La aventura de jugar y la narración

José Gregorio Bello Porras

La lectura y su relación con lo inconscientejose gregorio bello porras

La lectura tiene múltiples funciones. Aparte de informar, lo cual se ha transformado en sufin utilitario más inmediato, posee el ineludible carácter de entretener. Hay en este término una sombra de juicio nefasto, cuando se presenta el entretenimiento como una industria o cuando menos como un ejercicio del ocio, por oposición al negocio productivo. En ambos casos, sea negocio para quien construye los textos o los difunde, como ocio para quien los lee, luce un singular detrimento de su insustituible función de estimular la imaginación, fuera de los cauces utilitarios dados al trabajo.

Separándonos de visiones estrechas, el ocio es espacio para la respiración productiva, pues en él se produce la chispa creativa o el fenómeno del aprendizaje por reiteración o incluso por insight, ese fenómeno casi inexplicable por el que nos damos cuenta, súbitamente, de algo que parecía estar siempre allí, frente a nosotros, pero que procede de nuestra interpretación de lo que sucede en nuestra interioridad en interrelación con el mundo de la realidad cotidiana.

Por otra parte no nos interesa ahondar en este momento en el fenómeno sociológico, casi ineludible, de la industria del entretenimiento. Valga el momento para acotar que la misma, fuera de toda detracción, puede ser perfectamente canalizada hacia los valores sociales más encomiables y, no sólo, hacia el enriquecimiento monetario del dueño del medio productivo. Eso sólo se da en una sociedad de justicia y solidaridad. En nuestra sociedad puede empezar a vislumbrarse el cambio de ese patrón y este prejuicio, sólo en virtud de estarse sucediendo un cambio real.

Apartémonos, sin embargo, unos instantes de esta interesante discusión para entrar en una reflexión que va más allá de la producción de los bienes tangibles intelectuales. Los textos para el entretenimiento o el ocio o la imaginación son producto de una intención que nace en el escritor.

Se hablaba muchas veces de una intención escapista, cuando se escribía textos narrativos o poéticos sin una intencionalidad absolutamente didáctica, como si los textos fuesen realizados por un discípulo de Houdini dentro de una caja cerrada. Bien sabemos que las motivaciones al escribir son mixtas, es difícil que escapen a todo el mundo que nos rodea o que bulle dentro de nosotros. Hacer una obra únicamente informativa o exclusivamente dentro de los cánones de enseñanza, o incluso de puro deleite por la diversión es sumamente dificultoso, aparte que devendrían, las primeras, en algo tan aburrido que arduamente servirían de lectura si no fuesen por obligación.

En cuanto a las últimas, el reflejo del pensamiento, de la realidad social o de los conflictos interiores del escritor o realizador se patentaría en la palabra y surcaría el espacio hasta el lector, colocando ideas, postulados, prejuicios y juicios en la boca de éste. Es una forma disimulada de persuadir, como todo procedimiento que sea eficaz para esa acción.

Existen motivaciones capitales, como la señalada, de facilitar los procesos de aprendizaje o de transmisión de los valores de una sociedad. Pero las formas de hacerlo dan pie a que otras motivaciones también entren en escena. Por ejemplo, ¿cómo enseñar valores con un discurso sobre valores? Es prácticamente poco probable que se transmita algún valor de esta manera, salvo que esté reforzado con una conducta, con una acción, o con un relato que penetre la conciencia y se aloje en lo inconsciente de la persona.

Pero entonces, ¿lo que escribimos cómo puede transmitir un contenido que no sea puramente intelectual? Como diría el apreciado hermano Cantinflas, Aquí está el detalle: en la forma en que tradicionalmente se transmiten los conocimientos. A través de historias, cuentos, parábolas, metáforas, imágenes. Es decir mediante la literatura oral o escrita. Ahora, también, a través de los medios de transmisión masiva, aunque esa fórmula aparentemente distante y fría no nos sea de nuestro agrado. Pero ¡cómo disfrutamos de una buena película! Una primera preconclusión: al inconsciente también llegamos por medio de la lectura.

Las aventuras que queremos contar

Lectura, lectura… lectura Ilustración de Shaun Ferguson

Lectura, lectura… lectura Ilustración de Shaun Ferguson

Los relatos, los cuentos, las historias, desde remotos tiempos han tenido la finalidad de enseñar. El ser humano desarrolló esa capacidad para poder transmitir de una a otra generación sus hallazgos, en vista de la carencia de transferirlos por vía del instinto o de la genética. Los lapsos se acortaron con este enorme paso. Ya no serían necesarios cientos de miles de años para dejar establecida una experiencia sino que esta iba acrecentándose de padres a hijos. Sin embargo, las historias buscaron siempre transmitir raíces primordiales. Lo arquetipal se colaba a través de sus imágenes. Cuando los instintos fueron desplazados de la función de maestro, llegaron los relatos, los cantos, la palabra conservada, para llevar adelante la obra de enseñanza.

Ninguna historia que se transmite oralmente o por escrito, invención esta última bastante reciente en la humanidad, tiene la pretensión de explicar nada. Simplemente narra hechos que llaman la atención del escucha o del lector y se conecta con su experiencia.

Demos un enorme salto, sin que por ello nos desviemos del camino. Voy a partir de mi propia experiencia. Las historias que me contaron y las que leí luego, marcaron gran parte de mi personalidad. Probablemente a muchos nos ha pasado. Las historias leídas influyeron en nuestra percepción del mundo, en nuestra forma de verlo, de sentirlo, de escucharlo, de percibirlo. Pero fueron las aventuras de los héroes o heroínas de nuestra infancia y primera juventud las que más hicieron por nuestra imaginación, por nuestro aprendizaje o por nuestro desatino.

Disfruté tanto los relatos de Robert Louis Stevenson como los de Julio Verne o los de Emilio Salgari, los cuentos de Rudyard Kipling como los de Horacio Quiroga, los de Edgar Allan Poe como las historias de misioneros en África, degustados con fruición por los habitantes de selvas y sabanas sin distinción alguna; los de los mártires en la china o los devorados por tigres en la India de antaño tiempo. En todos ellos, los protagonistas sufrían y luchaban. Los teñidos de espíritu religioso eran sacrificados sin remedio. Yo me preguntaba, si los mataron a todos ¿Cómo llegaban esas historias hasta nosotros? Si la virtud era el martirio, ¿por qué el narrador huía, aunque estuviese inconsciente? ¿Por qué corría a contarnos todo eso?

Hagamos una primera estación en esta travesía por tan disímiles territorios literarios. ¿Por qué influía tan gravemente la buena literatura y la otra poco menos que propagandística, en nuestra mente bastante desprovista de malicia? Muchas pueden ser las explicaciones de estos mecanismos de sugestión. Pero más allá de la estructura del aparato, está el material con lo que está hecho: narraciones donde un héroe, venciendo las adversidades logra una meta o facilita que otros muchos la logren. El ingrediente fundamental de esas historias es la fantasía; la que nos permite una identificación con las grandes o pequeñas gestas que lleva a cabo un héroe o una heroína.

Llegamos así a una segunda preconclusión, en este atorrante análisis: las aventuras nos fascinan por la identificación que logramos con el héroe.

De la aventura al juego

Sirena lectora Ilustración de Victor Nizovtsev

Sirena lectora Ilustración de Victor Nizovtsev

Después de escuchar una historia o ver una película de aventuras, después de leer un cuento o escuchar una narración (radial, en aquellos lejanos tiempos) o verla a través de un video juego, el paso inequívoco es reproducirla. Por supuesto que no íbamos a emprender un ejercicio de abstracción para sacar conclusiones tales como La persistencia en el camino de las adversidades da como resultado el triunfo en la vida. No, el tiempo de las moralejas repetidas ya había pasado y hace tiempo regresamos a la fuerza primigenia de los hechos narrados.

Así que nuestra reproducción era directa, tal vez no en la vida cotidiana, lo que llevaría a un acto de mayor condensación y generalización, sino a través de lo que nos era dado como mecanismo único, como vía regia del aprendizaje: mediante el juego.

El juego escenificado de los niños, lleva implícito el contenido de acción de los cuentos o del material con que nutre su fantasía. Cuando escucho a los niños de mi calle jugar (vivo en un pueblo cercano a Caracas, en una calle tranquila), pongo atención a sus contenidos. Pero lo que más escucho son sus pasos en carrera, resonando en el asfalto y las Uzi, nueve milímetros y escopetas retumbando en sus bocas. ¡Estás muerto!

No es nuevo el poder de resurrección en los niños. Yo también jugué al estar muerto. Una práctica que quizás me haya servido algún tiempo. No me alarma tampoco el trasfondo de violencia que encierra el guión tácito del juego. Si vivimos en un entorno donde los medios transmiten agresión, aprendemos de ella. Pero la violencia tampoco es nueva. Parece que fuese un aprendizaje de una forma de existencia. Los cuentos tradicionales, incluso de carácter iniciático en la vida, contienen grandes dosis de apasionamiento que raya en la brutalidad. Brujas, ogros, dragones caballeros, y princesas viven ese clima a su antojo.

Pero las distancias entre fantasía y realidad marcaban el punto de reflexión entre uno y otro mundo. Lo que no es exactamente así en el juego infantil violento de hoy. En todo caso, allí se nota la ausencia de la lectura o la narración de cuentos con otro contenido, más que la presencia de películas llamadas de acción (como si las otras fuesen sedentarios episodios de gente durmiendo en fotos fijas) y ello nos hace reflexionar:

Nos sigue atrayendo la aventura de héroes o heroínas (o antihéroes) que se juegan la vida. Nos seguimos identificando con sus proezas o viles acciones (fuera de todo contexto moral, pues eso es lo que se está formando). Seguimos reproduciendo en el juego la lección de vida que nos dan las historias o narraciones propuestas por los adultos. Y aprendemos de ellas. (Al menos el sonido de las Uzi es muy parecido).

La imaginación como un juego interior

El árbol de las letras Ilustración de Alessandra Cimatoribus

El árbol de las letras Ilustración de Alessandra Cimatoribus

Ya cuando el juego de representación deja de ser elegante para el niño (¡chamo, ya estás muy grande para eso!), la imaginación asume el campo de juegos. Y pienso que se mantiene hasta la edad más provecta. Incluso quienes se pierden en los laberintos de la sinrazón juegan permanentemente y su juego es la realidad más manifiesta.

El niño y el joven comienzan a representarse como protagonista de las historias que leen o miran. Y las observan no solo en películas sino en el comic (un tanto extraviado en nuestros predios). Seguimos los adultos, si no representando las hazañas, al menos identificándonos con las mismas en algún momento de nuestra lectura. Esos momentos absortos que parecen un sueño en su fase más profunda.

Todo relato con la estructura de una aventura nos atrapa en su trama, que no es otra que el esquema más profundo de la vida del ser humano.

Ese principio con el que se maravillaron los fabricantes de historias de autoayuda y al que sucumbieron miles de lectores, es el mismo mecanismo de toda la existencia de la humanidad a lo largo de los siglos, aprender mediante el relato de hechos extraordinarios y con personajes con los cuales el individuo pueda identificarse. Tan sólo que los autoayudadores profesionales (de los cuales he formado parte) no hicieron sino copiar la estructura de los cuentos tradicionales, tratando de razonar sobre esas historias a veces unívocamente. En cierta forma, explicaban el chiste.

Pero opuestas a estas formas poco inteligentes de Hablar en público e influir en los hombres de negocios, como tal vez diría Dale Carnegie, allí prosiguen con fuerza historias como las de El Señor de Los Anillos (1955), de John Ronald Reuel Tolkien, una ficción que recrea un mundo para explicar nuestro mundo. Y aunque no es, en su trama de múltiples tonalidades de oscuridad y luz, una historia para niños, lo es en su estructura y en su esencia, porque de inicio fue planteada como tal, un cuento para niños como El Hobbit.

Todo ser humano que como lector o espectador no haya sucumbido al placer de la fantasía, a jugar con la fantasía, a dejarse llevar por ella hasta el mundo de sus sueños, trayendo luego de retorno en misteriosas imágenes lo que hace de nuestro mundo lo que es, no puede llamarse verdaderamente humano. A un ser así habría que tomarlo como protagonista de una obra de ciencia ficción, una máquina primaria, desprovista de inteligencia artificial o de otra característica inimitable del ser humano, la imaginación.

Nuestra última preconclusión: la imaginación nos identifica como personas, por ello nos permite crear o gozar de las fantasías que inventamos como una extensión del juego. Es una forma de ensayar el ser humanos.

A modo de conclusión: relatos y aventura, una actitud ante la vida

Como escritores de relatos para niños y jóvenes podemos preguntarnos si es conveniente llegar a la escritura de un texto con la intención de modelar cierta conducta o transmitir determinado valor. En mi experiencia he visto que forzar algo de esa manera es poco afortunado. La narración sigue su curso misterioso. Por más que expliquemos sus mecanismos, ella siempre hundirá sus raíces, si es auténtica, en el territorio de nuestras sombras y destellos. Dejando aflorar el relato, ineludiblemente estamos construyendo un mundo que sirve a los valores y aprendizajes que hemos adquirido. Nada hay más falso que un cuento donde no participemos como protagonistas o testigos, que no lo hayamos vivido en nuestro ser interior. Lo demás es práctica del oficio.

Narrar una historia, para otro ser humano, niño o niña, joven, adulto o adulta es practicar el juego de la imaginación como una aventura. En ella se integran nuestras experiencias inmediatas y las de nuestra cultura, lo que tengamos de saber humano. Junto a ello, colocamos en acción las dosis de sentimientos que nos moverán a emular a nuestros héroes o heroínas. Al poner en práctica el juego, en consecuencia, bien con la puesta en escena o con su sustituto en la imaginación generadora o reproductora, estaremos cerrando el ciclo de haber creado una actitud ante la vida. Allí están todos sus componentes: los contenidos traducibles en raciocinios, los sentimientos y emociones y la acción que integra todo lo anterior

Narrar, además, es, en sí mismo, una actitud ante la vida. Si no fuese así, hace tiempo hubiésemos abandonado nuestros sueños. Y ellos apenas comienzan cada mañana

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José Gregorio Bello Porras, (Caracas, 1953) Psicólogo y escritor. Ha obtenido diversos premios literarios, entre ellos: el Concurso de Cuentos de la Universidad de Carabobo (1976), la IV Bienal estudiantil de la U.C.V (1980). y el Concurso de Cuentos del diario El Nacional de Caracas (1989). Ha publicado diversos títulos de narrativa, entre ellos: Andamiaje (1977) Un largo olor a muerto (1980) y Salvajes y Domésticos (2007). Ha escrito y publicado más de treinta libros de desarrollo personal, entre los que se cuentan Quererse es poder (1996) Valores esenciales para la vida en familia y en comunidad (2004) (un millón de ejemplares), Comunicación Poderosa con PNL (2008) y Valores para construir una ética (2009). Es autor, igualmente, de dos textos escolares, y de dos diccionarios especializados, así como de cuentos para niños, entre los que destaca Un Gato muy distraído (2007).

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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Una respuesta a La aventura de jugar y la narración

  1. Excelente Material, gracias por compartirlo

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