Escribir poesía para niños, apuntes para una reflexión

Pedro Villar

Llega el verano, las vacaciones… tiempo de volar con la lectura Ilustración de Skizografics

Llega el verano, las vacaciones… tiempo de volar con la lectura. Ilustración de Skizografics

Me acerqué a la poesía cuando tuve la necesidad de comunicar y decir las cosas de otra manera, cuando sentí las palabras como pura magia de significados e imágenes, cuando necesitaba responder a preguntas que no tenían respuesta, cuando quise reconciliarme con la vida. Me dirigí a los niños y a otros seres curiosos cuando mi voz tuvo el tamaño de los sueños y recogía una a una las palabras que temblaban en las hojas de los árboles y en la raíz. Intuía una mirada sensible de la realidad, la necesidad como ser humano de explicarme el mundo y de transmitir sus emociones y sentimientos. A veces escribo para ofrecer alas al corazón y vendas a la tristeza. Cuando lo hago para adultos los temas son los que me preocupan o me crean desasosiego: la soledad del ser humano, la incomunicación, la intransigencia o lo intangible. Escribo para explicarme qué nos pasa, qué sociedad hemos creado, qué tipos tan raros de seres somos en esta sociedad enferma. Si me dirijo a los niños y otros seres sensibles suelo acercarme a su mundo próximo desde los juegos, las canciones o el humor, sin evitar cualquier tema que me interese. Mi pasión por la poesía para los más pequeños responde al impulso de regresar a ese lugar sin tiempo donde fui niño y recuperar los juegos, los cantos y las palabras escritas en la arena. Mi infancia está unida a la tradición oral, desde las canciones de cuna pasando por las canciones de corro o de comba, etc. Los refranes, los trabalenguas me han acompañado desde siempre, las palabras eran alivio y consuelo, caricia y necesidad, así había una retahíla para cada suceso, un refrán para cada situación, una canción para festejar la alegría o conjurar la tristeza. De esa literatura de tradición oral hice mías y aprendí a través del oído y del cuerpo, estructuras, melodías, ritmos que me acercaron a los conocimientos atesorados en años de soles, lunas y silencios, a los ciclos de la naturaleza, a los momentos importantes, al ritmo del corazón. Me acercó en definitiva a la poesía, a la primera inocencia desde la que mirar con los ojos nuevos del asombro, y que me ayudó a reconocerme y situarme emocionalmente ante los demás. Conocí las estructuras, las formas métricas, los ritmos, las melodías, los juegos. Quien quiera transmitir la poesía o escribir para niños ha de aprender a amar y poseer las palabras, conocer a fondo la riqueza de la tradición oral, la fuerza que atesora, la palabra necesaria injustamente olvidada en estos tiempos tan alejados de la lírica y de la sensibilidad donde los niños apenas cantan o escuchan cuentos en boca de sus padres, donde la escuela ya no canta, donde la escuela ya no cuenta. Se hace preciso más que nunca recuperar quienes fuimos para entender cómo somos y mirarnos en el espejo de nuestra memoria poética. La palabra guarda el alma, la esencia de las cosas, los sentimientos más nobles. Es el don más hermoso que el ser humano pueda entregar y recibir, sólo entonces las palabras se convierten en pájaros que nacen en las manos del poeta, hojas del árbol de la memoria, versos frágiles, emocionados, cantarines, musicales, rimados, versos rítmicos, juguetones, descarados, versos de agua para los patios de tierra. Escribo desde el convencimiento de que el juego es el camino de entrada a la poesía, persigo los poemas que despierten la capacidad para la sonrisa, el asombro o la emoción, un espacio de libertad donde los sueños son todavía posibles. Creo que el poema, como el vuelo del colibrí, es tan real y tan atento al sonido del corazón que hace posible el canto.

Preparando los libros para las vacaciones. Ilustración de Makoto Maruyama

Preparando los libros para las vacaciones. Ilustración de Makoto Maruyama

Pero escribir para niños, como lectores en formación, supone una gran responsabilidad, todo un reto para acercarse a sus intereses y no los que quiera imponernos el mercado. La poesía dirigida a los niños debe de ser por encima de todo poesía. No todo vale. Nunca se debe caer ni en la rima fácil, ni en los diminutivos, ni en la ñoñería. De lo sublime a lo cursi cruza una delgada línea. Un escritor debe considerar a su lector como a su igual, lo único que no se les puede exigir a los niños es, como dice Miquel Desclot, “capacidad lingüística o experiencias que superen sus posibilidades reales”. Se hace también imprescindible el conocimiento de las etapas poéticas por las que irán pasando los niños en su desarrollo lingüístico y literario, desde el nacimiento hasta los doce años (final de la educación primaria) y donde la rima en estas edades ya debe ir perdiendo presencia para dejar paso a la intensidad de las imágenes poéticas, esencia misma del poema. Me planteo muchas veces qué anhelos entregar a mis posibles lectores, qué poemas quiero que hagan suyos, cuáles son las palabras que les puedan ayudar cuando los vientos de la vida sean fríos, qué rumores llenarán sus días. Por eso me gusta ofrecer versos de todos los sabores, de todos los olores, de todos los vientos, de todos los ritmos, palabras para tocar, imaginar deseos, palabras para escuchar, para sembrar árboles, para cultivar versos, para mirar pájaros, palabras para contemplar lluvias, para construir nidos, palabras para el sueño, para el canto, para acompañar el ritmo de nuestros días. La palabra poética debe de ser sonora, medida y rítmica, una voz que se eleve de la escritura, que rompa los límites del papel impreso, que se escuche y se cante. Todo poema para niños ha de superar la prueba de la lectura en voz alta y del recitado, y ha de ser transmitido sin afectación pero con convencimiento a través de diversos ritmos, entonaciones y melodías. Un poema no es un adorno, no es una excusa para los días señalados del calendario escolar, ni mucho menos un espacio para evaluar la comprensión o la gramática (una de las formas más comunes de alejar a los niños de la poesía). Un poema es un territorio sagrado, un valor en sí mismo, la sonoridad y la magia de las palabras que alumbran imágenes poéticas que construyen la sensibilidad y el imaginario de los niños, el trabajo continuado de la palabra necesaria como alimento que nos hace crecer como personas. La poesía debería ser la celebración gozosa y afectiva del lenguaje.

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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Una respuesta a Escribir poesía para niños, apuntes para una reflexión

  1. Totalmente de acuerdo, me fascina la poesía y más cuando la escribo para la infancia, para que sueñen, creen y se conviertan de algún modo en los personajes que hay en ella.

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