Literatura infantil como poética autobiográfica

Carlos Ildemar Pérez

I

carlosEl turpial entraba al nomeolvides y se posaba a mirar el cielo en una de esas ramas que parecía  una atalaya, un rato antes el colibrí  había estado manoseando los colores solares del anaranjado. Todo eso ocurría en el instante exacto de siempre, cuando me sentaba en el frente de la casa, a que la tarde pasara por el bahareque con la caballerosidad de un gato callejero. En  ese momento, yo no me sentía que estaba ni dentro ni fuera de mí, porque solamente estaba como dentro del vientre de mi madre, es decir, era el ser más feliz  que podía existir, y todo gozaba de la armonía perfecta  para que las palabras atraparan al turpial y al nomeolvides y los conjugara en imágenes, imágenes, y más imágenes.

Según parece, lo único cierto en la historia de la literatura es que, tarde o temprano, el escritor termina por recuperar su infancia, o en todo caso, la infancia. Y esto es bastante común  entre aquellos escritores que han llegado al dominio  pleno de su oficio, de sus capacidades y talento.

Supongo que esta necesidad literaria de estos grandes escritores atenta y cuestiona muchos equívocos tradicionales, distorsiones o malentendidos que generalmente provienen d la mentalidad educativa anclada en una visión  positivista, que han sabido obligar a razonar la experiencia infantil o bien la vida infantil, como una etapa inconclusa colmada de inmadureces, tras lo cual se afirma que la infancia se trata de una etapa de la vida del hombre, que debe ser superada a fuerza de aprendizajes cerrados, sin importar lo unívoco y frustrantes que éstos puedan  representar para el crecimiento intelectual y el espíritu crítico  de los niños.

II

No es que el zapato me ladre, sino que me calzo los dos perros y para que no se me salgan al correr, hago un nudo con sus orejas tan bien hecho, que ni Mandrake el mago puede desatarlo. El problema no es que la flor hable hasta por los codos de las cosquillas que las hormigas le hacen cuando le dan azúcar a los pétalos, el problema tampoco es que yo  puedo entender clarito el idioma en que esa flor habla; el asunto está es que ocurriendo  esa situación con la mayor de las naturalidades, sea una verdadera lástima que tan pocos seres humanos sepan que fueron niños alguna vez.

Por lo general, la experiencia de la escritura propone la desocialización, y en el caso particular  de la creación infantil, por lo que a mí respecta, sostengo que implica una tarea muchísimo más ardua aún, porque solicita del escritor  ir aprendiéndolo todo nuevamente, en un esfuerzo de desaprendizaje despierto y agudo. Poema, cuento, narración, teatralidad, son conclusiones y puntos de llegada de los desaprendizajes, cuyas libertades responden a los llamados del amor y la ternura.

III

Hay libros que nos hechizan… y nos olvidamos del tiempo (ilustración de Joanna Hellgren)

Hay libros que nos hechizan… y nos olvidamos del tiempo Ilustración de Joanna Hellgren

La arepa se ríe con sus dientes de queso, y tiene ella una lengua de tomate que parece un platillo volador intentando aterrizar en la gruta marina que hoy me amaneció hambrienta debajo de la nariz. Por su parte, el vaso de leche ha sufrido un percance inesperado, se ha derramado sobre la mesa por estar peleando con la arruga del mantel, señora temible mejor conocida en los bajos del fondo  de las ollas con el apodo de Zapata, la que si no la gana la empata.

Hace tiempo estaba viendo una película de la que no recuerdo el título, cuando uno de los personajes empezó de pronto a citar algunos versos del poeta Robert Frost, donde este escritor norteamericano ya en avanzada edad, poetizaba sobre el hecho de que había pasado su larga vida intentando llegar de nuevo al chirrido y vaivén mágico de los columpios que había poblado su niñez. Lo primero que pensé fue que la escritura infantil no está en el pasado, mucho menos en el futuro, su realización responde a la consecuencia de una aquí continuo, de allí que el turpial y el nomeolvides que me habitan no fueron ni serán, son lo que son en su ser aquí como lo puedo vivir en la plenitud de mi imaginación, que significa la duración mientras existo. Escribir literatura infantil, por lo que tiene de pureza y decantamiento, implica una suerte de atemporalidad, como ocurre con cualquier obra de arte auténtica.

IV

El alma del sol gira en la punta de uno de mis dedos, yo la aprovecho para alumbrar algunos escondites tenebrosos a los que temo de noche, eso me pasó cuando iba caminando por la orilla recogiendo conchas de nácar y cangrejos que parecían piedritas, de pronto sentí un peso raro en el cuerpo y era que el lago en toda su inmensidad y profundidad había decidido dar un salto y mudarse a uno de los bolsillos de mi pantalón. Esa tarde, el lago y yo, aprendimos a descubrir que el agua de coco era el mar más dulce que podía haber en la tierra. El resto del tiempo lo pasamos mordiéndole los cachetes a todos esos mangos pícaros, que andaban abrazados como bailando en ramilletes, y que estaban pegados a los nubes, igual que ocurre con la multitud de gotas de agua cuando llueve.

Me parecen que están equivocados aquellos que aseveran que la imaginación significa sólo un asunto externo y pasajero en la vida del niño. Que en el mejor de los casos su presencia, dura sólo lo que dura la niñez. Pero cada vez me aferro más a la idea de que el niño es el resultado activo, una consecuencia lógica de la imaginación, por decirlo de otro modo, se  trata de algo así como que el niño representa el sujeto de estudio predilecto de la imaginación, su tema sagrado y exclusivo, su única realización posible. En todo caso, la tarea grande de la literatura infantil, y que sin duda garantiza mejor su transcendencia, consiste en la afirmación y la demostración sostenida de la relación indisoluble del niño y la imaginación. Es también pertinente decir que la imaginación no responde a los dictados artificiales de recetas, modelos o conceptos estereotipados, ésta más bien deriva, nutriéndose a la vez, directamente de la vivencia en proceso, es decir, la imaginación asumida como una forma de vida, bastaría añadir entonces que entre este modo de asumir la existencia y la creación no caben ni las diferencias ni los límites. Siempre que escribo algo, que pienso en escribir algo, recuerdo de inmediato a André Bretón cuando dijo “que el miedo a la locura no nos va hacer bajar las banderas de la imaginación”, esas palabras parece que fueran, por lo menos para mí, como la dignidad de la literatura infantil, la dignidad de lo que yo pienso y creo que debe ser la justa escritura de la literatura infantil.

V

La lectura nos sumerge en otros mundos a los que damos vida. Ilustración de Gabriela Granados.

La lectura nos sumerge en otros mundos a los que damos vida. Ilustración de Gabriela Granados.

Me despierto con alas, con viento en las espaldas, mis ojos aéreos miran hacia abajo los mapas peinados y llenos de cuadro verdes y marrones en que se han convertido los bosques y las ciudades. Paso rasante, soy una pirueta de luz con brazos y piernas. Mis huesos están llenos de aire, y voy flotando como una mota de algodón. Aunque mis alas son de cartón y están forradas de fieltro azul, no importa, me sirve para pasármelas súper bien de pájaro perfecto. Lanzó mis plumas al aire para verlas caer convertidas en hojas de otoño, en soles emplumados, y sonrío transparente como el cristal de una cascada montañosa, porque ciertamente estoy protegido por el corazoncito de Dios.

Con el trajinar sorprendente de las palabras, con la brega cotidiana de las invenciones, uno empieza poco a poco a comprender que hay tantas literaturas infantiles como infancias puedan haber, y esto lo podemos corroborar deslizándonos por el cuerpo del poema o del cuento, universos en los que se dice hasta qué grado lo personal se perfecciona en su subjetividad. Escribir literatura infantil dista mucho de escribir sin son ni ton, por eso la inteligencia de la literatura infantil rechaza que se le escriba sólo por escribir, quien así la practica traiciona el poder de la creación y la empobrece de lugares comunes. Por el contrario, en el rigor expresivo de la literatura infantil, cualquiera sea el género que estemos leyendo, asistimos a la recuperación de la condición originaria del lenguaje, en que la palabra puebla  al mundo como cualquier otro ser viviente, donde las palabras no son ya sólo palabras sino que se metamorfosean en río, en animal sabio, en relámpago enamorado… quizás de aquí resulte fácil llegar a la conclusión de que en la literatura infantil, como en ninguna otra escritura artística, el futuro de la poesía está asegurado.

VI

Cuando yo tenía siete años de edad dibujé este elefante, que ahora te lo describo. Tiene una trompa que da vueltas como las aspas de un helicóptero. Calza unos zapatos de payaso con los que se tropieza a cada rato. Un resorte ocupa el lugar del rabo, excelente para dar brinquitos mientras está sentado comiendo helados con maní. Las orejas son dos semáforos que se han vuelto locos de remate. Mi elefante parece  una orquesta del disparate, me dicen cuando lo saco a pasear. Este elefante hace las veces de un cajón de sastre, en el que voy guardando las cosas que han llamado poderosamente mi atención, y me han gustado tanto, que para no olvidarme de ellas las dibujo en el elefante. Ah, se me olvidaba, la cara del elefante se parece bastante a la de mi papá, con el bigotito de Don Juan y todo.

Cuando se escribe literatura para niños, la verdad verdad sin medias tintas, se está tan cerca de la inocencia, que uno puede llegar a sentir el ensimismamiento de lo espiritual, hallazgo que está cubierto de soledades. Es cierto que las palabras son hijas y vecinas de la soledad, las palabras se cierran y se abren en el reino de la soledad. Los adultos, al parecer, han sabido robarse la soledad en un acto de egolatría y vanidad, y han privado al niño de los goces de uno de los principios afectivos y pasionales que mejor conceptúan la condición humana, el sostificado ejercicio de libertad  de encontrarse uno a solas consigo mismo. El niño a solas con el niño, el niño en busca de su espiritualidad, el niño dialogando con su interior, como si éste desempeñara el papel de otro compañerito más de juegos. Justamente, la literatura infantil está escrita y se escribe, entre otros metas nobles, para que el niño crezca frondoso, imperturbable, valiente, no para los demás o para afuera, sino para descubrirse a sí mismo, para descubrir su adentro de más fineza y profundidad, valorada, por ejemplo, por una sensibilidad celestial como la de Jesucristo.

Por lo tanto, al escribir literatura infantil, o al leerla, no hacemos más que encontrarnos con la intuición lúcida de la sabiduría del espíritu, cuya materia prima no puede ser otra que la atemporal niñez.

Carlos Ildemar Pérez . (Maracaibo, 1964) Poeta, ensayista, titiritero, profesor universitario (Director actual de la Escuela de Letras de la Universidad del Zulia), entre sus libros publicados: Olas para niños navegantes, Los poetas del Lago, Sermones para vivir aquí, Papá civil.

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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Una respuesta a Literatura infantil como poética autobiográfica

  1. Zunilda Borsani dijo:

    Me gustó mucho la exposición de este autor y en verdad el poeta cuando escribe LIJ sale de su interior ese niño que fuimos y por lo tanto amamos, comprendemos y sentimos. Siempre consideré la importancia de toda escritura que va dirigida a los niños, niñas y adolescentes y que todo lo que escribamos despierte en ellos la imaginación, los sentimientos y consiga emocionarlos. El infante lleva incorporado la ingenuidad, esa ingenuidad que no podemos destruir, sino respetar y transmitir con juego de palabras los sonidos y ritmos musicales que mediante metáforas logran hacer soñar e imaginar.

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