¿Cuándo nace la pasión por leer?

José Gregorio González Márquez

Los libros nos ayudan a… (ilustración de Pablo Auladell)

Los libros nos ayudan a… ilustración de Pablo Auladell

Simplificar en frases sin sentido la verdadera importancia de la lectura sólo lleva a convalidar referentes que se traducen en lugares comunes. Cuando padres, docentes y supuestos promotores de lectura se empeñan en que el niño lea para forjarse un futuro donde adquirir sabiduría es el fin último, se está castrando la posibilidad del disfrute de los libros. ¿Por qué obligarlos? ¿Por qué sugerirle lo que queremos que lean? ¿Acaso el niño no tiene criterio para escoger sus lecturas?
En las aulas de clase, se cercena el amor por los libros. Los lectores autónomos se forman a partir de la experiencia que adquieren desde sus vivencias lectoras. El adulto esgrime argumentos que no han variado hace décadas. Se entiende la preocupación; sin embargo, la realidad de cada individuo está marcada por sus necesidades particulares.
Leer es más que un acto práctico para demostrar la capacidad de comprender un texto. Leer impĺica disfrutar el universo que representa la palabra escrita. El corazón del lector se emociona cuando enfrenta sin obstáculos ni miramientos el mundo mágico que subyace entre las páginas de un libro. Recorrer con la mirada las líneas impostergables de un poema o cuento se traduce en infinitos caminos hacia la maravillosa existencia de la fantasía.
La palabra no se impone ni se obliga. Pasearse por su cuerpo, bañarse en sus entrañas dignifica el verbo y lo transforma en vida. La palabra escrita le es dada al niño, al hombre para su disfrute, para su contemplación, para su alegría. Gustavo Pereira apunta que: “Hechiceros y sacerdotes de los llamados pueblos primitivos y magos de la antigüedad atribuían a la palabra la más alta de las virtudes: convertirse en divinidad, en poder teúrgico. Nombrar una cosa era poseerla, identificarse con ella y en ella. Por ella los seres se convierten en creadores.”
La palabra empeña el acto creador. Quien lee en libertad se acerca a la creación misma del pensamiento. El lector autónomo se refugia en la palabra escrita para divagar por mundos intensos de génesis y producción. Se lee y se escribe desde el mismo centro de la vivencia humana.
Así, el niño con su imaginación converge en el mundo de la lectura y la escritura, se hace un ser de luz dominado por el ansia imperante de viajar por el universo de la palabra. Rafael Fauquié en su libro El juego de la palabra nos dice:” El destino de las voces de los seres de las palabras es proyectarse hacia el afuera, lejos de su origen. Nacieron para comunicar, para trascender, si no fuera así, ennegrecerían en sí mismas, terminarían por silenciarse o, lo que es lo mismo, por morir”

Lector Astuto. Ilustración Cirocco Moody

Lector Astuto. Ilustración Cirocco Moody

La palabra escrita trabajada por el orfebre detalla los cimientos oníricos que dan existencia a la fantasía, a la imaginación. Quien escribe para  niños no pone cercos ni límites al texto. Emplea la función lúdica para hacerlo un tobogán de algarabía que relaciona la felicidad interior con el universo del conocimiento. La sensibilidad constituye un elemento fundamental para acercarse al mundo infantil como apunta Víctor Montoya narrador boliviano y estudioso de la literatura concebida para niños.
No se trata tampoco de delimitar ni jerarquizar lo que pueden leer los niños. No existe una literatura para los más pequeños y otra para determinadas edades. Quienes la han encasillado responden al mercadeo de la literatura. Desde hace años imponen márgenes de edades para hacer llegar a niños y jóvenes, detrás está el interés de las ventas. Lamentablemente los adultos caen en el juego de quienes sólo les interesa imponer criterios de selección de libros.

A qué juegan los adultos

En la escuela y el hogar, el niño vive atrapado por las consejas de los adultos. Imponer lecturas que interesan más al adulto que al niño es una situación común. La lectura es un acto íntimo, individual y por lo tanto, se da entre el lector y el texto. Lo demás sobra. El niño cuando se hace lector suele ser clandestino.
El adulto no puede seguir jugando a formar lectores sabios, a crear hábitos de lectura cuya finalidad sea reproducir una sociedad donde los individuos acompañen ideológicamente ideas para preservar estamentos políticos. El poeta colombiano Jaime Alberto Vélez con palabras duras afirma que “El adulto destruye al lector infantil para convertirlo en un estudiante rendidor o en un usuario modelo”  La lectura no pude usarse para imponer la formación de un individuo de acuerdo a los cánones que maneja el adulto. Más allá de aprender, el niño busca formarse criterios propios que desembocan en los caminos de la libertad. La virtud esencial de los libros está en cimentar las peripecias que el lector considera como reales para su vida. Citando de nuevo al poeta Vélez dice: “Un niño lector de libros interesantes y formativos configura un ideal impuesto por el adulto para remediar su mala conciencia y sus insuperadas carencias. En realidad, un niño necesita amor, responsabilidad y unas condiciones materiales de existencia decorosas, dentro de las cuales se encuentra, por supuesto, la posibilidad de elegir un libro. En la actualidad se supone que un niño debe leer para aspirar una vida mejor, pero el asunto debe plantearse al revés: que en una vida digna, el niño lea.”

Viajando con la lectura: información e imaginación. Ilustración Mary Grandpre

Viajando con la lectura: información e imaginación. Ilustración Mary Grandpre

Las expectativas del niño al seleccionar un libro de su gusto e interés se asocian al principio de libertad, por lo tanto, el adulto está obligado a respetar las sus decisiones personales. La pasión por leer nace en el niño cuando elige un libro   y vive en sus páginas la metamorfosis de la palabra.
El placer por la lectura presupone un estado de ansiedad, una búsqueda de historias entre las palabras que propone el escritor. Los misteriosos reinos del lenguaje permiten al lector descubrir mundos fantásticos. A partir de la lectura, se ensamblan historias, se da vida a personajes, se interiorizan situaciones, se convive con seres desconocidos. La imaginación y fantasía son parte fundamental de todo ser humano. Aun de adultos, se disfruta de la magia de la palabra escrita cuando el hombre se adentra en universos que parecieran absurdos pero disfruta como lector  creador de pasiones y sueños desde su yo interno.
Leer es más que desarrollar una destreza para descifrar signos. Leer es más que pasear la mirada por un texto e interpretar lo que está escrito. El lector consumado, verdadero es un sujeto que se escapa de la realidad, que hace de la lectura un rito sagrado en el que se comunica con dimensiones sensoriales cuyos placeres regocijan el alma, la trasforman en conciencia cristalina para enfrentar las vivencias cotidianas.

Bibliografía
Fauquié, R. (2012). El juego de la palabra. Caracas. Venezuela: Monte Ávila Editores Latinoamericana.
Montoya, V. (2004).El poder de la fantasía y la literatura infantil. Córdoba. Argentina: Ediciones del Sur.
Pereira, G. (2007). Cuentas. Caracas. Venezuela: Monte Ávila Editores Latinoamericana.
Vélez, J. (2008). La pequeña narradora y la hija del librero. En: La pasión de leer. Colombia: Editorial Universidad de Antioquia.

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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2 respuestas a ¿Cuándo nace la pasión por leer?

  1. Reblogged this on lecturasdecolina and commented:
    Compartimos un interesante artículo:

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  2. Para mi la pasión por la lectura depende del primer libro que uno lea cuando está dejando la adolescencia. Leer porque te obligan en el colegio no sirve a menos que el o los libros sean muy buenos.

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