El diario: bien íntimo, secreto público

Sol Linares sol linares

El peligro de llevar un diario es que se exagera todo, uno está al acecho, forzando continuamente la verdad. Esto lo dijo Jean-Paul Sartre entre las líneas de La Náusea, guiado por la voz de Antoine Roquetin, un personaje caracterizado por su interés histórico que trabaja sobre la vida de un burgués del siglo XVIII. Pensar en esta interpretación de Sartre me hace creer que pondera al diario como la realización de un discurso sospechoso, principalmente porque pareciera que nada ocurre sin nuestra intervención, sin que todo esté elaborado por el punto de vista de un escritor guiado por la necesidad de exponerse. Pero, si el diario siempre será una buena excusa para ensayar sobre uno mismo, cuya pretensión quizá sea glamorizar incluso nuestra materia inacabada, aunque tenga el diario todas las características de un artificio menor, es apropiado preguntarnos entonces ¿qué se exagera y qué forzamos?

Al principio, en la adolescencia, los diarios nacen con el impulso de una nueva vitalidad, con el descubrimiento intempestivo de nuestro cuerpo que comienza a vivir bajo lógicas distintas a las de la infancia, o mejor, lógicas insospechadas. Posiblemente en esta etapa los diarios surjan del descubrimiento del deseo, del odio, del amor, de nuestras primeras confrontaciones con el mundo y la necesidad de reflexionar sobre él bajo los efectos de un dolor íntimo, marcado por nuestras primeras vergüenzas, sobre todo al revelarnos como seres capaces de amar, de odiar, de vengarse, de mentir, de lastimar.

Comenzamos a escribir un diario entre el pudor que deja la recién perdida inocencia de la infancia, la presión social de administrar la verdad, y a veces, la estupefacción que causa escuchar nuestra voz narrando lo que vivimos, un poco mareados por la intensidad de la vida. Así pues, el diario tiene la buena intención de retratarnos, cuya realización intensifica la curiosidad de los padres a quienes también toman por sorpresa las novedades de sus hijos. Todo esto a pesar de tener la conciencia de que un diario, esté protegido con delicados candaditos o mínimas cerraduras (como construidos para pequeños secretos), no son lugares muy seguros para guardar intimidades, a lo que muchos adolescentes responden con escrituras ocultas, veladas por símbolos que establece todo un sistema paralelo al lenguaje original.

Reflexionando o soñando. Ilustración de Claire

Reflexionando o soñando. Ilustración de Claire

Sin embargo, con los años, precisamente esta aceptación de la fragilidad de la verdad permite que la verdad no sea guardada tan celosamente y el terror a decir algo valioso sobre nosotros mismos pierde rigor, de manera que esos diarios herméticos y deleznables, que una vez cuidamos celosamente, se transforman en cuadernos más robustos y espontáneos, sin más protocolo que la fecha de nuestras anécdotas.

Para entonces, se agrega otra pasión a la aventura de ejercitar un diario: el placer de contarnos.

Curiosamente, la experiencia del diario es tanto más placentera en la medida en que nuestra aproximación al lenguaje materno se expande; ver las posibilidades del lenguaje propio garantiza de alguna manera una mayor claridad sobre nosotros mismos. Se trata de un fenómeno que corre paralelamente a otros. Al escribir un diario, sobre todo cuando tenemos cuidado de emparejar las emociones con la razón sin que ninguna de las dos estropee a la otra o quiera imponerse, entendemos que hay en nosotros una disposición a la apertura, una dimensión en la que el ser retórico ampara y defiende al ser que vive; la retórica de la intimidad lo explica, y hay fe en esa explicación, hay fe en la búsqueda de la verdad, aunque finalmente el objetivo oculto no sea la verdad sino la desnudez y la constitución del ser., todo esto moviéndose alrededor de un milagro humano, de una conquista personal y única: el reconocimiento de nuestra propia voz y el poder que tiene para expresarnos. De manera que percibimos esta primera voz, sin duda, como una forma auténtica de valentía, que aunque dueña de un oculto artificio, pues elige muy bien los efectos del contarse mientras desentraña los nudos conflictivos, es, finalmente, quien genera la carga de una delicada identidad. Escribir sobre sí mismos nos imprime el refinamiento de quien se elabora silenciosamente, pensándose (ya sabemos que escribir es pensar sin hacer ruido). Por lo tanto, se tratará de una conquista dolorosa, conscientes como estamos de la indefensión de la primera persona, sin ardides que la protejan de cualquier tipo de juicios, teniendo, además, que hacerse responsable por todo cuanto dice y vive, cumpliéndose, óigase bien, un doble compromiso, aquel que no solo consiste en hacerse responsable de las consecuencias por lo contado, sino, a su vez, defenderlo. Esta especie de fatalidad convierte a nuestra propia voz en una conquista sumamente importante, porque al elegir nuestra voz como vía comunicante elegimos también un dominio sobre lo externo, es decir, también decidimos qué tipo de juicios nos afectan. A partir de entonces se funda en el  escritor de su diario un juicio superior que estará atento a todo cuanto ocurre y la forma en que le perturba, y será su voz el juez quien determinará si se trata de una experiencia auténtica, valiosa o trivial.

Escribir, leer, vivir Ilustración de Adrian Borda

Escribir, leer, vivir Ilustración de Adrian Borda

Ahora bien, no todo lo que acontece en nuestras vidas es definitivamente sobresaliente. Se entiende entonces que el diario sea el género al que mejor le luce la trivialidad, y no por esto debemos subestimarlo, hacerlo a un lado con el gesto despectivo de que se libera de una forma de comunicación voluble, superficial y antojadiza. Se trata de una trivialidad que no será vista de esta forma, pues su íntimo escritor (y es aquí donde el diario limita con un excelente ejercicio literario), hará todo lo que esté a su alcance para narrar, con un lenguaje cada vez más apropiado, las anécdotas más triviales sin que lleguen a ser vulgares, al contrario, es el responsable de que esas experiencias alcancen una exposición bella, limpia y efectiva, aunque estemos hablando de nuestra capacidad para ahogar a un gato sin cerrar los ojos, de limpiar el baño, de la sensación del primer beso o de nuestra visión sobre los cuentos Hoffman.

Nótese que es en el área de la selección de anécdotas donde interviene nuestra intuición. Desde que comenzamos el diario, se ha ido desarrollando en nosotros la perspicacia de saber qué tipo de anécdota es propicia retratar, desde qué lugar, y con cuáles tonos.

Posiblemente, a partir de la captura de las anécdotas solemos forzar lo real, extraerle más de lo que plantea su circunstancia, y sin embargo, si lo entendemos tal como Sartre lo ha esbozado, implicaría también aceptar una disposición nuestra a falsear no sólo los hechos, sino las mismas emociones con las que se recibe aquella realidad. Oponerse a esta idea sería irrespetar el gran artificio del diario, que intenta recoger nuestra naturaleza a la vez que la supera. Pero quisiera ir al auxilio de la voz y del diciente, sin que deba traicionarla tan pronto como lo vea posible.

Para esto es pertinente interrogarnos ya mismo: ¿Todo se cuenta en el diario? Me parece que no, salvo excepciones como las 35.000 páginas de los diarios de Anaïs Nin, y sin embargo, ¡cuánto de imaginación tienen! No podía Anaïs hacerlo de otra forma si quería demostrarse a sí misma el dominio de la libertad, que hace que sus precursores imponga un estilo al comandar por sí solos la búsqueda de ella. Pero volviendo a nuestro interés, quizá lo que se decida contar dependa mucho de la naturaleza del diario y lo que su íntimo pretenda hacer con él. Ciertamente el escritor del diario tamiza los hechos, que ordena y sistematiza en la medida en que se van contando. El escritor del diario selecciona lo que debe exagerar, simular, codificar y regular. La exageración, por ejemplo, no es un defecto per se, al contrario, es un recurso casi inocente, y busca la proyección de una emotividad que quiere ser vivida de nuevo en una futura lectura. Regular la emotividad es quizá el ejercicio por el cual el escritor de su diario aprenderá a contenerse, cuando en esta medida descubre la piedad hacia sí mismo y hacia el mundo, pues no siempre la emoción es una garantía de la realidad, y es importante que aclare que no estoy acusándola de engañosa. No lo es. La emotividad es simplemente transitoria; nos demuestra que un objeto visto a través de la angustia no será el mismo que visto a través del amor, o de la indiferencia, de manera que la razón cumple aquí una importante tarea, la de distanciar al íntimo del objeto y posibilitar un mejor retrato, dado que es la razón a la par de la imaginación, quien trasciende los objetos y los profundiza.

Se preguntarán qué puede hacer la imaginación a favor del íntimo.

Nunca he sido fiel a la idea de que la imaginación tenga sólo la mera función de trastocar, Inventar o transgredir. Pienso que es precisamente la imaginación quien se encarga de completar el sentido de todo aquello que la razón no puede abarcar. Las artes en general se valen de la imaginación para acceder a la comprensión total de los objetos, del hombre, del mundo; es la imaginación quien completa su conocer, la que expresa el lado oculto del mundo cuando la luz o la razón iluminan sólo una parte de su cara. La imaginación devela lo que no está iluminado. Entonces, la creatividad pudiera plantearse como todas las posibles soluciones que usa la imaginación para resolver la forma de iluminar, de develar la otra cara de las cosas. La razón alcanza un límite de conocimiento (debido al nivel de información) que la imaginación completa. La imaginación es conocimiento puro. Cuando imaginamos estamos conociendo las infinitas posibilidades de las cosas, es una de las formas de reflexión más sorpresiva, y es natural encontrar personas maduras emocional y psicológicamente respecto a su capacidad imaginativa.

¿Es posible esta hazaña, justo cuando el diario parece preferir las sensaciones? El diario nos da un derecho inesperado, el derecho de poder contradecirnos. Aceptarlo como un espacio para la contradicción facilita la búsqueda de nuestra unidad, precisamente porque es la contradicción la que permite que exploremos todas nuestras posibilidades.

Descansando, soñando. Ilustración de Yevgenia Nayberg

Descansando, soñando. Ilustración de Yevgenia Nayberg

A esta altura no creo que forzar la realidad o falsear emociones sea un defecto repulsivo del diario, aunque aparentemente su naturaleza medie entre la hipocresía y la exactitud. Nada más lejos de esto. Quien escribe un diario, o una carta, le escribe a un tercero quizá tanto o más importante que un posible lector. Y es que escribe un yo real a un yo ideal. Esto nos explica, al encontrarnos frente a una carta o a un diario, la sensación latente de la búsqueda de perfección, sea del tipo que fuere, la más libérrima o sádica, la virtuosa o intelectual, la ideológica o la mística. Esto hace del diario una trampa bondadosa, porque parte de ti para alcanzar un yo que mientras más se ensaya, más se encuentra a la altura de una mirada ética del conflicto, que es, quizá, conseguir la mayor expresión de su lucidez. Un diario en el cual se plantee registrar los rasgos de la locura de su íntimo, se irá perfeccionando de tal manera que incluso aquella locura se verá a sí misma encausada hacia la más alta declaración, perfecta en sí misma por cuanto atañe al desmantelamiento del hombre como mito.

Afortunadamente los diarios gustan de publicarse. Su íntimo no se resiste por mucho tiempo a la idea de ser leído, y lo que en principio parece un acto egocéntrico, termina siendo el último sacrificio del yo, el último gesto de valentía ante todo un pelotón de lectores que recibirán el detalle apasionado de un ser humano, ganado para las ideas, las pasiones, la maldad, o la virtud. Porque sabemos que el lector de diarios busca encontrarse con los hombres, con lo íntimo del ser humano. El íntimo le ofrenda al lector la joya de su intimidad, de su única y conmovedora particularidad, que hace pública, gracias a lo cual muchas veces el lector se pondrá del lado de aquel hombre, de aquella mujer, aunque su propia miseria le haya condenado.

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Sol Linares. Cuentista y novelista. Licenciada en Castellano y Literatura por la Universidad de Los Andes y tallerista de la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello. Actualmente trabaja para la Fundación Librerías del Sur en la ciudad de Valera. En 2006 ganó el Premio Nacional de Cuentos de la III Bienal de Literatura Ramón Palomares con el libro Cuentafarsas, Fondo Editorial Arturo Cardozo, 2007; Fondo Editorial Fundarte, 2010. Con la novela Percusión y Tomate obtuvo el Premio del Primer Concurso Latinoamericano de Novela Alba Narrativa 2010, título que fue publicado por la Editorial Arte y Literatura en el 2010.

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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2 respuestas a El diario: bien íntimo, secreto público

  1. Irene Rojas dijo:

    Me parece muy interesante el artículo.

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