¿QUÉ ME HIZO LECTOR?

 Armando José Sequera

Soy autor de numerosos minicuentos o minificciones, como también se les llama y, tal vez por eso, estoy acostumbrado a la brevedad, al texto lacónico. Si en este momento estuviese elaborando uno de estos textos, a la pregunta “¿Qué me hizo lector?”, que propone la mesa, simplemente habría contestado La curiosidad y, dentro de cinco segundos, estaría abandonando este panel.
Obviamente, si me guiara por mi tendencia a escribir corto, debido – supongo –, a una pereza congénita que creo viene desde mis antepasados prehistóricos, dejaría las cosas hasta ahí y ya.
Pero no. Con tan sólo enunciar que lo que me hizo lector fue la curiosidad, estoy contagiando de curiosidad a, cuando menos, una parte del auditorio. Y la curiosidad, si bien no es un padecimiento letal, genera consecuencias que, en ocasiones, pueden ser nocivas y hasta mortales.
Pensemos en el felino del refrán La curiosidad mató al gato. El pobre minino protagonista del dicho perdió la vida por curioso, lo cual nos hace ver que el fisgón corre inmensos riesgos, cuando se dedica a su principal afición.
Llegados a este punto, debo indicar que, hasta donde he podido averiguar, existen cuatro tipos de curiosidad a los que podríamos deslindar como interesada, intrascendente, sana e insana.
La curiosidad interesada es aquella que sentimos por cierto tipo de información y de cuya obtención esperamos recibir algún beneficio. Este tipo de curiosidad se manifiesta, entre otras muchas formas, en el llamado espionaje industrial y en el espionaje laboral –con miras a ascender de cargo, a costa de los errores ajenos –, o en el espionaje político, hecho en función de sacar provecho de las debilidades del rival electoral o partidista.
Un segundo tipo de curiosidad es el intrascendente. Éste es estimulado por los medios de comunicación masiva y su objetivo es desviar nuestra atención de los problemas verdaderos y graves del mundo, para que la centremos en temas de escasa importancia para nuestra existencia y la de quienes nos rodean, como la vida de los ricos y famosos, el cambio cada vez más frecuente de la moda en el vestir y cuanto resulta novedoso en materia de consumo.
Hay personas que saben de qué color es el baño de determinada modelo o cantante; qué tipo de lápiz labial o base para maquillaje utiliza cierta actriz de Hollywood y qué tipo de ropa interior usa un futbolista famoso. Al mismo tiempo, ignoran que un vecino de piso o de calle agoniza por una enfermedad incurable o que, al otro lado de la ciudad, una prima hermana suya está a punto de que la echen a la calle por no poder pagar el alquiler de su vivienda.
Este segundo tipo de curiosidad es producida por una hipervaloración del tipo de información llamada de moda y de farándula, hecha con la finalidad de distraer a las personas hasta tal punto que prácticamente renuncien al derecho que tienen de obtener un conocimiento que verdaderamente les sirva a ellas y a su comunidad. Y, lo que es peor, que hasta se sientan orgullosas de su ignorancia, en materia de cultura, historia, política y economía.
El tercer tipo de curiosidad a la que hago referencia es la curiosidad insana. Se parece un poco y tiene de las dos anteriores, aunque a diferencia de la segunda no es inducida.
La curiosidad insana es aquella que mucha gente tiene y la lleva a averiguar e investigar cosas que ni le van ni le vienen, como no sea para hacer daño a otras personas.
Ella sirve de punto de partida para generar rumores, calumnias y chismes en torno a alguien que detestamos, entremezclando medias verdades con mentiras o construyendo mentiras con datos verdaderos pero circunstanciales.
Por último, hablaré de la curiosidad sana. Es la que posee la persona que no se conforma con lo que le dicen y trata siempre de averiguar más sobre aquellos temas que llaman su atención.
La curiosidad sana mueve a saber un poco de todo o todo de un poco; en este segundo caso, con miras a conocer hasta sus últimas consecuencias un tema que nos fascina.
La curiosidad que me ha embargado desde niño ha sido de este último tipo. Y siempre me ha llevado a hacerme preguntas. Preguntas cuyas respuestas me han conducido a nuevas preguntas y nuevas respuestas, en un proceso casi infinito parecido a correr tras una ilusión óptica como el inicio de un arco iris o la línea del horizonte.
La imagen que me viene a la mente para describir este universo de interrogantes y contestaciones es el título de un cuento de Jorge Luis Borges: El jardín de senderos que se bifurcan. Cada pregunta me lleva a dos o más respuestas y cada respuesta suscita en mí otro ramillete de interrogantes
Siendo niño, empecé a hacerme preguntas en torno a la vida física y espiritual, pues desde que tengo memoria me ha intrigado dónde estuve antes de nacer, dónde iré cuando se venza la garantía de mi cuerpo, qué papel cumple mi espíritu en mi vida, qué debo hacer para ser cada vez mejor o por qué soy quien soy y no otra persona.
También he querido saber cómo y cuándo un hilo de agua en una montaña se transforma en un río caudaloso que corre por la llanura; cuántos peces construyen un cardumen y por qué se mueve éste como un solo organismo; qué transforma a una niña maravillosa en una mujer adulta insoportable y maligna; dónde duerme el silencio, mientras el ruido nos atormenta.
A la par, me ha gustado conocer la historia del lugar donde nací –Caracas -, del país cuya nacionalidad ostento y del planeta donde, junto a más de siete mil millones de personas, viajo por el espacio a 108.000 kilómetros por hora.
Con los años, me ha dado por conocer la psiquis humana y el interior de nuestro cuerpo; por saber –aparte de literatura –, de música, artes plásticas, cine y otras manifestaciones artísticas, como un modo de comprender mi época y las que me antecedieron. También como una manera de apreciar estéticamente el mundo del que formo parte.
He leído los libros sagrados de casi todas las religiones que existen, he buceado en bibliotecas y hemerotecas en procura de un dato que confirme o niegue algo que creo saber; he observado el vuelo de las aves con miras a descubrir por qué no me fue dado el don de volar con alas y sí el de surcar el cielo con la imaginación; y he querido conocer de cerca las infinitas posibilidades que mi capacidad de soñar y crear me proporcionan.
¿Qué he ganado con ello?
Al parecer, no mucho, dado que cada vez que creo estar seguro de algo, no pasa mucho tiempo cuando surge una duda nuevecita y me veo obligado a buscar información otra vez, como un detective clásico, armado con una lupa y mi determinación, en procura de esa medusa elusiva que llamamos verdad.
Sin embargo, debo confesar que he ganado bastante, ya que he descubierto el enorme placer que proporcionan las investigaciones. Hay una satisfacción de tamaño incalculable en la búsqueda de un tesoro y, la mayoría de las veces, dicha búsqueda es el verdadero tesoro.
En esta siempre sorprendente afición, el único instrumento que me ha permitido conseguir lo que busco es el libro.
Ningún otro medio de comunicación se le compara, ya que es el único que nos da espacio para la reflexión y para que tratemos de llegar a conclusiones por nosotros mismos.
La televisión y el cine son poderosísimos, pero reducen todo a su tiempo de exhibición. Concluye un programa y viene otro, sobre un tema totalmente distinto, y no se nos da la posibilidad de pensar y asimilar lo presenciado.
No pido que dejemos a tales medios a un lado, pero sí que le dediquemos menos tiempo a ellos y más a la lectura. De otro modo y sometidos a la hipnosis de los medios masivos de comunicación, nuestra mente pasará de un asunto a otro, sin oportunidad para ejercer nuestro pensamiento.
Cuando navegamos por la red, ocurre algo parecido, aunque allí tengamos que leer. Ello se debe a que la mayoría de los textos que encontramos en Internet –a menos que se trate de libros completos –, son resúmenes o informaciones escuetas, del tipo que aparece en los diarios en formato tabloide.
El deseo de obtener conocimiento; de conocer historias que me hablen de cómo son otras personas, otros espacios geográficos, otros tiempos; de descubrir nuevas y asombrosas formas de la belleza, se transformó para mí en una inefable y adorable pasión que me convirtió en lector.
No un lector metódico, como un bibliotecario inglés, sino un lector que, una vez en el Paraíso, prueba todos los frutos que penden de los árboles buscando obtener de nuevo ese intransferible gusto que deja el saber algo que ignorábamos y hasta algo que no sabíamos que ignorábamos.
Leo de todo, especialmente, narrativa, porque necesito como el rey Shahriar de Las mil y una noches, alimentar mi imaginación con historias que, fundiendo la realidad y la ficción, construyan una realidad paralela finita cuyo término lo imponga el sencillo acto de cerrar el libro.
La existencia que llevamos es tan compleja y tan inasible que, sin el sustento que me proporciona la lectura, sería tan infeliz como esas personas cuyos rostros entrevemos en sus automóviles, rodeadas de aire acondicionado y soledad, en las largas colas del tránsito vespertino.
En la mayoría de los libros que leo, encuentro una o varias maravillas que, a partir de su conocimiento, pasan a formar parte de mi existencia, como si las hubiera hallado en un viaje o en un sueño.
Y es que el viaje inmóvil que nos propone la lectura sólo tiene parangón con un traslado a tierras desconocidas, a espacios que nuestra imaginación ha tratado de reconstruir a partir de fotos, películas o videos, pero cuya riqueza sólo puede percibirse íntegramente al estar en ellos.
Bueno, se terminó el tiempo que me habían asignado. Hasta aquí llegó este breve texto.
Con su permiso, me voy a leer.

Cortesía La Letra Voladora y Laura Antillano

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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2 respuestas a ¿QUÉ ME HIZO LECTOR?

  1. Marina Araujo dijo:

    Excelente artículo. Gracias a la pluma de Armando José y a la generosidad de José Gregorio.
    Saludos, amigo.

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  2. Giondelys Montilla dijo:

    muy bueno, escuchar a Aramando José Sequera es aún una experiencia muy enriquecedora porque es una gran conversador, muy versado y con un dominio admirable de la lengua, de la palabra. gracias por publicar esta ponencia…

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