Entre la voz y las letras

Roberto Burgos Cantor

Ocurría al anochecer: la oscuridad parecía amortiguar los ruidos.

Foto: Federico Ríos/EL TIEMPO

Foto: Federico Ríos/EL TIEMPO

El mundo y los chirridos que le hemos ido agregando dejaban de rugir. Motores, explosiones, disparos, ruegos, maldiciones.
Al otro lado del portón del patio un oleaje, a veces manso, en ocasiones de golpeteo de miedo, socavaba el tajamar del malecón. Caricias de agua y fucos. Arrebatos de marea loca arrojaban restos de naufragios. Y llamados que parecían moverse sin destino, desconsolados, se montaban en el aire y causaban escalofríos.
Allí se abría paso la voz de madre. Segura, entonada y con una emoción que descubrirían los años. Por ese entonces éramos dos, mi hermana y yo, sentados alrededor de la mesa de los niños que nunca tuvo un sitio fijo y se movía por la casa conquistando espacios provisorios. Era, en pequeño, un remedo de la mesa de comer.
Nos reuníamos en el corredor que circundaba el patio: un espacio ancho de baldosas color mostaza con flores negras. Entre el corredor, con sus columnas estriadas, había una especie de canal de muros bajos relleno de tierra negra donde se defendían del salitre los corales, las mafafas del jardín, los heliotropos. El suelo del patio era una capa de cemento que mostraba las huellas del palustre y del fratás nivelando la superficie. Lo cubrieron por los cangrejos: llenaban de hoyos la tierra; por las hormigas que abrían volcancitos; por el mar de leva de marzo que dejaba un lodazal en el que se atascaba la carreta que llevaba el carbón y quedaba enterrado el Renault negro que se resistía en los amaneceres a encender la máquina si no era con la manivela.
Madre se sentaba en una mecedora. La muchacha que ayudaba en las labores de casa se ponía en el muro de las plantas y como se bañaba al final del día emanaba su olor fresco y el del Agua Florida que se echaba sin ahorro. Mi hermana y yo en las sillas, con los codos apoyados en la mesa infantil. A veces, alguno de los dos se iba hasta la mecedora de madre y se recostaba en sus piernas.
Habían apagado la radio con los programas de noticias: los avisos de los turnos de la marinería y de las cuadrillas de cargadores cuando atracaba o zarpaba un barco. Y el de cantantes aficionados preferido por la muchacha, quien pedía permiso para oírlo y repetía las canciones. Cuando a algún aficionado se le olvidaba la letra de una canción, ella acercaba la cara al radio y como en secreto soplaba la frase perdida.
Madre abría la caja de papeles que ya sabíamos se llamaba libro. Papeles que no se llevaba la brisa de vaho denso del mar. Ella se acomodaba cerca de la luz que venía del interior de la casa para ver los papeles y no perturbar la noche iluminando el corredor y el patio. Por lo menos eso afirmaba: se puede poner triste la noche si la volvemos día.
Entonces leía. Se poblaba la penumbra del patio de palacios que parecían de hielo, pero no, un palacio de diamante, de elefantes, de una princesa gentil, y la voz de la autoridad que no mandaba, apenas reclamaba ausencias y preguntaba por un misterio escondido en el pecho de la princesa; y de un pirata que navegaba los mares y hasta las sirenas respetaban su voz; y de un barco chiquitito que no podía navegar; y de Teresita Alcalá medio chiflada y su cueva de gatos y cucarachas.
Es posible que los días luminosos de esplendor sólido del Caribe fueran el mundo de los cangrejos, las ruidosas Mariamulatas, alguna iguana extraviada, las lagartijas, el estruendo de las actividades y las explosiones de la dinamita que usaban los pescadores, el pasar eterno de un pericoligero colgado de los cables rendidos de la energía eléctrica. Y como si las noches frescas, de espesa humedad, con las lecturas de madre, antes de mandarnos a la cama, nos abrieran una puerta secreta a un territorio sin fronteras de seres desconocidos que alimentaban el sueño y hacían de la oscuridad un lugar de compañías, de confianzas y riesgos, de protección y desamparo.
Esta cita constante tuvo las interrupciones del siguiente embarazo de madre. Aumentó luego la audiencia con otra hermana. Y llegó al final con las primeras expulsiones de casa que fueron las idas al colegio.
En el desplazamiento sin pausa que es la vida y su arrume de terminaciones, con finales inconclusos o agotamientos plenos, esperan misterios, acomodos, rechazos. Así el colegio imponía rutinas nuevas, alegrías inesperadas que por lo general nacían de sentimientos recién estrenados, la amistad, el compañerismo; y sufrimientos sorpresivos, la aflicción por separarse de alguien, las peleas a puño, perder un objeto.
Uno de los misterios mayores fue el aprendizaje de la lectura y encontrar en las letras lo que la voz de madre invocaba. Decíamos las letras en voz alta o en silencio y acudía lo nombrado. Podíamos adentrarnos en caminos y acompañar a quien se extraviaba. Reíamos con el balde de Simón el Bobito. Y un día el viejo soldado que le dio media pierna al Estado salió del papel y nos prestó su identidad y nos disfrazó con kepis y charreteras y lo repetimos en el teatrino del colegio con los tambores de la banda y el silbido largo del cornetín. Otra vez mi hermana se disfrazó de gitana y yo de pirata. Aparecían lámparas en los libros, los cómics de Tarzán, El LIanero Solitario, Los halcones negros, El trompo del tiempo.
Por estos días dejamos el patio. El mar devoraba las casas desde dentro, lamía el hierro del cemento y se inflaban las paredes y los techos hasta reventar como pústulas. Parte de la infancia quedó en ese barrio de profesionales de ingresos modestos donde las casas grandes eran las más cercanas al centro viejo encerrado en las murallas y fortificaciones. Estaba la del presidente Núñez. Un hotel regentado por una familiar de Felicita Burgos, la hospedadora del pirata Drake. La ermita. Y el parque, como todo el barrio entre el mar y la laguna, de escaños polvorientos, arbustos crecidos y donde una vez Gustavo Ibarra Merlano, Héctor Rojas Herazo y Gabriel García Márquez vieron a Dios.
Nos distanciamos del mar y en la casa en las faldas de la colina de La Popa no estuvieron más el piano de madre ni los espejos manchados con nubes de sal. Desaparecieron imágenes y acordes que allá quedaron. ¿Para siempre?
Un elemento inesperado se incorporó a esta casa. Llegó un día el carpintero y las tres paredes de un espacio amplio entre la sala y el salón comedor fueron cubiertas por estantes que tocaban el techo y enmarcaban en una la puerta de alguna alcoba, en otra el pasillo y una ventana pequeña de coquetería ornamental que abría al comedor, y en la pared que daba al exterior, al callejón por el que entraban los productos del mercado, el estante que rodeaba la ventana grande de barrotes.
Nunca supe si los libros que llenaron los estantes los tenía mi padre en su oficina o en el estudio de la Universidad. Mostraban la vida de las lecturas amorosas y la huella del clima inclemente del Caribe que los hinchaba, ponía pecas en las hojas y acentuaba su color marfil.
Entonces: cambió la casa. La muchacha que ayudaba en la limpieza se entretenía y nunca acababa, por ponerse a leer, con esa presencia a la cual debía quitarle las telarañas, renovar las bolitas de naftalina y estar alerta a los túneles ramificados del comején.
Yo adhería al prejuicio de que los libros antiguos no podían explicar al mundo, que una mirada apenas naciente, con ceguera y balbuceos, ansiosa, era insuficiente para dar las claves de la vida que se abría entre la dogmática de la fe y los guiños seductores de quienes testimoniaban con irreverencia el presente y desde esta inconformidad llamaban con silbos enamorados al porvenir incierto.
Y no tuve cómo percibir la contradicción que me planteaba fray Luis de León. Padeció la injusticia y la cárcel, fortaleció la dignidad de lo humano cuando volvió a su cátedra en Salamanca, y declaró su ayer, distinto al ayer de sus perseguidores, y en una colonia liberada de las Indias, siglos después, leía: ¡Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido, y sigue la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido (…)!
En los estantes de la casa de La Popa encontré a De León y los libros del tiempo que me correspondió vivir. Y a su lado, Neruda y Miguel Hernández. Resurgió la voz de madre que leía yo quiero ser llorando el hortelano, compañero del alma. Y el inesperado hallazgo, César Vallejo: yo nací un día que Dios estuvo enfermo. Grave.
Noches enteras recorría títulos. ¿Podré saber hoy cuál leí primero? Tal vez Muchachos de la calle, de Pier Paolo Pasolini. O Moderato Cantabile, de Marguerite Duras. O Luis Carlos López y “¡Ay, Camila, me matas!”. O Porfirio Barba Jacob y sus días en que somos tan. O El extranjero de Camus. O Joyce. O un cuento de Juan Rulfo. O El hostigante verano de los dioses, de Fanny Buitrago. O Dos o tres inviernos, de Alberto Sierra. O Los funerales de la mama grande, de Gabriel García Márquez. O Morada al sur, de Aurelio Arturo. O El camino en la sombra, de Osorio Lizarazo. O un cuento de Mejía Vallejo. O El artista del hambre, de Kafka.
Y de repente otra sorpresa: los trabajos jurídicos, de abogado, de mi padre hicieron que a esta casa llegaran en calidad de depósito dos enormes rocolas, traganíqueles que habían embargado por deudas de cantinero. En los acetatos del tamaño de platos para dulces se conservaban las canciones de cabaré de las islas. Cuánto bolero moqueaba por ahí. Los tangos de la vida absurda.
Leer es una aventura personal que admite con dificultad recomendaciones y confronta al lector con su zona menos frecuentada: la intimidad. Sin proponérselo descubre y entiende su libertad, ese territorio de opciones donde ni siquiera hay que discutir. Señor y amo de sí, en el margen angosto de la decisión, se lee aquello que una intuición de brújula secreta indica con su norte arbitrario.
De improviso sentí que la letra, en los poemas y las narraciones, lejos de duplicar el mundo, de copiarlo, lo que hacía era revelarlo y ponía en la sensibilidad aspectos, capas, cuevas, bosques, horizontes, que de otra manera permanecían blindados en su apariencia. Un anuncio extraño envolvía esa pared de la casa cubierta de libros y el camino a la antesala y el comedor y las alcobas interrumpido por las rocolas brillantes, llenas de luces estridentes como camión de montaña. Biblioteca escoltada por órganos de cantina, promiscuidad temprana del mundo. Voces y letras.
Muchas de las voces que salían del traganíquel decían las canciones que la muchacha del patio cantaba sola después que la voz de madre se recogía en los silencios amorosos. La pude ver una vez. Nos dejaron en la cama y una curiosidad sin explicación me llevó a armar un caramillo de gavetas y almohadas para alcanzar la parte alta de la ventana que daba al patio y dejaban abierta para que la brisa refrescara la habitación. Prendido de los barrotes miré al patio. Parecía flotar en una luz de plata vieja en la cual las cosas del mundo se incrustaban. La muchacha estaba recostada de espaldas al portón y con los brazos como una crucificada complaciente daba la impresión que sostenía las puertas contra los embates del mar de leva. Tenía la cabeza levantada y cantaba. La oí cantar aquello de arrastrar una cadena tan fuerte hasta que su vida se acabara. La oí cantar aquello de tú y las nubes me tienen loca. Y al concluir cada canción, en medio de los rumores de los astros, de la brisa y del oleaje, se colaba un chiflido que le respondía y le daba ánimo para seguir cantando.
Mi muchacha.
¿Ese secreto humilde de la vida había que dejarlo en la bolsa de olvidos que llenan los años?
Escarbar la soledad ajena para entender la propia. Mostrar las señales. Aceptar el reto de la oscuridad y los destellos, los deslumbramientos y la iluminación serena de los amaneceres. Rescatar conduce a algunos a escribir.
A lo mejor en otras noches del mundo, madre o padre contarán historias así a otros pequeños que abren los ojos a las incertidumbres de los días y a las compasiones de la noche.
Ocurría.

En: Leer para comprender, escribir para transformar
Cortesía Ministerio de Educación Nacional Colombia

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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