¿UNA VIDA SIN LIBROS?

Enrique Pérez Díaz

Desnudo con libro. Francisco Hayez (1791-1882)

Desnudo con libro. Francisco Hayez (1791-1882)

Errabundo, el pensamiento se pierde entre los vericuetos de la memoria, sigue cauces inesperados, deambula por laberintos insondables para llegar a sitios remotos, sitios donde tal vez estuve pero que, a las luces de hoy, me parece que nunca visité.

Vuelvo atrás los ojos y, más que personas, veo libros por todas partes, más que lugares visitados o vividos, descubro de nuevo las entrañables ilustraciones por donde tanto viajé antes.

Es como si la existencia fuera una gran biblioteca de la cual yo era un volumen más que, a cada lectura, se abría hambriento y trémulo, ante muchas páginas diversas e ignotas, páginas eternamente asociadas a la sorpresa, el deseo de avanzar hacia el fin del camino pues, todo camino —por muy largo y poblado de obstáculos que parezca— siempre tiene un final.

Y los libros han sido para mí una meta y un camino. Aún antes de comprenderlos, me internaba esperanzado en sus variopintas imágenes para perderme en mundos distintos, mundos desconocidos y, a la vez, entrañables que, al voltear cada página, se me antojaba recordar. Y ya desde pequeño, yo volvía, una y otra vez, a aquellos libros queridos, como un amante a la cita, el peregrino a la tierra en que nació o el tristemente célebre asesino al lugar del espantoso crimen.

Como le sucedía a Jorge Luis Borges o al propio Miguel de Cervantes, no concibo un mundo sin libros. Creo que podría carecer de cualquier cosa (incluso vital) pero no de un libro. Tal vez nunca podré saciar esa hambre otra y milenaria que en todo humano subyace, y de la cual hablaba el célebre escritor cubano Onelio Jorge Cardoso en su antológico cuento.

Siempre hubo libros en mi vida y hago votos porque nunca vayan a faltar. Los asocio a momentos especiales, o más bien los momentos recordables —digamos paradigmáticos— vienen de la mano de uno o varios libros que por entonces andaba leyendo.

Sin embargo, nunca vi al libro en esa otra función educativa, de instrucción o elevados fines morales con que, lamentablemente se les suele presentar a quienes más les rechazan por alguna mala experiencia que por propia elección. Lo vi como un umbral promisorio, un puente, un amigo inteligente capaz de liberarme de la tonta cháchara cotidiana en la que a veces amigos “inteligentes” pudieron hacerme naufragar.

Recuerdo imágenes de leyenda, pasajes exóticos poblados de especies desconocidas, cuadros de historia sagrada o seres inimaginables que, sin embargo, gracias al libro, existían para mí mucho más ciertos que la propia realidad.

Chaim Soutine. La lectura

Chaim Soutine. La lectura

El libro pues, devino en magia y conjuro. Magia con la cual curar (y atenuar) enfermedades molestas o prolongadas, desterrar el aburrimiento y la soledad. Conjuro, mediante el cual espantaba a personas inoportunas que, al ver cómo me sumergía en un volumen, decían conmiserativas: “Déjalo, si está leyendo ya…”

Y en ese mundo, en esa otra realidad inventada, fui feliz desde niño. Aún antes de estar autorizado para ello, conocí del País de las sombras largas o del sufrimiento de la reina María Antonieta de Francia en los días previos a ser decapitada. Vi los horrores de la esclavitud con Memorias de una cubanita que nació con el siglo, de Renée Méndez Capote, cuasi relato de aventuras para muchos adolescentes cubanos, uno de los best-sellers en la preferencia de mis abuelos o la Biografía de un cimarrón, de Miguel Barnet, que me fuera obsequiada por una maestra de Historia en cuarto grado.

El abismo de las narraciones de Poe me deslumbró y también sucumbí a los Cuentos de la Alhambra, de Washington Irving, a las Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer y al embrujo siempre lírico, humanista y evocador de Rabindranath Tagore.

En buena medida accedí al mundo de las letras por la vía oral. ¡Sí, como olvidarlo! Ya fuera mediante los relatos detectivescos que una hermana mayor me hacía cada noche —exacerbada su fantasía ante mis ojos dilatados por el cómplice terror— o escuchando a mi abuelo (infatigable y furibundo amante de los libros todavía a sus noventa y siete años bien vividos en medio de libros) leer una y otra vez historias cuyo significado me resultaba ambiguo y, precisamente por eso, más interesante todavía.

Luego, entrar de lleno en el mundo de las letras, gracias a la mano sabia y paciente de una maestra Makarenko, me lanzó a un feliz páramo del cual nunca he podido regresar. Rudy Caneyes Vigo abrió para mí, con la llave más eficaz para emplear en un niño (la del corazón) un ámbito secreto de vocales y consonantes que desde entonces han conformado mi universo particular.

¿Cómo olvidar aquellas carreras contra el tiempo y el sueño en pos de un final? La sed y la inquietud eran tales que, en ocasiones, comenzaba a leer una historia, saltaba a otra, y a otra y a otra… era vivir varias vidas en el tiempo, como bien ha dicho Alejo Carpentier.

Ese vicio de compaginar lecturas aún no lo he podido erradicar, sobre todo cuando escribo y alterno historias y personajes a tal punto que hasta olvido a la gente real y vivo más con mis creaciones que con los seres más cercanos.

Henri Fantin Latour. Una lectura

Henri Fantin Latour. Una lectura

Creo que debe sucederles así a muchos escritores, que sienten como más reales a sus criaturas por el modo en que se identifican con ellas y sus problemáticas, sobre todo cuando personajes y situaciones se inspiran en la vida real, como es mi caso.

Leer era conocer. Conocer era descubrir. Descubrir era vivir otras vidas en el tiempo. Muchas vidas en realidad. Domeñar el mundo de la mano de seres que se me hicieron tan cercanos como sus autores: Perrault, Andersen, Grimm, Casona, Almendros, Kipling, Salgari, Verne, Twain, London, May, Spiry, Defoe, Swift, Carroll, Stevenson, Alcott, Dickens… autores sobre los que más de una vez fui y siempre pretendo regresar…

Mi madre, otra eficiente promotora de la buena literatura, me abrió, con su trabajo de narradora de cuentos y de bibliotecaria, un rico camino que aún transito.

En las espaciosas e iluminadas salas de la Dirección Nacional de Bibliotecas Escolares , me sumergía en estantes y estantes o a veces —huyendo del bullicio de otros muchachos— iba a leer escondido en recovecos, altillos, escaleras de caracol y hasta en una torrecilla blanca donde muy cerca del cielo se iban para mí las horas y el atardecer me sorprendía allí, embebido en historias que aún considero asombrosas por su magia para cautivarme y hacerme olvidar el mundo real.

Recuerdo que siempre fui —paradójicamente— tan excelente lector como pésimo estudiante. A la primera oportunidad, me escapaba de una escuela llamada Ciudad Escolar Libertad para esconderme entre los anaqueles de aquella para mí mítica biblioteca que nunca parecía acabar por los interminables e infinitos libreros altos hasta el techo, y que tal vez el tiempo y la distancia ahora me hagan idealizar aun más.

¿Se trataba de un sitio encantado al que ya me está vedado el regreso? ¿Acaso mis maestras de tercero a sexto grado hacían de la escuela un lugar pavoroso del que yo necesitaba huir? ¿Es posible que gracias a la magia de la buena literatura un niño encuentre en los libros todo aquello que le está vedado en el mundo de verdad?

No obstante, siempre en mi vida de niño hubo personas que, compasivas, mientras hablaban de lo que vendían en una tienda o de cuánto arroz dieron este mes por la libreta de racionamiento o se entretenían en contarse otros chismes, decían de mí: “Mira como arrastra libros en vez de irse a jugar como los otros”.

Podría decirse entonces que leer no solo me permitía ver las cosas diferentes, sino que me hacía marcar la diferencia. ¡Eres diferente, te hacen sentir diferente e incluso llegas a sentirte diferente cuando, en el mundo de la cotidianidad eres capaz de leer con verdadera pasión!

Lejos de estímulo, algunas veces encontré en cierta gente censura cuando me afanaba en leer. Y de veras que no entendía. ¿Por qué uno ha de juzgar aquello que precisamente no conoce? Sí, porque —convicto y confeso del crimen de la lectura consuetudinaria— no puedo menos que pensar que quienes hablan así, tan despectivamente, lo hacen porque no conocen del libro y sus magnificas posibilidades, jamás intuyeron el mundo que podría abrírseles con solo voltear una página y detenerse unos minutos en ella. Quizás leer sea algo solo comparable a la escritura, a ese mundo de preguntas que nos abre la página en blanco y en donde una voz oculta que se posesiona, impetuosa, de nuestra mente y nuestras manos, de todo nuestro ser en verdad, nos obliga a escribir cosas sobre las que jamás habíamos reparado.

Peter Samuelson. Lectura y pintura

Peter Samuelson. Lectura y pintura

Ya adolescente, en oportunidades, para pesar de mis amigos y fugaces amores, leí con ímpetu similar. En oportunidades, un afecto quedaba sepultado tras una oleada de aventuras que yo mismo me imponía devorar. En mi etapa policial Agatha Christie y Enid Blyton (ambas tan inglesas como deliciosamente entretenidas, intrascendentes y prolíficas) ocuparon innumerables horas de mi vida, que robaba al cine, la playa, los deportes o las relaciones más reales y mundanas. Estos libros y otros que se me escapan, me convirtieron en el más asiduo lector de la biblioteca Frank País, de Santa Fe.

Decía Cesare Pavese que “la literatura es una defensa contra las ofensas de la vida” y confieso que nunca escuché pensamiento más axiomático y revelador. Si toda la gente que por ahí anda amargada, llena de dudas y desesperanza (con razones o sin ellas) cada tarde se diera a la tarea de leer, tan solo unos minutos, en su cosmovisión las cosas iban a cambiar.

Leyendo uno adquiere compromisos, ataduras que le ligan a otros seres y sus destinos, a otros mundos y sus derroteros, y esto —¡qué curiosa paradoja!— es algo enriquecedor.

Mientras más te ate un libro a sus páginas, más opciones tendrás de descubrir un camino. Tal vez te permita abandonar por corto tiempo, ese camino tuyo que quizás te cueste mucho soportar. Al menos para mí siempre ha sido así.

La molestia que representa hacer una larga y exasperante cola esperando un ómnibus que nunca llega, se puede mitigar cuando un libro va contigo y logras abstraerte un tanto de la realidad circundante. La impotencia en que a veces te sume una situación estática en tu vida, tal vez varíe si va contigo un buen libro.

Leyendo una historia, conjuras el paso del tiempo, sabes que no está perdido del todo, aunque el ómnibus no llegue, ni tampoco acudan a ti aquellas cosas que más anhelas en la vida. Protagonizando por instantes un argumento literario, te sientes héroe, capaz de disponer de un destino que tal vez antes, en la vida real, no supiste encaminar por el rumbo cierto. De ahí la posibilidad renovadora, lúdicra y ejemplarizante que toda buena lectura te puede ofrecer.

Siempre aguardé por cosas en esta vida, unas llegaron y otras tardan todavía y con un libro a la mano la vigilia se hizo hasta más placentera, menos tediosa y cargada de connotaciones negativas. Así, supe que yo podía ser uno y muchos a la vez. Aprendí a viajar sin despegarme de mi asiento; vislumbré en las honduras del ser humano y descubrí vínculos con otras épocas, latitudes y seres que jamás pensé conocer.

La lectura fue pues, para mí, un puente, no importa cuán infranqueable o brumoso en ocasiones, de todos modos, un puente que hacia alguna parte me iba a conducir. Tal vez incluso hacia mí mismo.

Leer ha sido por demás un viaje, un viaje plagado de sorpresas y evidencias, de razones o sinrazones, de quietud o desvelo. Un viaje en cuyo destino final muy pocas veces me he detenido a pensar: simplemente he disfrutado de sus posibilidades.

Y si la lectura ha sido ese viaje estimulante en pos de lo desconocido, el libro, un vehículo eficaz para dirigirme hacia cualquier parte, la casa grande de las páginas, como dijera una vez Ana María Machado, donde en momentos de pesar o de euforia puede uno cobijarse.

Por eso he viajado y he conocido de ese modo a tanta gente, y no me arrepiento. Sí, recuerdo haber leído pocos libros de los que arrepentirme, y en cambio muchos por los cuales me puedo felicitar, en la medida que me hicieron entender mejor al mundo y a su gente y hasta a mí mismo.

A veces, se ha sido un poco convencional en cuanto a qué deben leer las personas. Hay quienes suelen guiarse por listados que hacen autores célebres. Aunque no deploro o impugno esta práctica, creo que cada quien debe encontrar los libros que para sí fueron escritos, aquellos que le dicen a uno verdades, aquellos que jamás se perdonaría el no haber leído.

Hay quien vive leyendo al pie de la letra los últimos best-seller, o quien se aferra a los llamados monumentos literarios y su lectura es limitada solo a un área, por supuesto. Otros no logran sobrepasar las lecturas (menguadas y poco representativas) que orientan los programas de estudio, por demás tan aferrados a lo clásico y tan llenos de baches imperdonables.

Estimo que el mejor lector es aquel que, ligero de equipaje, emprende el viaje con un espíritu descubridor, de aventurero, y no aquel que se conforma con los caminos trillados que antes otros trazaron, sin que esto sea óbice para que en el momento adecuado uno retorne, cual hijo pródigo, a aquellos libros que ya forman parte de su vida porque desde tiempos remotos siempre los amó.

Hay obras sobre las cuales eternamente vuelvo y me traen nuevas lecturas, un aire rejuvenecedor que en el anterior viaje por sus páginas tal vez no hallé. Sería injusto si olvidara a muchos y mencionara solo a unos pocos pero, así y todo, quiero recordar a El Gran Meaulnes, Alain Fournier, El vino del estío, Ray Bradbury, El guardián en el trigal, J. D. Salinger, El libro de Jin Valor, Mathieu Lindon, El papá de noche, María Gripe, Pobby y Dingan. Los amigos invisibles, Ben Rice, Un puente hasta Terabithia, Catherine Paterson, Hoyos, Louis Sachar, El “lunático” y su hermana Libertad, Paul Kropp, Seda, Alessandro Baricco, Nieve, Maxence Fermine, y tantos mas…

Gerard Ter Borch, La lección de lectura. 1653.

Gerard Ter Borch, La lección de lectura. 1653.

Por lo general, soy parco en recomendar libros, porque sé que hay libros para lectores y lectores para libros. Por eso, por encima de todo, lo que siempre recomiendo es leer. Tampoco suelo aceptar muchas opiniones en este campo, ni guiarme por la crítica; prefiero escuchar el juicio de las personas que poseen —probadamente— el mismo gusto o punto de vista que yo.

Así y todo, siempre que deseo halagar a alguien, el mejor presente que hallo es un libro que yo mismo considere inapreciable. Nunca regalo un libro que antes no hubiera leído y me pareciera excelente, enriquecedor.

Asimismo, durante décadas, un libro fue lo mejor que alguien me pudo obsequiar. Gracias a los libros, hice mis mejores amigos, y en muchos de ellos aún se cifra mi mayor lealtad.

Conservo en un sitio muy entrañable aquellos volúmenes que profesores, colegas y familiares me entregaron en oportunidades especiales. Junto a ellos, los textos que como un buen amigo (e incurriendo en el pecado de las listas) yo sería capaz de recomendar.

No sé cómo hubiera sido mi vida sin libros. No la concibo. Por eso agradezco tanto a aquellos que alguna vez —aunque ocasionalmente— pusieron un libro en mis manos.

Pues un libro es también como un sentimiento altruista que se comparte de buena fe pese a que, como los sentimientos, en oportunidades resulta doloroso compartirlos, pues corren el peligro de ser robados o perdidos, heridos, dañados.

De tal manera que no imagino la existencia de seres que han vivido y viven sin haber leído jamás.

Si a alguien le puede resultar increíble que un ser humano pase horas enteras leyendo y leyendo, más inverosímil aún se me antoja que una persona viva sin leer jamás, que su periplo vital transcurra, simple y llanamente, sin una historia paralela, sin ese mundo otro, sin esos amigos desconocidos, esa realidad diferente que hasta el peor libro puede ofrecer.

¿Es posible vivir en un mundo sin libros?

¡Que levante la mano el primero en lograrlo!

Enrique Pérez Díaz

(LA HABANA, 1958) Narrador, periodista, editor e investigador. Actual director de la editorial Gente Nueva de Cuba, dedicada a libros para niños y jóvenes. Ha publicado, entre otros, Inventarse un amigo, País de unicornios, Monstruosi, Mensajes, Minicuentos de hadas, Escuelita de los horrores, El último deseo, Las cartas de Alain, ¿Se jubilan las hadas? El niño que conversaba con el mar, El payaso que no hacía reír, Minino y Mucifuz son grandes amigos, Cuando llegan las cigüeñas de París, La serie de los pelusos, y, Y si las brujas te salen. Además de las antologías: Cuentos sin edad, publicado por Gente Nueva, (1998), Mucho cuento publicado por Unión, (1998), y Cazador de sueños, publicado por Luminaria, (1999). Es Ha recibido los premios La Edad de Oro, Pinos Nuevos, Abril, Premio Especial Abril 2001 por el conjunto de su obra para niños, Ismaelillo y Premio Especial La Rosa Blanca, así como la categoría de Finalista del EDEBE de España y del Premio PARA LEER EL XXI del IBBY. Recibió Mención en el Premio del MININT (2000) por Investigadores en Apuros y en el 2002 Segundo Premio por El terrible sobrino visita a la tía misteriosa.

Cortesía: Laura Antillano y la Letra Voladora

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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4 respuestas a ¿UNA VIDA SIN LIBROS?

  1. Faz-me muita impressão como é que esta gente, que exalta, os livros não vê que é muito melhor deixá-los nas árvores que produzem o oxigénio que respiramos . Que os escritos, aqui no computador e as imagens, têm muito mais brilho e são mais apelativos . Não creio que eu tivesse lido o artigo que exalta os livros se ele fosse escrito num livro, em papel . Os livros em papel têm aí 400 ou 500 anos ; são de ontem. E a cultura quantos anos tem ? Que falta de perspectiva cultural e histórica têm estes homens tão cultos , embora.
    Geraldes de Carvalho

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  2. Gloria Gayoso dijo:

    La vida sin libros sería un desierto de ignorancia. Ruego a Dios por el árbol, la tinta, el teclado y todo instrumento de cultura, de lo contrario: otra vez la cueva, el palo, el sonido gutural. Muy buen artículo. Felicitaciones.

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  3. Giondelys Montilla dijo:

    al mudarme a la nueva casa, los primeros en habitarla y bien instalados en sus anaqueles, fueron mis libros, y ocupan un cuarto o habitación para ellos exclusivamente. siempre desde niño, los libros han estado conmigo y me emociona mucho conocer la experiencia del buen amigo cubano Enriquez Pérez Díaz, amigo de los libros y de la lectura.

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  4. Ernesto Javier Gutierrez dijo:

    La importancia de los libros en la vida del ser humano es difícil de sobreestimar. Leer representa uno de los factores esenciales para la formación de un individuo.Nos apropiamos del mundo a través de sus historias, y de allí esa sed, esa necesidad por conocer. Sin esa experiencia que provee la lectura, resultaría imposible conocernos a nosotros mismos.

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