Familia, escuela y literatura infantil

Víctor Montoya

Lectora con magia o maga lectora. Ilustración de Shiori Matsumoto

Lectora con magia o maga lectora. Ilustración de Shiori Matsumoto

Cuál es la literatura apropiada para las primeras edades? La respuesta no es simple; primero, no existen recetas exactas para cada niño ni edad; y, segundo, esto depende de otros factores en los que intervienen la educación de los padres, las posibilidades económicas y los criterios respecto a lo que es “buena” o “mala” literatura.

Si se parte del principio de que los niños necesitan un acercamiento gradual y sin premuras hacia la palabra escrita, entonces es lógico recomendar, de un modo general, una literatura que reúna ciertos requisitos indispensables: textos comprensibles, ilustraciones a colores y temas que sirvan como fuentes de goce estético, diversión y juego.

Sin embargo, a pesar de las recomendaciones vertidas por los especialistas, algunos padres compran libros para sus hijos a partir de su criterio personal y no a partir del interés del niño, por cuanto es frecuente escuchar comentarios que contradicen la opinión de los niños: “No, hijo, este libro no es bueno porque tiene muchos dibujitos y tampoco aquel otro porque tiene puras letras”.

La elección de un libro para los hijos también depende de la economía de los padres. Si el libro es muy caro, no es raro escuchar: “Este libro es muy voluminoso”. Y si es el libro es muy barato, no dudan en cuestionar: “Este libro debe ser muy malo, el precio lo dice todo”. Entonces, como si la librería y las ferias del libro fuesen una suerte de mercados de abarrotes, se compran libros que mejor se ajustan al grosor de la billetera.

No digo que la elección que hacen los padres a la hora de adquirir un libro sea disparatada, sino que, a veces, se compran libros sin considerar el verdadero interés de los niños y sin preguntarles cuál sería el libro que a ellos les gustaría leer, independientemente del volumen o el precio.

La mayoría de los padres -y desde luego también algunos profesores-, consideran que un libro infantil debe ser instructivo; es decir, debe impartir conocimientos “científicos y positivos” para mejorar las notas escolares del niño, ya que un libro de aventuras y fantasías no le aporta nada y, para lo peor, hasta puede inculcarle valores negativos y de “mala conducta”.

Estos padres no advierten que, con los libros elegidos a su criterio y sin previa consulta a los hijos, están poniendo en riesgo el estímulo que necesitan los niños para adquirir el hábito de la lectura. Los niños que leen libros por obligación -o son sometidos a lecturas que no les interesa-, tienden a convertirse en personas reacias a la lectura; en cambio, los niños que leen libros que estimulan su fantasía y abordan temas que son de su interés, tienden a gozar con la literatura y asumen la lectura como una parte de sus vidas.

En contraste con los ejemplos citados, existen padres que se acomodan al interés lector de sus hijos y que, guiados por su intuición, les compran libros que los impactan tanto por su formato como por su contenido. No es casual que estos padres, apenas un hijo les enseña un libro de su interés, exclamen: “¡Qué bien, hijo! ¡Qué libro tan maravilloso! ¡Seguro que te va a gustar!”; es más, le sugieren que escoja otro libro más que le gustaría leer.

Curiosidad lectora. Ivan Stepanovich Ivanov-Sakachev

Curiosidad lectora. Ivan Stepanovich Ivanov-Sakachev

Después están los padres a quienes poco o nada les interesan los libros destinados a los niños, no tanto porque tienen escasos recursos, sino porque carecen de conocimientos o, como suele ocurrir en nuestro medio, porque ellos mismos no tuvieron padres que estimularan su hábito de la lectura. Por lo tanto, es normal escucharles decir: “No vale la pena invertir dinero en libros que sólo divierten y no enseñan nada. Además, para qué gastar en libros, si igual se divierten mirando la tele”.

Se sobreentiende que con este tipo de padres es muy difícil razonar en torno a la importancia de la literatura infantil en la formación integral del niño, en vista de que ellos mismo, debido a razones socioeconómicas, no tuvieron acceso al maravilloso mundo de la literaria infantil durante su infancia, siendo que la familia es el principal agente mediador entre los niños y los libros.

La familia, junto con la escuela, es el entorno inmediato en el cual se debe fomentar el hábito de la lectura. En un hogar donde existen personas que leen de manera habitual, los niños no ven los libros como objetos raros, sino como materiales donde unos buscan el entretenimiento en sus ratos de ocio, en tanto otros buscan los conocimientos que necesitan en su vida personal o profesional.

La familia y la escuela son imprescindibles para formar buenos lectores desde la infancia, no sólo porque los padres y profesores son los principales modelos de los niños, sino también porque los adultos son los encargados de guiarlos en sus primeros pasos hacia la conquista de los cofres literarios, donde están los tesoros de la literatura infantil. Si los niños ven que los adultos disfrutan con la lectura, entonces comprenden que una de las mejores maneras de matar el tedio es refugiándose en las páginas de los libros, aunque mirar la televisión o pasar el tiempo con los videojuegos sean también otras de las tentaciones que los acechan a diario.

La familia es el ámbito ideal para que los niños descubran la palabra a través de la narración oral o la lectura de un libro. Una madre que suele contar cuentos a sus hijos cuando éstos se acuestan o un padre que les lee libros en los momentos lúdicos, aun sin saberlo, están cumpliendo una función de mediadores entre los niños y la literatura infantil. Cuando esto se convierte en una costumbre familiar, es muy probable que estos niños, cuando sean padres, repitan el mismo hábito con sus hijos, ya que existen costumbres que se transmiten de padres a hijos y de generación en generación.

La familia, en el mejor de los casos, debe disponer de una pequeña biblioteca, dejando al alcance de los niños los libros que pueden despertar su curiosidad y, consiguientemente, su interés por leerlos sin que nadie los obligue. Los libros tienen que ser asequibles, como las frutas apetecibles puestas en un frutero. El niño primero los contempla, después los hojea y, si están con mucho apetito de lectura, los toman como si fuesen frutas, los leen y los disfrutan.

La familia y la escuela son centros de recursos para la enseñanza y el aprendizaje, pero para poder cumplir a cabalidad este objetivo, aunque parezca una mera aspiración idealista, es necesario que en el hogar exista una pequeña biblioteca familiar y en la unidad educativa una biblioteca escolar dotada de materiales que sean del interés de los niños, puesto que la biblioteca es un recinto de entretenimiento y aprendizaje, pero también un reino que cobija a los interesados en adentrarse en los mundos imaginarios de la literatura infantil.

En síntesis, valga considerar tres aspectos fundamentales en la interrelación habida entre familia, escuela y literatura:

 1). La familia y la escuela sirven como intermediarios entre los niños y los libros;

 2). Los niños dan sus primeros pasos y comienzan su contacto con la palabra, hecha cuento y poesía, entre los brazos de sus padres y entre las cuatro paredes del hogar;

3). La literatura infantil contribuye al enriquecimiento de las facultades cognoscitivas del niño, que necesita mejorar permanentemente su destreza lingüística y social, como necesita desarrollar su capacidad intelectual y emocional.

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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3 respuestas a Familia, escuela y literatura infantil

  1. kepacasalector dijo:

    Gracias, Víctor por este artículo tan interesante y por tu blog que está lleno de reflexiones lúcidas.

    Respecto a lo que escribes me permito hacerte algunos comentarios. Hablas de que los pdres no deben anteponer o imponer sus gustos lectores a sus hijos y estamos de acuerdo, pero también hay que asumir la responsabilidad de la familia en el desarrollo del hábito lector de sus hijos para lo cual los padres deben “formarse”; como padres no tienen por qué ser especialistas en lectura y, por tanto, han de tener la humildad de buscar el asesoramiento de los docentes, los libreros y, no nos olvidemos, de los bibliotecarios.

    Hay que ser cuidadoso y respetuoso con los intereses lectores de los niños y jóvenes, procurando no imponer ni obligar a leer, pero al mismo tiempo docentes y padres tienen que asumir su responsabilidad: debemos ayudarles a convertirse en lectores competentes y por eso tendremos que invitarles, sugerirles, seducirles para que descubran otros tipos de lecturas, géneros, autores, soportes… más allá de los cómics, las sagas basadas en teleseries o películas, diarios deportivos, redes sociales…

    Debemos animar a leer desde nuestra pasión lectora, solo se contagia aquello que se ama… y si no somos lectores apasionados al menos tendremos que darles la oportunidad de vivir -en casa, la escuela, la librería y la bibliotecas- experiencias de lectura gozosas, enriquecedoras y constructivas.

    Pero, ojo, que cada palo aguante su vela, lo cual quiere decir que todos debemos asumir nuestra responsabilidad en la construcción de lectores competentes: la familia, la escuela, la biblioteca, los medios de comunicación, las administraciones y la sociedad en general. Y lo digo porque en este concierto cada instrumento tiene su función, si no la interpreta con finura o sobreactúa asumiendo notas o melodías que no le son propias en vez de una sinfonía surgirá un despropósito: los padres no son los responsables del aprendizaje de la lectura, esa tarea complicadísima y delicada pertenece a la escuela; y esta no es la encargada de crear climas favorecedores de la lectura en el hogar, para eso están los padres. El estado y otras instituciones tendrán que construir y desarrollar programas sociales de promoción de la lectura, pero no podrán pretender que en el hogar se haga lo que ellos pretendan… Cada uno en su sitio y todos con actitud constructiva, autocrítica y respetuosa.

    Hablas de que cuando la economía familiar pasa por una etapa delicada surgen problemas y es ahí cuando hay que echar mano de la imaginación, la solidaridad y las bibliotecas públicas. Imaginación y solidaridad que tienen que llevarnos, por ejemplo, a intercambiar libros con vecinos, amigos, compañeros de trabajo y estudio, a organizar trueques y préstamos privados, a participar en iniciativas de bookcrossing, a construir nuestros propios libros con nuestros hijos… y a solicitar libros y otros materiales de lectura en las bibliotecas públicas y -ojalá las tengamos cerca- escolares.

    En este enlace podéis leer algunos artículos muy interesantes sobre el tema.

    http://biblioteca.cepcordoba.org/?q=content/recursos-de-animaci%C3%B3n-lectura-en-familia

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  2. Pingback: Familia, escuela y literatura infantil | Bibliotecas Escolares Argentinas

  3. El articulo de Montoya es sumamente directo y claro lleno de “verdades evidentes”, pero que a veces se olvidan. La temática es, por supuesto, compleja y hay mucho que decir sobre el tema. Yo he heco mi contribución en más de una ocasión: en artículos publicados o ponencias presentadas en eventos. Por ejemplo en “Literatura infantil y escuela: juntos, pero no revueltos”.
    http://elpajarolibro.blogspot.fr/2014/10/literatura-infantil-y-escuela-juntos.html
    Entre otras, cosas, reflexiono sobre los orígenes del libro infantil, nacido como recurso pedagógico en la educación de las elites nobles en los tiempos finales del feudalismo y de masas cada vez más importantes en tiempos del capitalismo industrial (con el desarrollo de la escuela y la generalización de la alfabetización), pero pronto la literatura infantil restableció sus lazos con la litereatura llamada general (en realidad, general es no es la literatura para adultos, que solo pueda ser leída por éstos, sino la literatura infantil, que puede ser leída por todos). Los buenos libros para niños no solo pueden sino que deben ser leídos por sus mayores (padres ¡y maestros!) que así no solo predicarán con el ejemplo, sino que compartirán una experiencia estética, cognoscitiva y afectiva: cimento mayor para un verdadero y durable hábito de lectura.

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