La danza de la palabra y la aventura del color en Chiquirriticos musicantes, libro de Carlos Ildemar Pérez

Yony G. Osorio G.

Querido Julio Verne
¿Cuál es el mundo más chiquito
más poquito
en el que has vivido?
¿Quizás en el dedito
del pie chiquirritico
de un recién nacido?
(Pérez, 2008: 47).

Imagen (2)_1

Al principio la palabra se sumerge, viaja y danza también en el Catatumbo. Revelación marabina celeste, vestigio de antiguos dioses que reverberan en la voz de feraz rayo. Región del oro negro, el voseo, el cálido sol que nos derrite de entusiasmo y de la noche crepitante de luz. Sólo en la distancia el poeta en silencio enunciaría: “Pirueta de luz/ que sólo intuyo/ luz azulada/ por donde huyo.” (Ibídem, pág. 35). Así que de esa geografía sonora irrumpe Carlos Ildemar Pérez con Chiquirriticos musicantes (2008). Además, es trapecista del agua materializada en la imagen: “Gotas menudas/gotas desnudas/toditas al mismo son/vertical fiesta de percusión” (Pág. 37). De hecho, este texto nos permite atrevernos a conciliar con el filósofo Gaston Bachelard, bajo el supuesto de que posiblemente algo zumba, resurge en el acto creador cuando apenas asoma la lluvia como elemento de la pureza; tal vez tenga razón al confirmar que: “Hay horas en que el sueño del poeta creador es tan profundo, tan natural, que sin darse cuenta recupera las imágenes de su carne infantil” (Pág.19). De modo que la obra Chiquirriticos musicantes, está ideada para disfrutarla con los niños, padres, maestros y/o cualquier lector que se aventure en el ejercicio del mirar, oír, oler, sentir y saborear cómo es que transcurre ese instante donde palabra, color y danza juegan en la superficie de papel, para descubrir la fundación de un imaginario poético. No obstante, siendo titiritero y de verbo encantador de niños, Carlos Ildemar Pérez, no ha dejado de ser un escritor serio que ocupa un sillón en los laberintos lingüísticos de la Escuela de Letras de la Universidad del Zulia. Dejemos, a manera de ilustración, una muestra que se corresponde con su rigurosidad interdisciplinaria en tanto se atreve a barajar el territorio de la sintaxis de un poema determinado, ejercicio que constatamos en la Revista DEPALABRA (2009), a propósito de lo que él con firmeza sostiene:

“Estos trabajos son el producto de mi investigación sobre las variantes sintácticas a partir de una estructura previa de tipo tradicional, con la finalidad de mostrar lo que permite la experimentación del lenguaje”. (…) “Vallejo dolor no sufro César este como yo/yo este como sufro Vallejo no César dolor/Como dolor Vallejo no César este sufro yo/César no yo dolor Vallejo como este sufro” y “puedo escribir los tristes más esta noche versos/puedo esta noche tristes más los escribir versos/escribir versos los puedo más noche esta tristes/los tristes esta noche puedo más versos escribir” (págs. 262-265).

ÁMBITO DE CREACIÓN DEL ESCRITOR

Ahora bien, antes de continuar trazando estas líneas en torno a Chiquirriticos musicantes, es necesario tener una noción general y, a la vez por razones de espacio, escueta sobre la labor en el ámbito de la creación del escritor Carlos Ildemar Pérez Hernández. Éste nace en Maracaibo (1964). Ha confrontado su obra en diversos certámenes, siendo galardonado con el Primer Premio en el Concurso Nacional de Poesía, Bicentenario del Natalicio del General Rafael Urdaneta, 1991. De igual modo, con el libro ¡Tantarantán¡ obtuvo la Mención Honorífica en la Bienal Latinoamericana de Literatura para Niños “Canta Pirulero” (Ateneo de Valencia, 2004) y Premio Bienal de Literatura “Miguel Ramón Utrera” con el libro Provinciano cósmico (Gobierno Bolivariano del estado Aragua /Secretaría Sectorial del Poder Popular para la Cultura, 2011). Es Magister en Literatura Venezolana. Cursó estudios de doctorado en Filología Hispanoamericana en la Universidad Complutense de Madrid, España. Magister en Teoría y Práctica de las Artes Plásticas Contemporáneas en la Facultad de Bellas Artes de la misma universidad. Cuenta con una importante obra publicada: Los heredarios (1988), Sermones para vivir aquí (1993), El señor Homo sapiens se hace a la vida de poeta (2005), ¡A que no me come el gato! (2000), Tráglabajetoría (2004), Olas para niños navegantes (2005, edición bilingüe (español-wayunaiki) con la que obtuvo Mención Honorífica del Premio Nacional del Libro 2006, CENAL)), La mano de obra. Poetología autocrítica del proceso creador (2007), Chiquirriticos musicantes (2008, Premio Caminos del Sur de Literatura Infantil de la Editorial El perro y la rana), Provinciano cósmico (2011), Tierra personal (2011, Mención Publicación en la Bienal Nacional de Literatura ramón Palomares), entre otros.

IMAGEN DE UN LARGO VIAJE

Al reavivar esta aproximación que venimos construyendo con base a Chiquirriticos musicantes, quisimos emprender este acto de lectura y escritura partiendo y compartiendo la pregunta imaginaria propuesta al escritor Julio Verne contenida en el poema “Querido Julio Verne”. Este texto supone una especie de carta poética en el que nos topamos con la imagen de un largo viaje. Desplazamiento en donde ya el ser se presume en sí, e incierto se hace sujeto de su propia búsqueda, por tanto ocurre el asombro y emprendemos el recorrido tomando en cuenta una parte del todo: “¿Quizás en el dedito / del pie chiquirritico / de un recién nacido” (Ibídem, pág. 47). De tal manera que esto sugiere una exploración que presume el sendero hacia el retorno. Esta aventura erigida de la imaginación vindica a ese “soñador de palabras” francés, que se transportó De la tierra a la luna (1865), después realizó un Viaje al centro de la tierra (1864), luego de Veinte mil leguas de viaje submarino (1869), se dio una Vuelta a la tierra en 80 días (1873), hasta navegar El soberbio Orinoco (1898).

UN CÁLIDO Y FRATERNAL ABRAZO A UN SER VIVO, LA ORUGA

Las páginas de este libro también se nos abren como un gran viaje que parte de un “Abrazo cósmico de la vía Láctea”. Se suscita ese cruzamiento primigenio entre el Cosmos y la diminuta constelación que se extiende hasta nuestra cercanía habitable a través de la: “despeinada arruga / de la oruga” (Pág. 10). Esta cosa o Entidad sin brazos ni palabras otorga un cálido y fraternal abrazo a un ser vivo, la oruga. Espa pacialidad que siente la suavidad de una almohada; tal vez esto nos recuerde aquel objeto amoroso atesorado en la infancia. Ella intacta se mueve o hace un gesto para abrazar a un gusano de cabellera despeinada y arruga, de dimensión conocida (tamaño y color predecible). En tanto, esa maravillosa manifestación de la naturaleza tras tejer su capullo alcanza su transfiguración en mariposa. Así que simultáneamente se da en este caso, lo táctil, gustativo, lo visual-cinético: imagen conjugada sinestésicamente. Por consiguiente, para lograr la configuración de un personaje con tales aspectos y actúe en consecuencia, el autor le asigna cualidades propias del ser humano. De modo que esta operación del lenguaje al emplear la figura de la personificación, vigoriza la expresividad que nos hace sujetos simbólicos en relación con las cosas del universo; y lo verosímil de este hecho poético, acto del nombrar y potencial el poder verbal, lo podemos reafirmar con el filósofo Heidegger:que no vacilamos en decir que existen cosas tales como árboles, pájaros, insectos, yerbas y piedras”. (Priscilla N. Cohn, 1975:18)

DANZA DE LA PALABRA EN EL RITMO DEL COLOR

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Carlos Ildemar Pérez. Foto cortesía EntreSocios

Este trabajo poético del escritor Carlos Ildemar Pérez, está tejido de imágenes que tientan algún sentido del lector. Podemos encontrar metáforas luminosas, esas contempladas en los textos “Centella emplumada” y “Cocuyo” que reiteran chispazos de la belleza efímera y la presencia natural revelada en tan sólo el aleteo de un colibrí o de un cocuyo: “¡Siempre centella el colibrí! /pajarillo tan diminutivo/que yo no vi”. “Pirueta de luz/ que sólo intuyo/luz azulada por donde huyo” (Ibídem, págs. 29-35). Igualmente, en el poemario sigue gravitando el símil o comparación, personificaciones, hipérboles y humanizaciones que le otorgan una particular expresividad al lenguaje que incita a la imaginación. Sin embargo; emparentada a la danza de la palabra está la fuerza expresiva de la ilustración. Ella le brinda plasticidad a la construcción del discurso poético. En fin, es la magia del color con sus tonos vivos y cálidos que se mueve en la superficie. Allí se construye una atmósfera que delinea figuras y personajes bajo la constelación del difuminado, manchas, texturas rugosas, acuosas, esponjosas, aterciopeladas, lisas, lanosas, ásperas y babosas; formas redondas, puntiagudas, ovaladas, cuadradas, trianguladas y rectangulares; líneas gruesas, delgadas, zigzagueantes, discontinuas, onduladas, trazos ligeros, agitados y armoniosos; grafías, aguada y collage, que conforman la geometría del paisaje pictórico, lográndose así una sincronización entre la danza de la palabra y la aventura del ritmo en el color de trazados erguidos aireados de matices, entrelazados bajo la mirada de “gallitos blancos / con sabor a verano” (“Vuelo bucal”, pág. 43). En tal sentido, es la sintaxis de la paleta ilustradora de Jeannette Arocha girando en un “Mundito mundial” (Pág. 23). Porque la fusión de elementos en la conformación de un mundo imaginario, cristalino, lúdico y dimensional, aguarda un tono del lenguaje que acentúa las posibilidades del placer estético en el libro Chiquirriticos musicantes, y convoca a una complicidad entre lector-autor. Tono que por cierto, En crónicas de poetas (1996), para César Vallejo es la columna vertebral del poema: “…lo que importa en un poema, como en la vida, es el tono con que se dice una cosa y muy secundariamente lo que se dice”. (Pág. 79). Esto lo tiene muy en cuenta el poeta Carlos Ildemar. Ahora bien, ejemplo de lo expresado se deja ver en los dos textos siguientes: “Abrazo cósmico”: “La vía Láctea/despierta intacta y abrazada/a la despeinada arruga/como si fuera una almohada” (Pág.10) y “En punticas”: “Solita la espinita/da un pellizco al mundo/cuando ésta/se espina” (Pág. 51). Aunque se advierte el riesgo al manejar el diminutivo, pero con bella ironía: “! Siempre centella el colibrí/pajarillo tan diminutivo/que yo no vi¡” (Pág. 29). Mas aquí juega un papel fundamental el hecho de que la barrera entre los extremos apenas se hace perceptible, es decir, se extreman: distancia, cercanía; infinito, finito; lo enormemente grande/enormemente pequeño. Siendo así, y en cuanto a lo que caracteriza a la literatura infantil, al respecto se precisa en La raíz mítica y la ética martiana en la obra para niños de Onelio Jorge Cardoso (2004), de Blanca de González que:

“Su placer (del niño) es deformar la verdad geométrica, estirándola hacia lo enormemente grande o encogiéndola hacia lo enormemente pequeño. Lo colosal y lo microscópico lo atraen con una sugestión que no tiene lo normal y de ahí las clásicas lecturas de gigantes y enanos que divierten sus primeros años” (Pág. 82)

Estos aciertos, que están conjugados en el libro Chiquirriticos musicantes, lo revalidaremos si consideramos una vez más ese estudio mencionado:

“Será el lenguaje sencillo y particularmente claro, el cómplice para que “los qué, los por qué y los cómo”, despejen satisfactoriamente en ese proceso que envuelve al niño entre la curiosidad, el aprendizaje y el asombro. La claridad y sencillez de ningún modo deben entenderse como lenguaje soso, aniñado, que ni siquiera el propio niño reconoce. Si a un niño se le ata a un lenguaje que no le permite crecer, ¿cómo va a funcionar en la sociedad, cómo va a desenvolverse siquiera en su núcleo más cercano? Asimismo, toma en cuenta esta autora que “Miguel de Unamuno confiere al diminutivo la facultad de expresar ternura más que pequeñez” (Pág. 80).

LO QUE LE DA RELIEVE A LA PALABRA1531

En Chiquirriticos musicantes, otro de los aspectos que vamos a rastrear es una pequeña muestra de recursos expresivos que le dan mayor valor literario a esta propuesta creativa de Carlos Ildemar Pérez. Entre ellos, están el símil, la hipérbole y la personificación. Un vez señalados, localizamos la asociación entre elementos relacionados: A (Oruga), B (Almohada) mediante el enlace C (Como). Ese algo que tienen en común las dos realidades (“Oruga” y “Almohada”) es la suavidad.

Por otro lado, el verbo sigue serpenteando y la hipérbole entre versos fija el ojo en la lógica de lo no habitual. He aquí ese poder de la imaginación que sostiene con fina hebra a una pesadísima montaña hiperbólica: “Un hilo de araña/ mece a la montaña”; “Cuatrillones de veces más menuda / que su dueña la cigarra / a lo mejor ni con lupa / descubrirán la guitarra” y “Sobre la puntica de un pelo / bailaba día y noche / mi abuelo” (Págs. 14-32-49). ¿Qué decir de la personificación? Detrás de ella se encarna el amor fraternal, soportado por la relación universo-ser-en-sí-con los otros. De esta manera, el para sí lo descubrimos trasladándonos desde la memoria de la infancia al leer el poema (“Abrazo cósmico”, pág. 10). Pero esta vez acompañados de la expresión de Octavio Paz, que nos invita a saborear el acto de la lectura: “Comencé a viajar cuando aprendí a leer, es decir, en mi infancia…” (Citado por Josefina Peña González, 2007: 105). Acudamos entonces al encuentro con ese abrazo, confluencia del espacio galáctico con seres vivos del mundo de la naturaleza que conviven en el planeta tierra:

“ La vía Láctea
despierta intacta
y abrazada
a la despeinada arruga
como si fuera una almohada”
(Ob. Cit., pág.10).

MUSICALIDAD EN EL CORAZÓN DEL POEMA

En lo que respecta al aspecto fónico, está por un lado la onomatopeya y, por otro, el ritmo interior y exterior que conviven en el poema, circunscrito éste al plano “que determina el ritmo, pausas, acentos y demás sonoridades” (González, pág. 63). En cierto modo, uno se logra por la acertada distribución de las palabras que generan musicalidad en el corazón del poema y la otra vía está en el conocimiento de la medida tradicional, mediante la aplicación de la rima consonante/asonante, elementos que intensifican y abrigan en el lenguaje ese encanto rítmico que estimula el caracol del niño. En verdad, pareciera que el tiempo estuviera demás o “Tiemporería”, al decir del poeta; pues el ritmo es un asunto temporal, él se desliza en nuestras vidas sin que lo veamos o toquemos, a veces, palpamos la ilusión imitativa que reconstruye el sonido (“tic, tac”) del reloj como referencia de lo transitorio abordado desde la onomatopeya:“Tic suena el segundo / tac suena en otro mundo / tictactic tres segundos sería /Vaya titacterías¡” (Ibídem, pág. 26). Quizás las huellas que dejan las saetas y miden la angustia del vivir de una “intuición instantánea” sean las que al final susciten, como la ráfaga del tueno o el relámpago, esa vana apariencia: juego y canto, al menos, para retener esos minutos o segundos que nos consumen y no saben cuándo seremos memoria de ese instante que atrapan las rimas consonantes. No obstante, es placentero recordar que el mundo es una espacialidad donde convergen tanto disonancias como consonancias, y aparejado a su nacimiento encontramos, por ejemplo, la imagen del dios griego Zeus con su estruendoso rayo y, modernamente, otro mito surgido de la incansable agonía del hombre en procura del origen de las cosas: el Big bang en donde la materia estuvo condensada, concentrada, luego explotó y se expandió. Y precisamente, ese universo que renace en Chiquirriticos musicantes está signado por el acorde que suscita diástole y sístole en el anhelo del niño que en silencio mira, busca y se pregunta. Claro está, es el arte que logra despertar la atención y sensibilización. Éste surge de “otra mano de obra”, la del titiritero o la del escritor Carlos Ildemar Pérez Hernández, que transfigurado en un imperceptible duendecillo se encuentra hurgando el misterio en un bolsillo viejo nutrido de recuerdos y experiencias verbales: “…invitado por mi amigo el bolsillo/que vive en un pantalón de salir” (¡A que no me come el gato!, 2000, pág. 78). Finalmente, por el agudo tino y la ternura constante en la escritura del poeta Carlos Ildemar, compartimos la responsable afirmación de Blanca de González, afín a la concepción del poemario Chiquirriticos musicantes, puesto que, a su vez, ésta gira en medio del poema “Segundía”. Por ello, concluiremos dejando estos dos textos abiertos a la coexistencia, para una mirada de lo tentador.

“Diminuto
menos que el minuto
eres un segundo
eres nadita
¡y cómo sostienes el mundo
con tu manita!
Eres menos que un suspiro
pero en ti yo giro”.

(Pérez, pág. 27).

“Esa apelación a la sensibilidad permitirá que no solamente el lector o el oyente comprenda lo que oye, sino que le guste, sienta gozo y disfrute plenamente el arte de leer y que lo complemente con los vuelos de su imaginación acicateada. Un texto de esta naturaleza, capaz de reinventar el asombro en cada párrafo, es digno merecedor de estar en las manos de los lectores más puros y espontáneos: los niños. (González, pág. 63).

Referencias:
PÉREZ H., Carlos Ildemar. (2008). Chiquirriticos musicantes. Caracas-Venezuela: Fundación Editorial El perro y la rana. Col. Caminos del Sur, Serie Amarilla / Poesía. P.p.10-14-23-26-27-29-32-35-42-43-47-49.
_____________________________. (2009). “Varihables de versión (prolegómenos de ejemplos hipotéticos sobre las otras sintaxis del poema”. En Revista DEPALABRA. Maracaibo, estado Zulia: Escuela de Letras de la Universidad del Zulia. Año II Nos. 3 y 4. Pp. 262-265.
_____________________________. (2000). ¡A que no me come el gato! Maracaibo, estado Zulia: Ediciones Astro data, S. A. P´. 78.
PEÑA G. Josefina. (2007). “Planifiquemos un viaje fuera de nuestro País”. En: La familia y la escuela en la formación de lectores y escritores autónomos. Caracas-Venezuela: Editora El Nacional. Brújula Pedagógica. p.105.
Blanca de González. (2004). La raíz mítica y la ética martiana en la obra para niños de Onelio Jorge Cardoso. Caracas-Venezuela: Casa Nacional de las Letras Andrés Bello. Pp. 63, 80, 82.
Priscilla N. Cohn. (1975). Heidegger: su filosofía a través de la nada. Madrid, España: Ediciones Guadarrama, S. A. p.18.
César Vallejo. (1996). Crónicas de poetas. Caracas-Venezuela: Biblioteca Ayacucho. P.
Yony Osorio. Poeta, narrador, ensayista. Articulista. Investigador dela Literatura Venezolana. Ha publicado. Soñador de sal (Fundación Fondo Editorial El perro y la Rana, Caracas-Venezuela, 2007). Compilador del Libro del 4to. Festival Mundial de Poesía, Capítulo Yaracuy, Fundación Editorial “El Perro y La Rana”. Su poesía aparece en: III Antología de poesía entre Eros y Tánatos. Asociación de Escritores de Mérida / Fondo Editorial “Ramón Palomares” 2006. Poesía en líneas (Selección de Jorge Muhlemann). Fondo Editorial Comunitario “Cuadernos de la Buena Voluntad. Sal Felipe, E do. Yaracuy- Venezuela. Antología sobre el 27 de febrero, Embajada de Venezuela en Brasil, 2010.
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Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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