Ex Libris

Juan Carlos Santaella

La magia de la lectura lustración de Nicholas Jackson

La magia de la lectura. lustración de Nicholas Jackson

Toda reflexión sobre el libro comienza por ser, de alguna manera, una reflexión sobre la memoria y también sobre el olvido. Quisiéramos imaginar que en el libro se prolonga infinitamente toda la memoria cautiva y seductora de aquel ser que lee y de aquel sujeto que escribe. La oralidad es un estado volátil y por lo tanto frágil de la palabra, cuyo destino no se prolonga demasiado, cuya fuerza no puede ir más allá del sonido. La palabra no puede tener una realidad efímera y perentoria, como lo es, en efecto, el habla cotidiana. La palabra necesita, para perpetuarse, una especial capacidad de arraigo espiritual y material que sólo es posible en el documento escrito, en la fuerza extraordinaria que ciertas inscripciones fijan en la debilidad del papel, en la dureza de la piedra, en la rugosidad de la madera y en otros objetos perdurables. La palabra, solitaria y mortal, necesita imponerse por encima del tiempo, luchar contra él, transfigurarse a través de sus distintas formas y fatalidades. La palabra es el secreto aliento compartido por todos. Su pavor depende de su misterio, su esencia depende de la figuración sagrada que ella le imprime a la vida. La palabra se solaza en el misterio y de este último tal vez brota el libro, que lo contiene.
Hay dos formas de contar la historia del libro. Ambas son igualmente válidas, pero ambas transitan por caminos diferentes. La primera contendría los avatares, singularidades, formas y atributos de su condición física. La segunda estaría fundamentada, como diría Borges, en las distintas valoraciones que ha recibido el libro como tal. La primera historia competería a los expertos, es decir, a los bibliófilos, y la otra a los poetas o a los filósofos, que en cierta manera respiran igual y beben en el mismo cántaro.

animales en la biblioteca!!! Ilustración de Rebecca Campbell

animales en la biblioteca!!! Ilustración de Rebecca Campbell

La condición física de un libro revela su textura, sus proporciones y hasta el grado de conservación del mismo. En este estado, se puede hacer una lectura palpable y científica de su presencia verificando en él otros signos y realidades. Mientras que la condición espiritual de ese mismo libro nos puede revelar una historia y una intimidad del mismo que rebasa, sin duda, su estado supuesto de pobreza física, sus límites y medidas, su esplendor meticuloso. Sin embargo, a este libro lo traspasa una memoria que se infiltra a lo largo de todas sus páginas, sin importar realmente su específica condición. Hay, de hecho, una memoria singular que lo determina y lo hace hablar sin importarle mucho el trazo de las letras o la opacidad amarillenta de las hojas. Aun el libro deshaciéndose, su esplendor continúa emitiendo aquellos signos que su autor se propuso trascribir con lentitud y silencio. Al final, la historia que en verdad cuenta, sería la relatada por la voz por la voz sensible y propia de alguien que se propuso organizar un alfabeto en favor de su propia soledad. Soledad de todas formas compartida por un lector improbable que, en algún tiempo y lugar, se ocupará de tejer un hilo cómplice. El lector futuro que impugna el olvido del tiempo y hace presente una palabra, cuya antigüedad se recupera en ese instante en que el libro, asombrosamente, se descubre para cada quien.
Detrás de cada libro hay un universo de correspondencias imaginarias que se han forjado de un duro batallar con las palabras, de un celoso ordenamiento de ideas y visiones coherentes. Estas visiones pueden ser colectivas y entonces surgen esos libros arquetipales, esas sagradas revelaciones del misterio que todas las culturas construyen y aman. El libro deviene, así, en un objeto sagrado, en un artefacto cuidadoso que intenta explicar el sentido, el origen y las razones que mueven el alma atormentada de todos los pueblos. Esa imagen sagrada del libro, que sobrevivió durante muchos siglos, se deslaza con el tiempo para convertirse, más adelante, en otra cosa bien distinta. Al perder el hombre, con respecto a su entorno social y material, cada uno de los vínculos sagrados de la existencia, la desacralización del libro se advierte en todos los sentidos. Ya no será un puente entre el cielo y la tierra, entre el sueño y la vigilia o entre el misterio y la claridad, sino que va a convertirse en un vehículo por excelencia para la comunicación. Este radical cambio obedeció, por supuesto, a las particulares transformaciones que las sociedades occidentales experimentaron, a consecuencia de un desplazamiento notorio de la visión del mundo. Al dejar de ser el mundo una esfera limitada, constreñida dentro de una espacialidad tanto geográfica como ideal, los territorios imaginarios del hombre se ampliaron, entrando a formar parte de él, nuevos elementos de conocimiento y de interpretación. La realidad ya no va a percibirse en términos esotéricos y casi mágicos, a consecuencia de una ruptura originada por los múltiples y significativos descubrimientos, los cuales modificaron el patrón religioso por el patrón científico. Los dioses huyen con penosa rapidez del ámbito sagrado del conocimiento y, en su lugar, se instaura una racionalidad que en adelante definirá el rumbo de las cosas. En tal sentido, el libro comienza a reflejar todas estas reformulaciones conceptuales e imaginarias, para terminar instalándose en un espacio seguro y diferenciado.

La música de las palabras. Ilustración de Emiliano Ponzi

La música de las palabras. Ilustración de Emiliano Ponzi

El nacimiento de la imprenta fue, sin duda, el punto básico de toda esa gran transformación espiritual del hombre occidental. Moría la entrañable y vigorosa tradición del conocimiento alado, de la prosa impregnada de furia divina, de la palabra sagrada volcada en los códices, tablillas y manuscritos prohibidos. El misterio desaparecía quizá para siempre y con él se borraba el esplendor sagrado de los primeros libros, el viejo arcano de las palabras iniciales que transcribieron aquel alfabeto secreto por medio del cual hombres y seres manifestaban su soledad o su miedo. Pero, al margen de esta pérdida , nacía otra posibilidad de gozo y conocimiento. El libro, adquirió a partir de este magnífico descubrimiento encarnado en técnicamente en la imprenta, otro matiz, otra cualidad por demás misteriosa y centellante: la multiplicación de la palabra escrita. El conocimiento dejará de ser propiedad de unos pocos para acceder a la mirada de otros. Nace, así, el lector moderno, corporeizado en la figura de una persona, cuyos rasgos comienzan a entretejer y a descubrir la complejidad de un mundo que ahora puede comprender y, en consecuencia, transformar. La palabra escrita sienta su identidad, afirma su poder, prolonga su fervor imaginante en la mirada atenta de un lector que la hace suya. Si asombrosa es esta historia en el contexto de las culturas europeas, más aún lo es en el espacio de realización de las culturas americanas. Veamos un momento. Los europeos, españoles y portugueses, no llegaron a descubrir propiamente estas tierras. Mucho antes, cuando la posibilidad de otros continentes sacudía las afiebradas mentes de los fabuladores, América ya existía de alguna manera, gracias al efecto impactante de ciertas narraciones fantásticas. Vale decir, por otra parte, que tiempo después de haberse efectuado el descubrimiento de América, estas mismas fábulas librescas continuaban alimentando la espesura misteriosa de unos territorios desconocidos. Por tal razón, surge la tesis de una América inventada y no, como se suele creer, descubierta . ¿Cómo se inventa a América? ¿Qué elementos confluyen en este desquiciado invento que fue América? La respuesta parece ser simple: los libros. Pero, ¿cuáles libros? Estos libros fueron, a su modo, toda la saga imaginativa y delirante de los libros de caballería. Un perfil soñado y prefigurado de lo que posteriormente iría a denominarse a denominarse América, lo encontramos en esa extensa bibliografía integrada por libros tales como El caballero Zifar, Tirante el blanco o el mismo y célebre Amadis de Gaula, por tan sólo citar algunos títulos.
Nunca antes el poder fabulador de unos cuantos libros se puso a semejante prueba como en el caso extraordinario de la conquista de América. Que unos cuantos libros de ficción crearan las bases imaginarias de un continente, ya significaba un hecho importante con respecto al poder de los mismos. Como todos sabemos, la gran mayoría de las leyendas surgidas en torno al desarrollo de la colonización de América (amazonas, gigantes, animales fantásticos, riquezas insólitas, tesoros ocultos, etc.) se debieron a estas fábulas narradas en los libros de caballería. América inventada, narrada en un libro. Somos un continente que antes fue leído y escrito y que seguimos leyendo y escribiendo. Es el libro, una vez más, un factor esencial en la formación de culturas, hecho que repite arquetípicamente el fenómeno de un pueblo ligado a un libro, tal como el Corán, el Zohar, el Popol Vuh o los Vedas. Esta especie de genética escritural se forma en el interior de una escritura, en el centro enigmático de un conjunto de palabras nombradas con sagrada pasión, para que las cosas al fin sean. Y el libro prolonga este fenómeno, permitiéndonos de vez en cuando recuperar el pasado, que es una manera bondadosa y al mismo tiempo terrible de conjurar la memoria. Vuelvo al principio de esta reflexión, que es como volver al verbo primigenio, a este verbo convertido en carne y en olvido. Vuelvo a Borges para concluir : “ si leemos un libro antiguo es como si leyéramos todo el tiempo que ha transcurrido desde el día en que fue escrito y nosotros. Por eso conviene mantener el culto del libro. El libro puede estar lleno de erratas, podemos no estar de acuerdo con las opiniones del autor, pero todavía conserva algo sagrado, algo divino…”

Santaella, J. C.(1999) El huerto secreto. Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana.

Anuncios

Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a Ex Libris

  1. Zunilda Borsani dijo:

    ¡Muy bueno!

    Me gusta

  2. Disfruté mucho la lectura del texto de Santaella. Es una lástima que la página no tenga la opción de compartir.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s