Temas difíciles en la literatura para niños y jóvenes

Conferencia Séptimo Encuentro con la  Literatura y el Audiovisual  para niños y jóvenes en Venezuela

Gonzalo Moure

Laura Antillano:gonzalo

Yo conocí a Gonzalo Moure el año pasado en Ecuador, donde estuvimos también con Enrique Pérez Díaz de Cuba. Y fue realmente un descubrimiento muy particular, descubrí a la persona que él leerá y toda su obra con los saharauis y su bibliobús y todo su romanticismo con relación al desarrollo, a la promoción de la lectura. Pero posteriormente fue que leí varios de sus libros, había leído antes “Yo que maté de melancolía al pirata Francis Drake, porque lo había comprado en Chijó por casualidad, no conocía a la persona que lo había escrito, que es una gran novela, una gran novela de piratas. Y allí fue que supe que era la misma persona. Pero toda la obra que he leído posteriormente me revela a un ser humano especial que sabe transmitir emociones, que sabe contar, que sabe escribir literatura, verdadera literatura y una gran literatura. Y además que toca temas difíciles, temas realmente complejos y temas donde siempre los protagonistas son gente que no son precisamente el patrón social del éxito, que es lo que generalmente encontramos en otras circunstancias y era un poco lo que le decía ahora a los muchachos de “Uno, dos tres t.v.” que lo que ellos están presentando, lo que nos acaban de mostrar tiene un colorido y tiene un sentido que es totalmente distinto a lo que está en los medios comerciales y a lo que todo el tiempo nos bombardea. Hay otra visión de las cosas más cercana, más cotidiana de lo que es nuestro mundo como latinoamericanos. Gonzalo Moure, nació en Valencia, España, en 1951; escritor, estudió Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid. Trabajó como periodista entre 1973 y 1989. Fundamentalmente en radio, prensa y prensa especializada en música popular. En televisión como guionista y publicidad como creativo. Escribe desde 1989, su primer libro: Geraniún 1991, Alfaguara. Ese, tu primer libro, que tú declaras en una entrevista que prácticamente comenzaste a vivir a partir de ese primer libro, de su experiencia como escritor. Imparte charlas en bibliotecas, club de lecturas, colegios e instituciones. Es un autor dedicado a la literatura juvenil, campo en el que ha ganado premios tan importantes como Gran Angular, el Ala Delta, el Primavera, el Barco de Vapor, entre otros. Su obra es conocida por la atención que presta a problemas de tipo social y también a la relación entre padres y adolescentes. Los libros publicados para niños y jóvenes: Cama y cuento 2010, ese lo han trabajado en Puerto Cabello y ya tú vas a ver a los niños que lo leyeron. El mejor amigo del perro, el Movimiento continuo, el Remoto decimal, la Noche del risón, Soy un caballo, Tuba, A la mierda la bicicleta, el Beso de el Sahara, el Síndrome Mozart, En un bosque de hoja caduca, Yo que maté de melancolía al pirata Francis Drake, la Zancada del deyar, Un loto en la nieve, Los caballos de mi tío, Los gigantes de la luna, Maito pan duro, Palabras de caramelo, etc, etc. Los dejo con Gonzalo Moure.

Gonzalo Moure

Gonzalo Moure. Foto cortesía Grupo LI PO

Gonzalo Moure. Foto cortesía Grupo LI PO

 Voy a hablar desde acá, un poco parado para poder veros, entre otras cosas porque es un placer veros y ver esta respuesta a unas jornadas sobre literatura y audiovisuales. Bueno, es tan emocionante para alguien que viene de España, donde también hay acontecimientos como éstos, estoy percibiendo cosas tan emocionantes y tan lindas que me voy muy lleno. De hecho he comprado una maleta nueva para meter emociones. Muchísimas gracias, Laura, y gracias al evento por permitirnos estar aquí. Voy a tratar de resumir un poco, Laura me había pedido algo bien lógico y bien ordenado, que es escribir una ponencia previamente, pero lo decía hace un momento, hablando con alguien ahí fuera, que si escribo la ponencia en España, estoy escribiendo una quinta parte de lo que siento en estos momentos. Yo necesito ver con quién hablo para hablar, porque no me saldría haber escrito lo mismo que puedo decir ahora. Pero posteriormente, escribiré algo que se parecerá un poco a lo que hoy hayamos hablado. Realmente, bueno, esa ha sido una de mis tesis, creo que la literatura es siempre un fracaso, toda novela es un fracaso, no sé si alguien está de acuerdo; toda novela es un fracaso porque trata de reflejar la vida y la vida es mucho más hermosa, lo que yo escriba después de lo que hablemos aquí siempre será también un fracaso.

Yo quisiera… me ha tocado hablar de la diferencia en la literatura. Quisiera hacerlo, podría hablar tanto, pero esta mañana, en el hotel pensaba que iba a enfocar el tema a través de dos pequeñas historias. La primera de las historias es muy simple, muy sencilla, para mí es muy importante, es lo más importante de mi vida. Sucede en Sahara, en un club de lectura, en el barrio de Mafés, con tremendo calor, muchísimo más que aquí, aunque no lo creáis. Más que en Maracaibo, incluso. Y estoy reunido con un club de lectura de niños y niñas del Sahara de diez a doce años. Y vamos a hacer una experiencia, un pequeño taller de literatura con niños, hay 21 niños, me acuerdo muy bien que eran 21 los que estaban y entre ellos, así un poquitín a mi izquierda, está una chica de 22 años, sorda, sorda total que se llama Fatimés. Es la persona a la que más quiero en este mundo. La conozco desde que tenía 6 años, la encontré el segundo día de estar en el Sahara; la conocí y desde entonces ella tenía no solamente 6 años, sino dos velas de mocos y el pelo lleno de siroco, de arena. Y desde el primer momento la amé.

Y 16 años más tarde ella está allí, porque aunque no oye nada le gusta trabajar en un bibliobús, en que trabajamos allí en las escuelas, en un club de lectura. Bueno, la experiencia, yo olvido que está allí, y estoy trabajando con los niños, y la experiencia que voy a hacer es una muy sencilla, que seguramente muchos de ustedes habrán hecho alguna vez, que es decirle a cada niño que escoja una palabra, vamos a esas palabras y después, con cada una de las palabras favoritas de cada uno de los niños vamos a hacer un poema entre todos. Entonces, la primera niña me dice /madre/, la segunda /tierra/, la siguiente, /lluvia/, /padre/, /amigo/, /patria/, /libertad/, y de pronto yo empiezo a pensar y me empiezo a angustiar muchísimo, porque digo, voy a llegar a donde está sentada Fati, y ella no ha oído nada, no sabe nada, no lee los labios, ella solamente lee en la gente, es capaz de leer en la gente, pero no puede saber de qué estamos hablando. ¿Qué les he propuesto a los niños?, ¿cómo me he olvidado de explicarle a ella lo que estoy haciendo?, ¿qué hago cuando llegue a ella? ¿Le hago el gesto, explicándole de nuevo por gestos qué es lo que estamos haciendo?, ¿la salto?, ¿la dejo?, ¿y, si le digo a ella, cuál es tu palabra?, ¿qué va a hacer? No va a saber qué, y se va avergonzar y tal vez llore, pero cuando llega el momento de señalarla a ella, yo iba anotando las palabras mecánicamente, sufriendo con aquello, cuando llegué a ella, le pregunté, y la señalé, preguntándole, ¿y tú, una palabra? Y sonriendo, ella hizo así (…) y dijo por tanto, corazón. Es la última palabra del poema que compusimos entre todos.

La segunda historia es muchísimo más fuerte y terrible. Sucedió en Medellín y yo conocí al muchacho, algunos años después. Era un muchacho de la calle, de los barrios más duros de Medellín y como todos los niños normales, hacía lo que veía y lo que veía eran armas, y lo que él ansiaba era tener una pistola en su cinturón como los muchachos de más edad, jamás iba a la escuela, no aprendió a leer porque le parecía que era una pérdida de tiempo. Lo que él quería era estar en la calle. Tenía catorce años, cuando un día, lavando los platos en su tugurio, una bala entró por la ventana y le entró por aquí y le salió por allá, si hubiera entrado un poco más allá no habría historia, pero entró por aquí y le salió por ahí y le arrancó los ojos. Yo vi su cicatriz debajo de las gafas oscuras, él me enseñó su cicatriz, no tiene ojos es como si en photoshop alguien le borrara los ojos, él fue a un hospital, lógicamente a reponerse, pudo haber perdido la vida, pero no la perdió y ahí, en el hospital, alguien de la Fundación (…) pasó por allá, leyendo cuentos a los niños enfermos del hospital y ese niño de pronto, en aquel cuento, percibió algo y poco a poco se fue aficionando a que fuera alguien a leerle un cuento, cuando salió de allá aprendió a leer en Braille, y actualmente es uno de los talleristas que va a los hospitales, que va a las escuelas, que va a los club de lectura en Medellín. Cuando tenía ojos no veía nada, y sin ojos lo ve todo. Es una historia que no le quiero robar a Yordi, porque Yordi se enfadará mucho, porque no se le ha ocurrido todavía, pero si no la escribe Yordi, algún día la escribiré yo, porque me parece preciosa y yo creo que nos centra muy bien.

cama-y-cuentoA mí muchas veces, me presentan, gracias por no hacerlo, diciendo que escribo para niños y yo suelo decir, solemos decir, muchos escritores, los de mi equipo, no, los de nuestro equipo, solemos decir que no escribimos para niños, es decir, escribimos, escribimos sobre niños o sobre caballos, o sobre pájaros, que de todo eso he escrito en mi vida, e incluso, de vez en cuando, hasta sobre adultos, cuando no tengo nada importante que decir, entonces, escribo un libro sobre adultos. O como dice Carlos Frabetti que una vez hubo un inciso, un inciso muy malo, muy malévolo en una gran recepción del grupo Prisa, estaba esta escritora española, bueno, no voy a decir su nombre, bueno, una escritora española muy famosa y entonces el gran Pope del grupo Prisa que se llamaba Polanco, le dijo: Ah… fulanita me he enterado de que, incluso, nos has escrito un librito para niños y ella dijo: -Sí, de vez en cuando me relajo y escribo un librito para niños. Y Carlos que estaba escuchando aquello, dijo: -Qué curioso, yo al revés, yo escribo para niños y de vez en cuando me relajo y escribo un librito para adultos.

Y es que es la verdad, es mucho más importante lo que sucede en la mente del niño, en el mundo del niño, que lo que sucede en nuestro cerebro, desvencijado, gastado, polvoriento, lleno de telarañas, ya lleno de cosas, que… por lo menos es lo que yo siento. Bueno, efectivamente escribo sobre niños, pero ¿qué niños?, ¿sobre el niño más guapo de la clase o la más guapa? Ayer conocí una niña aquí, en el Pedro Castillo, extraordinaria. Se llama Rosalinda, bueno, ¿si alguien la conoce?, no sé, es en verdad increíble, esa niña es súper brillante, extraordinaria, inteligente. Tiene una voz un poco ronca además es luminosa, no, no escribiría sobre ella, no escribiría sobre o tal vez sí, si sucediera algo, que ella me enseñara algo nuevo. Suelo escribir sobre quien me enseña algo nuevo. Y ese alguien puede ser un pájaro o puede ser un caballo, normalmente es un niño, ¿por qué? Porque creo que los niños tienen, lo creo yo no, lo cree Palenzuela Rubio, lo creen los neurólogos, que dicen que el cerebro humano no alcanza nunca tanta expansión como en el periodo que hay entre los ocho y los diez, once años. A los nueve años de hecho, es el pico normal de población neuronal, es el momento que más neuronas tiene el ser humano, después todo es decadencia, después se cae el pelo y se caen las neuronas, se va cayendo todo poco a poco. Pero, los nueve años es la edad, la edad del hombre, y yo tengo esa convicción desde siempre, creo que el niño de nueve tiene la inmensa madurez, más madurez, incluso, que nosotros muchas veces, y tiene al mismo tiempo, la misma esencia, y esa conjunción de ambas cosas produce preguntas para las que no tenemos respuestas todavía. Esa es una obsesión mía, yo creo que en la escuela no tenéis que enseñar a los niños lo que ya sabéis, lo que tenéis en el libro de texto, lo que le tenéis que enseñar es a preguntar es lo que todavía no sabéis, no tengáis miedo a que os pregunten cosas que todavía no sabéis. Y esos niños, los niños poseen esa capacidad de preguntar cosas que aún no sabemos, y que si lo pensáis son las que algún día moverán la historia hacia adelante porque lo que ya sabemos es esto, y esto es lo que es, y estamos viviendo un final de civilización, probablemente. Esto se parece mucho a un final de civilización, y ¿dónde está la nueva civilización? ¿Qué es lo que nos aguarda? Pues, seguramente está más en la mente del niño inquieto, del niño que te hace una pregunta nueva. Y a mí, quienes me han hecho preguntas más nuevas son gente como Felipe, el muchacho de Medellín o como Fati, la niña del Sahara. Fati me enseñó algo paradójico y es que cuando te falta algo desarrollas otra cosa, ¿no? Yo creo que todos seríamos aquí súper hombres y mujeres si pudiéramos ver con la profundidad que ve alguien que no… y si pudiéramos escuchar, sentir, suponer como supone y ve quien no escucha y como quien no ve. Es decir, creo que cuando Dios o la naturaleza o quien sea nos priva de algo, nosotros somos capaces de desarrollar algo que compensa, y que todos los que nos consideramos normales, nos perdemos todo ese mundo, nos perdemos toda esa capacidad que tiene el sordo para ver y el ciego para oír y tenemos que aprender si en el sordo está esa capacidad para ver y si en el ciego ésta capacidad para escuchar deberíamos ser capaces de aprender y, ¿cuál es la manera que tiene un escritor? ¡Contar! Contarle a uno de vosotros cómo ven los otros o cómo ve un ciego. Yo, jamás, si alguno de vosotros quiere escribir, seguro que hay aquí gente que escribe mejor que yo, y que no ha publicado nunca un libro, pero acaricia ese sueño. Les pido por favor, que nunca digáis voy a escribir sobre este tema. Esperad, esperad a que llegue una historia, a que una historia os conmueva y escribid sobre esa historia, y nada más que esa historia, sin ningún fin, sin ningún políticamente correcto ni enseñarle a un niño que no debe meter los dedos en el enchufe, entonces voy a escribir un cuentecito sobre el niño que sufrió un calambrazo, ¡nada! ¡Nada! escribid por la historia, pero en esas historias que escribáis, buscad lo diferente, buscad lo nuevo.

 Mi primera historia diferente fue sobre Fati, esa niña sorda, entre los 6 y los 9 años. Luché mucho con el nudo para sacar adelante aquella niña, y yo suponía que lo que tenía que hacer yo con esa niña, lo que la vida me había dicho que tenía que hacer con esa niña era hacerla normal. Hacerla como yo y como tú, como cualquiera de vosotros, y no lo conseguía y lloré mucho, de rabia, hice muchos viajes. Pedí la mediación de la Cruz Roja, no lograba traer a España a esa niña, al final logré llevarla a España, después de tres años de dura lucha para que ella se hiciera normal, para que fuera a una escuela de sordos, poder operarla si era posible, en fin, ver las posibilidades para que esa niña fuera normal. Bueno, ella no quiso. Ella, a pesar de que era un pacto entre ella y yo y ella lo había aceptado, ella decidió volver, lloró, lloró y lloró hasta que me hizo prometerle que cuando acabaran las vacaciones volvería, desde entonces, si ya disfrutó de sus vacaciones, se volvió al Sahara, y yo, pues, empecé a ir, seguí yendo para allá. Entonces, un día, dando de comer a las cabras, hace un rato hablamos de las cabras del Sahara, me enseñan mucho, fuimos, al atardecer, la basura, se la llevan las cabras, allí no hay servicio municipal de recogida de basura, pero uno lleva la basura a las cabras y ellas se encargan ya de reciclar la basura, por supuesto. Incluso el papel, eh, el papel es lo que más les gusta a las cabras, como seguramente saben. ¡Ponga una cabra en su oficina! Fuimos a dar de comer a las cabras y de pronto ella me empezó a tirar del turbante y me llevó a… bueno, ella y yo hablamos por señas, hablamos todo, desde el principio, desde el primer año, desde que tenía 6 años. Es extraordinario como podemos hablar sin ningún lenguaje, no sé, porque tampoco es un lenguaje de señas. Ella me llevó, tirando que es parte de su lenguaje, me llevó a un corral donde había nacido un camellito, era de su tío. Y… nada ahí estaba ella viendo al camellito que tenía dos días y de pronto el camellito dejó de mamar y con los labios manchaditos de leche, comenzó a saborear la leche y a mirar, con mirada dulce a su madre. Que le daba esa maravillosa leche y movía los labios y de pronto Fati me preguntó por señas que si el caballito hablaba, y me decía no lo entiendo, ¿qué dice? Y yo, ¿cómo que qué dice? ¿Le está dando las gracias a su madre por la leche? y le iba a decir, ¿tú eres tonta o qué? Cuando de pronto me di cuenta de que estaba viendo algo extraordinario, de que estaba viendo un milagro. Allí, entre una cabra, con aquel olor terrible, estaba sucediendo algo tan maravilloso, tan milagroso, que inmediatamente pues, volví a la jaima con ella, por señas, en ese lenguaje, le conté un cuento como si fuera una historia antigua del Sahara, de un niño en el desierto que creía que un camellito hablaba y que era su amigo y, bueno, seguí contando la historia y lo anoté en mi cuaderno. Después empecé a escribir un libro de viajes, porque era el principio aquel viaje que iba a hacer por el desierto, pero cuando estaba transcribiendo (…) aquel libro, cuando llegué a esa nota, me di cuenta de que era un libro en el que tenía que hablar de ese milagro, de cómo, solamente, primero, acordaos de que decía que los niños tienen preguntas para las que no tenemos respuestas. Ningún adulto del mundo, ni el más sabio, ni un premio Nobel, ni un físico, nadie, nadie, nadie que no fuera niño me podría haber hecho esa pregunta (…) ninguno. Niños, por tanto, ¿cuántos millones hay de niños en el mundo? Muchos, pero ¿cuántos hay sordos?, porque solamente uno que fuera niño y que fuera sordo me podría haber hecho esa pregunta. Y escribí un libro que para mí es el más querido de los he escrito, es finito, no ha recibido ningún premio ni nada, pero, bueno, es el que yo más quiero.

La segunda experiencia, de la que os quiero hablar es de un gnomo. Yo conocí un gnomo, unel-arenque-rojo enanito, un gnomo, como verás. Conocí un gnomo, yo vivo en Asturias. En Asturias, en el norte de España, en un pueblecito muy pequeño. En mi vida, ahora en estos momentos no, pero entonces mi vida era muy feliz, porque escribía y paseaba a caballo y mi casa se llenaba de niños que querían, niños de pueblo o sobrinos o hijos de amigos, niños que querían, que amaban a los caballos y que querían montar, y yo les enseñaba, les enseñaba, no a montar, que yo no soy instructor de hípica, no, sino a ser caballos. Yo les decía eso siempre “aprenderás cuando seas caballo” y eso ¿cuándo será? Cuando seas, cuando seas caballo(…) El premio que yo le daba a un niño cuando ya era caballo, es decir, parte del caballo como un centauro, es la única manera de montar a caballo realmente, sentirme como parte del caballo, darle al caballo la decisión, vamos para allá y el caballo te dará fuerzas y la velocidad, bueno, cuando ya un niño se comportaba con naturalidad, a mi me da igual que tuviera las rodillitas bien o que fuera con las costuritas, a mi me da igual, lo importante era que se sintiera caballo. Mi premio era, le decía, hoy como premio te voy a llevar a conocer a un gnomo. Y es que vivía, de verdad, en Valle de Cotapos, a media hora a caballo de mi casa, en el monte, en el campo, vivía un señorín muy pequeñito, muy bajito, mayor, con barba blanca, larga… larguita. Orejas de punta, cara de gnomo y que además, yo sabía, sabía de él, y nunca le había visto, previamente, porque cuando quería ir a verle, se llamaba Flo, nunca salía, yo iba en un carro, y oíamos por ahí por el bosque chu-chu-chu, pero nunca le veíamos.

Él había vivido toda su vida en ese bosque, desnudo y trabaja, era como el sirviente de dos hermanos solteros. Dormía en la pila del cochino, ahí con un poco de paja, es donde dormía, pero en la época que yo, por fin le conocí porque fui a caballo, y él salía, no a verme a mí, sino al caballo, le gustaban mucho los caballos y habla misteriosamente con los caballos, ya se había vestido porque tenía frío. Pero se había vestido con ropa muy vieja y un saco del pienso, atado a la cintura y un gorrito de lana de punta, de manera que era un gnomo. De hecho, tengo fotos de él, quiere decir que no, que no lo estoy inventando. Y hablaba con los niños, decía cosas misteriosas, de pronto estaba hablando con un niño y a mitad decía, es una frase que recuerdo muy bien, que fue para mí muy misteriosa, no, no voy a entrar por ahí porque es un camino muy largo, pero dijo en un momento: “Tengo que ir al bosque, parece que ha nacido un niño por ahí”. No sé qué quería decir, pero eso fue, en aquella ocasión. Bueno, después escribí un libro, se llama “Los caballos de mi tío” es un libro que es, pues, mi vida con los niños montando a caballo, etc. Y… puse el premio, y dio la suerte, la extraña suerte, como la que decíamos ayer, que me tiene aquí, de que alguien mandara un librito mío al Perro y la rana, pues la casualidad en este caso fue que el chico que iba a hacer las ilustraciones del libro mío estaba ilustrando, él era profesor en la escuela de dibujo, y mientras examinaban sus alumnos, él estaba haciendo la ilustración de mi libro, con la foto del gnomo, de Flor y haciendo el dibujo del gnomo y uno de los alumnos que fue a entregar su trabajo vio la foto y dijo: -Y, ¿eso?. El ilustrador respondió: -No, es que estoy ilustrando un libro… y el señor que había ido a entregar el trabajo la revisó y le pidió al ilustrador mi dirección y me escribió, me dijo: -No sé si sabes que seguramente este señor, por la foto y por lo que cuentas en el libro que me ha dicho Fernando tenía el síndrome de Williams y acompañaba un recorte de una revista de medicina que hablaba del “síndrome de Williams” o el “síndrome de la cara de duende”, y que originó, decía el artículo de la revista de medicina, que había originado en el pasado, la leyenda de los duendes.

Un síndrome real, de niños que sobre todo cuando son pequeños, parecen auténticos duendecillos, porque tienen cara de duende y son atrasados en la normalidad, digamos, pero muy empáticos con la naturaleza, les encanta la naturaleza y son niños que probablemente la gente abandonaba en el bosque. Sobrevivían en el bosque algunos y eran los que originaron la leyenda del duende. Me apasionó, qué mejor fuente de un escritor que un tema como ese, es decir, ahí va, voy a escribir un libro sobre el origen de los duendes. Y me puse a investigar y de pronto encontré, no hay nada, no había nada, nada más que artículos médicos, clínicos y parciales, genéticos, y busqué el síndrome de Williams en internet, estaba naciendo internet en ese momento y no había nada más, pero de pronto encontré una página de un padre de una niña con síndrome de Williams en Estados Unidos, un biólogo, se llama Richard Lennos hablaba y decía “los niños con el síndrome de Williams en el 89% poseen oído absoluto, en inglés “perfect ear”. Oído absoluto es poder distinguir instantáneamente qué nota es esta y cuál ésta. Son diferentemente, yo sé que son diferentes, pero sé nada más y probablemente a no ser que haya alguien aquí con oído absoluto, si lo hay que levante la mano, claro porque entre nosotros, los normales, el oído absoluto como mucho un 2%, creo que incluso menos, no estoy seguro en este momento, pero es que entre ellos, en el síndrome de Williams, es el 89% y decía Richard Lennos, padre de Gloria Lennos, una síndrome de Williams muy famosa en Estados Unidos, que se sabe de memoria cualquier canción que escucha, aunque sea en hebreo. Ella escucha una canción en hebreo y aunque no sabe el hebreo, durante toda su vida, puede volver a cantar esa canción, exactamente y sin fallar una sola nota. Yo dije, Dios mío, lo tengo, Mozart tenía el síndrome de Williams y entonces me puse a investigar como loco, ya me veía yo ahí, en los telediarios y los informativos: escritor español descubre enfermedad de Mozart, porque, bueno, había visto la película Amadeus, que habéis visto muchos de vosotros, lo que se ve es, efectivamente, la descripción que hace Adams Safs, el actor de la obra de teatro de Mozart, es exactamente un síndrome de Williams. Es así como lo caracterizó, no me acuerdo como se llama el autor, pero exactamente, pequeñito, riéndose siempre, tontito. Y entonces empecé a investigar, acumular libros, ¡a leer! Mira, leí todo lo que los normales han escrito sobre Mozart, todas las cartas de Mozart, las que escribió, las que recibió, libros en inglés, en francés, todo lo editado en español, filosofía, me enfrenté al enigma que se han enfrentado todos los filósofos de la humanidad que han tratado de saber por qué la música es tan importante para el hombre. Y, nadie, todos ellos, Freud dijo: “no puedo más”, él tenía una competencia con Jung, y, entonces Jung llegó más profundo, dijo que la música estaba en el fondo del hombre, pero en un compartimiento inaccesible, en el origen de la especie humana está la música, pero no sé por qué, decía. Freud, lo intentó por medio de su manera de ver la psiquiatría y el cerebro humano y, escribió: “he fracasado, me enfrento a este fracaso con la cabeza alta y lo dejo, no puedo saber qué significa la música para el hombre. Bueno, cuando ya completé toda esa investigación, me dije, ahora voy a conocer a gente con el síndrome de Williams, entonces, a través de Lennos, le escribí, me contestó y me puso en contacto con el padre de un niño de síndrome de Williams en España, muy peculiar el padre. Le escribí, inmediatamente conectados, me dijo: “ven a mi casa, a Valencia, precisamente, conocerás a mi hijo que tiene, por supuesto, oído absoluto y que su mundo es la música. Te daremos la dirección de muchos otros de toda España para que puedas conocerlos.

 Y, al primero que conocí fue a Tommy. Tommy, efectivamente, un duende, un duende tocando el piano. Y me decía su padre, “cuando se enfada, toca el piano, cuando se alegra, toca el piano, expresa sus emociones a través del piano”. Me hice muy amigo de Tommy, durante unos días estuve ahí viviendo en su casa en la ciudad de Valencia y fui dejando que me contara, quería, bueno, yo era un vampiro, estaba ahí… yo quería encontrar a Mozart, quería mi novela, desde mi normalidad y, de pronto un día, me enseñó una poesía, había ido al instituto; ellos pueden acabar incluso la secundaria. No mucho más, pero pueden llegar hasta ahí. En el instituto, habían ido de excursión y se había enamorado de una… y me dejó un poema que le había escrito. Lo leí y era un bellísimo poema de amor y se lo dije, es muy bonito. Y me dijo, él habla muy nervioso, no hablan así todos los Williams, pero bueno, él habla muy nervioso, “era más bonito cuando era música”, y yo, ¿era una canción?, “no, no, cuando era música”. No te entiendo, ¿qué quieres decir, cuando era música? “era música” ¿Cómo que era música? “Sí, yo no pienso con palabras, yo pienso con música y tengo que traducir lo que pienso en música a palabras”. Ahí cambió mi novela, a mí no me importaba ya que Mozart hubiera tenido el síndrome de Williams, sino que Tommy tenía el síndrome de Mozart, porque Mozart decía exactamente lo mismo en sus cartas, “pienso en música”, le dijo a un sastre muy famoso y muy rico que le quería comprar el secreto y le dijo: “le pago lo que sea, si usted me enseña (…), le pago lo que usted quiera, si me enseña a componer como usted compone”. Y Mozart le contesto en una carta, le dijo: “ mire, no, se lo doy gratis, asómese, salga ahí fuera, salga al patio, y cuando se cruce con la muchacha, mire su sonrisa y cuando vea a un anciano con el bastón vea el ritmo de su bastón, de sus pies, cuando pase un caballo al trote, quédese con ese sonido del trote del caballo, cuando el viento agite los árboles, quédese con el rumor del viento, de la lluvia y después, póngase al piano y tóquelo, porque eso es lo que yo hago, yo me asomo, veo la vida y toco la vida en el piano, y después la anoto para que no se me olvide y para que otros puedan tocar lo que yo he sentido, traspasar la emoción que yo siento cuando veo la vida, la traspaso al piano para que otros puedan disfrutarla. Escribirlo fijamente en la novela, el síndrome de Mozart. ¿Qué es lo que me sigue motivando? Seguir buscando. Podría haber un comportamiento mecánico, hay siete mil síndromes descritos y se cree que puede haber infinitos, es decir, probablemente, pues yo qué sé, es un síndrome lo que yo tengo, no sé, el síndrome de la lágrima fácil, no sé, seguro que tengo uno.

Cualquiera, pues, podría coger y decir, bueno, no es solamente escribir un pequeño relato de la ceguera, una niña, fui a dar una charla a un colegio, y había niñita vestida de blanco como un fantasmita blanco que me miraba fijamente, pero si yo me movía por el escenario a la derecha, ella seguía mirando y ya me tenía cautivado, no, y ya me di cuenta de que efectivamente no me veía. Y al acabar, la maestra me dijo: “María, se llamaba María, quiere quedarse contigo un ratito”, yo dije, yo también con ella, no sé por qué ella se quedó conmigo, y le dije que qué quería y me dijo “me puedes contar el cuento”, habíamos leído Palabras de caramelo, yo ya se lo había leído en voz alta, y ella en Braille, “¿me puedes contar el cuento Palabras de caramelo?” Yo, ¿pero ya lo has leído? “Sí, pero quería que me lo contaras tú”, y yo que sí. Entonces, ella se sentó frente de mí y puso sus dedos en mi cara, y mientras yo iba contando el cuento ella iba así como maripositas tocando mi rostro, mi barba. Y, bueno, llegó un momento muy, muy terrible es ese libro Palabras de caramelo, en el que todos lloramos, los que lo leemos, los que lo escribimos, y al contarlo otra vez, lloro, y ella chapoteaba con las yemas de los dedos mis lágrimas. Entonces escribí un cuentecito sobre eso, nada más, de su manera de percibir, ella necesitaba percibir a través de su tacto, que era su sentido más desarrollado, ese cuento que le había gustado. Pero, quiero decir, yo podría escribir también, decir con ojos, he tenido siempre éxito además escribiendo sobre un niño sordo, he tenido cierto éxito escribiendo sobre un niño con síndrome de Williams, pues voy a escribir ahora sobre la ceguera, sino sobre… y así ir buscando, minusvalías o diferencias para aprovecharme de ello, ¡no!, yo creo que ese no es el camino. Yo sigo, caminando, sigo buscando y sigo esperando que pasen cosas en mi vida. Por eso digo que cuando escribáis, dejéis que las cosas sucedan y después llevadlas al papel para que otros las sientan, como decíamos. Y cuando veáis, buscad también la literatura escrita desde la sinceridad del ser humano que fracasa una y otra vez intentando reflejar la vida, pero que por lo menos sea eso, un reflejo de la vida y no de una idea preconcebida. ¡Muchas gracias!

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Gonzalo Moure (Valencia – España, 1951) Escritor. Estudió Ciencias Políticas en la Universidad Complutense de Madrid. Trabajó como periodista entre 1973 y 1989, fundamentalmente en radio, prensa y prensa especializada en música popular, televisión (como guionista) y publicidad (como creativo). Escribe desde 1989. Su primer libro publicado: Geranium, 1991 (Alfaguara). Imparte charlas en bibliotecas, clubes de lectura, colegios e institutos. Es un autor dedicado a la literatura juvenil, campo en el que ha ganado premios tan importantes como el Gran Angular, el Ala Delta, el Primavera o el Barco de Vapor, entre otros. Su obra es conocida por la atención que presta a los problemas de tipo social y también a la relación entre padres y adolescentes. Los libros publicados para niños y jóvenes: Cama y cuento (2010), El mejor amigo del perro (2007), El movimiento continuo (2007), El remoto decimal (2007), La noche de El Risón (2007) , Soy un caballo (2007), Tuva (2007), A la mierda la bicicleta (2006), El beso del Sáhara (2006), El síndrome Mozart (2006), En un bosque de hoja caduca (2006), Yo, que maté de melancolía al pirata Francis Drake (2005), La zancada del Deyar (2004), Un loto en la nieve (2004), Los caballos de mi tío (2003), Los gigantes de la luna (2003), Maíto Panduro (2002), Palabras de caramelo (2002), El vencejo que quiso tocar el suelo (2000), El bostezo del puma (1999), El oso que leía niños (1998), Nacho Chichones (1997), El alimento de los dioses (1996), Lili, libertad (1996).

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Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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