La literatura de yo es otro

Carlos Yusti

Tenemos, los que vivimos,/una vida que es vivida/y otra vida que es pensada.
Y la única que tenemos/es la vida dividida/entre la verdadera y la errada.

Fernando Pessoa

Roger De La Fresnaye. El poeta.

Roger De La Fresnaye.The-Poet

Cuando comencé a escribir las computadoras eran un invento de la literatura de ciencia ficción o de esa serie televisa Viaje a las estrellas. Mi hermana mayor (Mirian) me regaló mi primera máquina de escribir, era una Brother portátil. En ella pergeñé mis primeros cuentos y poemas. Por fortuna esos iniciales amagos de escritura se perdieron en esos naufragios existenciales que cada quien solventa como puede.

Esta primera máquina más que estropearse se podría decir que colapsó. En ese tiempo lejos de acariciar las teclas las golpeaba con esa ferocidad propia de la juventud. Tuve otras máquinas en esta etapa de aprendizaje y todavía conservo la última que tuve, está en perfecto estado, pero ya no me no siento cómodo acariciando/aporreando esas teclas mecánicas. Ese tiempo hoy me parece lejano e irreal.

El escritor Roberto Brodsky ha escrito: “Un escritor es una intuición, y supongo que existen tantas intuiciones como maneras de seguir esa huella del aire en que termina convirtiéndose cada uno al abordar el trabajo de la escritura, que es el arte de la transformación. Porque escribir es transformarse”. Desde ese lejano teclear de mi cuarto en la casa materna hasta hoy no sólo se ha transformado el soporte en el cual escribo, sino que internamente uno ha sufrido cambios sustanciales , algo así como una metamorfosis en profundo, menos kafkiana de lo que uno quisiera.

Alrededor todo ha cambiado, incluso ahora escribo en otra ciudad, pero lo que resulta inalterable fue mi alegría desborda cuando mi hermana Mirian me regaló aquella Brother portátil, de los buenos momentos en que dormía a la menor de mis hermanas (Maruja) en el Barrio Bello Monte dos, o cuando celebramos a coro las groserías que decía mi hermana, la del medio y a la que siempre lr decimos Muñeca, o de esos increíbles momentos en las que con Toño escuchábamos por una radio transistor las aventuras de Martín Valiente, el ahijado de la muerte.

En esta era digital la literatura ha dejado de ser ese espacio rígido del escritor encerrado en su cuarto deshojando la margarita de la imaginación, si me permiten el cursisoma. Como no soy futurólogo de oficio no estoy al tanto si toda esta explosión de comunicación digitalizada es beneficiosa para la literatura, pero uno intuye que la literatura hará todo lo necesario para abrirse paso y salir adelante.

De vuelta a eso de escribir (ahora en computador) uno tiene la sensación de haber pasado al otro lado. Como Alicia que cruzó a ese lado del espejo donde el mundo adquiere su verdadera dimensión de locura aplastante y activa, no como en este mundo (el de este lado del espejo se entiende) en la que la locura se oculta debajo de ese decorado de extraña y armónica normalidad. Esto de los espejos me recuerda un texto de Jorge Luis Borges, animales de los espejos, en el que relata que hubo un tiempo en el que ese mundo de los espejos y el mundo de los hombres no estaban, como ahora, incomunicados. Eran, por otra parte, bastante distintos ya que no coincidían ni los seres ni los colores ni las formas. Ambos mundos vivían en armonía y se entraba y se salía por los espejos como algo normal. No obstante una fatídica noche, la gente del espejo invadió el mundo de los hombres. Al cabo de sangrientas batallas el poder mágico del Emperador Amarillo prevaleció. Éste venció a los invasores y les dio como cárcel los espejos y les impuso como castigo el de repetir, como en una especie de sueño, todos los actos de los hombres. Los privó de su fuerza y de su figura y los redujo a meros reflejos serviles. Un día, sin embargo, está escrito que sacudirán ese letargo mágico.

El yo es otro de Rimbaud podría explicarse así: ese que escribía en la máquina portátil no el mismo que ahora escribe en el computador, así como aquel joven que escribió Una temporada en el infierno no fue después, ni remotamente ese individuo que se marcho hacia Abisinia, para hacer una fortuna comerciando con armas y se olvidó para siempre de la poesía.

Con respecto a nuestro yo nos hacemos muchas expectativas y entonces está ese sino: nos creemos maravillosos y únicos, pero para el resto de los seres humanos sólo somos otro del montón. Para la sociedad no pasamos de ser el número de la tarjeta de identidad, el número del seguro social, el código de cuenta para la tv por cable, etc. Nuestra irrelevancia es tan mayúscula que necesitamos que ese yo es otro salga a la luz y deje ese oficio de vivir para que asuma la vida como una gramática de lo poético, como esa metáfora que nos escriba en la memoria como un sueño vaporoso e irrepetible.

Existe como un deseo quemante de vivir una vida menos rutinaria y quizá por eso leemos novelas, vemos películas. Todo se encuentra como suspendido y de cabeza en ese espejo de la ficción literaria. Muchas amigos y amigas te dicen: “Mi vida es un cuento de nunca acabar”, “Para novela la mía”, “Soy novelesca porque mi vida es una novela que nadie ha escrito”, “Deja esa novela y léeme a mi soy un libro abierto”. Mario Vargas Llosa ha escrito que por lo general los hombres no están contentos con su suerte y así (ricos, pobres, geniales o mediocres, célebres u opacos por el anonimato) añoran una vida distinta a la que viven y para calmar en algo ese apetito surgieron las ficciones literarias. Los cuentos y novelas se leen (y se escriben también) para que los seres humanos puedan vivir en los personajes ficticios las vidas que en la realidad muchos no resignan a no tener. La literatura es ese ventana por la cual escapamos hacia una vida que se parece mucho a la vida real, pero es una gran mentira con ese toque de magia tonificante.

La literatura siempre es otra cosa al igual que uno siempre trata de ser otro, de fingirse alguien que no existe, pero que uno va amasando poco a poco hasta que uno se desdibuja y aparece ese otro, donde ya nadie nos reconoce, donde nosotros mismos ni siquiera podemos reconocernos. Para ser ese otro tan temido (y añorado) es necesario, parafraseando un poema de Rimbaud, “sepultar los recuerdos y la imaginación”. Que no quede nada, solo el silencio buscando su rostro en el espejo de la literatura.

Todo esto me conduce a especular que luego de haber leído mucho uno quiere escribir por un desenfrenado amor a las palabras, de crear un mundo menos ajustado a sus goznes, de inventar una realidad distinta donde la vida tenga otros parámetros y donde la literatura sea sólo: un juego de espejos con las palabras de siempre. De esa metáfora irrepetible en la que ese “yo es otro” te da la espalda y se aleja, cuando ya es sólo un punto lejano en la blancura comienzas a escribir.

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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Una respuesta a La literatura de yo es otro

  1. Excelente, José. Gracias por compartir.

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