La escuela como fábrica

Arnaldo Jiménez

Leyendo “Ana Karenina” (ilustración de Angelica Gerih)

Leyendo “Ana Karenina” Ilustración de Angelica Gerih

Entra una materia prima, digamos que el niño o la niña: un ser que viene de un aprendizaje basado en lo emocional, lo afectivo; grandes hazañas realiza el niño dentro de la casa, caminar, hablar, oír, reconocer y ser reconocido, incluir su afectividad en la circulación de las emociones que de una u otra manera forjan su identidad dentro del hogar; es un ser que para elevarse como humano necesita del otro y de lo otro que es la naturaleza y la sociedad, pues los padres son representaciones de ese binomio imbricado e inseparable. Esta materia prima se vuelca hacia fuera para construir su adentro, con un sistema perceptivo abierto que lo impulsa a comunicarse con los demás, no sólo a través de palabras plenas de sentido, sino con su cuerpo, con su calor, con los tonos de las cercanías, pues el niño o la niña son seres grupales, son seres colectivos. En las sociedades indígenas el tamaño del grupo estaba, y aún lo está, conscientemente calculado, porque de este modo los controles del poder colectivo, los rituales de pasaje y las relaciones con los dioses pueden ejercerse con mayor eficacia, se garantiza además la reproducción de las subjetividades colectivas y se mantiene la historia y la identidad del grupo étnico en cuestión, el niño o la niña es aceptado como miembro de un grupo mayor a la familia a través de los ritos de pertenencia; allí el cuerpo es la hoja donde se graba esta adhesión, esta ley de ser y de estar. Pero en nuestras sociedades las familias se encuentran con espacios de socialización muy amplios que no permiten un control tan efectivo de las personalidades en el sentido de que el individuo no se aliene del grupo social; la escuela tendría ese papel, el de adherir a las personas al sistema en el que viven y, la escuela capitalista lo logra eficazmente, lo realiza cabalmente, sólo que este espacio de socialización reproduce no a un grupo, ni a una colectividad en valores como la solidaridad, la cooperación, etc. valores que el hogar enseñó inevitablemente, porque si estos fuesen los valores de pertenencia estaríamos en presencia de una escuela que no reproduce la ética y la moral capitalista: la competencia, el egoísmo, el individualismo, sino una que reproduce la ética y el poder difuso de las etnias indígenas, sobre todo las que han sobrevivido en Suramérica.

Ensoñación lectora Ilustración de Cyril Roland

Ensoñación lectora Ilustración de Cyril Roland

A la escuela entra entonces materia prima grupal y sale materia elaborada individualista. ¿Cómo llega a ocurrir esta deformación o esta producción de la deformación? Pues, la única manera es que la mercancía esté presente también en las relaciones extra e intraescolares, que allí prevalezca la alienación de nuestras potencialidades y éstas sean absorbidas por el famélico hocico del capital.

 El yo se forja como una extensión social, es un puente entre el individuo y lo social, si el ser humano quiere afirmarse como tal tendrá que sortear los avatares y los recovecos de esta relación que le permite su existencia; el yo es otro, decía Rimbaud. Estamos en presencia de un ser que al aprender a convivir construye al mismo tiempo su definición en una impropiedad, el ser humano no se pertenece, es una comunicación en permanente movilización de personalidades, su encadenamiento a lo social tiene dos órdenes, el del lenguaje y el del afecto. La escuela capitalista forma para hacer de la verdad una ilusión: la tenencia de la propiedad, el respeto a la misma, que es el fondo que subyace en la dictadura del mercado. La propiedad privada sin embargo, es la esencia del mal en el planeta, por ella la ley y su violación, por ella la defensa y el combate, por ella el “desarrollo” de los medios de destrucción, por ella la mentira hasta la escala del horror: el dinero es la expresión concreta de la propiedad y nuestra obsesión por él  una muestra de inmadurez histórica y personal, la cosa robándole los valores al ser, determinándolo, la mercancía se mantiene con nuestra sangre; la crueldad del sistema descansa en una ilusión. Todo lo rige la ley del mercado, orienta cada sistema y subsistema, y la escuela no escapa de ello.

La ley del mercado tiene como base la ruptura de los lazos de cooperación entre los hombres, pues toda relación social está mediada por el dinero y este impone y modela todos los valores. La escuela se sumerge en esta ley, y al igual que toda industria capitalista, también fabrica el aislamiento, produce individuos en series. Por tanto, toda la escuela, en cada una de sus partes, se engrana hacia la misma finalidad: reproducir el tipo de hombre que necesita el mercado, un ser que no se piense en otro esquema social ni productivo, un ser que sólo pueda concebir su existencia en el marco de una sociedad consumista y depredadora; consumir para poder ser, acumular para poder satisfacer. Un ser que pierde sus acciones de compromiso y responsabilidad con los otros y con la naturaleza, su otra parte.

Leyendo, día y noche (ilustración de Teresa Novoa)

Leyendo, día y noche Ilustración de Teresa Novoa

El marco general de la incomunicación en la escuela sólo puede ser resuelto haciendo implotar su funcionamiento tecnocrático, gerencial, destruyendo la presencia del capital en sus formas más destructivas, liberando el saber de las trabas mercantiles, introduciendo un modo de enseñar que esté guiado por la preocupación de crear un ser humano libre, comprensivo de su ser cósmico, social, natural y cultural, un ser preocupado por fortalecer sus capacidades espirituales que se traducen en una mejor adaptación a las situaciones externas o materiales. La libertad en el proceso y en la meta.

Nos imaginamos una escuela que sea el centro de un gran acuerdo social, una escuela de seres capaces de soñar y de imaginar, de crear y de comprender, capaces de tratar al planeta con ternura. Una escuela que sea el espacio para la reunión de la conversación y el saber por el saber. El destino humano no tiene otra opción.

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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