Grandes poetas con un niño al fondo

Seve Calleja

Frente a los poetas que miran a su infancia ocasionalmente, y casi todos lo hacen, están quienes han hecho de ella su patria anhelada, su referente íntimo o, en palabras de Gabriela Mistral, un sentimiento de la infancia sumergida. Son los grandes poetas de la niñez y de la juventud (Martí, Mistral, Machado, Hernández, Gloria Fuertes…, que miran con frecuencia a un pasado interior, el suyo propio, y logran en sus versos proyectarlos, como un cinematón al aire libre, a mayores y niños, incluso a niños –y esto lo subrayo-, que los leen en sus aulas y, años después, los guardan y lucen en sus blogs juveniles. Gracias a los manuales escolares, a sus maestros, que los aúpan en la pizarra o a quienes los convierten en pósters o en canción -Paco Ibáñez, Serrat o Amancio Prada-, hay poemas que se aprenden, recitan, se guardan desde la edad más tierna en el hueco que han dejado las nanas o los cantos de corro y sorteo. Y es que la poesía ha hecho ya nido en ellos.
El lector joven que sorbe poesía, acaso no lo hace tanto por su musicalidad, cuanto por lo que muestran de su autor, cuyo infancia a la postre es la infancia de todos, el espejo en que el lector joven o adulto reconoce sus propios miedos, sus fantasías anhelos de cuando era pequeño. Seguro que es por eso por lo que hay quienes cuelgan sobre la cama un poema de Mario Benedetti, de Withman, Serrat o Bob Dylan.
Es sabido que el tiempo deforma los recuerdos y que los magnifica: son el sol de la infancia que le viene a Machado a la memoria en su exilio francés o las viejas angustias que hacen al corazón pesado –como él dice-, porque aquellas vivencias de la infancia –aunque sólo sean leves anécdotas- adquieren de mayores rango de acontecimientos. Aunque una vez adultos sólo vuelvan a ráfagas, como decía Cortázar. Y eso el poeta lo sabe bien y lo sabe expresar mejor que nadie, aunque lo exprese en prosa.
Horacio Quiroga escribía sus Cuentos de la selva desde la de Misiones para que en Buenos Aires los leyeran Darío y Eglé, sus dos hijos; Jean Brunhoff, creó a su elefantito Babar desde un sanatorio suizo para el suyo, ante el telón de fondo de la I Guerra Mundial. José Martí evocaba a su Ismaelillo ausente mientras le recitaba los versos de su libro.
Desde la cárcel de Alicante, el poeta de Orihuela adaptó cuatro cuentos para su hijo de dos años y deseó poder dárselos él mismo, pero no le dejaron. Dos se reunieron en el libro “2 Cuentos para Manolillo (para cuando sepa leer). Fue su esposa Josefina quien le entregaría tiempo después el libro. Y aún preparó otros dos, ilustrados por su compañero de celda Eusebio Oca Pérez: Un lugar en el árbol y La gatita Mancha y el ovillo rojo, que son como los anteriores metáforas de la libertad, creadas –o recreadas, tanto da- para su hijo. Estos cuatro cuentos infantiles, en fin, dos de ellos inéditos— forman la última escritura del poeta, realizada probablemente entre junio y octubre de 1941, en su última cárcel. Su amigo confeccionó un bello libro y lo llenó de dibujos para que Hernández se lo entregase a su hijo. Al margen de que el poeta de Orihuela afirmara en una carta que eran traducciones de cuentos ingleses, son sin duda cuatro metáforas explícitas de libertad para que las leyese su hijo, metáforas de alguien que, en su escritura y su vida, quiso dejar constancia sobre todo de su voluntad de ser libre. libro 3
Cuando el niño –el mismo al que su padre dedicó las Nanas de la cebolla- supo leer, lloró sobre sus páginas. La huella de sus lágrimas quedó estampada en ellas. Padres que desde la soledad del destierro, la cárcel o el hospital tratarán de acortar las distancias impuestas de sus seres queridos. Curiosamente, en casi todos los casos citados, corrían lo convulsos y tensos años de la emancipación en ultramar o, a este otro lado, la década de los 30. Cancionero y romancero de ausencias, obra última del autor, escrita entre 1937 y 1941, es una suerte de diario íntimo y personal, alejado de la beligerancia de los poemas de Viento del pueblo o El hombre acecha, y escrito sin duda en los momentos más dolorosos de sus últimos años por la soledad y ausencia de sus seres queridos. La muerte prematura de su primer hijo (A mi hijo) lo hacen aferrarse a la esperanza de libertad y a su amor por la esposa y por el hijo nuevo, Manolillo (Canción del esposo soldado, uno de los más bellos poemas de amor), son una vía de escape, que vemos deliciosamente plasmada en poemas como Hijo de la luz y de la sombra (Hijo del alba eres, hijo del mediodía / y han de quedar de ti luces en todo impuestas) o como sus palpitantes Nanas de la cebolla (Tu risa me hace libre, me pone alas, soledades me quita, cárcel me arranca).
Es sabido que Miguel Hernández dibujó los poemas que escribía para su hijo. Le encantada dibujar y hacer juguetes. Sobre todo caballos (La tierra es tu caballo, cabálgalo. Domínalo). Al rayo, la luna, el viento, sus símbolos predilectos, añadió el del hijo como prolongación de la pareja, abrazo de esperanza en época de guerra, anhelo de futuro (Asciende. Rueda. Vuela, creador de alba y mayo. Galopa, ven y colma el fondo de mis brazos). Se cree que estos dos cuentecitos son traducción de un libro original inglés desconocido cuando el poeta estudiaba esa lengua. Aun así, no deja de sorprender su elección: el potro oscuro que lleva al niño y a sus amigos corriendo a la gran ciudad del sueño; o el conejito glotón que cae preso tras una cerca y corre, corre, corre. Las ansias de libertad, la fuga son más que recurrencia del cuento para niños. Y el autor de estos cuentos es el mismo de las Nanas o la Canción del esposo soldado. Porque es la misma la savia poética de la que se alimentan.
Al otro lado del mar y muchos años antes, veía la luz Ismaelillo, un pequeño poemario que José Martí dedicó a su hijo José Francisco en 1882. El Martí que escribe estas páginas es, como el poeta de Orihuela, un hombre hundido ya hasta el fondo en la lucha por la independencia de su patria. Debió de escribirlo durante su estancia en Venezuela, después de la cárcel en Cuba, el paso por España y su acercamiento a los grandes caudillos de la América española implicados en su independencia. Quizás por eso, como título de este poemario, su autor le eligiera el referente bíblico de Ismael por lo que tiene de valor fundacional: el del héroe bíblico fundador de las doce tribus, padre de sus príncipes, así que no extraña que al descendiente de ese libertador se le otorgue el de Ismaelillo. Hijo: Espantado de todo me refugio en ti. Así se abre el breve poemario, que se cierra con versos como éstos: Otros con dagas grandes / mi pecho araron. Pues ¡qué hierro es el tuyo/ que no hace daño?/ Y esto dije, y el niño / riendo me trajo / en sus dos manos blancas / un beso casto.
Qué poco difieren los deseos de perpetuarse en una nueva vida más libre y volandera, y qué sensación de bálsamo contra el dolor intenso que causa la impotencia produce la presencia del niño en el autor doliente. La misma o parecida a la que otra gran poeta, la chilena Gabriela Mistral deja estampada en las nanas y sueños de obras como Ternura, donde el dolor, el amor a la tierra y a la infancia provocan una intensa vivencia casi mística en el alma de una autora que se quedó sin padre y fue tímida y asustadiza niña, antes de hacerse una gran vocacional de la infancia. “Darás tu obra como un hijo, poniendo en ella tu sangre de mil días”, reza uno de los puntos del Decálogo del artista, de su libro Desolación (1922).
La importancia que la infancia adquirió para los poetas románticos, que se consolidó con el modernismo y los simbolistas, para quienes, con palabras de Raine Mª Rilke, la infancia era la verdadera patria del hombre, un paraíso perdido al que poder volver a refugiarse: De aquel buey que Rubén Darío vio en su infancia echando vaho un día bajo el nicaragüense sol de encendidos oros, en la hacienda fecunda, plena de armonía del trópico… dirá más tarde en su poema Allá lejos:
Pesado buey, tú evocas la dulce madrugada / que llamaba a la ordeña de la vaca lechera, / cuando era mi existencia toda blanca y rosada / y tú, paloma arrulladora y montañera, / significas en mi primera pasada / todo lo que hay en la divina Primavera.
A través de los poetas simbolistas, herederos del romanticismo, llega una imagen ponderada de la infancia a muchos de los nuestros: Machado con su patio sevillano o luego José Hierro con sus evocaciones del mar y de la brisa santanderinas: de las olas, nos dice Hierro que “hacen nacer dentro del alma / no sé qué antiguas inocencias”, porque seguramente su niñez sea de esas cosas que “llenan todo nuestro universo. Y no es posible librarse de su recuerdo ( por decirlo con versos de uno de sus poemas, El buen momento”). Pero ese feliz regreso a los recuerdos niños cambia sustancialmente en algunos poetas posteriores como Benedetti: “La infancia es a veces un paraíso perdido. Pero otras veces es un infierno de mierda”, dice, y le dedica palabras rotundas en su poema La infancia es otra libro 2cosa, donde tira por tierra toda visión idílica heredada:
Es fácil vaticinar que los propagandistas de la infancia no van a / interrumpir su campaña, / quieren vendernos la inocencia cual si fuera un desodorante / o un horóscopo. / Después de todo saben que caeremos como gorriones en la / trampa, piando nostalgias inventando recuerdos / perfeccionando la ansiedad. // Los geniales demagogos de la infancia / así se llamen Amicis o Proust o Lamorisse, / sólo recapitulan turbadores sacrificios móviles campanarios / globos que vuelven a su nube de origen. / Su paraíso recobrable no es exactamente nuestro siempre / perdido paraíso,…
Porque la infancia, dice,… además del estanque de azogada piedad / que a cualquier precio adquieren los ávidos turistas del regreso /además de la espiga y la arañita / y el piano de Mompou, /además del alegre asombro que dicen hubo / además de la amistad con el perro del vecino, /del juego con las trenzas que hacen juego / además de todo eso / tan radiante tan modestamente fabuloso / y sin embargo tan cruelmente olvidado /la infancia es otra cosa. Para luego a enumerar ejemplos alevosos e ingratos: la oprobiosa galería de rostros, la caída de las primeras máscaras, la noche como la gran cortina que nadie es capaz de descorrer… Esa que él llama la podrida infancia de los miedos, rencores y pesadillas. Porque junto al divino tesoro, la poesía nos muestra la vergüenza del chico aquel que no logra espantar su crueldad en Los malos recuerdos de Antonio Gamoneda o ese niño que llora porque le han puesto un cero del poema de Jorge González Aranguren.
La nostalgia por la propia niñez que expresan las voces más diversas: la de Hölderlin (Benditos seáis, sueños de la infancia, me ocultabais la miseria de la vida), la de Machado (Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla…), la de Claudio Rodríguez (Cómo conozco el algodón y el hilo de esta almohada herida por mis sueños donde crecí durante quince años) entronca con la necesidad que sintieron los poetas románticos por fabricar refugios a los que poder huir, y uno de ellos, es la infancia. Una infancia mitificada, el paraíso que la memoria puede recuperar, pues entendían que es en lo lejano (épocas, paisajes o recuerdos niños) donde estaban las fuentes de la dicha. Abundan entre los poemas de Pessoa las alusiones a la infancia (El maestro sacude la batuta / y lánguida y triste la música empieza…/ Me recuerda mi infancia, aquel día /en que yo jugaba al pie del muro de una quinta), entre los de Octavio Paz (Y siento que a mi lado / no eres tú la que duerme, / sino la niña aquella que fuiste / y que esperaba sólo que durmieras / para volver y conocerme). Con todo lo dicho, es evidente que la idea de la infancia cambia de unas poéticas a otras según las latitudes, las épocas o las vivencias íntimas de quienes.
A juzgar por los versos de diversos poetas –los aquí mencionados son tan sólo una muestra arbitraria-, parece que hubiera una infancia inmarcesible que los poetas esconden entre sus ensoñaciones, un deseo de volver a ser niños, de reinventar su pasado echando mano de sus sueños de infancia y así construir sus fantasías. Pero probablemente, ayer como hoy, no haya más que un deseo compartido de todo ser humano por perpetuarse, ya sea en el niño que fuimos o en el que han de venir detrás de cada adulto, en esos locos bajitos que tan magistralmente nos dibuja Serrat en la canción, que:
Cargan con nuestros dioses y nuestro idioma, / nuestros rencores y nuestro porvenir. / Por eso nos parece que son de goma / y que les bastan nuestros cuentos / para dormir.
Y que, como siembre sucede con los grandes anhelos y misterios, es el poeta quien mejor lo expresa, ya sea en prosa o en verso o con una guitarra.

Cortesía: Revista Zurgai
http://www.zurgai.com/

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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2 respuestas a Grandes poetas con un niño al fondo

  1. Qué exquisitos comentarios, tan reales. Recordar esos estupendos poetas que nos muestran sentimientos y emociones a través de sus versos, paisajes vividos durante las diferentes infancias, algunas con dolor y otras placenteras. Gracias por compartir estos comentarios, José.

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  2. María de Lourdes Acevedo dijo:

    Excelente artículo. Es un recurso inagotable el elemento de la infancia aunque ésta haya sido “de mierda” como dice Benedetti.

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