Sobre poesía

Eleazar León

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Eleazar León

La noche es avara con las voces humanas (el olvido y la noche), y las palabras también. Sí, es una evidencia (un aturdimiento) del tamaño del insomnio, de las estrellas, y que nos devoraría si no mediara esa promesa sibilante de la esperanza siempre pospuesta. Pero nada de lamentaciones. Ha sido así desde los tiempos del fuego (cuando susurros de sombra apresuraban el amanecer), y ahora en el día rápido, en que apenas sobrevivimos a tanta furia de ceniza, a tanta ceguera mezquina, a tanto degüello. Evocar entonces la mañana de las palabras (noches, estrellas, fuegos, amaneceres) es un alivio de agua fresca, una riqueza pura que nos despoja y nos aligera. Lástima grande que no resulten suficientes. Porque si hablamos de lo verídico, si tanteamos las hojas de un sol de sueño que se derrama yéndonos, navegándonos, hay asimismo la oscuridad, el soplo lento de las semillas, la terquedad de las raíces, y sobre todo la tierra seca, las piedras, la aridez. Hablamos de palabras, de poesía, esa partida sin regreso que se resuelve puertas adentro de la propia vida. (El juego colma y sobrenada, y el jadeo te arroja en el desconcierto).
Todo mortal dispone de su ración de palabras. Los escritores (los más ávidos) cuentan y recuentan ese tesoro de sílabas al que atribuyen un poderío de semejanza con lo que más aman, más rechazan, más desesperan. Sobre cortezas de árboles, sobre muros, sobre papeles de reticente blancura, el que escribe repite su racimo de palabras (dados cargados) y la savia es rojiza y el fruto da siempre la misma cantidad de agonía. No hay nada qué hacer, han corrompido las palabras. Labios morados le sorben el hueso para que traguen las mentiras. Dentaduras golosas las deshilachan, las mastican, y el residuo es insípido y el alimento inofensivo. Noche tenaz, túnel que avanza y no termina. Las palabras se crispan y son la pesadilla del poema.
Despertar, habría que despertar. Revélanos tú — le dicen al que escribe—tú que posees las palabras. Pero en la seducción y en la cópula de la escritura el poseído es el que cree poseer. Amores intermitentes, las pausas esterilizan y los encuentros embriagan. La mesura es timidez (cállate entonces) y el exceso es elocuente en divagaciones, cáscaras. Palmo a palmo, el terreno ganado pertenece a los otros, y los forcejeos y las caídas, los sudores y el descalabro son del que gana lo que pierde: una lucidez hecha de cuerpos espesos y certidumbres fantasmas, y que ofrece a los ojos una moneda fogosa y de visión simultánea (y apenas una de las caras es nuestra). No hay certezas, en la poesía no hay certezas. Jano es su dios y un lirio del campo (que guarda enroscada una serpiente) en su emblema. Su casa no se habita: se pasa por ella, y sus muros no resguardan sino los boquetes de las puertas. Al descampado, arde. Reverbera en su desierto, y las preguntas que les haces las devuelve afiladas, y a veces su sorbo agolpa, y a veces (hilos de música, de aire) su indefensión absuelve. A los humildes los justifica, a los imbéciles los rechaza, a los soberbios los desprecia. Puede nutrir envenenando. Confunde, sobre todo despuebla. Su enigma bulle como un delirio. Su sosiego traspasa y alienta con carbones las aventuras del deseo. Tiene barro en las manos: el de la lluvia y las polvaredas. Arremete, retumba, y su caricia baña los mundos, toca con hierbas hechizadas al amor y la muerte, y su corazón es el corazón de los exilios, de las errancias, las inclemencias.
Tiene la obligación de las virtudes — exigen los castos, los sermoneadores y los hipócritas —. La poesía no tiene virtudes: tiene intensidad, deslumbramiento, murmullos y ecos, voces crispadas y transparencias, ropajes sonoros y sandalias de caminante, joyas de sol y pies desnudos. François Villón, bandido de siete suelas, era poeta. San Juan de la Cruz, siervo suavísimo y celeste era poeta. Por lo demás, sí la poesía fuese un arte de virtudes, ¿cuántos la escribirían? ¿y quiénes, por Belcebú, serían buenos para leerla?
Tiene la obligación de la justicia, de la verdad, de la belleza, — repiten los coros aleccionantes—. Como si la poesía tuviera únicamente sayal de servidumbre o hábitos escolásticos o diademas al cuello; escurridiza y evidente (que de tan obvia apenas se la puede ver) su apariencia proclama el don de los camaleones — y aún así las consignas, los preceptos y conceptos le tienden un lazo corrector y la fatuidad incipiente y militante quiere medirle su eficacia con las cifras de una pobre experiencia.
Descontenta de todos, la poesía es también indiferente y le niega su sal y su lumbre a quienes le invocan, o le conceden a manos llenas su gracia a los oídos silvestres. Sería lo más parecido a una divinidad si no fuera lo más parecido — Lucifer nos ampare — a una iluminada posesa. La paradoja (y la contradicción) la sostienen. Habla por todos y por nadie y en ella coexisten — agrandadas— las alas y las pezuñas del animal humano. Vocifera, la poesía calla enormemente, y su asombro y su ironía discurren sobre el implacable mundo, sobre la hermosa vida, y conocemos a su pesar (y a pesar nuestro) que no hace falta para nada (los días de siempre lo demuestran), pero que falta tanto con su lámpara, sus espinas o su aceite, que prescindir de ella nos reduciría a quedarnos enteros en nuestra ráfaga, en nuestros cuatro huesos.

1981

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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Una respuesta a Sobre poesía

  1. Zunilda Borsani dijo:

    ¡Excelente, comentarios!

    Me gusta

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