  • Los libros escritos sin intencionalidad predeterminada resultan de más interés para los pequeños.

  • Los padres y maestros son los mediadores por excelencia para promocionar la lectura de textos literarios.

  • Cuando se escribe con intencionalidad bien sea pedagógica o moral, se condena al ostracismo a la escritura.

  • El respeto por el lector debe aguardar tras las páginas de un libro.

  • Los mensajes soterrados son obviados por niños y niñas.

  • Muchos escritores han pretendido escribir para niños sin considerar su capacidad para llegar a ellos. Algunos hacen de la literatura una conjunción de tonterías, vaguedades y estupideces .

  • Los niños y niñas tienen la capacidad de discernir entre textos buenos y malos. No se dejan engañar fácilmente.

  • El lector infantil es exigente y por lo tanto, no se cautiva con modas.

  • Los libros escritos con pulcritud, lenguaje sencillo y sin rebuscamientos atrapan a los lectores.

  • Los niños se apropian rápidamente de las historias o los poemas que les hablan de sus referentes cercanos.

  • La literatura infantil se nutre de personajes y situaciones que embelesan al lector. Fantasía: proposiciones en las que el autor refiere a universos de ensoñación.

  • Las ilustraciones complementan los textos para iluminar el trabajo del escritor.

Referencias Bibliográficas

Faucault, M. (2015). La gran extranjera: Para pensar la literatura. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores.

Manguel, A. (2014). Una historia de la lectura. Argentina: Siglo Veintiuno Editores.

Ospina, W. (2013). En: http://www.elespectador.com/noticias/cultura/utilidad-de-luna-articulo-454402

Santaella, J. (1999), El huerto secreto. Caracas: Monte Avila Editores Latinoamericana.

Subero, E. (2009). La literatura infantil en el mundo hispanoamericano. Caracas: Fundación Editorial el perro y la rana.

Anuncios

Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
Esta entrada fue publicada en Ensayo, Escritura, Lectura, Libro, Literatura infantil y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Apuntes para una caracterización de la literatura infantil

  1. Muy buenos comentarios, José. Me encantó

    Me gusta

  2. Gran artículo. Personalmente, considero que hay muy buena literatura infantil, pero también “literatura de laboratorio”, porque, tal y como indicas, las editoriales manipulan a su antojo. Aunque también, como muy bien resumes al final, los buenos lectores no son tontos ni se dejan engañar, aunque sean niños. Nunca se debe olvidar que el sentido primordial de la lectura es la diversión y tratar de hacer niños perfectos (según la perspectiva adulta), no es literatura infantil aunque alguien ponga esa etiqueta. La buena escritura no tiene edad y personalmente considero que un buen libro orientado a los más jóvenes puede ser disfrutado también por un adulto.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s