Imagen del escritor. Cómo llegué a la escritura

José Gregorio González Márquez

Mi encuentro con la palabra se remonta a la infancia. No fue, por supuesto, de forma común. Letra a letra mi madre me enseñó a divagar por las claras aguas de la escritura. Hasta entonces la tradición oral llenaba de fantasías y miedos, las tardes y noches de mi pueblo. Solíamos sentarnos alrededor de los mayores para escuchar sus historias y deleitarnos entre el terror y la aventura. Cuentos que en ocasiones se repetían pero que no dejaban de entretenernos. Así, escuchando leyendas y relatos trasmitidos de generación en generación empezó a interesarme la escritura.
Las primeras letras entraron a mi vida como un torrente de pasión. Pasión que se desgaja en una muchedumbre de colores, vibraciones, misterios, ruidos, imágenes y certezas. Mi madre se empeñó en enseñarme a leer cuando apenas tenía cinco años; de hecho lo logró. Entonces se requería tener siete años para ingresar a la escuela. Ella convenció a la directora y a mi primera maestra para que me aceptaran como alumno. Desde entonces me acerque a la palabra y hasta ahora convivimos en una hermosa amistad.
Para mi suerte, la maestra era ternura y simpleza del alma. Nos guió sin mayores traumas por los senderos de la lectura. Me inicié como un lector empedernido. A pesar de los pocos libros con que se contaban ya el viejo silabario impresionó en el corazón el deseo constante de leer. La palabra descendió desde su altar para apropiarse de mi destino. Poco a poco y con el transcurrir de los años me fui adentrando en la belleza del lenguaje. Sentía en lo más profundo de mi existencia la necesidad de leer y escribir para descubrir los misterios y las fantasías que sólo el hombre es capaz de concebir. El maestro José Manuel Briceño Guerrero expresa esa necesidad innata en el libro Amor y terror de las palabras. Citó ahora algunas de sus expresiones: “Desde siempre la experiencia vivida en la palabra me pareció más real que el contacto directo con las cosas. No sentí el lenguaje como representante del mundo que los sentidos me entregaban, ni como camino hacia él, sino como ámbito de una realidad más fuerte y más cercana a mí.”
Mi pueblo es un paraíso perdido entre grandes montañas. Un azul melancólico bordea su cielo y lo hace digno del nombre que sus fundadores le pusieron. En La Azulita – así se llama – infinidades de animales y plantas convergen para formar un edén. Mis cuentos y poemas para niños se nutren de mis experiencias de la infancia. Aun cuando vivía en el casco urbano, con mucha frecuencia nos escapábamos a los campos para disfrutar de las maravillas que sólo la naturaleza podía darnos. Bañarnos en sus ríos, jugar con las mariposas, perseguir iguanas, asustar a nuestras compañeras de clase con animalitos, claro está sin hacerles daño, formaban parte de nuestras correrías. Allí nació mi amor infinito por la naturaleza.
Quiero denotar que casi todos mis poemas para niños están dedicados a animales en peligro de extinción. Me parece que es una forma de crear conciencia ambientalista  además de   fortalecer lazos con todos los elementos de la creación.
Indudablemente todos los acontecimientos de la infancia marcan la vida del escritor. Para mí, leer, representaba acercarme al mundo inveterado de la fantasía y la imaginación. Una anécdota que suelo mencionar cuando me preguntan cómo me hice escritor parece extraída de un cuento absurdo. En mi pueblo vivía un sastre colombiano que hacía trajes para los hombres. Un buen día al pasar frente a la sastrería me llamó la atención el trabajo que realizaba. Así que decidí entrar para observar como cortaba y cosía los trajes. Pero, inmediatamente una vitrina de vidrio que estaba a un lado del mostrador captó mi atención. Dentro de la vitrina había una colección de pequeños libros. Textos para niños. Aunque eran  pequeños de formato, me parecían enormes caudales de aventuras. Y no me equivoqué pregunte si estaban a la venta y cuál era el precio. Así me hice con mi primera colección de clásicos de la literatura. Aunque eran adaptaciones me sumergí en el Flautista de Hamelin, Caperucita Roja, las mil y una noches, Aladino y la lámpara maravillosa, Simbat el marino, El Jorobado de Nuestra Señora de París y muchos otros. Tenía entonces unos siete años.
Estas lecturas  despertaron el sentido de la escritura. La imaginación comenzó a corroer mi tiempo. Imitar cuentos, intercalar personajes de diversas historias, manipular tramas y reescribir historias se convirtió en  mi pasatiempo. Los vientos del lenguaje me hicieron navegar entre la ensoñación y la fantasía. De pirata a alquimista, de jugador a saltimbanqui se me fue yendo la infancia. Entre amores y abandonos crecía la pasión  por la lectura y la escritura.
Me hice escritor quizás desde niño. La palabra arropó mi vida como un inmenso relámpago que sacudió sin cesar cada vereda que tomaba. El lenguaje de las piedras me hablaba desde la más remota antigüedad. La naturaleza me enseñó sus secretos.

Niño leyendo Santiago Eugenio Daneri (1881-1970)

La lectura me permitió adentrarme en los corrillos de la memoria humana. Escribía en secreto; amaba sin ambages a mis compañeras de clase y por tanto, les escribía cartas de amor; aunque nunca fui correspondido. Entonces, quedó grabado en mí la necesidad de expresar lo que sentía. Sin ánimo de parecer cursi puedo referirles una anécdota que viví cuando tenía nueve años. Me enamoré de una niña hermosa que estudia en mi grado. Sin perder tiempo comencé a escribirle cartas declarándole mi amor. Pero no me quedaba allí, yo mismo hacía el sobre y además le metía una moneda. Ustedes dirán estaba comprando el amor. Lo cierto es que se las enviaba con un amigo. Cada vez que le entregaba una para que me sirviera de correo él se reía y yo sin saber por qué. Un buen día mi amigo con expresión de sorna y burla me dijo: usted si será pendejo, yo le entrego las cartas y ella abre el sobre, saca la moneda y rompe la carta. No lo podía creer. Mientras pensaba en ella, mi amada como diría mi querido poeta Alcides Rivas El Conde Azul, disfrutaba de una buena tanda de caramelos.
Todas estas vivencias la he recogido en libros para niños donde el tema primordial es el amor de la infancia. En La tinta invisible, libro de cuentos recojo esas andanzas de la infancia. Desde muy pequeño tuve la ilusión de publicar un libro. Admiraba a los escritores y me parecía hasta irreal llegarlos a conocer. En los pocos libros de primaria leí con gusto los poemas de Andrés Eloy Blanco, Cruz Salmerón Acosta y otros. Asimismo, la Revista Tricolor editada por el Ministerio de Educación llenó muchos espacios para el lector en ciernes que era. En mi infancia leía todo lo que me caía en las manos. Desde suplementos de comiquitas hasta libros de cuentos clásicos, claro generalmente eran pedidos en préstamos.
Poco a poco las circunstancias y la vida misma me llevaron por los caminos de la escritura. Durante mi bachillerato se afianzó el deseo de escribir. La palabra se adueño de mi existencia, me convocaba con mucha frecuencia a sus predios. Entre angustias, agonías, placeres y derrotas, el lenguaje en sus actos de bilocación emergía sin grandes contratiempos. La página, espesa casa de los símbolos, petrificó mis letras entre tinta y obsesiones.

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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6 respuestas a Imagen del escritor. Cómo llegué a la escritura

  1. NELSON ROSALES dijo:

    LO FELICITO POETA, ME GUSTARÍA SER ESCRITOR COMO UD.

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  2. Giondelys Montilla dijo:

    esa muchacha se hizo millonaria con todas las cartas que recibía de aquel enamorado…

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  3. Un gusto leerte. Conseguiste algo que por tu articulo mereces.
    Saludos
    fecarsanto

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  4. Nathalie Mariel dijo:

    Gracias por compartir parte de tu historia de vida…
    Felicitaciones, me encantó…

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  5. Yolanda dijo:

    Hola José Gregorio, me llegan siempre tus correos y de esa manera me acerco a tu escritura, a través de La Tinta invisible, que se hace visible en tu particular estilo, pleno de frescura y de risueñas anécdotas. Te felicito y espero seguir disfrutando de tus notas. Saludos, Yolanda

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  6. Jose Miguel dijo:

    Felicitaciones, José Gregorio…mal agradecida la muchacha…la ingrata ni siquiera te gratificó los caramelos con un beso, jajaja. Sigue adelante poeta

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