Autobiográficas: El libro y la lectura, lámparas de la infancia

 Julio Borromé

I. Memoria, palabra y diccionarios

Escribir sobre el libro y la lectura, sin pretensiones académicas, supone partir del adulto que soy, quien vive en medio de la tecnología y la virtualidad, desbordado por las noticias del mundo, y del niño que fui, donde el río y el gallo zambo son personajes luminosos que no detienen su viaje, y me acompañan por donde quiera que vaya.
Así me cuento frente a esta pantalla, con las manos en el teclado; la pipa a medio fumar y la taza de café humeante. Voy a llenar estas páginas decantado en la palabra, combinando sus sonidos y las cosas que nombro.
Es la palabra, el primer asombro, la revelación del mundo y de lo que cabe en él, y de lo que está fuera de sus límites. Por paradójico que parezca, al principio, casi nunca descubrimos la palabra en los libros. Entonces pensemos en dos registros, uno, entre hablantes, y el otro, entre el lector y la palabra escrita.
Al menos la experiencia de la palabra que corre de boca a boca, convoca a muchos lectores que hemos llegado a ella y a su poder de seducción, antes que a la lectura sistemática o azarosa de los textos o de algún material impreso que produce sentidos en el lector.
Lo primero que debo contar es que nací en una familia en la cual la palabra era el vehículo más eficaz para comunicarse, tanto en su cotidianidad como en el trajinar de sus vidas. De madre escuqueña y padre oriental con genealogías caribeñas, no podría desprenderme del hechizo de aquellas palabras con sonidos y musicalidades tan sugerentes. A veces me preguntaba si cuando creciera iba a hablar como mi mamá, con la neblina pegada a la boca o como mi papá, con la voz silbante de las costas. El tiempo me afirmaría como sujeto único, pues hablaba como julio, un niño de hablar entrecortado. Este dato biográfico, alejado de todo narcisismo o goce egocéntrico, es de vital importancia para comprender mi acercamiento a los libros y a la lectura. Ya les contaré.
En mi familia los adultos se comunicaban con el decir hablado, con la palabra caliente del fogón. En reuniones o fiestas escuchaba cuentos, anécdotas, chismes de familia, piropos, y rezos en velorios cuando algún vecino iba al más allá y nunca regresaba. En mi familia, por parte de madre y padre, una larga tradición de habladores hunde sus razones lingüísticas en geografías y tiempos diferentes, con sus propios registros y dictámenes, con sus neblinas y montañas; con sus puertos y mares.
Aquí parece correr la consigna de escribir en la tierra, sobre la tierra o que la tierra escribiera sobre mis antepasados.
Pero no todo se limita a espacios abiertos, a voces de abuelas querendonas, sabias mujeres que preservan y transmiten el amor por la palabra. Lo cierto es que en el apartamento donde se fueron a vivir mis padres después de unos años de estadía en Escuque, —en este pueblo mítico, aún yo no había nacido—, estas vivencias orales seguían sus encantos pero nunca se sabía cómo ni por donde recomenzaban. Era como si nuestro mundo familiar juntura las piezas de un rompecabezas. Un reacomodo de personas, objetos y espacios; allí estaban mis padres, mis hermanos, mis tías, mi abuela; los cuartos, la sala, el baño, las sillas, el radio, la biblioteca y la hamaca. De estos últimos guardo un grato recuerdo por tantos momentos que disfruté colgado de las alturas y de mis libros preferidos.
En estos tiempos, mi padre nos regaló, a mi hermano y a mí, el Diccionario Hispánico Universal publicado por Editores W.M. Jackson, compuesto por cuatro volúmenes, incluido uno, de breves biografías y lugares históricos, y otro, de mapas a color. Mi hermano y yo no teníamos quietud en la casa, fervorosos nos encerrábamos en el cuarto, no nos cabían en la cabeza tantas palabras, nombres de países, de sus respectivas capitales, de banderas y ríos. Recuerdo que me gustaba encontrar la palabra Danubio, y el nombre de un antepasado, Santiago Borromeo. Me interesé por la genealogía de este singular personaje, encontrando en la búsqueda, vínculos insospechados con unos borromí, monjes medievales paganos del norte de Italia, y con un religioso que colocó su nombre en un recinto homónimo, Colegium Borromeum, en Alemania. También me gustaba leer la asombrosa historia de la porcelana china; ver los grabados eróticos, sobar las hojas, olerlas. Creo que sin esas herramientas, que son los Diccionarios, indispensables para la formación de cualquier lector en cualquier área del saber, se acabaría el amor y el cultivo por la palabra. Este fue el anzuelo y la carnada más pesada. Por lo que me enfrenté a la difícil búsqueda de las capitales de los países mientras mi hermano, se apasionó por reconocer las banderas y las biografías de hombres y mujeres de la historia. Así pues, como en un juego, fuimos fortaleciendo la memoria, con instinto y con disciplina. Después de unos cuántos años me doy cuenta que sin la relación amorosa con aquellos intimidantes volúmenes, la obstinada perseverancia y la compañía de mi hermano, que a veces era mi enemigo, en la Batalla de Salamina, y mi aliado en el Viaje de los Argonautas, no me hubiese arriesgado al maravilloso mundo de la lectura, con todos los riesgos que supone hacer un trabajo concienzudo y placentero ante el recorrido por esas letras arrumadas, horizontales o verticales, que dan cuenta de los múltiples sentidos que el hombre encuentra al leer un libro.
Otra extensión, importante por aquel tiempo, de la memoria y la imaginación, con el perdón de Borges, que me acercó a las palabras, fue un radiecito phillis, que mi papá encaramaba en una de las paredes del cuarto, muy cercano a la hamaca. Todas las noches, tras la frescura del viento y los esporádicos ramalazos de los árboles contra la ventana, escuchaba las canciones de la época con una ligera sensación de tristeza que no sabía de donde provenía. El locutor con su voz ronca y melancólica anunciaba a Daniel Santos, Mary Trini, Nelson Ned, Claudia, los 007, los Panchos, Carlos Gardel, Pedro Infante, Javier Solís. No sé que efecto produjeron esas canciones en mi alma, lo cierto es que redoblaron mi gusto por escuchar lo que los demás sentían y contaban. Me dejaba mecer por aquellas emociones que parecían tan leves y distantes, pero tan sublimes, que me hacían pensar que yo pertenecía a otra generación. Cosas como éstas sentía tendido en la hamaca.
Gran parte de mi infancia transcurría bajo el hechizo de las palabras descubiertas en los diccionarios. Mi hermano y yo nos convertimos en verdaderos ladrones de palabras, como también disfrutaba, en la soledad del bamboleo de la hamaca mecido por los boleros y las rancheras. Desde esa hamaca en movimiento miraba la biblioteca. Un viejo estante de madera con visibles signos de mudanzas y mordidas microscópicas. Nunca me di cuenta del número de libros que, ordenados por tamaño y color, destacaba a lo largo y ancho de sus entrepaños. Es como si crecieran, como si tuviesen una vida secreta al margen de los lectores de carne y hueso. Pensaba que quienes verdaderamente pasaban sus hojas, eran los fantasmas que habitan en ellos desde siglos. Pero no, un libro está allí para el futuro lector, para aquel que lo sueña y termina por encontrar en sus páginas lo que había soñado.
Al margen de los diccionarios, tuve la suerte de que mi padre comprara a cuotas la colección en doce volúmenes de, El Mundo Maravilloso, una colección que recogía las aventuras de personajes de la historia, poemas y cuentos. Extensos fragmentos de Las mil y una noche, de Don Quijote de la Mancha, de Platero y yo. En esos libros de tapa dura, amarillos con una franjita de colores en el lomo, alusiva al motivo del libro, descubrí el sonido de los aeroplanos, canciones y baladas, poesías chinas, adivinanzas, vidas de mujeres y hombres tan desconocidos como el vendedor que tocaba la puerta de mi casa, semanalmente, para cobrar la cuota de la colección.
En ese apartamento donde la experiencia más grata fue el descubrimiento de las palabras, del libro y la lectura, digo, que sin esas historias que nos cuentan y que construimos en nuestra imaginación tras la lectura, sería imposible nuestra existencia como seres humanos. Nos urge contarnos para buscar sentidos; proyectar lo que no somos, y vamos siendo en la medida en que la imaginación es partera de mundos. Así nos hacemos hacedores de nuestra propia vida que también los otros necesitan escuchar, y que éstos desde sus propias experiencias cuentan en versiones diferentes, recogen y funden lo contado. Ya Aristóteles había puesto en perspectiva, en la Poética, eso que se nos escapa en el tiempo como discurso, y que los críticos definen como ficción. Somos un tejido de historias con acciones y discursos compartidos y diversos.
Hablar sobre el libro y la lectura, sin el tono confesional como lo he contado hasta el momento, es como leer Don Quijote de la Mancha o la Montaña mágica por la Internet, así de frío y fatigados leeremos estas obras o quizás no pasaremos de las diez primeras páginas. Prometí decirles algo sobre una cuestión personal que afectó notablemente mi relación con los otros niños y niñas de la Plata II , lo que me inclinó a distanciarme del béisbol que tanto me gustaba, de las dupletas de caballos, para tomar la decisión —primera cosa seria de adulto que hice de cuando niño—de conversar con mis mejores amigos, los libros.
De niño, no sé si por razones emocionales o funcionales, cada vez que los adultos bromeaban conmigo o una muchacha bonita me perseguía para darme un beso, tartamudeaba. Un estigma se impuso en mi vida; una mamadera de gallo que yo toleraba con cierta amargura, pero confiado en que era la gente que me vio crecer, y de todas estas muchachas de la cuadra que me esperaban con sus bocas pintadas y sus faldas a media pierna, sentadas en las escaleras del bloque, al volver de la escuela.
En esa situación un tanto extraña, me sentía, a veces, como un niño-pájaro que ansía cielos cada vez más altos; como nube negra, cargada de tantas palabras que no podía expresarlas; otras veces tenía miedo de hablar en la escuela. En la misma donde me destaqué por mi capacidad de memorialista, hasta sesenta palabras conté una vez en la pizarra, después de que la maestra las había borrado. A la maestra le sorprendía mi talento, pero a mí me importaban más que sus ojos verdes y su pelo amarillo. Claro, en el saloncito nadie imaginaba la íntima relación que yo tenía con esos gordos amigos, que son los diccionarios. En ese estado anímico de ser el primero en clase y con el amor a flor de piel me escapaba para leer bajo los árboles del campo de béisbol, para escribir poemas, y leer a Gabriela Mistral, nada más rebelde en mi ingenuidad, que este acto de leer a una de las poetas más grandes de América Latina, sin saberlo. A esa edad uno no sabe muchas cosas, y la verdad, no tenía porque saberlo, ni me interesaba.
La experiencia en la casa con todo ese bazar y alquiler de palabras, de las canciones de la radiecito, de mi curiosidad ante un libro abierto, y de mi problema de la tartamudez, me forjó una identidad, una manera de ser desplegada ante los otros. Llegué a pensar, con el tiempo, que me temían, que había algo en mí que no podían encontrar. Así me hice fuerte, bello, inalcanzable.
De aquella época valoro como boleto intransferible la lectura como un acto solitario, sea cualquiera la circunstancia que anime al lector a subir al tren de la imaginación y de los espacios para la construcción de la subjetividad. La casa sirvió de espacio para la formación, el registro oral contribuyó a apreciar la musicalidad de todas aquellas palabras que causaban una extraña fascinación. Destaco lo fundamental que fue en mi infancia tocar un libro, acercarme sin temores a esas palabras que me llamaban. Al leer un libro, uno no es el mismo, algo le cambia por dentro. La lectura en la infancia es un acto subversivo, aunque no tengamos conciencia de ello, el niño maneja una conciencia trágica y solitaria. La misma que afirma la libertad en un mundo donde el niño expresa sus manías, sus frustraciones, sus representaciones simbólicas y sus rebeldías.

II. Mi gallo zambo y el cine

En este viaje, por razones desconocidas, regresamos al pueblo de Escuque con la ausencia de mi padre; en el mismo pueblo donde mi mamá y mi papá compartieron su idilio sin sus futuros hijos. De un edificio mal pintado en una ciudad que todavía cargaba sus alforjas mercantiles sobre el lomo de un burro, nos fuimos a vivir bajo el estremecimiento de la naturaleza.
Las montañas y los animales despertaron en mí una curiosidad inagotable. Pasaba largas horas observando el revoloteo de los pájaros, la danza cósmica del pavo enamorado, las gallinas y los puercos, la mata de naranja y el verdecito de los helechos. Cualquier niño de este lado del espejo, puede contemplar este maravilloso colorido con sólo asomar su cabeza en las casas de los Andes Trujillanos, y con especial agrado en los patios de las casas escuqueñas.
El regreso al pueblo, ahora con la incorporación de mi hermana y mi hermano de aventuras librescas, trajo insospechadas revelaciones para un futuro lector. Toda mi pasión por los libros y la lectura, lo digo sin exageraciones, aumentó gracias a la presencia altiva del gallo zambo y del cine clandestino de los domingos.
Mi contacto directo con el gallo zambo, regalo de un tío, me tendió un puente entre la íntima vivencia y el deseo de conocer más sobre el animalito. No bastaban las explicaciones de mi abuelo y vecinos sobre la mejor espuela ni mucho menos que tipo de dieta antes de la futura pelea. Yo mismo me hice lector de revistas y libros especializados.
Para esa aventura huía como un fugitivo todos los lunes, día en que la revista llegaba al Kiosco de la parada Floresta 79, muy cerca de un fantástico Cine, el Cinelandia. He aquí una digresión. En ese cine ya adolescente tuve mi primera cita con el erotismo. El cartel anunciaba una película de artes marciales, cual fue mi sorpresa, que al iluminar el proyector aquella pantalla blanca, una mujer desnuda apareció sobre un cojín de terciopelo rojo. Y yo esperando al Maestro borrachón o Bruce Lee. Hubiera pasado todo el tiempo en el cine pero un policía al verme agazapado detrás de una butaca, me echó de paticas a la calle. Pero regresemos al Kiosco. Era un viaje peligroso desde Escuque hacia Valera, en un bus como de la segunda guerra mundial, esos buses destartalados y cojos que aparecían con frecuencia en las películas que vi en ese cine clandestino, también por aquellos años escuqueños. Pero aquí lo importante era la distancia y los peligros que se me presentaban, cuando se calzan nueve años y la firme convicción de que mi miedo, paradójicamente, superaba el miedo a un castigo y a la sorpresa de la calle. Mis padres nunca me descubrieron, mi deseo por saber sobre mi gallo zambo, deshizo toda la obediencia que guardaba, aunque con cierta rebeldía, hacia mi madre. Para mí que tenía una adicción a las palabras, al libro como objeto tangible, se conjugó una búsqueda obsesiva en asuntos que verdaderamente comenzaron a ensanchar mi horizonte. Leí mucho sobre gallos cubanos y españoles, gallos gringos y portugueses, leí sobre la manera de toparlos y de fórmulas mágicas que se untaban en las patas y en el cuello del gallo para ahuyentar al oponente más encarnizado. Mis revistas y libros los ordenaba en un cajoncito, antigua morada de palomas. Tanto leí por ese entonces, que discutía con viejos galleros, y hasta a ojo, le indicaba el peso y hasta pronosticaba quien mordería primero el polvo.
Un descubrimiento inusual en mi aventura de “lector” de revistas y libros especializados sobre gallos, fue la lectura de una novela que hasta ahora no he podido olvidar ni tampoco borrar las imágenes luminosas de mi memoria. El gallo de las espuelas de oro de Guillermo Morón. Cómo llegó ese libro a mis manos, perdido en aquel tiempo y ahora recuperado después de cuatro décadas de la lectura, es un misterio. El azar o algún lector olvidadizo, quiso que yo leyera ese inolvidable relato sobre un personaje de plumas y espuela, que tanto tenía que ver conmigo. Hasta hace poco tuve la sensación de cargar el gallo bajo el brazo, pero la realidad se impuso, lo que sí tenía bajo el sobaco ilustrado era un libro de Chomsky, que leía en ese momento. Todavía recuerdo el relato, aquella escena de las espuelas de oro en la noche, partidas por los rayos; y la desgracia a la que sucumbió su dueño.  Si la memoria no me falla, creo que todo la familia cayó en desgracia, como en las tragedias griegas. En adelante, leía todo lo que caía en mis manos; novelitas de Aghata Christie, Sandokan, Julio Verne, cómics. Lo extraño es que muchos de los libros de la biblioteca que nos acompañaron se perdieron en la mudanza. En esa época (y en la actual) mis fieles diccionarios de la Jackson estaban conmigo, aquellos gordos amigos de las palabras. De pronto en la casa de extensos pasillos, de aquel solar de gallinas y naranjos, de helechos siempre colgantes, me vi rodeado de libros. Ellos cobraban vida, aparecían y se ocultaban. Siempre he pensado que los libros desde la infancia me han buscado, me han seguido las huellas, los sueños. Es una relación de sincronicidad entre la vida, los libros y el lector. Un juego de ocultamiento y revelación. Una trama de muchos hilos que comienzan a tejer pero no saben donde termina la juntura del edredón. Quien vive recoge en su experiencia lectora, los frutos de un interludio temporal, su disipación o exaltación superlativa en el encuentro agónico con el libro.
Si recuerdo aquel cine clandestino, cercano a la plaza Bolívar de Escuque, es porque me deparó muchas alegrías y tristezas, y porque guardaba un vínculo especial con mi vida y mis fieles acompañantes, los libros. El cine no era como esas salas cinex que todo lo tienen, ni tampoco una vieja sala que aún la sostienen los fantasmas en medio de la voracidad de los centros comerciales. Ese cine en Escuque, era un espacio de encuentro para los muchachos del pueblo. Su mobiliario: unas sillitas, un televisor y un betamax. Todos los domingos a las cinco de la tarde, después de bailar el trompo o jugar futbolito, bajábamos de las rurales un grupo de amigos a ver las extraordinarias películas de Bruce Lee o de vaqueros. Allí estaba el portero alumbrado débilmente por un bombillo; el que encendía los equipos, el mismo que pedía el real por el pase a la sala. Era un único personaje cuyo nombre y aspecto no recuerdo. Parecía un personaje de las películas de terror, que por petición nuestra nos ponía, a costa de que ninguno llorara. Sólo recuerdo de ese personaje la mano abierta fuera de la ventanilla, llena de puyitas, centavos y reales. Aquella experiencia de las películas de Bruce Lee también me impuso un ejercicio de disciplina y búsqueda, no sin un dejo de aventurilla ya transitada. En el mismo Kiosco donde conseguí mis revistas y libros sobre gallos, encontré un libro ilustrado de Bruce Lee. Un bello libro de color verde con la figura antológica en la portada, con los puños de combate, la boca apretada y el cuerpo tenso como arco. Era Bruce Lee en toda su expresión. Abrí el libro, y guiado secretamente por quien sabe que duendecillo, me di a la tarea de revisar los datos que indicaban años de publicación, ediciones, etc. Luego hojeé las páginas con rapidez, reconociendo su contenido y me detuve en el capítulo sobre su extraña muerte. Para mí era un nuevo descubrimiento. El contacto más directo con los libros me abría la posibilidad de adentrarme en su lectura, y desde ese momento sentí el placer por esos datos tan extraños, como, quién había traducido el libro y en qué papel estaba editado. Llegaba a esto más por la curiosidad y la experticia, que por conciencia de librero o lector experimentado. El olor del papel de algunos libros era muy distinto al de otras publicaciones, la tinta, el formato, las fuentes y su impresión sobre el papel. Y así sucesivamente me fui interesando por todo lo que contenía el libro.
A veces, mientras esperaba la película, leía mis libros. Vivía entre montañas y ríos. Si uno busca las razones por las cuales, ahora, la lectura es algo indispensable en la construcción de la personalidad, cómo no rastrear sus inicios en el mundo mágico de la infancia. Qué tan cerca estuvimos del tiempo recobrado cuando a penas andábamos estrujando pañuelos contra las piedras. Recuerdo una novelita que leí en ese tiempo cuyo personaje María Chardelein y su familia luchaban por la vida en medio del fatídico invierno. Todas las situaciones de los personajes, uno los vivía como propios, uno se arriesgaba a fondo. En ese tiempo de gallos y cine, la lectura fue un viaje hacia regiones inexploradas y fantásticas. Ahora comprendo que el afuera estaba adentro y el adentro afuera.

III. Retrospectiva desde el futuro: ser digital

Sentado frente a mi computador, con las manos en el teclado, ya sin café humeante y sin pipa a medio fumar. Más allá de las doce y media de la noche; para ser justo, doce y treinta dos, doce y treinta y tres, que ya van siendo doce y treinta y cuatro, y así sucesivamente hasta que todo cierre su ciclo y nuevamente se abra, imagino que escribí en tiempo real trazos de lo que aconteció en un relato que yo mismo hago de mi encuentro con la palabra, los libros y la lectura, y de la importancia en la vida de cualquier lector que asuma al libro como herramienta de transformación individual con miras a expandir su capacidad amatoria, crítica y de reconocimiento del otro. Cabe preguntar por esa materia informe que trabaja sin nuestro consentimiento, adentro en las calderas del sueño y de la vigilia. Recuperamos, entonces, la memoria, que deja en fuga la metáfora de lo que fuimos, en cuyo salto nos desprendimos del lector que estuvo acompañándonos, desdoblado en éste que se empeña en contar fragmentos, trazos de vida, con un método utilizado por la mayoría de los niños cuando usan sus lógicas verbales: contar y descontar, decir entrecortado, de adelante para atrás y de atrás para adelante, en círculos, en piruetas, en espiral. Uno va fugándose con la vivencia de las lecturas y de las imágenes que surgen a contraluz, con cada letra, con cada impulso sobre el teclado. Sólo el olvido nos convida a pulsar una tecla, con ella, el lector desaparece.

IV. El mecanógrafo: erótica

Esta vez abandono el teclado y las ventajas que me ofrece la tecnología en su herramienta sobrenatural, el teclado de la computadora. Es extraño cómo percibo el tiempo, cómo me percibe él a mí, y cómo nos percibe la mano que toca las teclas que nombra lo que no está. Aún así, un tipo concreto, de carne y hueso, se hace patente donde lo ausente puede realizarse. Entonces quien se tiñe de realidad, conmueve aquel sustrato de cosas que quiere despertar de su letargo, y hacerse cuerpo en la palabra. Sudor, vértigo, postura ahuecada, palabra, templo, superstición y manía.
El gusto alegre por la máquina de escribir y los sonidos entre el golpe nervioso que acompaña el primer movimiento sobre las teclas y su soporte en una hoja blanca es placer estético. Es un placer heterodoxo, salvaje en su ritmo con cierta forma plástica. Una palabra escrita sobre una hoja blanca en una máquina de escribir, denuncia sed de precisión más que un vértigo voluptuoso. Así pues, el escritor piensa sobre su idea, donde suele haber el hábito compulsivo de la frase rápida en la pantalla. En la máquina de escribir, el decir certero, golpea primero en el pensar y luego en su caída, sobre las teclas, el impacto produce un sonido que lleva la impronta de lo mecánico, de algo monótono que varía según la fuerza de la idea, y no como se supone, con la velocidad del golpe. Este decir monótono es alegre, compacto y desprende una especie de sonido que anuncia musicalidad sintáctica, música de forma y fondo. Allí está, recién parida, la oración, el verso, la frase, como un látigo sonoro.
La relación que se establece con la máquina de escribir es una relación erótica. Entrañable en lo que se apuesta.
El acto de abrir primero la página que tenemos en la mente, para luego, abrir la hoja blanca, crea en el escritor un trabajo acucioso de discriminación lingüística. Las imágenes, producto de esa disección, parecen ocultarse o puede que se reacomoden para dar paso a un proceso más complejo de selección en la mente del escritor. Es una tensión como si el escritor estuviera alistándose para un disparo donde no puede fallar, lo cual no es sólo condición de concentración, sino tanto como esto, temple de la palabra que arrastra a otra palabra, y así la facultad especial de construir un discurso coherente en el cual, quien busca una palabra, ahora tiene un corrido de formas sintácticas que no generan un fin en sí mismo, sino en lo que por él, el escritor quiere comunicar. Entonces, bajo el hechizo de una palabra y su pujo inmaterial que llama a otras palabras con sus propias esencias, el escritor domeña la voluptuosidad inherente al acto escritural, sin que éste pierda la corriente anímica que posee. Es más intenso el placer aunque sea un instante brioso. Respiro sobre la página, profundo coloquio, caballo sonoro.
Es lícito pensar que una hoja escrita a máquina de escribir es diferente a la escrita sobre un teclado y frente a una pantalla. ¿Acaso será distinta la naturaleza de los pensamientos ante la evidencia material que los sostendrá en el tiempo? ¿Y el autor, será el mismo ante una sola hoja blanca, ajustada al rodillo? ¿Acaso imaginar muchas páginas “enrolladas” como un folio en la pantalla y que con sólo pulsar una tecla se revelan infinitas, cambiaría en algo su manera de decir, su manera de leer? O como lo dice Goethe, “tanto más cuanto que mi amigo me hacía recapacitar con frecuencia sobre lo que significaba eso de escribir  un verso con pluma de cuervo y tinta china en papel holandés”.
Mas quiero desde luego decir que no se trata de una competencia tecnológica con el fin de negar los adelantos en materia de redes, sistemas  infinitesimales y virtualidades, se trata de los afectos y de la relación energética que establece el escritor con la máquina de escribir: es una comunión que erotiza el encuentro. El escritor sin término ni acabamientos, objetiviza sus sentimientos, quiebra las frases sobre las teclas. Su constitución muscular y nerviosa es una sola, una sola atmósfera de confesión.
Para mí, en estos avatares escriturales, nada hay más interesante que el golpe de la tecla sobre la hoja y la impronta de la palabra, luego de pisar la cinta. Digo, esta verdadera obsesión por los sonidos que se desprenden cuando hinco los dedos sobre las teclas, invita a la imaginación, la convoca a salir de sus escondrijos: es un huésped que aparece sobre la hoja blanca, salta delante de mis ojos y con frecuencia hace cabriolas y se oculta. Esta rara fascinación por la máquina de escribir parece ir en adelante y hacia atrás. Es como sentarse en un sillón que hace que el instante sea corriente subterránea, entonces pasa el tiempo y las cosas que uno nombra dejan de ser y van siendo entre el todavía y el veremos. Asistimos a la creación de la palabra en su doble dimensión de advenimiento: la existencia inmaterial de lo nombrado en la mente del escritor, y la encarnación de la palabra sobre la hoja en blanco. Sin embargo, ocurre una especie de disolución del acontecimiento escritural. Ambos productos, tanto lo que aún no es como lo que aparece, iluminan ese espacio que se crea entre la urdimbre textual, el lector y el escritor, que en definitiva no pertenece a ninguna voluntad en particular. Inventarse con el lector, y que el lector también invente al escritor, es la fuente de una fascinación que integra y disuelve todo en el acto de la escritura. Pues este efecto misterioso es de un gran efecto, también en el acto de la lectura: quien escribe se lee y quien lee es un escritor en potencia.
En otro plano, podemos presentar una diferencia existente entre estos dos momentos que se confunden, sin plena conciencia en la mente del escritor y del lector, que consiste en que ambos son portadores de tiempos distintos. Desde donde viene el impulso del creador opera la potencial situación del encuentro con el lector. Éste se debe a la espera, en última instancia es impulsado por el deseo, que previamente el escritor ha desencadenado su torrente sanguíneo sobre lo que vendrá. Ocurre el milagro. La transformación. La prefiguración. El sentido que puede desplegar cada vez más sus efectos cuando el lector entiende lo que lee, progresivamente incorpora sus referentes, y se valdrá de su participación para permear el texto con su propia significación. Tendremos así un texto abierto, inagotable, de múltiples hermenéuticas. Así pues, podemos decir, que el lector recrea el texto escrito; se convierte en un potencial escritor. Este lector no solo lee el texto que tiene antes sus ojos, sino que en su primera lectura, yuxtapone otra lectura de sus referentes lingüísticos aplicados a la lectura inicial. La propensión que se encontraba implícita en el encuentro escritor-lector, está determinada por lo que llamaríamos el espacio de interlocución entrelineal, que surge en el momento donde la operación primaria del lector, abre espacio entre las líneas imaginarias donde no entra el pensamiento del escritor; y lo combate, se apropia del significado e interviene en su lectura, y sobre la lectura que él mismo descifra sobre el texto que lee, crea nuevos referentes imaginarios y de reflexión sobre sí mismo. Empezamos a ver que la distancia abierta entre el escritor y lector impuesta por algunas tesis que describen al lector como un ente pasivo ante el texto es considerada bajo esta perspectiva, ilusoria, y que define a un lector que no explota todas sus capacidades creadoras. Por el contrario, todo lector se presenta como un proceso que surge de la interacción de los factores en juego (a la vez textual y participativo). En consecuencia, en él su inclusión en la urdimbre textual no proviene de un modelo, en el cual se pueda fijar su comprensión lectora al margen de su referencialidad y que se aplique a su escritura, sino que está contenido por completo en el flujo del efecto material (las palabras), al que conduce de un modo inmanente y cuya participación asegura una comprensión del sentido, elevado y abarcante que dialoga más allá de la concebida lectura del texto sobre sí mismo sin la inclusión del lector. Lector (a), la máquina de escribir es la poética de la circularidad.

Julio Borromé
Poeta, ensayista y promotor de la lectura. Cursó estudios de Lenguas y Literaturas Clásicas en la Universidad de Los Andes. Ha publicado los poemarios: Tiempo de pájaros dormidos (2002), Camisa de plumas (2004). Salmos al exilio (Premio Certamen Mayor de las Artes y las Letras, 2006). Desnuda te ves más alta (2007), incluido en la Antología de la Joven Poesía Venezolana Amanecieron de Bala (2006) y en el libro Corazón de Venezuela: Patria y Poesía (2009). Ganador del concurso literario de ensayo y poesía ULA (2002 y 2005). Su obra ensayística inédita comprende dos libros sobre Filosofía y Literatura Venezolana y Latinoamericana. Es miembro de la Red de Escritores de Venezuela.

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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2 respuestas a Autobiográficas: El libro y la lectura, lámparas de la infancia

  1. Ivonne Borrome dijo:

    Te felicito por tus premios, te vi en el programa de Mariaelcira Matute,
    Yo tambien poseo el apellido Borrome, y mis raices tambien son de oriente, Tenia un Primo quien pienso es tu papa de nombre Daniel.

    Espero tu comentario…

    Ivonne Borrome.

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  2. juan emilio rodríguez dijo:

    Contéstale a la lectora Ivonne Borromé. Señor Julio, lo cortés y que no quita nada.

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