La sustancia oculta de los cuentos

Yolanda Reyes

El hilo de la memoriadescarga

Hace mucho, pero muchísimo tiempo, mucho antes de aprender a leer solos, tal vez una voz amada nos contó cuentos. Deberíamos seguir el hilo de la memoria para evocar ese rostro, ese tono de voz, esas manos que iban señalando reinos y palacios lejanos, para construir una arquitectura que no existía entonces y que, sin embargo, era más real que todo lo demás: más real que el borde de esa cama que olvidamos; más real que la habitación o el patio o las noches de aquellos tiempos… más real que nuestras caras de entonces.
Y ahora, cuando ya hemos olvidado el rostro que tuvimos y la edad exacta y el vestido, tal vez seguimos acordándonos de algún retazo de la historia, de alguna fórmula mágica de inicio, de algunas palabras que se repetían como un canto y que nombraban todo aquello de lo que no se hablaba durante el resto de las horas, todo aquello que no se decía en las visitas ni en la mesa ni en la fila del colegio…
El primer cuento que recuerdo, tal vez el más triste de los cuentos que conozco, más que cuento era letanía e indagaba, como en el fondo lo hace siempre la literatura, en los misterios de la vida, con dos de sus dramas recurrentes: el amor y la muerte. Era la historia de la Cucarachita Martínez contada por mi abuela muchas noches a la misma hora. Por si no saben el cuento, la Cucarachita, barre que te barre la puerta de su casa, encontraba una moneda, y con la moneda se compraba una cinta para el pelo. Y luego, así, tan linda, se sentaba en esa misma puerta a esperar que alguien la enamorara. Pasaban el perro, el gato y otros animales, y todos le decían la misma frase: “Cucarachita, cómo te ves de bonita. De corazón te lo pido, ¿quieres casarte conmigo?”. Ella, como se acostumbra en los cuentos tradicionales, contestaba siempre igual: “Eso depende: ¿cómo me enamorarás?”.
El perro decía “guau”, el gato decía “miau” y ella volvía a contestar, invariablemente: “¡Ay, no!… Sigue tu camino que me asustas, me espantas y me asombras”. Hasta que llegaba el Ratón Pérez y cuando ella decía “Eso depende: ¿cómo me enamorarás?”, el Ratón Pérez susurraba un suave “bsbsbs” y ella quedaba prendada. Inmediatamente se casaban, pero la historia no tenía final feliz porque unos días luego de la boda, la Cucarachita dejaba al Ratón Pérez revolviendo un sancocho y el pobre se ahogaba entre la olla.
De repente todo se volvía muy triste. La Cucarachita se sentaba a llorar y un pajarito que pasaba le preguntaba por qué estaba tan triste. Ella contestaba: “Porque el Ratón Pérez se cayó en la olla y la Cucarachita lo siente y lo llora”… Entonces, el pajarito se unía al duelo y decía: “Pues yo, pajarito, me corto el piquito”… Y pasaba la paloma y le preguntaba
al pajarito por qué se había cortado el piquito y la letanía recomenzaba: “Porque el Ratón td6bPérez se cayó en la olla y la Cucarachita lo siente y lo llora y que el pajarito se cortó el piquito”. Y la paloma decía: “Pues yo, la paloma, me corto la cola”… Y cuando el palomar llegaba a preguntar, se ponía igual de triste y decía: “Pues yo, palomar, voy me a derribar”, y se sumaba al coro y la letanía se iba haciendo cada vez más larga y aparecían nuevos personajes que repetían la misma retahíla: Porque el Ratón Pérez se cayó en la olla y la Cucarachita lo siente lo llora y que el pajarito se cortó el piquito, y que la paloma se cortó la cola y que el palomar fuese a derribar y la fuente clara se puso a llorar. Y yo que lo cuento acabo en lamento porque el Ratón Pérez se cayó en la olla y la cucarachita lo siente y lo llora….
Y así sucesivamente, el duelo se iba apoderando de todo y las palabras eran tristes pero, de tanto repetirse, parecían tener poderes curativos… Obviamente, eso lo pienso ahora porque entonces yo no sabía qué circulaba debajo de esas palabras que mi abuela me contaba. Quizás tampoco ella lo sabía: sencillamente, éramos dos personas muy cercanas, cuerpo a cuerpo, cara a cara, hablando sin hablar todas las noches, de los misterios de la vida y de la muerte y del amor.
Creo que, de eso, exactamente, se trata la literatura. Y creo que los lectores de cualquier edad, cuando nos refugiamos en la cadena de palabras de un libro, seguimos buscando esa posibilidad, muchas veces descubierta al lado de esas primeras voces y de esas primeras historias inscritas en nosotros, de nombrar, en un idioma secreto, en un Idioma Otro, aquellos misterios esenciales que nunca logramos entender: la vida y la muerte…
Y lo que hay en la mitad.

El lugar de la literatura

Compartir una lengua es compartir, de cierta forma, un código común y, por ello, si escribo la palabra “casa”, puedo tener la seguridad de que quienes comparten mi lengua evocarán en su mente el concepto de casa. Sin embargo, ninguna de las imágenes mentales corresponde al significado estándar del diccionario: habrá mansiones, apartamentos o casas de campo; algunas serán grandes y otras pequeñas. Muchos irán más lejos y asociarán la palabra con un olor particular, con una cierta sensación de seguridad o de calor de hogar, con una añoranza o con sus propios secretos. Y eso sucede porque todos vivimos en casas distintas.
Valgámonos de esa imagen para ilustrar nuestra relación con la lengua: cada ser humano va apropiándose del código a través de sus propias experiencias vitales y suele formar sus significados, más allá de un diccionario, mediante una trama compleja de relaciones y de historias. Así, debajo de las etiquetas, el lenguaje que habitamos oculta zonas privadas y personales, y junto a las zonas iluminadas existen grandes zonas de penumbra.
¿Qué significado tiene todo esto para la enseñanza de la literatura? Pues nada menos que el reconocimiento de esas zonas. Porque no es lo mismo leer un manual de instrucciones para conectar un horno que leer un cuento de hadas. Para conectar un horno se deben seguir unos pasos de manera literal y obediente, pues lo contrario puede ocasionar un cortocircuito. Sin embargo, en el caso de los cuentos, de los poemas y de la literatura toda, son precisamente la libertad del lector y, de cierta forma, su desobediencia al sentido literal de las palabras las que le permiten “comprender” en toda su dimensión. Aunque para las dos tipos de lectura hablemos de comprender, el tipo de comprensión que se establece es muy distinto. Para entender un cuento es necesario conectarlo con sensaciones, emociones, ritmos interiores, evocaciones como las que hicimos al comienzo, símbolos tal vez arcaicos y zonas recónditas y secretas de nuestra experiencia. descarga (1)
Si bien los dos tipos de lecturas – el manual de instrucciones y el cuento de hadas – comparten muchas palabras, hay algo en ellas que nos hace a nosotros, como lectores, entrar en dinámicas diferentes. Y la escuela debe enseñar a leer de todas las formas posibles y con diversos propósitos. Porque necesitamos seguir instrucciones cada vez más complejas, no solo para conectar hornos, sino para que una nave pueda despegar y explorar lugares remotos. Pero también necesitamos, y cada vez con mayor urgencia, explorar el fondo de nosotros mismos y conectarnos, desde ahí, con esos otros, iguales y diferentes, que comparten nuestras raíces humanas, nuestros sueños y nuestros terrores. Así como algunas veces debemos ser obedientes o literales y otras veces requerimos analizar con exactitud textos científicos y académicos – y no niego que esto también puede y debe enseñarse – también necesitamos herramientas para hacer lecturas libres y transgresoras, para conversar profundamente con nosotros mismos y con esas otras voces, en ese idioma secreto que fluía entre nosotros y nuestros narradores privados mientras compartíamos un cuento.
Por hablar en ese Idioma Otro, y por nombrar esas “habitaciones propias”, la literatura debe ser leída y sentida desde la propia vida. El que escribe estrena las palabras y las reinventa cada vez, para imprimirles su huella personal. Y el que lee literatura recrea ese proceso de invención para descifrar y descifrarse en el lenguaje secreto de otro. Es este un proceso complejo que compromete, por decir lo menos, a dos sujetos, con toda su experiencia, con toda su historia, con sus lecturas previas, con su sensibilidad, con su imaginación y con su poder de situarse más allá de sí mismos. Se trata de una experiencia de lectura compleja y, hay que decirlo, difícil, pero se puede enseñar. Así como se enseñan y se aprenden números, vocales o competencias semánticas, es posible “enseñar” la experiencia esencial de la literatura: es decir, su poder para revelarnos sentidos ocultos y secretos; para conmovernos y aterrarnos y zarandearnos y nombrarnos y hacernos reír o temblar, y para hablar de todo aquello que no se dice, de labios para afuera, en las visitas.
Cabe, entonces, y sé que muchos de ustedes lo creen y lo hacen posible todos los días, promover una pedagogía de la literatura que dé cabida a la imaginación de alumnos y maestros y al libre ejercicio de su sensibilidad, para impulsarlos a ser re-creadores de los textos.

Lo que sí puede enseñar la literatura

En medio de la avalancha de mensajes y de estímulos externos, la experiencia literaria brinda a los lectores unas coordenadas para nombrarse y leerse en esos mundos simbólicos que han construido otros seres humanos: los que están aquí y ahora, pero también los que viven lejos y los que ya se han ido. Y aunque leer literatura no cambie el mundo, sí puede hacerlo más habitable, porque el hecho de vernos en perspectiva y de reconocernos en la experiencia de otros contribuye a abrir nuevas puertas para la sensibilidad y el entendimiento de nosotros y de los otros.
Necesitamos poemas, cuentos y toda la literatura posible en nuestras escuelas porque necesitamos pasar la vida por el tamiz de las palabras; porque necesitamos integrar los hechos, a veces absurdos y a veces aleatorios, y darles una ilación y porque, viéndolo bien, nuestra tarea desde que comenzamos a tener palabras, es construir sentido. Necesitamos literatura porque la experiencia de los demás nos ayuda a entender cómo lo hicieron otros, para emprender la antigua tarea del “conócete a ti mismo” y “conoce a los demás” y para abrir las puertas al Reino de la Posibilidad, pero no como una “Posibilidad” ingenua o fantasiosa, sino como esa mezcla incierta entre lo dado y lo que está por construir, por inventar.
Estoy hablando de un campo donde el lenguaje se está construyendo; de un campo que nunca es inmutable. Y la literatura nos permite rebobinar la vida, como la rebobinamos en los sueños, para contarnos algo de nosotros mismos que no resulta fácil ver en horas de vigilia, que tiene que decantarse por otros caminos: en el mundo simbólico.
O como diría Evelio Cabrejo, “la literatura es el pulmón de la psiquis, en tanto que la deja respirar de otra manera”.
El reto fundamental de un maestro es dar de leer y acompañar a sus alumnos a leer, creando, a la vez, un clima de introspección y unas condiciones de diálogo para que, alrededor de cada texto, puedan tejerse las voces, las experiencias y las particularidades de cada niño, de cada niña, de cada joven de carne y hueso, con su nombre y con su historia. Si
nuestra vida es una sucesión de gestos que otros han inaugurado y que nosotros repetimos, transformamos y dotamos de sentido, quizás al dar de leer podemos darle a cada niño una caja de herramientas que le ayude en la tarea de inventar su propia vida, entre lo dado y lo posible.
portada-libro-canta_grandeUn maestro de literatura es, por encima de todo, una voz que cuenta, una mano que inventa palacios y arquitecturas imposibles: alguien que abre puertas prohibidas y que traza caminos entre el alma de los libros y el alma de los lectores. Y para hacer su trabajo, no debe olvidar que, más allá de maestro, es también un ser humano, con zonas de luz y sombra; con una vida secreta y una casa de palabras que tiene su propia historia. Su labor, como la literatura misma, es riesgo e incertidumbre. Su oficio privilegiado es, básicamente, leer. Y sus textos de lectura no son solo los libros sino también sus lectores: quiénes son, cómo se llaman, qué buscan, a qué le temen, qué sueñan… No se trata de un oficio, sino de una actitud de vida. No figura en los currículos ni en los textos escolares ni en el manual de funciones, pero se puede enseñar. Y un maestro puede “enseñar”, vale decir transmitir, el amor por la literatura mediante su actitud vital, que es el texto por excelencia de sus alumnos. Cuando salgan del colegio y olviden fechas y nombres, podrán recordar la esencia de esas conversaciones de vida que se tejían entre líneas, cuando su maestro sacaba un libro y compartía con ellos la emoción de una historia, sin pedirles nada a cambio. Porque en el fondo, los libros son eso: conversaciones de vida. Y sobre la vida sí que es urgente aprender a conversar.
Creo que leemos para conversar, y decir y decirnos, sin entender nunca del todo. Como la Cucarachita cuando se refugiaba en esa letanía, cada vez con más voces y ese “ser en las palabras”, ese fluir con las palabras de otros, era como un hechizo que, de cierta forma, sanaba el dolor, mediante el rito de nombrarlo.
Tal vez el tiempo, que siempre va tan de prisa, borre en sus estudiantes los rostros de ahora y las coordenadas del salón donde ustedes les leen cuentos, sin pedirles nada a cambio, salvo sus caras de expectación, terror, asombro o deleite… Pero quizás cuando sean grandes lectores se acuerden de algún cuento entrañable que los marcó para siempre y de una voz que decía: “Érase una vez, hace mucho, pero muchísimo tiempo, en un país muy lejano…”.
Y quizás ya nadie esté ahí para ponerles una condecoración ni para dar fe del milagro. Pero así es como se van haciendo los lectores: cuerpo a cuerpo, en una habitación, en un salón de clase, en una biblioteca… Cuento a cuento. Y uno por uno.

Yolanda Reyes
Fundadora del Taller Espantapájaros y escritora. Entre sus obras figuran El terror de sexto B, Los años terribles, Los agujeros negros, Una cama para tres, El libro que canta, Pasajera en tránsito y el ensayo La casa imaginaria: lectura y literatura en la primera infancia. Es columnista del diario El Tiempo de Colombia.

Cortesía Ministerio de Educación Nacional de Colombia. LEER para comprender, ESCRIBIR para transformar. Palabras que abren nuevos caminos en la escuela.

Anuncios

Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
Esta entrada fue publicada en Ensayo, Lectura y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a La sustancia oculta de los cuentos

  1. GIONDELYS ANTONIO MONTILLA SANTIAGO dijo:

    muy bueno

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s