La lectura y los jóvenes

Arnaldo Jiménez

Conversar sobre el tema de la lectura y los jóvenes supone adentrarnos a un mundo complejo lleno de muchos matices en los que es difícil asumir una posición sin caer en un asunto mucho más delicado que es asumir criterios sobre los otros sin pedirles su opinión; es decir hablar en nombre de otros. Este tipo de discurso es precisamente el núcleo de la dependencia cognoscitiva, se borran las realidades humanas cuando ellas son transformadas en argumentos abstractos o en datos estadísticos.
Sin embargo, asumiré ese reto teniendo en cuenta mi experiencia en el sistema educativo, la cual me permite arriesgar algunas afirmaciones; sobre todo en lo concerniente a la seducción que la lectura más mediática ejerce en ellos y, por tanto, al bajo nivel de conquista que la lectura de la literatura tiene en la circulación del universo cotidiano de los jóvenes.
Me gustaría comenzar por la conquista de bajo nivel de la literatura, lo cual tiene que ver con la ausencia de rituales en torno a ella, o, siendo más preciso, con la nula vinculación de la lectura con los ritos de iniciación que lo cultural predispone para la etapa de la vida que llamamos juventud. ¿Cómo dar nuestros primeros pasos por estos escalones? Esta pregunta oculta detrás una serie de requisitos que son necesarios tener en cuenta y que una vez comprendidos, podemos ir con un poco más de seguridad al gran archivo de los vaivenes humanos que es la literatura, y comprender en su recorrido que a través de la lectura aprendemos a caminar hacia adentro de nosotros mismos. Y aquí nos tendremos que detener necesariamente para exponer el primer obstáculo que impide que la literatura sea una mercancía atractiva para los jóvenes: el rito de iniciación está administrado y prefabricado por la industria del entretenimiento. Su énfasis es la de convertir a los jóvenes en consumidores; la lectura con la cual se seduce está basada en eslóganes y estereotipos de personalidad a través de la lectura de imágenes.
Esto conlleva a que los jóvenes fijen su atención en asuntos vinculados con el mercado y pierdan la posibilidad de forjar una conciencia crítica. Es el vuelco que la industria del entretenimiento le dio a la crisis de los años sesenta cuando el sistema no sabía qué hacer con el pensamiento y la conducta juvenil basada principalmente en el rechazo a la manipulación.  En esa década el cuerpo de los jóvenes era una lectura desnuda del erotismo subversivo, era signo sexual en su más amplia acepción, signo-significado hecho carne y espíritu.
La conciencia crítica había inventado su propia ritualidad iniciática. La industria entonces se preparó para revertir esa crisis, y asumió a través de la simulación de la conciencia y de la reproducción excesiva y cambiante de los signos publicitarios, el modo de ser joven. Los signos entonces patinan sobre sí mismos, no les importa su encarnación en cambio de conducta acompasado con profundidad crítica basada en el rechazo. La crítica se ejerce a nivel  de la competencia entre los signos mismos, lo cual supone su fortalecimiento como objeto de consumo.
El cuerpo tatuado, el cuerpo perforado, adornado, tiene varias lecturas: nuevos códigos de comunicación, conversión del cuerpo en imágenes superpuestas, marcaje de una grupalidad. Para mí esta utilización del cuerpo, al no estar orientada por la conciencia crítica vacía al cuerpo mismo y lo subjetiviza, lo desprende  de acciones que tengan una orientación filosófica y pone en el límite de la muerte al concepto mismo de identidad cultural.

Mathias Stomer (1600-1650) – Joven leyendo a la luz de una vela.

La velocidad del consumo está mediada por la velocidad de la maquinaria publicitaria en tanto que modo de producción del imaginario juvenil, todo un arsenal de posturas, visiones de lo social, rechazo racial, desvalorización de otras edades, acompañan a las mercancías materiales, forman parte de ellas, de sus valores de cambio. Como se ve, es casi imposible hablar de la baja seducción de la literatura sin caer en la seducción de la industria del entretenimiento.
No nos queda otra salida que seguir el curso de nuestros argumentos. Muchas son las interrogantes que debemos dilucidar para iniciarnos en la lectura, aquí nos ocuparemos de unas pocas que consideramos determinantes: ¿qué es leer?, ¿qué es escribir?, ¿qué leer?, y, ¿para qué leer?
Comenzaremos con las dos primeras que indudablemente son hermanas siameses, con el agravante de que en ningún caso pueden ser separadas sin que alguna de las dos muera. Leer es un acto que compromete una serie de componentes físicos, psicológicos y espirituales; acto puramente subjetivo y que al mismo tiempo conlleva dentro de sí un efecto cultural ya que forma parte de una funcionalidad colectiva en la que se juega la dinámica misma de la historia. Somos seres históricos y esto no es otra cosa que estar imbuidos de lectura y escritura en cada uno de nuestros actos, desde los más insignificantes hasta los más relevantes o trascendentes. Y no estamos refiriéndonos a la escritura y a la lectura del lenguaje solamente, hay signos y símbolos que nos surcan y nos definen y que leemos y escribimos casi de manera inconsciente, signos y símbolos que de alguna manera nos amasan desde el pasado y son la manera más espontánea de mantener con vida a la historia y a la identidad.
Danzar es una manera de escribir sobre la tierra, las prácticas folclóricas, la lectura del café, el toque de tambor, la predicción del clima siguiendo los signos del cielo, la talla sobre madera, y, sobre todo la solidez de la oralidad, allí todo el cosmos, lo local y lo universal conviven sin estropearse. Lo oral supone la existencia de una lectura de la propia vida, de un amoldamiento al espacio de tal manera que cada ser humano pareciera ser una palabra que anda, un libro que está por abrirse, un verso que sintetiza su travesía.
Leer es por tanto una continuidad de la mirada, una profundización de la misma, siempre y cuando nos iniciemos bien en ella, porque también pudiera ser una desorientación, un encauzamiento del tiempo de vida en asuntos que no están relacionados con nuestras necesidades humanas de pensar y expresarnos en y con libertad, una desorientación manipulada por el juego de la oferta y la demanda del mercado.
A pesar de que hay varios conceptos de lectura, todos mediados sin duda por los intereses y las necesidades del lector, queremos ofrecer uno que podría no estar adosado a los intereses prácticos de orientación en lo social ni a la satisfacción de necesidades imaginarias causadas por la industria del entretenimiento en la que habría que incluir a las grandes editoriales, esto es, los libros de autoayuda, los bestsellers, etc.

Alexei Harlamoff (1840-1925), ruso.

Para nosotros leer es buscar respuestas, el lector por tanto, es aquella persona que se hace preguntas, que padece inquietudes, que indaga sus instantes. El achatamiento de la vida en la sociedad capitalista reproduce a un ser que en medida creciente ha dejado de hacerse preguntas, y con ello sí pudiera haber una debacle del ser humano y producirse una nueva división del tiempo, un antes y un después de la lectura.
La sociedad postindustrial podría eliminar las condiciones reales que hacen posible la existencia del lector, aunque siga existiendo el libro y la lectura según los requerimientos de otro tipo de lector o de ser humano, aunque siga existiendo el libro y la lectura en términos de formalidad o espectro nostálgico de algo que dejó de ser. Los jóvenes estarían llamados a reproducir estas condiciones a lo largo de sus vidas, viviríamos entonces el colmo de la ficción, la suplencia total de las mercancías.
Si el sistema educativo no se organiza para producir inquietudes, crear en los jóvenes la capacidad de hacerse preguntas, estaría eliminando las condiciones necesarias para la aparición de lectores, escritores o investigadores. Leer es sobre todo una búsqueda, la búsqueda está orientada por preguntas que uno se hace en torno a la vida y a las características de la cultura y el tiempo histórico que nos ha tocado vivir. Así, escribir viene hacer el registro de mis búsquedas, poner por escrito, ordenado según mis límites cognoscitivos y espirituales, lo que yo he encontrado en la lectura de la realidad, tanto interna como externa, recordemos que ambas realidades tienen como principio vinculante la cualidad de ser inconmensurables, misteriosas, enigmáticas.
Las otras dos preguntas se hacen ahora más pertinentes; ¿qué leer y para qué leer? Y enseguida nos percatamos que también una conlleva a la otra y ambas se definen mutuamente. Prefiero empezar por decir lo que no se debe leer. Diríamos que no la lectura que ofrece las preguntas, que dice además cuáles son las respuestas, no la lectura que preconcibe al ser humano, que lo define y le oferta lo que él no está solicitando o lo que no le es necesario para conocerse en tanto que ser impredecible que marcha por la historia imponiendo los signos de su delirio y de su desencuentro.

Joven leyendo, obra del pintor ruso Aleksandr Deineka (1899-1969)

El objetivo de la lectura es que el lector se convierta él mismo en un libro, que deponga su creencia de pensarse como un ser unitario, definible, con fronteras precisas. Por lo tanto la lectura que encaja con nuestro traje humano es aquella que proviene de la literatura realizada por los seres que padecen la vida, que nos desvinculan de lo prefabricado, aquella que ahonda en las condiciones históricas y eternas de la convivencia de nuestros errores y nuestras virtudes.
El ser humano navega en la incertidumbre, en lo imprevisto, y la literatura le sirve como un mar de múltiples reflejos para sus infinitos rostros, fragmentados y policromáticos, calmados y en furia. ¿Para qué leer? Ya es obvia la respuesta. Leemos para sabernos, para caminar hacia adentro y dejarnos llevar por el hilo de la madeja misteriosa que nos conforma, para ir en busca de nosotros mismos, pues al leer se genera una conexión entre un elemento misterioso interno y un elemento que se ofrece en lo exterior como excusa y agente en el que se podría descifrar al primero. El encuentro de ambos, la motivación interior y el texto exterior, generan placer, conocimiento, crecimiento espiritual, profundización de la conciencia. Leemos para continuar haciéndonos preguntas, fluido nutricional del alma, condición indispensable para la sobrevivencia del ser humano en el planeta.
Memorias 4° Encuentro Internacional con la Literatura Infantil y Juvenil en Venezuela. Carabobo, 2009. Cortesía La letra Voladora y Laura Antillano

Arnaldo Jiménez (Carabobo) Poeta, narrador y ensayista. Licenciado en Educación mención Ciencias Sociales. Director del Ateneo de Puerto Cabello. Profesor de secundaria y de la Misión Sucre. Ha publicado el poemario Zumos (2002), compilador del libro de poesía escrita por niños El silencio del agua (2007); autor de los libros de cuentos: Chismaranga (2005), El nombre del frío (para niños) (2007) y La raíz en las ramas (2007), La honda superficie (2007) en ensayo.

Anuncios

Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
Esta entrada fue publicada en Ensayo, Lectura, Literatura infantil y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s