Elogio del libro difícil


Carlos Yusti

“Es difícil que en el mundo haya mercancía más singular que los libros. Son impresos, vendidos, encuadernados, reseñados y a veces hasta escritos por gente que no los entiende”
Lichtenberg.

El lector. Ferdinand Hodler

El lector. Ferdinand Hodler

Un amigo poeta (además gran lector) me comentó que no existían libros difíciles, sino lectores acomplejadamente complicados. No obstante, hay libros que uno como lector voraz no ha podido pasar de ese lindero de la primera página. Las razones nunca son claras, pero lo extraño es que en el estante de muchas bibliotecas (de conocidos y amigos) no existe un tramo en exclusiva para “Libros difíciles de leer”.

Lo raro y patético es que el libro difícil viene precedido por el barniz de clásico imprescindible y por una fama cimentada por eruditos; además es infaltable en la lista de libros que cualquiera debería llevar a una isla desierta, a veces forma parte del canon particular de un escritor famoso. Otra característica del libro difícil es que su autor es un paradigma de la literatura universal. No haber leído determinado libro difícil, si uno se pretende escritor, es pasar por un ignorante con ínfulas.

Si se busca un ejemplo de libro fácil, en contraposición del libro difícil, los  éxito de ventas (Best-Sellers) son la cantera principal. También tenemos las novelas rosa y en la que Corín Tellado es la madre superiora indiscutible. Entre los fáciles, escritos con buenos quilates de literatura, están los libros de Verne, los de Alejandro Dumas o Charles Dickens. Algunas novelas de Gabriel García Márquez, todo Paulo Coelho y un gran grueso de esa literatura de autoayuda que en verdad a quienes ayuda es a sus autores. Entre los difíciles se pueden mencionar el “Ulises” de Joyce, “Paradiso” de Lezama Lima, “El Quijote”, “País Portátil” de Adriano González León, “Larva” de Julián Ríos, “El hombre sin atributos” de Musil, “Abralapalabra” de Luis Brito García, “Pedro Páramo” de Rulfo, “La Divina Comedia” de Dante, “Rayuela” de Cortázar, “Ágape” se paga de William Gaddis y hay muchos más según lectores existen.

En mi paseo habitual por la Internet encontré un conjunto de escritores y escritoras que hacen un recuento de ese libro que no han podido leer. Algunos se van por el margen y otros más honestos confiesan su impericia lectora con algún libro. Me agradó la respuesta de Miriam Marinoni: “Confieso no haber podido leer nunca completico el Ulises de James Joyce. El mentado libro, famosísimo por cierto, me ha hecho sentir acéfala, por no decir idiota, en más de una oportunidad. Terminé confinándolo en algún estante oscuro y alto de los anaqueles de mi biblioteca para ni siquiera verlo, pues su sola presencia me daba escalofríos esquizoides y debía repetirme varias veces: no eres estúpida, tranquila, tu coeficiente mental es de lo más normalito”.

Paulo Coelho es de la teoría que la culpa es del autor que en su pretensión de agradar a los críticos y demostrarles que es capaz de escribir bien y en profundo termina equivocándose. A la sazón trae a colación algunos ejemplos y Coelho escribe: “Susanna Tamaro había obtenido un inmenso reconocimiento del público (y una avalancha de ataques de la crítica) con Adonde el corazón te lleve. Su siguiente libro, Anima mundi, muy esperado por sus lectores, sustituyó la poesía sencilla y maravillosa del título anterior por una complejidad que le hizo perder a sus lectores fieles, y que tampoco logró agradar a los críticos”.

Por supuesto, el Ulises de James Joyce es el ejemplo ideal de Coelho para reafirmar su tesis y en su libro “Zahir” deja de lado su bisutería espiritual para hacer un comentario irónico y despectivo: “Es un absurdo que Ulises jamás sea reeditado, ya que todos los escritores lo citan como obra maestra; tal vez sea la estupidez de los editores, dejando pasar la oportunidad de ganar mucho dinero con un libro que todo el mundo leyó y a todo el mundo gustó”.

En lo personal hay libros que me han resultado cautivantes como las novelas de Samuel Becket  “Molloy”, “Malone muere” y “El Innombrable”, no precisamente fáciles de roer. También fueron para mí un paseo estival “Gargantúa y Pantagruel” y ni hablar de “Paradiso”. Lo que sucede es que no son novelas convencionales, emplean muchos recursos estilísticos para convertir la literatura en una inigualable fiesta del lenguaje y la imaginación. Por supuesto, existen libros que por inexplicables circunstancias se convierten en obstáculos insalvables. A pesar de ello, me parece absurdo recriminarle a determinado autor su trabajo complejo con las palabras. Willian Gaddis, un autor calificado de ilegible, lo que no impidió que se convirtiera en autor premiado y de culto, expresó en una entrevista que si el trabajo no le resultaba difícil sin duda hubiese muerto de aburrimiento.

Los libros complejos en su fondo y forma esconden entre sus páginas el trabajo implacable con las palabras. Cuenta Cortázar que escribir “Rayuela” le resultó una experiencia casi demencial, se adentraba tanto en la escritura que pasaba hasta 16 horas sentado a la máquina de escribir y su esposa era quien lo rescataba de aquel delirio creativo. Un buen libro es dejarse la vida a cada frase, a cada párrafo por respeto a los lectores y a la literatura.

Tenía un amigo que no comprendía mis textos, al parecer le resultaban rebuscados y un tanto enrevesados para él que no era un lector de larga distancia. Ante sus reproches me sentía culpable por no ser un Andrés Eloy Blanco del ensayo. El mejor argumento con respecto al libro difícil lo expresó el escritor António Lobo Antunes en una entrevista: “…leí Pedro Páramo cuando tenía 20 años y no entendí nada, a los 30 lo leí otra vez y tampoco entendí nada, después compré una edición crítica, y es que no entendía que todos estaban muertos y no tenía ningún sentido. No hay libros difíciles: hay lectores estúpidos, y yo fui un lector estúpido de Rulfo. Ahora lo entiendo y es una maravilla”.

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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