Primeras Letras

Orlando Chirinos

orlando chirinosSospecho que uno de los caminos, verdes, por los que accedí a la escritura de ficciones, fue por el del oído. En ese entonces, en el arranque de los 50’, en la casa de mis abuelos maternos, no había radiorreceptor, por lo que a las seis de la tarde, entre la neblina de los meses fríos,  que eran casi todos, mis tías y una cantidad significativa de hombres y mujeres del pueblo, valga decir: Curimagua en la sierra falconiana, marchaban y se concentraban en una de las ventanas de la casa de Elías Polanco, para oír con un  silencio de monasterio y una devoción  digna de Viernes Santo, la radionovela El derecho de nacer, en las voces de Luis Salazar y otros actores y actrices de la época. Me descubro parado sobre una piedra y agarrado de los barrotes de esa ventana, colado entre las piernas  de los mayores y con una oreja volcada hacia la sala. No sabía con exactitud la importancia de lo que acontecía e las tramas y subtramas de ese radioteatro, pero tenía que ser demasiado importante, pues bastaba con mirar las caras compungidas, los ojos llorosos, las expresiones de angustia  o de alegría, alivio o felicidad de los oyentes, para comprenderlo. Lo demás  lo remedaba, ponía o recomponía la imaginación  de un niño menor de diez años.

Antes, a las 5 pm se aparecía el tío-abuelo  Amado Arcaya en la casa de Rufino y Goyita, mis abuelos maternos, para el rito diario del café y el bizcocho vespertinos. Los dos varones, no así Gregoria  Amelia, Goyita, tenían una larga  y gorda fama de invencioneros, de “mentirosos” serios, de fabuladores. Yo los oía competir en su torneo de todas las tardes, desde uno  de mis refugios favoritos, la sala de la casa, con su modesta galería de  fotos familiares, que daban testimonio de las mocedades y de la amorosa lejanía  de los paisajes en que vivían  o había vivido mi parentela.

Yo cerraba los ojos  y trataba de ver, contra el fondo del espacio abierto por  la imaginación, la maravilla  de los naranjos que producían lechosas, o del muerto que  a pleno  día  ayudaba   a Amado a  podar,   talar,    limpiar   y   sembrar    sus  tierras, con refrigerio incluido, sin pedir otra cosa  que no fuese un Padre Nuestro o unas misas para su descanso eterno.

Descansando, soñando. Ilustración de Yevgenia Nayberg

Descansando, soñando. Ilustración de Yevgenia Nayberg

Las hermanas de Carmen, Raquel, mi madre: Begoña, Mella, Egleé, Ofelia y Gladys, amén de Olga, que  desde Paraguaná  iba  algunas  veces a la sierra,  también tenían sus relatos guardados  entre las cartas con las que jugaban sus partidas de  tute, al resplandor de las velas, a la orilla del  chirrido de los grillos y el negro y profundo cuenco de la noche, punteado del brillo interminente de las luciérnagas, que aun titilan  en mi memoria. Casi siempre eran narraciones sobre difuntos  que prometían botijas  colmadas  de tesoros y dinero, a costa  de  oraciones redentoras  o  acerca de misteriosos albinos que vivían en las inmediaciones del nacimiento de las quebradas o  de los  pozos  donde  acudían  las mozas casaderas del lugar,  y de algunas  de las cuales  nunca se volvió a tener noticias, pues, según su versión, habían sido hechizadas, raptadas y conducidas al  fondo de cuevas inubicables en la espesura, para hacerlas sus mujeres.

De El derecho a nacer, a los arrieros de la allanada, mediaba sólo un paso, un salto en el terreno de la fabulación. Eran hombres curtidos por la aridez de las tierras planas, plantadas de cujisales correosos y atravesados por inocentes cauces veraneros, que en las épocas de lluvias se volvían turbias serpientes que arrasaban con chivos, rocas, tunales y construcciones a caballo entre el abandono y los daños  propios  del tiempo.

Los  arrieros  traían otras historias, otros fantasmas, otras ánimas, otro bestiario, alucinaciones nacidas a plena luz, bajo la seguridad misma del sol. Se producía entonces, además  de la  compraventa o el trueque de los productos  de allá abajo (quesos, nata, carne fresca o cecina y cuero, todo ello de chivo) por los de aquí arriba (granos, café, frutas, papelón, verduras y legumbres), el otro trueque y que era para mí el más importante: el intercambio de relatos y cuentos de aparecidos y prodigios, de maravillas creídas, como lo más natural, porque estábamos abiertos al vuelo imaginativo que nos permitía apostar la vida al sostener que Victoriano, un pacífico labriego de ojos claros y mansos, bajo la guía de antiguos y secretísimos libros, heredados de sus antepasados, podía con facilidad dejar su  apariencia antropomorfa y convertirse, en la inmediatez de  un chasquido de dedos, en un tigre  más grande que el cerro  Galicia o que  Mano Billo, un simpatiquísimo propietario de un bar-bodega, pasaba, de su humana normalidad  a gigante pájaro nocturno, tan grande y tan grande, que si era plenilunio inundaba la noche de total obscuridad, al tapar la doradez de la luna.

Más tarde  nos mudamos a  Punto Fijo, en los  mismos 50`, y sus calles cercadas por los almacenes  de los árabes, los vendedores ambulantes  y los numerosos bares  que liberaban las voces  de Pedro Infante, Jorge Negrete, Toña  La Negra, Daniel Santo y otros ángeles  tutelares del despecho, del abandono, del desamor. Eran sitios del y para el pecado, decían las beatas del callejón, mas para mí era una nueva oportunidad para echar a volar la fantasía a  la vista de una entrepierna femenina cazada al pasar de este lado de la ventana, y de inmediato comenzaba a construir historias de amores imposibles, con damas maduras que me iniciaban en los asuntos de la cama, con chulos de cuchillos al cinto, cara cortada y de muy malas pulgas.

Aventuras con las lectura. Ilustración de Norman Rockwell.

Aventuras con las lectura. Ilustración de Norman Rockwell.

El zurdo Fallito, Rafael  Francisco López, un paraguanero de Maicara, y las películas de Pedro  Infante y aquellas cabareteras, rumberas y mujeres  trágicas de consistencia de celuloide: Ana Bertha  Lepe, Niñón Sevilla,  La Tongolele, Rosa  Carmina, Ana Luisa Peluffo, esa criatura compartida de nacimiento en un lugar llamado Deseo y otras coterráneas suyas de ellas, pusieron el resto. Con los filmes  del  charro Infante, Fallito y yo, un día equis, cuando ya  habíamos agotado, junto con la sana pandilla de adolescente del callejón  Panamá, la  ronda de juegos, adivinanzas  y  bromas, inventamos un nuevo pasatiempo: el de adicionar  y/o  cambiar  el argumento   y las tramas de las películas de Pedro Infante que habíamos tenido la ocasión de ver, con la  inclusión de nosotros como parte del elenco y con roles  nada despreciables y hasta protagónicos. Ambos estábamos en cuenta de que era una mentira, pero continuábamos  en el ejercicio de la ficción.

De la misma época es Teresa, una rubita con rostro de criatura, angelical, salía de la calle de los olores más íntimos, las verdes miradas de los gatos más gatos  y una melena amarilla que se iba y regresaba al capricho del viento paraguanero. Como no me veía y trataba con el amor que yo esperaba, empecé  a  escribir cartas apasionadas, las que me enviaba una supuesta novia, de  nombre Elsa, con  corazones atravesados por puñales que los hacían sangrar, con citas furtivas y besos, puñados de besos: todo era una mentira, una farsa, un risible recurso de un mozalbete enamorado hasta el tuétano, el interés de ella hacia él  ¡ ja !

Mis circunstancias  vitales  me llevarían  después por diversos escenarios y me pondrían en contacto con personas  de heterogénea posición  social, oficios y profesiones, pero nunca deje a  un lado la imaginación y la lectura. Por allí desfilaban nombres y presencias: el siempre bien vestido profesor de historia universal en el liceo Jesús Enrique Lossada,  en  Maracaibo, que impartía las clases de forma amena, como si estuviese contando algo familiar y cercano, o el padre Peña, salesiano, un maestro de la narración oral que al final de la clase de catecismo sazonaba el día con un relato que nunca llegó a concluir;¨la profesora Esther  Fernández, “mi madre literaria”, como siempre gustaba nombrarse excelente ductora, con un auténtico dominio en las  claridades y obscuridades de la lengua española, quien un día luego de leer un texto de mi autoría que le había dado, temblando del susto, para saber su opinión, me dijo: tu eres un escritor, palabras que me asustaron aun más, y punto que todavía no me creo, digo lo de escritor. Y  desfilan Laura Antillano, que reciente había arribado de Maracaibo  y la profesora Luisa Pla de Sánchez, y el profesor Manuel Navarro y el profesor Luis Rodríguez y tantos y tantos otros, así  como inolvidable maestra del primer y segundo grados: Josefa Matos de Bonías, la maestra Chea, en la Escuela Federal Unitaria Numero 576, en la calle Zamora, de Punto Fijo, Estado Falcón, quien le enseñó el abecedario, el silabeo, la “lectura corrida” a este montuno que continúo siendo, que cierra los ojos y se sueña agarrado de la ventana de la casa del viejo Elías Polanco, mientras trata de entender las peripecias de  El derecho de nacer, o se  adentra en el universo de las apariciones y espejismos de las tierras llanas, para intentar comprender y comprenderse mejor.

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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