La fantástica realidad de la fantasía

Sylvia Puentes de Oyenard (Uruguay)

UN  MUNDO FEÉRICO

DSC00424Los cuentos de hadas o maravillosos, también han sido llamados fantásticos, opinión con la que coincidimos si hacemos referencia al sentido etimológico del término. Se ha insistido en la diferencia entre lo maravilloso —con elementos probables o posibles— y lo fantástico, que introduce seres irreales. Corroboramos ampliamente el término fantástico que Jacqueline y Claude Held dan a los cuentos de hadas o maravillosos, cuando afirman: “lo fantástico no es en absoluto sinónimo de angustioso y (que) puede haber un nivel fantástico propio de la infancia, entendiendo por esto no una fantasía artificialmente prefabricada para la infancia, sino toda forma de lo fantástico en la que el niño encuentre provecho”. Con respecto a los seres irreales creemos que todo ser no-posible en nuestros sentidos puede tener la dimensión de nuestra fantasía que le otorga una realidad circunstancial y limitada, pero indiscutible para su creador: “Por eso, mi realidad es fantástica, del mismo modo que mi sentido de lo fantástico es real”. (Held)
No quiere decir esta digresión y reafirmación de un concepto que hace años mantenemos —con anterioridad a la aparición del libro de los Held— que no consideremos a las otras denominaciones propuestas, las que también utilizaremos sin desmedro de nuestra posición.
Vax ha dicho: “No nos arriesguemos a definir lo fantástico, los mismos editores de Checklist of fantastic literature han renunciado a ello, y las definiciones que nos dan los diccionarios se contradicen entre sí.” De todas formas el investigador coincide en que lo feérico comprende también lo fantástico, aunque especifica que en lo maravilloso los hechos se dan sin irrupción inexplicable y, en lo fantástico, lo real se hace irreal y sorprendente: “lo fantástico se nutre del escándalo de la razón”, asegura. Une esa incredulidad que plantea lo fantástico a la ciencia ficción y la aparta, en cambio, de la literatura oriental, donde lo característico está en la naturalidad con la que se presentan los hechos extraordinarios, especialmente en la cuentística extraída del folclore. Por eso —para Vax— “lo fantástico exige la irrupción de un elemento sobrenatural en un mundo sujeto a la razón”. Y explicita: “lo sobrenatural, cuando no trastorna nuestra seguridad, no tiene lugar en la narración fantástica” y así Dios, la Virgen, y los seres angélicos en su concepción no son considerados seres fantásticos, como tampoco lo serían los genios y las hadas buenas.

Ilustración Warwick Globe

Ilustración Warwick Globe

Este concepto puede complementarse con el de Antonio Risco quien, en Literatura y fantasía (1982) afirma que el elemento fantástico adquiere un carácter alarmante, escandaloso, “es la anormalidad inexplicable, el monstruo o el fantasma, lo incongruente asomando en las cosas más nimias e inocuas que enmarcan nuestras vidas”.
Todorov (Introducción a la literatura fantástica, 1970) define lo fantástico como la duda del lector frente a algunos acontecimientos sobrenaturales: “En un mundo que es muy nuestro, este que conocemos, sin diablos, sílfides, ni vampiros, se produce un acontecimiento que no se puede explicar por las leyes de este mundo familiar. El que percibe el acontecimiento debe optar por una de dos soluciones posibles: o bien se trata de una ilusión de los sentidos, de un producto de la imaginación, y las leyes del universo permanecen como son (lo extraño); o bien el acontecimiento ha tenido lugar realmente, es parte integrante de la realidad,  pero ahora esta realidad está regida por leyes que desconocemos (lo maravilloso). O bien el diablo es una ilusión, un ser imaginario; o bien existe realmente, como todos los seres vivientes. Lo fantástico ocupa el tiempo de esta incertidumbre; en cuanto se escoge una u otra respuesta, nos salimos de lo fantástico para entrar en un género vecino, lo extraño o maravilloso, lo fantástico en la vacilación experimentada por un ser que no conoce sino las leyes naturales y se enfrenta de pronto, con un acontecimiento de apariencia sobrenatural.”
Es oportuno considerar estas apreciaciones analizando las palabras de Roger Callois cuando distingue el universo de lo maravilloso con toda su corte de dragones, unicornios, hadas, milagros y metamorfosis sucesivas, con varitas mágicas de uso corriente, madrinas dispuestas a conceder gracias al instante y genios, elfos y animales agradecidos, con el otro mundo en el que no hay talismanes ni huérfanas meritorias. Donde “lo sobrenatural aparece como una ruptura de la coherencia universal”, donde el prodigio “se vuelve una agresión prohibida, amenazadora, que quiebra la estabilidad de un mundo en el cual las leyes hasta entonces eran tenidas por rigurosas e inmutables”.
Ana María Barrenechea hace una separación entre lo maravilloso y lo fantástico a partir de dos parámetros: por un lado, los hechos que se narran y, por otro, la forma cómo se presentan. De acuerdo con los códigos culturales que brinda el propio texto, o que da por supuestos, esos hechos serán normales o anormales. Si el hecho se presenta como normal puede surgir alguna forma del cuento de hadas, de lo contrario, estaremos en presencia de un cuento fantástico. Barrenechea especifica su concepto de la problemática desvinculándola del juicio de certeza del hecho y asociándola con la posibilidad de originar una posición conflictiva en el lector o en el actante. Por eso insiste en que no considera obras fantásticas a las narraciones míticas del Popol Vuh ni a los relatos medioevales sobre lo maravilloso cristiano (milagros de la Virgen o de los santos, por ejemplo).

Ilustración Warwick Globe

Ilustración Warwick Globe

Freud cree que:
“En los cuentos de hadas el mundo de la realidad se abandona desde el comienzo y se adopta abiertamente el sistema animístico de creencias. Los deseos realizados, los poderes secretos, la omnipotencia del pensamiento, la animación de los objetos inanimados. Todos los elementos comunes en los cuentos de hadas, no tienen ninguna influencia en lo sobrenatural (lo fantástico) puesto que el sentimiento de lo fantástico no puede producirse sino a condición de que haya un conflicto de juicio respecto a si cosas (antiguas supersticiones, creencias animísticas) que han sido vistas como increíbles no son, después de todo imposibles.”
El sicólogo vienés no duda en aseverar que las entidades espirituales superiores carecen del atributo de lo fantástico mientras se mueven en el plano de una realidad poética, pero la situación cambia desde el momento en que el escritor provoca un efecto fantástico al operar sobre la vida real y nuestras supersticiones no superadas, o “supuestamente superadas”.
Y un maestro de la narrativa que produce ese impacto del que nos habla Freud es Cortázar quien reconoce (Algunos aspectos del cuento) las lecciones que recibió de Poe. Él debe el potencial de esa “disposición hacia lo fantástico que me asalta en los momentos más inesperados y que me lanza a escribir como una manera de cruzar ciertos límites, de instalarme en el territorio de lo otro”. Pero sabe también que todo acontece de manera simple, trivial, sin advertencias premonitorias o atmósferas especiales. Quizás estos elementos le permiten concluir que su “idea de lo fantástico tiene un registro más amplio y más abierto que el predominante en la era de las novelas góticas y de los cuentos cuyos atributos eran los fantasmas, los lobos-humanos y los vampiros”.
En ese laberinto de pasiones, sueños y emotividad que coexisten en el cuento hay formas narrativas que, muchas veces, se confunden por desconocimiento o porque es difícil individualizarlas. No es tarea sencilla establecer una delimitación clara en los cuentos populares, pues arte, magia, atemporalidad, transformaciones, se dan la mano con la cotidianidad. Sin embargo, Nelly Novaes (O conto de fadas, editora Atica, 1987) afirma que los cuentos de hadas —con o sin hadas— son aquellos donde hay un ambiente mágico feérico representado por la presencia de hadas, brujas, enanos, gigantes, objetos mágicos, metamorfosis y tiempo y lugar imprecisos. Para la estudiosa brasileña los cuentos de hadas tienen un impulso generador en la problemática existencial que compromete la realización del protagonista como ser humano y que culmina, generalmente, con la unión hombre-mujer. Siempre hay un obstáculo a vencer, cuyo enfrentamiento puede relacionarse con los ritos de iniciación, y un objetivo: rescatar a la princesa, por ejemplo, y luego casarse con ella. Ese objetivo es un ideal y el héroe busca a la mujer tal como lo refleja el pensamiento cristiano.
Pero la presencia de las hadas no es una condición imprescindible para definir al cuento maravilloso, es suficiente que exista un ambiente mágico reconocible en animales que hablan, duendes, tiempo y espacio que resultan familiares. Sólo que en esta clase de cuentos, insiste Novaes, hay un nudo generador que no está en la problemática existencial, sino en la social. La necesidad de autorrealización del personaje estará directamente ligada a la conquista de bienes materiales, a la carencia que sufre. Por ejemplo, en “Hansel y Gretel”, la necesidad de sobrevivir físicamente. Esa fuerza motriz no está desvinculada del origen oriental de los cuentos, pues allí se atribuye al cuerpo y al mundo sensorial un prestigio que ha trascendido milenios. De una u otra forma, con hadas o sin ellas, con problemática social o existencial, cuento de hadas o maravilloso, la fantasía es un reflejo de la vida del hombre, de sus necesidades, angustias y anhelos.
Dora Van Gelder (O mundo real das fadas, San Pablo, 1986) desde un grupo de estudios teosóficos hace un relevamiento y clasificación del mundo de las hadas que corresponde a la forma en que las conocemos a través de mitos, cuentos y leyendas. Así podemos encontrar seres angélicos, plenos de luz que orientan la naturaleza; los que son espíritus de la naturaleza de tierra (gnomos), del aire (sílfides), del fuego (salamandras) o del agua (ondinas); los verdaderos espíritus de la naturaleza que vigilan sus diferentes categorías y las hadas, propiamente dichas, que también pueden corresponder a la tierra (en bosques, jardines o subsuelo), al fuego (salamandras más poderosas que las hadas de los jardines) o al agua (ondinas). Van Gelder y sus amigos las han descubierto en diferentes regiones del planeta, desde Australia a Nueva York.

Ilustración Warwick Globe

Ilustración Warwick Globe

En 1992, y sin perjuicio de otros títulos sobre el tema, Esteva Serra tradujo en España el libro de Katharina Briggs Diccionario de las hadas (Ed. Olañeta). La destacada folclorista e investigadora británica manifiesta su conocimiento sobre un tema que estudió por varias décadas y la llevó a publicar The Personnell of Fairyland, The anatomy of Puck, Folktales of England, The fairies: tradition and literature y British Folktales. Briggs establece con meticulosidad científica que las hadas son seres sobrenaturales (no ángeles, ni demonios, ni espectros) que se proyectan en la literatura y tienen nombres propios y características que varían según la región a la que pertenecen.
El origen celta de estos seres luminosos es un riquísimo legado de un pueblo que ocupó muchos lugares en Europa dejando la huella de su influencia cultural y un vivo entusiasmo por la exaltación de la fantasía.
Muchas leyendas relatan el origen de las hadas, Adela Ferreto, que fuera esposa de Carlos Luis Sáenz, nos proporcionó en 1984 la versión que recogiera de su madre y circula hasta hoy en Costa Rica, donde dice que ”hadas, elfos, duendes y geniecillos, provienen del principio del mundo, de la tremenda lucha entre ángeles y demonios. Los ángeles, cuyo jefe fue Miguel Arcángel, pelearon  del lado de Dios; los demonios, ángeles rebeldes, secundaron a Luzbel, el más bello de los seres celestes, cuyo orgullo lo llevó a creerse superior al mismo Dios.” Cuentan también que “hubo una lucha terrible en la que Luzbel y sus seguidores perdieron la batalla, y fueron precipitados al infierno. Pero algunos ángeles no tomaron partido, no se decidieron ni por Dios ni por Luzbel. Tímidos y vacilantes, no fueron lo suficientemente culpables para ser lanzados al infierno, ni suficientemente buenos y puros para permanecer en el cielo. Se quedaron entre cielo y tierra, o; ni en el cielo ni en tierra; y forman hoy el mundo intermedio, el mundo mágico de duendes y de hadas.”
En relación al beneficio o daño que puede provocar la fantasía en el niño, compartimos algunos criterios de Laura Devetach, quien expresa en Fantasía y comunicación (1969): “El problema frente al uso de la fantasía reside no en discutir si es adecuada o no para los chicos, sino en tener claro a qué valores está sirviendo. La estructura de lo fantástico varía según esto. Dentro de la llamada literatura para niños hay toda una retórica de lo fantástico cuyos elementos se estereotipan en base a una concepción tradicional de valores casi inamovibles. La bruja, el hada, el ogro, no son más que clisés, símbolos del mal, del bien, del vicio o la virtud. A esta altura de las cosas todos sabemos que tales esquemas no pueden ser ni unívocos ni inamovibles.
Hoy defendemos una fantasía no estereotipada, que use elementos nuevos o bien que redimensione los tradicionales. Esta fantasía se concibe como el resultado de la relación ingenua del niño con las cosas, y como una vía de lo real, enriquecida, que prepare al lector para descubrir él solo, lo fantástico y lo bello que existe dentro de lo cotidiano.”
Lo maravilloso y lo fantástico se conjugan en el universo de la narrativa popular que llega al niño y en la que está implícito, muchas veces, el mito. Sostenemos, y lo abordamos en otro pasaje del libro, que lo maravilloso es parte de la fantasía, tan necesaria en el desarrollo infantil.
Y ya sea para Propp, que identifica al cuento maravilloso con una base morfológica mítica, o para Campbell, quien asevera que el héroe en su aventura mítica puede compararse con un rito de iniciación, el cuento ejerce su fascinación desde la noche de los tiempos y conmueve el alma infantil con todas sus potencialidades.
El cuento pleno de símbolos, contribuye a construir la personalidad del niño y es un aporte insoslayable e ineludible para su formación integral.

LA IRRUPCIÓN DE HADAS Y BRUJAS

Ilustración Warwick Globe

Ilustración Warwick Globe

Hemos hablado de la fantástica realidad de la fantasía, porque todo responde a una causa verificable. El medioevo es el momento de transformación y fijación del folclore, pero también del auge de las hadas, de la afirmación de Merlín, que había nacido sabio con el nombre de Ambrosio y fue maestro y amigo del rey Arturo, el mismo que entre los siglos V y IX motivará el ciclo caballeresco que encontrará atentos oidores en Francia, Italia y España. Los caballeros de la Mesa Redonda se actualizan y los cantares de gesta ceden paso a las novelas de caballería que alcanzarán máximo esplendor con Amadís de Gaula y Don Quijote.
La magia llega también a la mujer, prestigiada por el culto cristiano de la Virgen. Esa idealización que se hace mayor a partir del siglo XII transfiere a través de María un terreno fértil para renovar el mito celta de las hadas.
La mujer surge con toda la potencialidad de un ser alado, pleno de luz, madre-dadora, presencia permanente que solo se ve en forma ocasional. Pero —como ha expresado Fryda Schultz— “el hombre no imagina lo que está fuera de la vida”, su imaginación parte de la realidad que puede hacer extraordinario lo cotidiano. El hombre descubrirá en la esencia de las cosas toda la maravilla de su mundo interior cargado de demonios y seres celestiales. “En consecuencia, las hadas son apariencias de la realidad, como toda interpretación emotiva de la naturaleza que provenga de un temperamento en el que predominen los sentidos, es decir, lo sensorial, y el juicio estético, antes que el logos discursivo.” Por eso las hadas van de la mano del mito, de la infancia de los pueblos, con ellos crecen y también encuentran su contrapartida.
¿Acaso Melusina*, la legendaria protagonista de las novelas de caballería que es mitad mujer y mitad serpiente, no es ejemplo que se reitera en otras culturas?
El mismo Shakespeare unió en Mab (Romeo y Julieta) a “la comadrona de las hadas” que llega arrastrada por un tiro de bichitos con la que trenza en la noche las crines de los caballos y “con nudos de elfo conglutina los sucios y viscosos pelos que una vez desenredados gran infortunio traen…” Mujer ángel y demonio que sale de su papel ancilar: de objeto pasa a ser sujeto de la acción y venero para la fantasía.
La Inquisición y luego el Santo Oficio ponen en el tapete nuevamente el poder maligno de la mujer/ bruja que, para Jung, representa el aspecto femenino que subsiste en el inconsciente masculino. Encarna “los deseos, los temores y demás tendencias de nuestra psique que son incompatibles con nuestro yo, sea porque son demasiado infantiles, sea por cualquier otra razón”. La bruja asume la contraparte del papel idealizado de la mujer, es la degradación intencional de las sacerdotisas, sibilas y magas druidicas. Pero no cabe duda que hadas y brujas tienen una larga historia de transformaciones y transferencias personales y sólo puede concebirse la presencia de una con la existencia de su oponente, hecho que el tiempo se encargó de exponer en forma de caricatura.

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*Una novela del siglo XV fija la leyenda de Melusina, quien contrae enlace con la condición que su esposo no la vea los sábados, pero éste tentado por la curiosidad la observa, descubre su identidad y el matrimonio se destruye.
Aun cuando las hadas sean la aletheia o apariencia de la realidad, es indudable que existen, que no son producto de la fantasía, sino del corazón de los hombres que han encontrado en ellas una proyección de sus deseos más íntimos sustentados por el razonamiento y la intuición. Aristóteles confesaba que cuanto mayor era su soledad, se volvía más amigo de los mitos. Otro tanto acontece con niños, jóvenes y adultos que encuentran en estos seres feéricos una respuesta universal a sus dudas, un impulso érgico para su voluntad, un estímulo para la acción y la superación. El mito calmó el espíritu de muchos hombres, el cuento de hadas les dio con generosidad los elementos para la transformación de la realidad circundante y el potencial para su crecimiento ulterior.

EL CUENTO: ESTÍMULO DE LA IMAGINACIÓN

Ilustración Arthur Rackham.

Ilustración Arthur Rackham.

El niño en su proceso de crecimiento sufre numerosas transformaciones —perceptibles o no— que son parte de la evolución del hombre.
Aquel niño balbuceante, inestable física y emocionalmente, necesitado de sostén constante será un día el creador de la sociedad. Para ello habrá evolucionado de la inconsciencia a la responsabilidad, de la actitud pasiva a la dinámica, del egoísmo a la entrega, de la imitación a la creación. Para que así suceda es necesario que haya recibido los incentivos que permitan su desarrollo integral. Y, dentro de ellos, el cuento es contribución ineludible. El cuento le brinda un mundo abierto al goce, a la emoción, al conocimiento; le trasmite un bagaje simbólico que irá decodificando paulatinamente, pero también constituirá una entrega afectiva por la que afirmará sus relaciones familiares. El niño no conoce intereses intelectuales, su movilización se hace por vía emocional y, a través del cuento, no estará ajeno al estímulo de la fantasía, a una cuota de gracia y de reflexión.
El universo del cuento le facilita al niño distintas formas de asimilación del mundo que variarán de acuerdo con su desarrollo mental y la naturaleza de la fantasía. En los primeros años hay una fantasía lúdica que es mimética (reproductora), son momentos en que las necesidades del niño se corresponden con esa realidad en la que se apoya, que lo contiene y a la que necesita aprehender.
En este juego el niño sale del mundo y proyecta su yo, porque cada vez que juega crea un microuniverso que le es propio y en el que por primera vez ejercita su libertad: puede modificar la realidad sin dejar de ser él mismo. Pero ese juego tiene su apoyo en el entorno circundante que reproducirá por mímesis y por mnémesis.
Este hecho condicionará la riqueza del universo infantil que será tanto más amplio cuanto mayor sea la cantidad de estímulos. Una contribución inestimable en este lapso es el cuento. El cuento que recree la vida cotidiana en la etapa preoperacional y, en la operacional, el que se extienda a la fantasía que le permite tomar distancia entre una realidad que nutre sus raíces, pero puede constreñirlo, y una fantasía por la que inicia vuelos y vive la posibilidad de proyectar angustias para crecer jugando. Reconoce fronteras entre realidad y fantasía que ya no están emulsionadas, sino en un estado dialéctico que le brinda la comodidad de actuar conforme a sus necesidades. Y ese momento en que puede entrar y salir del mundo sin fracturas se ha llamado “edad del cuento”, corresponde a la época de los relatos maravillosos, de los cuentos tradicionales.

ILustración Arthur Rackham.

ILustración Arthur Rackham.

La imaginación puede reconstruir o crear mundos, pero necesita un soporte vivencial que proviene de los sentidos en el que la memoria desempeña un papel importante. La fantasía es el libre juego de la imaginación que en la infancia se caracteriza por ser dinámica y fermental.
Hay distintas clasificaciones de la fantasía: onírica (“soñar es imaginar dormido”, pero desde Freud se reconoce también una fantasía inconsciente, el “sueño diurno”, compensatorio y menos caótico que el nocturno); patológica (muchas veces condicionada por el miedo que deforma la realidad); prometeica (puede proyectarse en “sueño diurno”); creadora (que precisa elementos para elaborar sus proyectos); mítica (es precientífica y se le atribuye la función de explicar y explicarse algunos fenómenos); lúdica (en la que intervienen mímesis y nnémesis y es fundamental para el desarrollo sicoemocional del juego). Y cuando nos preguntamos hasta dónde comprenderá el niño el universo de símbolos que le entregamos a través de un cuento, es suficiente recordar una anécdota de Isaacs (Obras completas de Melanie Klein) cuando relata la impresión de una niña de un año y ocho meses frente al zapato de su madre con la suela despegada al que creyó una boca que se la tragaría, pero solo pudo verbalizar el hecho un año después, justamente, porque la fantasía opera antes de que el lenguaje haya encontrado su forma de expresión. Dice Isaacs: “Las palabras son un medio de referirse a la experiencia real o fantaseada, pero no son idénticas ni la sustituyen”. Los sentimientos, los significados, son más antiguos que el lenguaje. ¿Cómo no reconocer entonces la función simbólica que marca el inicio de las funciones cognitivas? Y en la puerta de la vida: el cuento, espejo de la realidad y germen de la memoria que inventa el juego nuestro de cada día.

Cortesía Academia Boliviana de Literatura Infantil y Juvenil

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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