Escribir para grandes y pequeños

(La experiencia poética en la infancia)

Ana Isabel Conejo

ANA ISABEL CONEJOHe oído decir a algunos profesores que la Poesía es un género demasiado difícil para leerlo en las aulas. Mi respuesta en estos casos es siempre la misma: hagan la prueba. No hay lectores de poesía más entusiastas que los niños. Los niños son poetas por naturaleza. Juegan con la yuxtaposición de significados, con las combinaciones de ritmos y sonidos, con las sorpresas que laten en el interior de las palabras. Inventan imágenes, construyen mundos a través del lenguaje. Una metáfora inesperada puede asombrar a un niño, pero no le desconcierta.

Las dificultades para leer poesía no las tienen los niños, sino, en muchas ocasiones, los adultos encargados de guiarlos en sus primeros pasos como lectores. Muchos enseñantes piensan que para leer bien un poema hay que decodificarlo, traduciendo su significado a un lenguaje más prosaico. Si esto fuese posible, si los poemas pudiesen traducirse a un lenguaje no poético, la poesía sobraría. Entender un poema no equivale a desvelar una intención oculta detrás de cada expresión, ni mucho menos a reconstruir un mensaje que podría haberse comunicado a través de otras palabras. Es verdad que la poesía es enigmática, porque es la literatura del misterio. Pero los interrogantes que plantea la palabra poética no se pueden despachar con respuestas sencillas. Son preguntas que no tienen respuesta. La clase de preguntas que más gusta a los niños.

Hay críticos que resuelven los poemas como si fuesen problemas de matemáticas, y han convencido a muchos profesores de que ese es el enfoque correcto para leer poesía. Esa lectura encorsetada anula la creatividad y desanima a los lectores más jóvenes. En cambio, si dejamos que los niños piensen sobre el poema, si les dejamos que “inventen” (que encuentren) su significado, ellos disfrutarán y crecerán como lectores. Yo tuve la suerte de acceder a algunos grandes poemas de nuestra lengua antes incluso de saber leer. Mi infancia coincidió con la época dorada de los cantautores españoles, y escuché a Lorca, a Alberti, a Miguel Hernández y a muchos otros poetas en la voz de Paco Ibáñez mucho antes de leer sus libros. Eran los tiempos de las excursiones al campo en el viejo Renault seis azul de mi padre (el que más tarde quedaría destrozado en un accidente de coche), y la banda sonora de aquellos viajes lentos y ruidosos, con las ventanillas bajadas y sin aire acondicionado, estaba compuesta de caballos que galopaban hasta enterrarse en el mar, de perfumes de flor de cuchillo, de pueblos que se levantaban sobre sus piedras lunares y de grillos que cantaban por el oeste mientras los caballeros con sus levitas miraban a un puente sin barandillas.

No hizo falta que nadie me explicase aquel universo encantado: ningún gurú, ningún crítico, ningún adulto. Yo sola me di cuenta de que los poemas no se entendían; se vivían. Se leían desde la región de la experiencia fronteriza con el sueño, la risa o el dolor, usando una forma de pensamiento que los mayores llamaban imaginación. Y es que la imaginación es pensamiento, sí. Aunque no utilice la lógica deductiva, aunque se mueva en las grietas de lo que puede expresarse con palabras, es pensamiento porque se trata de una actividad mental generadora de significados.

Un-cocodril-misterios-i1n8191846A los catorce años leí a Rimbaud. Era una niña leyendo los poemas de otro niño. Tampoco en este caso necesité traductores. Para entonces ya me había convertido en una lectora de poesía competente, gracias a que nadie me había explicado nunca el significado de ningún poema. Yo construía los significados. También escribía poesía. Llevaba haciéndolo desde los nueve años. Nunca ha existido para mí una diferencia muy clara entre la experiencia de leer poesía y la experiencia de escribirla. Una cosa lleva naturalmente a la otra. El lector interroga a un texto, se emociona con él, y dialoga con ese texto produciendo nuevos poemas.

Además, para el lector de poesía el texto no termina en la hoja impresa. El texto invade el mundo, se confunde con él. Leer poesía se convierte en una forma de mirar el mundo. Precisamente por eso, porque la poesía es una forma de vivir y de mirar la realidad, debería formar parte de la educación de todos los jóvenes. La poesía puede aportar a la formación una apertura de mente, una capacidad de imaginar y de pensar el mundo que no se pueden adquirir a través de ninguna disciplina académica.

Pero ¿cómo acercar la poesía a los niños? En mi opinión, de la manera más sencilla posible: exponiéndolos a los textos, dejando que los vivan, que los expriman, que disfruten imprimiéndoles significado. Se puede escribir poesía para niños de muchas maneras. Los juegos de palabras y el humor son recursos que suelen funcionar muy bien con estos lectores, pero no toda la poesía infantil tiene que ser necesariamente humorística. Al igual que los lectores adultos, los niños pueden leer en diferentes registros, y limitarlos a uno solo tipo de lectura poética es menospreciar sus capacidades.

Por fortuna, los niños de hoy pueden acceder a una gran variedad de lecturas poéticas. Además de disfrutar de la obra de algunos grandes poetas españoles e hispanoamericanos, tienen a su alcance colecciones de poesía editadas expresamente para ellos, donde encontramos, en ocasiones, textos de gran calidad. Y no solo eso: son muchos los álbumes ilustrados que, sin estar escritos en verso, recurren a un lenguaje poético para realzar y completar el significado de las ilustraciones. Se trata de otra forma de acercar a los niños a la poesía.

Pero eso sí: no debemos perder de vista que entre los lectores más jóvenes existe tantaportada-i6n2075628 (1) diversidad como entre los lectores adultos. Que a un niño no le guste un libro de poemas en particular no significa que no le guste la poesía. Ofrezcámosles variedad, con el fin de que ellos pueden encontrar ese texto mágico, ese poema inolvidable que les abra los ojos de la imaginación y los enganche para siempre a la experiencia poética. En mi caso, ese poema mágico fue un poema de Lorca. No recuerdo ahora el título, aunque me lo sé de memoria. Comienza así: El lagarto está llorando, / la lagarta está llorando, / el lagarto y la lagarta / con delantaritos blancos./ Con cuatro años, yo oía este poema en la voz de Paco Ibañez y me echaba a llorar. Pero era un llanto bueno, un llanto que no se parecía a ningún otro. No era como cuando alguien me quitaba un juguete, o como cuando me reñían… Era un llanto diferente, un llanto de tristeza profunda, pero clara, como un agua muy pura.

Hace mucho tiempo que perdí la capacidad de sentir esa clase de tristeza transparente. Pero cuando me digo en silencio las palabras de aquel poema de Lorca, algo dentro de mí se conmueve todavía, recordando. Por qué me dolía tanto aquel poema, es algo no que no tiene explicación. Tampoco la necesita. Me basta recordarlo como una de las experiencias mágicas y sobrecogedoras de la infancia. A través de la poesía, un niño puede descubrir la belleza, la risa, el asombro o la curiosidad. Se puede descubrir a sí mismo, contemplarse con ojos nuevos, iniciarse en la lectura del texto apasionante y complejo de la realidad. Lo único que tenemos que hacer los adultos para facilitar ese acercamiento entre los niños y los textos es respetar la magia del encuentro sin estropearla. Observar desde el respeto, manteniéndonos a un lado. Nada más… Y nada menos.

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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Una respuesta a Escribir para grandes y pequeños

  1. Es excelente los comentarios de Ana, lo comparto plenamente. Los poemas como ella dice son para vivirlos, no para desmenuzarlos buscando el significado de las palabras. Dejémoslos imaginar y soñar y crear y disfrutar de los sonidos, de los ritmos que guardan los poemas. El poema despierta los sentimientos y las emociones en los lectores. Conozco perfectamente el poema de Gacía Lorca, mis hijas siendo muy pequeñas los decían de memoria, no porque yo les dijera, sino por la musicalidad que él encerraba, también oían las canciones de protestas de españa y también las nuestras. Todo lo disfrutaban enormemente. También yo desde pequeña, solía escuchar a mi madre cantándome poemas del Romancero Gitano. No es a los niños que no les gusta la poesía, sino a los adultos que al no entender el lenguaje de los poemas, evitan leerlos. Pienso como he dicho en otras oportunidades que en cada clases de grandes y pequeños debiera destinarse unos minutos a leer y disfrutar de un poema.

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