El difícil arte de escribir para los niños

ana maria guiraldesAna María Güiraldes*

¿Existe una literatura infantil, propiamente dicha? ¿Hay un libro de verso luminoso, de la pintura tierna, de la fantasía y el milagro? ¿Ese libro no posee más utilidad que la belleza? Dado que estos interrogantes expresan una inquietud real del niño, un libro para él tiene que saciar esa búsqueda.
Todos sabemos que la psicología infantil es diferente de la del adulto y que cada cual exige una adecuada nutrición, por lo que deberíamos admitir sin reticencias la importancia de una forma de expresión acomodada a la mente de los niños, y que algunos han llamado “insípida”. Pero, esa forma “insípida” es la que ha ocupado y sigue ocupando un lugar relevante en el quehacer de algunos escritores, que han dejado toda manifestación “seria”, y se han dedicado a escribir –exclusivamente– para los niños.
¿Cómo se debe escribir para los niños? ¿Cómo no se debe escribir para ellos?
Un maestro español en su tiempo se quejaba de los libros imaginados como el ideal para el público pequeño. Eran un martirio para la vista, escritos con letra microscópica, y con temas pésimamente elegidos: “Pulgarcito”, “Barba azul”… Si nos atenemos a declaraciones de especialistas en arte y literatura y a las confesiones de los propios niños, llegamos a la conclusión de que la literatura que lleva el membrete “para niños” tiene aspectos básicos que pocos autores han sabido captar, pero sí han caído fácilmente en los dos grandes defectos que su público detesta: el afán moralizador y el tono pueril.
El afán moralizador, en que el vicio es siempre castigado y la virtud, recompensada, tiende una trampa que pronto el niño descubre, perdiendo así el encanto natural que debía tener su cuento, ya que se convierte en una lección de comportamiento envasada en unas cuantas páginas. Y por otro lado, ese lamentable tono pueril, sonso, por querer ser sencillo. Se olvidan que el niño es simple, espontáneo, gracioso y tremendamente lógico. Y así, exactamente, debe ser el lenguaje que se emplee para ellos. Por supuesto que no se pretende definir en un párrafo cómo tiene que ser esta literatura para lograr éxito y ser leída una y otra vez. Pero sí se pueden adelantar algunos conceptos más. En el momento de sentarnos ante una hoja que debe ser llenada, afinemos el estilo y elevemos el pensamiento cuanto sea posible. Hay que dar vida a lo que estamos narrando; que todo parezca claro, vital y fuerte.
Se trata de asombrar, entusiasmar y deleitar una mente que se está formando y que está aprendiendo cuanto lee o escucha, y llenarla de luz, color y movimiento. El genio de Andersen, con su “Patito feo”, por ejemplo, logró esa curiosa melancolía, mezcla de humor y tragedia, poesía y realidad, todo unido a un don de observación y riqueza narrativa. Su oficio depurado logró dar al relato mucho de lo que el niño requiere, constatado con el invariable “— léemelo de nuevo”.
Aún más, está demostrado que el niño “ve” antes que “oye”; entonces, esta historia debe estar llena de gestos, pausas, ceños fruncidos y sonrisas; y como el autor no puede cantar, ni hacer mímica, ni sonreír, es necesario que en su prosa haya música, dibujo, movimiento, que deben primar desde el momento en que se abre el libro. Si estamos hablando de una lavandera que limpia su ropa con una escobilla, no olvidemos intercalar los “zipp-zapp” que se escuchan al restregarla; ni el “zumm, zumm”, que hace la lombriz al arrastrarse. Y ese versito intercalado, el que dará elocuencia a una frase muy importante dentro del diálogo tampoco debiera faltar nunca. De este modo, el niño se familiariza con la poesía, como elemento vital dentro de la narración, la cual debe ser tan simple, directa y musical, que no varíe el tono total de la historia.
Por eso, el que escribe para los niños, debe tener un desdoblamiento mental que le permita darse cuenta cuándo va por el buen camino y cuándo debe detenerse. Nada más triste que escuchar al niño decir: “—No entendí… ¿qué pasó con la princesa?”. Y advertir que no entendió porque no pudo “ver” el cuento. La base fundamental de este “ver” los cuentos está en los primeros narradores, cuando las historias se contaban, no se escribían. Eran narraciones animadas, directas y casi dialogadas. Ahora se pretende escribir tratando de fijar a través de los caracteres gráficos toda esa espontaneidad de antaño. Perrault aconsejaba a los niños abrir el libro y no leer con los ojos, sino con la voz para darse cuenta cómo con el tono de voz, con las pausas y las exclamaciones, el relato tomaba vida y movimiento, dejando de ser un texto frío e impersonal. Tampoco debemos olvidar que en el niño todo es posible.
Entonces, aprovechándonos de ese fabuloso don, demos vida a cuanto esté en nuestras manos y mente, inventemos soplos mágicos que hagan moverse a las piedras, hagamos un cuento-escenario, donde el niño sea el gran espectador y, aún más, intervenga en el mundo que le estamos regalando, forme parte activa de su argumento, y en el que todo tenga una solución tan simple, que lleve a su mente una sola preocupación: el deleite estético.
Andersen llegó a identificarse de tal manera con los niños, que ellos lo consideraban como uno de los suyos, aún siendo un anciano. Chasles, en una carta dirigida a Brandes, lo llamaba “un niño que mama”, a pesar de sus años. Y no sólo él, tenemos a Cristóbal Schmid, autor de innumerables libros de tendencia religiosa dedicados a los niños. Se le preguntó el porqué de su influencia sobre ellos, y explicó que el continuo contacto con sus amiguitos, el comprobar cómo redactaban sus cartas, le permitió darse cuenta de cuál era el exacto camino para dirigirse a ellos, y cuál el errado. Es decir, y aprendiendo de Schmid, los propios niños son los que nos deben mostrar su estilo por medio de sus críticas y comentarios: entregarles lo que piden, sin rodeos ni grandilocuencias, creando y recreando para ellos, incansablemente, el mundo de la fantasía y de la magia. Ahora bien, reafirmando un concepto de France, el libro más bello del mundo no conseguirá deleitar ni menos atraer a un niño si expresa sus ideas de una manera abstracta.
Para avivar su interés se necesita la intervención de otros elementos en el desarrollo las ideas. ¿Cuáles? Primero el carácter imaginativo que contribuya a suplir lo que el niño ignora y a probar su capacidad de invención. Ayuda a su mundo interior, que no es otra cosa que un constante desfile de imágenes que se proyectan hacia el exterior. Muchos niños gustan de un
cuento sólo porque tiene un argumento fantástico, y otros sólo porque es irreal o increíble. Y unido a la fantasía, debe haber un dramatismo que le permita identificarse con sus héroes. El propio Perrault destacaba la alegría o aflicción de los niños mientras se desarrollaban las escenas de su narración. Una niña que había leído El príncipe feliz de Oscar Wilde, prefería ser la golondrina en lugar de todos los demás personajes, incluso del propio príncipe, porque “se quedó con él en lugar de irse con sus compañeras… y murió junto a él”. Estos dos elementos unidos a la técnica del desarrollo y el lenguaje, constituyen lo más fundamental en la elaboración de una obra infantil. Una técnica adecuada permitirá que el niño lea con avidez la historia y crea en ella sin notar ese sutil engaño del que se vale el autor para asombrar. También mostrará sobriedad para distribuir detalles ilusorios o reales. El lenguaje que se emplea es fundamental para la captación del tema. Cuanto más depurada sea la expresión, más sencilla pero bella la entonación, más gustará y atraerá al niño su lectura. Se debe buscar la originalidad idiomática y no tener miedo a los juegos de palabras y alusiones que el niño conoce por medio de canciones o frases que él mismo usa.
Así podemos decir con toda tranquilidad “que la rana tan hermosa pasaba ocupada en cantar debajo del agua…” y sabremos que el niño sonreirá, pues ya es para él un personaje conocido, uno de los “suyos”. Introduciendo el folklore de cada país en un cuento, tendremos al niño más cerca de la narración, permitiéndole de esta manera coincidir en lo nuevo y en lo propio a través de una historia. Canciones de cuna, rondas, poesías y dichos populares, salpicados sabiamente, tenderán un lazo afectivo entre el narrador y el lector.
En resumen, esos cuatro elementos son, sin duda, la base de sustentación de esa literatura cuya denominación de “infantil” aceptamos. Ser capaz de combinarlos en una forma artística y sabia para realizar a medida que el niño la lee la integración de su personalidad, es, justamente, lo difícil. Eso se alcanza, se me ocurre, la mayoría de las veces, mediante condiciones personales del narrador. Y, de esa manera, una obra puede influir positivamente en el desarrollo mental del lector. Pues no hay que olvidar que el niño, a medida que va evolucionando, va salvando nuevos obstáculos intelectuales, poco a poco, en un proceso que nunca tiene fin, y que se caracteriza por la terquedad insatisfecha de su búsqueda cognoscitiva. Solamente las literaturas infantiles que comprendan esta búsqueda y esta lucha permanente del niño, alcanzarán el éxito que pretenden.

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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