La poesía, los niños y los diminutivos

Morita Carrillo

morita carrilloMucho se habla del abuso del diminutivo en la poesía infantil, y en verdad que es un tema muy digno de ser estudiado detenidamente. Pero hoy sólo haremos unas ligeras consideraciones, basadas en propias y ajenas experiencias. Empezaremos recordando  las palabras del escritor y crítico argentino Ernesto Morales, quien dice: “Poesía infantil es la poesía hecha para que los niños la digan como si fuese suya”. Estamos plenamente de acuerdo: versos como zumbido amoroso salieron del corazón del poeta, se adaptan a la medida  de la imaginación del niño. Recuérdese ahora, que el niño cuando habla, cuando siente, cuando vive el diario acontecer, hace un mundo a su imagen y semejanza. Un mundo chiquito donde todo le obedece y es leal, o por contraposición, un mundo agigantado, donde las imágenes –crecidas como reyes de humo o ángeles de azules nieblas- , pueden desvanecerse de un momento a otro. Un mundo que no corresponde a la realidad circundante, sino a la realidad  interior del niño.

Mal podría excluirse pues, de ese paraíso – la niñez es el verdadero paraíso terrenal –, el diminutivo. Por supuesto  que lo que justificamos es el uso y no el abuso del diminutivo. Dentro del lenguaje infantil anda grácil y saltarino.   ¡Si lográramos usarlos con la naturalidad con que lo usan esos  pequeños  dioses de la ternura juguetona: jamás traído por los cabellos, siempre dulce y oportuno.

Es indudable, que los diminutivos van disminuyendo en razón inversa con el crecimiento; encontrándose que en el vocabulario de los niños mayores, son menos frecuentes, a veces de una escasez casi total.

Pero nuestra primordial  intención es dejar dicho, que el desprestigio del diminutivo se debe al error de creer que la poesía  infantil se logra a base de él; que las vivencias íntimas  y breves, deben su brevedad al vocabulario en miniatura. Es tan antinatural, como truncar un árbol  para que sea chiquito. Las cosas son pequeñas, tienen gracia niña, cuando no  han alcanzado crecimiento espontáneo, y no cuando se comprimen para hacerlas entrar donde no caben. Recuerda esto el caso de los dedos del pie, recortados por las hermanas de la Cenicienta, para  calzar el zapatito mágico, que no pudo calzar, sin embargo…

Celebrando el “no-cumpleaños” con un buen libro. Ilustración de Mad Hatter

Celebrando el “no-cumpleaños” con un buen libro. Ilustración de Mad Hatter

En cambio dentro de la poesía lograda, va el diminutivo jubiloso y triunfante; fluido y dispuesto a entrar siempre en contacto con la casualidad maravillosa. Más que sonido de palabra, tendrá parloteo de agua purísima. Recuérdese que son ellos de naturaleza diminutamente vibrante – por eso constituyen una de las características de la niñez –. Por decirlo así  constelación de chispas en el cielo alucinante del candoroso vocabulario.

El niño lo quiere, lo defiende, se detiene en él, porque el diminutivo traduce su expresividad cariñosa, sazona su dulzura. De modo que, muy lógico sería aceptar una forma de decir acomodada de su íntima verdad emocional. Por razones muy explicables, a los niños les complace moverse, con sus pequeñas alas primitivas, dentro de ese ámbito  de eterna vigencia  y de las más tiernas posibilidades. ¿Verdad que alrededor de los pequeños que no son queridos se teje una como  ilusión voluntaria para verlo todo del mismo color de sus inocentes sueños? Aunque momentáneamente, el espíritu adulto, sosteniendo levedad, sabe percibir ese vuelo de mariposilla subjetiva que singulariza  el lenguaje de los ángeles  de la tierra. Digamos  alguien que no él ha parecido armoniosa, natural y hasta llena de brevísimo donaire, la espiguita (¿espiga?)   de música — no de otra manera puede llamarse  la dulce voz de una criatura – que al hablar del bebé, se refiere a “sus ojitos”, “su boquita”, “sus camisitas”, desenvolviendo sus relaciones mínimas con gracia incomparable.. Para muchos, han de resultar ciertos hechos  traídos a colación, de una alarmante simplicidad, pero también es muy cierto que aportarán luz  en el asunto a tratar. Por ejemplo, ante la gallina clueca con su pollada, ningún niño hablará de “pollos” sino de “pollitos”, es pues, en éste como en infinidad de casos, una necesidad el diminutivo, ante el deseo que siente el niño, de expresar sus sentimientos y reacciones cabalmente.

Por todo lo cual afirmamos, que el hábito de candorosa brevedad que emana de ese país de los liliputienses, de esa como familia  de primores, tiene en el diminutivo un poderoso aliado: el diminutivo lleva consigo el oficio de la ternura; su trabajo es metamorfosear personas, animales y cosas, en seres ideales, que por la transfiguración , se adaptan nítidamente  al mundo extraordinario , donde  como dijimos antes, todo obedece al niño y le es leal; donde las formas  aladas, de la más pura ficción, sientan dominio, invadiendo la vida real. Este — como hemos afirmado sin vacilar— es el auténtico paraíso  terrenal. Ese  paraíso  de la pureza donde la relación con la realidad está vedada, que la fabulación hizo geográfico  y que el alma descubre en un maravilloso milagro de reencuentro. Es permanente para el niño; el adulto puede hacer en él momentáneas  incursiones, valga decir, en estado de gracia, porque para los adultos, la infancia es el paraíso perdido. Es la etapa más nítida de la niñez; una verdadera isla de imaginismo, donde el niño habla y sus ideas le responden: monologa y su monólogo dice el embeleso, el conflicto o la alegría que están viviendo sus sentidos. Bajo el toldo inocente de su lenguaje, liberados de todo prejuicio se dan cita los diminutivos.

Pero no al diminutivo en el vocabulario de los niños sino en la poesía infantil, es que nos vamos a referir, para demostrar que es elemento            que viene a llenar una función  de ternura, atendiendo a una necesidad psicológica y hasta llegando a ser un modificativo indispensable.

Escogemos al azar un poema: “Zapatitos de Lluvia”, y digamos refiriéndonos a su autor, Jacinto Fombona Pachano: cada palabra es savia de la fuerza poética que muere su alma.

ZAPATITOS DE LLUVIA

Zapatitos de lluvia

calza

la pordiosera.

Se los dio su madrina

que es hilandera.

Zapatitos de lluvia

calza

resplandecientes.

Con lazos de arco-iris

se los anuda,

con lazos de arco-iris

y de ponientes.

Zapatitos de lluvia

calza

por los senderos.

Cuando la niña pisa

saltan luceros.

Zapatero:

Su madre no tenía

para  los tuyos.

En cambio,

la madrina hilandera

los teje al gusto:

de agua, de luz, de brisa,

de lo que quieras.

Zapatitos de lluvia

calza

la pordiosera.

Cuántos libros para lee. Ilustración de Aileen Leijte

Cuántos libros para lee. Ilustración de Aileen Leijte

Como vemos en dicho poema, todo belleza y luz de imaginadas aguas, la ingrávida presencia del diminutivo, sin avergonzarse de su verdad, como hierbita desnuda, cumple un cometido de gracia, de condicionamiento esencial, porque si la pordiosera usara zapatos de lluvia, la deprimente pobreza  abriendo alas oscuras sobre el humano ser en cuestión , apagaría  a la belleza sus estrellas; pero es el caso, que “ los zapatitos”, idealizan  al ser de menudos pies que va con ellos y convierte la cara fea de la miseria en maravillosa nostalgia.

Encontramos  pues, uno de esos diminutivos indispensables. Otro caso concreto, muy interesante, lo hallamos en el tan conocido y bello poema de Miguel R. Utrera, “Viaje”, donde el diminutivo, como al llamado de un conjuro, brota para atenuar el color de las palabras, e intensificando su facultad, modifica la idea de la muerte. Veamos

“A través del patio

va el leve cortejo.

     Llevan las hormigas

  un grillito muerto”.

Es tan leve y traslúcida la imagen del pequeño animal, de la criatura poética, que lo que llegaría a ser para el ánimo, casi grotesco, es decir, la idea del grillo muerto, pasa a un  plano de idealismo suave y cristalino, aunque en el cortejo vayan “todos las  hormigas vestidas de negro”.

La gallina pinta, otra parte y el gallo guineo, desentonarían en un ámbito habitado por una azul intimidad de cosas chiquitas, donde la contraposición es inoperante y la melancolía  cariñosa sienta sus excelencias. Queda en esta forma hermosamente resuelto:

“Gallinita pinta,

gallito guineo

es bueno que ustedes

se den un paseo”.

Yéndonos a otro aspecto, no pocas veces el diminutivo dignifica la calidad de los hechos, llegando hasta  ser soporte de la cosa pura, como sucede en el caso siguiente:

“Después de juego y juego,

se duermen regaditos

por el cielo

los ángeles de niebla.

La luna los recoge

uno a uno

en sus cunas los coloca,

como una gota blanca

que lleva sus gaticos

en la boca.

Como bien podemos observar, el participio regaditos, cambia el panorama poético cabalmente, borrando la idea de orgía que podría dar, el imaginarse a los ángeles – celestiales criaturas amadas de los niños – en completo desorden y desagradables amontonamiento, para sentirlos convertidos por obra y gracia del diminutivo, en pequeñines alados, que tienen encima, por todo un bagaje un pañal de inocencia y sonríen en sueños, con la sonrisa inconfundible de los mansos. Refiriéndonos al diminutivo que encontramos más adelante, nos parece casi innecesario justificar su presencia, ya que, el simple intento de hacer que una gata blanca llevara sus gatos en la boca, harían añicos el poema. Vamos a transcribir en seguida y en nuestro empeño de mostrar el diminutivo como elemento funcional, parte del poema “Meneno” de Arvelo Torrealba.

“Meneno, esta mañanita

 el pollinito lanudo

corriendo en el callejón,

    se gano a todos los burros.

Meneno esta nochecita

¡el guarracuco en la mata!

¡Métete en la casa oscura,

    un dulce a que no lo llamas!”

Como podemos apreciar, mañanita y nochecita, son términos que dicen a cabalidad lo que quieren decir, siendo insustituible, ya que la mañanita está al borde de la mañana, es su antesala: una especie de zaguán  de paisaje para que pase el día. De nochecita podemos decir  cosas paralelas, porque la nochecita es el momento estirado entre el último venadito de luz rosada y la primera estrella. Queda pues establecido, que los diminutivos  mañanita y nochecita, no podrían ser sustituidos por mañana y noche.

Pero no queremos concluir  este trabajo sin hacer hincapié en que, en este género, el poema tiene validez, no porque esté saturado de diminutivos, sino porque el poeta logre infundirle el aliento infantil, y venga a encender una mínima estrella en el alma niña…

(*) CARRILLO, Morita. “La poesía, los niños y los diminutivos (Revista Nacional de Cultura Nº140-141, Año XXII, mayo-agosto 1960, Ed. Ministerio de Educación, Caracas) pp.162-168.

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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2 respuestas a La poesía, los niños y los diminutivos

  1. María Belén dijo:

    Muy buenos artículos!! Gracias por compartirlos!!!

    Me gusta

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