Tipología del título (Un juego)

Lobsang Castañeda

El título es la gloria de la obra.
Theodor W. Adorno

Lobsang CastañedaCapturando la inquietud de la mirada que se mueve zigzagueando, brincando de un lugar a otro, dispersándose en sutiles relieves y cambios de enfoque; atrapando la atención del transeúnte distraído, despertando la curiosidad del que se sabe afín a la escritura o del que ocasionalmente le confiere a la lectura un pequeño lugar en el mundo, el título del libro ejecuta lo que bien podríamos llamar la “eclosión inicial” de la experiencia literaria, a saber: la sanguinaria conquista del lector. Más allá de su función designativa o de todas aquellas minucias sólo importantes para el analista textual —pienso, por ejemplo, en el estudio que Genette le dedica a los títulos como elementos del paratexto en su libro Umbrales—, el apelativo libresco se sostiene como una especie de eslabón primigenio, como un puente capaz de unir lo público —el libro expuesto en la librería o interceptado en la calle— con lo privado, lo externo con la propia interioridad del que llega a él sin pretenderlo.

A pesar de que resulta imposible averiguar qué mecanismos se activan a la hora de escoger la palabra o conjunto de palabras capaces de nominar el torrente de la creación escrita, la elección del nombre es una tarea esencial para el autor, pues en ella tiene lugar una síntesis intensa de reminiscencias, tramas y andamiajes que a golpe de vista serían difíciles de identificar. Antes de apelar al contenido, el libro despliega su seducción a través del noble antifaz de la ilusión instantánea. Antes siquiera de despojar al volumen de su cubierta plástica, el probable lector se convierte en un experto deletreador de rótulos incandescentes llenos de elocuencia y persuasión. Si, por un lado, resulta verdadero que en el vasto paisaje de la biblioteca los libros se agrupan indistintamente las más de las veces, también es cierto que en nuestra mente perdura un recuerdo firme que los proyecta hacia el futuro, que los rescata de las garras del olvido. Ese relámpago indómito es el título y a él debemos la incesante propagación de la literatura.

Ahora bien, la capacidad nominativa del escritor depende de diversos factores. Para elegir el estandarte que conducirá el libro a la posteridad es necesario tomar en cuenta su estilo, los alcances que pretende, los límites existenciales que se ha impuesto a sí mismo, el estado de ánimo al cual se suscribe y, sobre todo, la cantidad de libertad que se atribuye para adecuarse o no a su contenido. Escoger el nombre es tan difícil como definir a qué tipo de variación temperamental pertenece lo escrito o cuáles son las metas que se ha propuesto cubrir. Desde el momento en que se concibe como “el último paso” de la creación literaria, la elección del título se llena de una carga centrífuga que le exige retratar con fidelidad los derroteros del autor. Así, pues, la diversidad de las formas titulares se revela infinita y el nombre, en sí mismo un microcosmos, responde a una selección determinada —proveniente siempre de un macrocosmos— que subraya con uno de sus tentáculos la palabra emblemática que, a la postre, intentará reunir al autor con el lector. En suma, la secuencia de letras impresas en la portada debe su existencia a un proceso estético que se alimenta, al mismo tiempo, del compendio y la apertura. Mediante el título, el libro juega con lo más pequeño, pero lo hace con la intención de llegar a lo grandioso, de asegurarse la supervivencia de la obra independientemente de la época y el lugar de su lectura. Oscilando entre lo singular y lo plural, el nombre del libro lucha por la perpetuidad de su pronunciación.

A continuación propongo una tipología lúdica que, sin ser exhaustiva, ofrece grosso modo algunos criterios para configurar e identificar el título del libro. Sobra decir que los ejemplos elegidos para ilustrar cada caso provienen de los estantes más inmediatos de mi biblioteca y, en ese sentido, son completamente arbitrarios, por lo que queda a juicio del lector el tomarlos o no en cuenta. Lo que importa, en todo caso, es advertir la burbujeante savia de la invención literaria.

Puntos Suspendidos

Puntos Suspendidos

a) Títulos luengos o prolongados: son aquellos que, inaugurando la sustancia del texto desde la portada misma, logran establecer instantáneamente el diálogo con el lector. No reconocen principio o punto de partida, ya que para ellos la palabra inicial va seguida de muchas más. Ejemplos: Otro mundo: transformaciones, visiones, encarnaciones, elevaciones, locomociones, exploraciones, peregrinaciones, correrías y altos; cosmogonías, fantasmagorías, desvaríos, travesuras, humoradas y bufonadas; metamorfosis, zoomorfosis, litomorfosis, metempsicosis, apoteosis y otras gnosis, de Grandville o El almanaque de las mujeres, de sus signos y de sus mareas, de sus lunas y sus mutaciones, de sus estaciones, de sus eclipses y equinoccios, y el inventario completo de sus trastornos diurnos y nocturnos, de la escritora norteamericana Djuna Barnes.

b) Títulos breves o exiguos: son aquellos que cumplen su cometido de forma contundente, dejando en vilo los laberintos estilísticos del autor y las transformaciones propias del libro. A través de ellos se busca un acercamiento inmediato con el lector; un enlace que, con pocas letras, consiga ser duradero o recurrente. Ejemplos: Lluvia, de William Somerset Maugham; Hambre, de Knut Hamsun o Soledad, de Rubén Salazar Mallén.

c) Títulos atrayentes o sugestivos: son aquellos que, acariciando sutilmente nuestro intelecto, posibilitan un romance libresco imperecedero y vuelven entrañable la obra antes incluso de su lectura. Su mayor atractivo radica en suscitar la envidia del resto de los escritores que, acongojados, querrían inventar títulos de semejante belleza para sus propios libros. Ejemplos: Episodios de una vida tunante, de Joseph von Eichendorff; Las ensoñaciones del paseante solitario, de Jean-Jacques Rousseau o los Sueños de un visionario explicados por los sueños de la metafísica, de Kant.

d) Títulos desafiantes o bravucones: son aquellos que, de entrada, cimbran la hipócrita serenidad del lector exquisito, logrando con ello una ampliación de su horizonte estético. En ningún otro tipo de rótulos se pone de manifiesto la versatilidad de la palabra, su poder irreverente y su carácter contestatario. Si en la entrada anterior se valoró la belleza de la expresión, ahora se resalta la insolencia como anzuelo literario. Ejemplos: Perorata del apestado, de Gesualdo Bufalino; Historia de la mierda, de Dominique Laporte o Acostarse con la reina, de Roland Topor.

e) Títulos insensatos o dementes: son aquellos que, estimulando la imaginación del lector, logran trascender los esquemas usuales de la comunicación escrita. Conscientes de que el lenguaje se renueva a sí mismo, esta clase de apelativos recurren al efectismo de los galimatías y a las contorsiones bucales propias del trabalenguas. Cabe agregar que el sentido les es tan familiar que no es posible imaginar otro tipo de palabras capaces de designar un microcosmos perfectamente autosuficiente. Ejemplos: Ferdydurke, de Gombrowicz; Folisofía, de H. A. Murena o Hilarotragoedia, de Giorgio Manganelli.

f) Títulos hechizos o impostados: son aquellos que deben su existencia no al autor de la obra sino a personas cercanas a él. La referencia obligada es, por supuesto, Kafka, cuyas dos novelas, El proceso y El castillo, fueron bautizadas por su albacea Max Brod. Otros ejemplos: El gran Gatsby (título creado no por Francis Scott Fitzgerald sino por su esposa Zelda) o Auto de fe, de Elias Canetti (cuyo título original en alemán es El deslumbramiento y en francés se publicó con el nombre de La torre de Babel).

g) Títulos exóticos o forasteros: son aquellos que designan con palabras de otro idioma el vínculo estético que el libro mantendrá con su probable lector. Al igual que los puramente inventivos, este tipo de rótulos capturan la atención de inmediato, ya que inducen a descubrir el sentido del nombre a través de la lectura. Ejemplos: Ragtime, de E. L. Doctorow; Meshugah, de Isaac Bashevis Singer o Post mortem, de Albert Caraco.

h) Títulos heroicos o biográficos: este tipo de rótulos designan el contenido del libro mediante nombres propios, de tal manera que el lector sabe de antemano qué personaje lo acompañará a lo largo y ancho de las páginas de la obra. Existen infinidad de ejemplos citables —desde Ana Karenina hasta Lolita o desde el Tom Jones de Fielding hasta el Gunther Stapenhorst de Arreola—, aunque el más emblemático seguirá siendo, sin duda, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

i) Títulos dobles o complementarios: son aquellos que se refuerzan a sí mismos o se alimentan con sus propios frutos, ofreciéndole al lector dos caminos para acceder a la lógica del discurso. Además de elegante, esta estirpe de nombres resulta profundamente ilustrativa, ya que pretende explicar una abstracción (concepto, idea) recurriendo a situaciones ficticias. Ejemplos: Justine o los infortunios de la virtud, del Marqués de Sade o Cándido o el optimismo, de Voltaire.

j) Títulos simbólicos o mitológicos: gracias al ejercicio de la memoria, este tipo de apelativos recurren a las grandes ficciones alegóricas para seducir al lector contemporáneo. Acatando aquella máxima de la literatura que consiste en recuperar el pasado para ahondar en la intemporalidad de la naturaleza humana, los nombres de esta especie despliegan, además, una musicalidad propia, una polifonía capaz de alertar los sentidos por medio de mensajes circulares. Ejemplos: Ulises, de Joyce; Medea, de Christa Wolf o todas las variaciones del mito fáustico desde Christopher Marlowe hasta Thomas Mann.

k) Títulos anticipantes o teleológicos: son aquellos rótulos que, jugando con la estructura tradicional del relato, adelantan el final, seduciendo al lector no con el desenlace de la trama sino con el desarrollo de la misma. Su mayor virtud consiste en asir la concentración por vía de una inversión cronológica, de tal manera que la concepción espacio-temporal tradicional quede suspendida. Ejemplos: La muerte de Virgilio, de Hermann Broch o La misteriosa desaparición de la marquesita de Loria, de José Donoso.

l) Títulos tautológicos o reiterativos: esta clase de títulos resguaran su origen con celo y delectación. En su esqueleto mismo se encuentra la llave, la frase que los arrojará a la posteridad. Orgullosos de su linaje, esparcen su enseñanza por doquier y multiplican al infinito aquella palabra mágica que los hechiza y libera: “libro”. Ejemplos: El libro de las imágenes, de Rilke; el Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa o El libro de las preguntas, de Edmond Jabés.

m) Títulos apropiativos y parafrásticos: los primeros son aquellos que emplean alguna frase ajena para designar una obra nueva. Ejemplo: Todo lo sólido se desvanece en el aire, de Marshall Berman, utiliza una frase de Marx. Los segundos son aquellos que, imitando la estructura del título de una obra conocida, designan otra que, en buena medida, resulta deudora de la primera. Ejemplo: Si una mañana de verano un niño, de Roberto Cotroneo, parafrasea Si una noche de invierno un viajero de Italo Calvino.

De esta manera, en los párrafos anteriores he enumerado una serie de criterios (tentativos, desde luego) para reconocer el carácter del libro a partir de su superficie. Seductor o no, el título de la obra resulta siempre estimulante y familiar para aquel que, con mayor o menor curiosidad, se aproxima a la experiencia literaria. Ataviado con el ropaje de la libertad, el rótulo libresco teje las madejas del texto que mantendrán en vilo al lector a lo largo de las páginas restantes. En última instancia, este acto de creación refleja que de alguna manera siempre vivimos rodeados de palabras rutilantes, de términos bruñidos que esperan el momento propicio para ser enunciados con orgullo y ventura.

En: Castañeda, L. (2014). Puntos suspendidos. México: FOEM

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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