Diez propuestas heterodoxas sobre la literatura para niños y jóvenes

Alfonso Chase

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1. Me afirmo entre la prosa para establecer mi comunicación con los niños y los jóvenes. La poesía, si existe en mis trabajos, se encuentra escondida en los repliegues de la palabra, encerrada en el dominio de la sílaba y el sentido metafórico de mis cuentos. La poesía, libre como el canto, se expresa por medio de la fabulación, por el giro del lenguaje, por la palabra depositada, y creada, como instrumento único de comunicación entre el lector y el que escribe.
La prosa, cuando es para niños y jóvenes, sale ligera y profunda, rizada de algas, pero cristalina en su médula. Lo poético existe en el espacio de una frase a otra, en la resolución del texto, en la percepción de la naturaleza, en la belleza, siempre inacabada, de un cuento que es parte de otra narración, de un sentido totalizador de la visión del que narra.

2. Rechazo el realismo como único método o recetario para fundar la narración. El mundo mágico me atrae, como debe haber sucedido con los primeros escuchantes de los cuentos orales, ante el fuego o bajo los inmensos ombúes de la pampa. Dado que la imaginación existe, replegada en la chata educación de nuestros días, mis textos buscan llegar a la fantasía, descubrirla, hacerla viva, para que aviven en los muchachos la capacidad de fabular. Como no hay nada más real que la propia fantasía, cuando es ejercida claramente, su lucidez me deslumbra. No queda, más que regresar, siempre, a la raíz del relato: la realidad verdadera de lo fantástico, oculta en lo tráfago de lo aparente y real para nuestros ojos: mágico y cotidiano para los ojos de los niños.

3. Escribo y baso mi escritura en el lenguaje popular que es, para mí, la esencia y el sustento de mi trabajo de investigación. El pueblo, como gran fabulador que es, tiene en su alma el origen, y la defensa del texto, como patrimonio consciente de su identidad cultural.
No siendo un antropólogo, carezco de sentido crítico para encontrar en mis textos el alcance etnológico que algunos buscan percibir. El escritor, cuando busca rescatar la literatura oral, o fijar en el tiempo lo que hacen y piensan los que no tienen voz, recoge de ellos el sentido más vivo de su naturaleza, sin desvirtuar por ello el tono exacto de lo que quieren decir.
El gran tesoro del habla popular, asfixiado por los convencionalismos, escapa de las gargantas de los fabuladores como agua pura, como los rayos de un sol interno que se despierta en el alma del que tiene algo que contar, soñar o comunicar, casi que inmediatamente.
El escritor transforma, sin desvirtuar, el borbollón de las fábulas. A veces ordena. Otras lima. Pero su papel es el de conservar, ampliar, rescatar. A eso se limita su labor.

4. Los únicos jueces, verdaderos, que tenemos a la hora de evaluar los textos, son los propios muchachos, o los adultos que guardan dentro de sí ese niño común que duerme dentro de todos. Despertar el gnomo interno, al elfo escondido, sin ser una meta, es parte de la obligación del escritor. Y esto no puede imponerse. Nace como un acto mágico de comunicación, como una verdad casi imposibles de creer.
Este tipo de lector contribuye a modificar las historias. Les agrega o recorta. Las hace suyas y las recrea con un dominio personal sobre lo que nosotros escribimos, que acaba por volverlas anónimas y colectivas.
Los niños y los muchachos crean, a partir de nuestra historia, su propia versión del cuento. Es el momento en que se convierten en creadores, en fabuladores, en seres humanos con la facultad y percepción de crear.

5. Rechazo la función moralizante en mi trabajo literario, como autor para niños y muchachos. La moral, cuando se usa en literatura, reduce el texto a la vulgaridad socarrona de las cartillas de buenos modales. La única moralidad que interesa es la del texto bien escrito y la preeminencia de la belleza, y la bondad, por sobre las virtudes cardinales de nuestro comportamiento convencional.
La didáctica moralizante, como fondo del texto, resulta un adorno de mal gusto, que acaba por volver latoso el sentido de la narración. A la literatura de fondo didáctico, sin componendas lúdicas, vivenciales, reales o fantásticos, opongo la desmesurada de la historia humana con sus contradicciones propias, viva desde siempre en el corazón del hombre.

6. Rescato, cuando tengo que hacerlo, el mundo mágico que subyace en los relatos. El terror, como método de conocimiento, no me parece más espantoso que la radio o la televisión, sofocando diariamente los valores humanos. La fantasía, delirante, más valiosa que los juguetes mecánicos. Las lágrimas, más efectivas para formar al hombre que toda la falsa virilidad aprendida en los textos escolares. Busco en mis textos, el fondo histórico que los engendra y que no puede ser avasallado por la meticulosa manera de convertir al mundo en un infierno, de virtudes falsas, contra las cuales se enfrentan los niños, los jóvenes, y principalmente los adultos, cuando conservan los valores esenciales de la infancia.
El contacto con el pueblo, en sus múltiples facetas, me ha hecho conocer su forma de pensar, su capacidad de expresión, su visión del mundo y la tersura de su lenguaje. Todo esto se expresa en la manera con que ve, y siente, el desarrollo de su capacidad de fabulación. Su imaginación y magia superan la realidad, es decir, la despojan de su cáscara de superficialidad, para sentirla en la médula de su deslumbramiento.
El pueblo, a la hora de crear, es multifacético, pícaro o bondadoso, sabio y a veces se hace el bobo. Su unidad múltiple actúa como creadora y receptora del hecho artístico, en el cual participa de una manera activa.

7. Creo que escribo para recrear e instruir, sobre valores múltiples, a los muchachos y niños, pero sin darles los valores tenidos como tradicionales por nuestra sociedad en proceso de dispersión. La tradición, manipulada, ha sido una forma de enmascaramiento para ocultar la auténtica tradición popular, que tiene valores de insurgencia espiritual y de imaginación, la mayoría de las veces desconocidas para nosotros. La verdadera tradición es parte del hecho social y busca un cruce de culturas, en el cual el eje central es el hombre, como posibilidad de realización, y el narrador como parte sustancial de esa visión del mundo. El poeta, o el escritor, y esto ha sido así al través de los siglos, trata de fijar los valores fundamentales, percibidos a través de la narración, pero sin desvirtuarlos o adobarlos, evitando hacerlos forma didáctica. El aporte artístico es fundamental a la hora de fijar la narración en su forma escrita, sabiendo que este tipo de narración emociona tanto a los más chicos como a los adultos.
Son mis amigas las hadas, los gnomos y los elfos. También los héroes, los humildes, y valientes sastrecillos, así como los tontos, los desvalidos, los astutos relojeros, los ángeles cuando descienden a la tierra, los magos cuando dejan sus cuevas y se van a rodar por los caminos, convertidos por voluntad propia en mendigos o lazarillos de ciegos caminantes.
Creo que el texto debe estar de acuerdo con las ilustraciones y no estoy muy satisfecho solo con los libros de láminas, que evitan que el niño o el muchacho puedan entrar en contacto con el lenguaje.
Oscilo entre El niño astro, de Oscar Wilde, como modelo, y la verdad criolla de José Martí, cuando describe la vida de nuestros héroes, con naturalidad, amor y exaltación.

Editorial_Costa_Rica-Alfonso_Chase-fabulas-literatura_infantil-cuentos_LNCIMA20140922_0139_278. Creo que el pueblo es el más innato, astuto y creativo cuentista de la historia de la literatura. Gracias a su capacidad de atesorar y comunicarse la literatura tiene la posibilidad de seguir existiendo. Un pueblo sin fantasía es un pueblo muerto. Un pueblo sin grandes escritores para niños y jóvenes no puede crear una literatura enraizada en la realidad fabulosa y humilde de su historia. Cuando un pueblo empieza a dejarse arrebatar sus verdaderas tradiciones, y su capacidad de fabular, el verdadero artista debe rescatarla, ayudar a inventarla, fijarla para que pueda seguir existiendo, a pesar de la indiferencia de las grandes mayorías, o los momentáneos lapsos, en que se oculta su verdadera historia.
La identidad cultural de un pueblo se muestra por el grado de cohesión al que haya llegado en la preservación de sus verdaderas tradiciones. El saber conservarlas y renovarlas revela un grado de su madurez y su cohesión como país, y es una forma de defendernos de la agresión cultural que nos llega de la subcultura metropolitana. Pero no se trata de sólo rescatarla, sino de buscar los mecanismos de difusión, que la presenten como algo vivo y consustancial del desarrollo pasado, presente y futuro del pueblo.

9. Un escritor que no tenga y cree mitos, en el sentido histórico que estos tienen, puede ser un gran escritor, pero nunca un gran escritor para niños. La vida moderna ha perdido todo su sentido porque ha destruido todos los mitos accesibles a la formación de cultura. Los falsos mitos sobre los cuales se establece la comunicación con el mundo infantil, son parte de un proceso alienante, más pernicioso que el no tener capacidad de fabulación o negar el valor sustancial de las estrellas y el aire, en la formación de nuestros niños y muchachos.
El mito, en sus múltiples aceptaciones, tiene un valor simbólico que ayuda a comprender al mundo, a analizarlo y a darle el valor real que tiene en la sociedad. Algunos autores buscan ocultar la fealdad y maldad del mundo ante los ojos de los niños, como si esto pudiera hacer más placentera, o virtuosa, su vida en la tierra. En la vida moderna ni el hogar ni la escuela cumplen cabalmente las funciones que generalmente les asignamos como formadoras de cultura. El mito no es un velo para ocultar la realidad del mundo, sino un instrumento para entender cómo ese mundo necesita del mito para comprender, y analizar, la vida cotidiana. Modernizar los viejos mitos, significa hacerlos presentes y darles credibilidad y vigencia, analizarlos y saberlos como parte esencial de la naturaleza humana, al través de los siglos.

10. Creo que la verdadera literatura infantil no debe ser hecha pensando sólo en los niños. Los grandes textos literarios sobre los cuales se sustenta la tradición infantil, son textos hechos para el hombre, formas de comunicación que trascienden el ámbito limitado de una literatura “infantil” para transformarse en auténtica literatura.
La literatura infantil, en su acepción más vulgar y didáctica, no existe. Solo existe la capacidad del hombre para comunicar su pensamiento, y los tropismos del alma, a todos los seres de la tierra. Los mejores lectores de mis textos, además de los niños y jóvenes, son los ancianos, que recogen en ellos formas perdidas de su infancia, intacta y maravillosa, por sobre los años y el tiempo.
La literatura infantil ha muerto. Viva, entonces, la literatura para todos los hombres de la tierra, con su futuro de niños en cada átomo de nuestro cuerpo.

De La Hora del cuento. Imprenta Nacional. Editorial Digital. Costa Rica

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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