El encanto de leer

Lady Katerine Ramírez Ruiz

Édouard Manet (1832-1883), francés.La lectura

Cuando  era niña me correspondió como a tantos otros de mi generación, aprender a leer con el consabido “Silabario” y “Coquito”, que para mí eran letra muerta, puesto que antes de los seis años (edad en la que me inscribieron en primer grado) mi papá, que era lector consumado, me había iniciado en el mundo de los libros con canciones, historias y poesías que juzgó pertinentes para mi corta edad, tal vez debido a lo que explica Álvaro Agudo (1988): “… para el niño en situación de apresto a la lectura, es importante recibir libros como regalo, tener libros en casa, a la vista y a su alcance, y observar cómo leen en su presencia. Aunque el niño no los lea todavía, el contacto físico con los libros, familiarizarse perceptivamente con ellos, tocándolos, aprendiendo a pasar sus páginas, descubriendo en ellos cosas interesantes –a través de ilustraciones, por supuesto, ya que no sabe leer- son acciones que constituyen los primeros pasos hacia la lectura. Sin duda, los libros de imágenes juegan aquí un papel esencial, incluso si son de puras imágenes, sin una letra; el niño aprenderá a “leer” las ilustraciones, interpretando lo que ve y entregando la imaginación en la construcción de historias propias a partir de las imágenes.” (p. 150-151)

Por esta razón, antes de saber leer ya recitaba a Margarita de Bayle de José Martí, conocía los cuentos de los hermanos Grimm, de Andersen, las correrías de tío Tigre y tío Conejo. Si hasta me habían leído Mi Delirio sobre el Chimborazo, por lo que ya sentía admiración por un señor de apellido Bolívar; también sentía pena por Panchito Mandefuá, reía con la I Latina de José Rafael Pocaterra y El diente roto de Pedro Emilio Coll. En palabras de Álvaro Agudo (1988): “Para estimular la imaginación, relacionándola con vivencias, la afectividad y la lectura, el gran instrumento es la narración de cuentos. Contar historias a los niños y, sobre todo, leer historias a los niños, cumple con los objetivos mejor que cualquier otra actividad. Al oír las historias, el niño las construye en su imaginación, vive las alegrías y sufrimientos que en la historia aparecen y, finalmente, la satisfacción de los obstáculos superados, si el cuento termina bien.” (p. 150)

Aldo Bonadei (1906-1974), brasileño. La lectura

El acto de leer (sobre todo en la escuela) era para mí algo totalmente ajeno, aburrido e incomprensible pues no podía comprender la manera de usar las letras para extraer de ellas palabras, expresiones y textos. Era como si me hablaran en otro idioma y además me exigieran que también hiciera lo que no podía hacer: leer y escribir. Ni que decir, la pena que daba que en pleno salón de clases me sentaran con los que “no sabían leer”. En vista que los textos utilizados en el aula, adolecían de contenidos motivadores, coincido con la opinión de Dora Pastoriza de Etchebarne (1988): “El libro de lectura es el primer medio de vinculación literaria que el niño tiene en la escuela. Los cuentos y las canciones que antes ha recibido de un modo oral y directo debe encontrarlos nuevamente, dignificados por la forma escrita, convertidos en un bien de esa cultura que no llega a romper bruscamente con su mundo de juego y fantasía sino para ingresar a él, fertilizándolo y abriéndole vías diversas para su imaginación en desarrollo.” (p. 56)

Paradójicamente el hecho que me leyeran seguía siendo maravillosamente significativo en mi vida, lo seguía disfrutando y atesorando como uno los mejores momentos compartidos con mi papá, quien por su parte, nunca me presionó para que leyera, solo me enamoraba, sembraba en mí sin que yo me percatara, el amor a los libros, el hábito de leer cada día y de todo un poco. Alga Marina Elizagaray (1988) sostiene que: “Todo niño necesita casi siempre del impulso y orientación hacia los libros. La afición a la lectura y su disfrute sólo puede lograrse de modo directo y personal. Todas las cosas esenciales de la vida necesitan del calor y el esfuerzo personal. Esa es la única forma en que surgen, viven y progresan transmitiéndose. Es por eso que siempre recordamos con cariño a la persona que nos inició en ese fabuloso “país de las maravillas” de la letra impresa. Semejante persona a veces existe en el ámbito familiar –a menudo cuando el nivel intelectual de los padres es alto y va unido a la preocupación por transmitirlo a sus hijos- ; entonces la iniciación es más fácil y eficaz. ” (p. 178)

Por consiguiente, al terminar al año escolar, a duras penas lograba leer y escribir lo indispensable para pasar de grado, me daba un tedio terrible solamente pensar en la escuela. Sin embargo, gracias a mis padres, ambas acciones no significaban lo mismo en mi casa, lo cual no quiere decir que al principio no fuera sumamente dificultoso. Comenta Alga Marina Elizagaray (1988): “Una vez que el niño aprenda a leer y le tome gusto a hacerlo, está en condiciones de comprender y conocer mejor la realidad en que vive, la naturaleza y la sociedad que le rodea. La literatura, como medio de desarrollo del lenguaje, contribuye a enriquecer su vocabulario y sus posibilidades de comunicación oral y escrita. Ejerce, además, una influencia decisiva en la formación del carácter, los sentimientos y convicciones, el gusto estético y el completo desenvolvimiento del futuro ciudadano.” (p. 83)

Raúl Schurjin (1907-1983), argentino.La lectura

Así pasó el tiempo y al mejorar mis capacidades lecto-escritoras ascendí de oyente a lectora oficial de las historias que ahora yo escogía para mi papá, continuábamos leyendo todas las noches y cada vez que era posible, ampliamos los géneros e incorporamos el de la novela: Julio Verne, Robert L. Stevenson, Louis May Alcott, Daniel Dafoe, Enriqueta Beetcher Stowne… son algunos de los autores que me mostraron inimaginables historias, paisajes, lugares. Si bien es cierto lo que afirma Álvaro Agudo (1988) cuando dice que “Aprender a leer es, entre otras cosas, desarrollar una habilidad física que requiere entrenamiento…” (p. 152), el mío desde ese entonces ha sido ininterrumpido.

Al principio también era actividad compartida. Luego… algo cambió en mí. Me independicé y comencé a leer por mi cuenta, devoraba todo texto a mi alcance. Desarrollé mi afición por coleccionar cuentos y novelas. La lectura, de manera integral era parte activa de mi vida, antes sin saberlo y luego conscientemente; no recuerdo un sólo momento en que los libros no hayan estado presentes en mi existencia. Con respecto al acto de leer, comenta Alga Marina Elizagaray (1988): “Leer es un medio efectivo para lograr el desarrollo intelectual, social, espiritual y moral del hombre (…) y, por tanto, de su imaginación y de su sensibilidad. La lectura en una sociedad que se respete a sí misma reviste una alta significación y constituye un elemento esencial en la formación integral de las nuevas generaciones. (…) El libro es, sin duda alguna, uno de los más poderosos instrumentos de comunicación, de trabajo y de lucha por el mejoramiento.” (p. 83)

Mi padre me enseñó el amor a la lectura, los libros, la imaginación y al conocimiento. Me mostró la sublime acción de la palabra. Con ella aprendí a soñar, a imaginar, a interpretar historias y vidas, realidades y fantasías. Hizo de mí una ciudadana consciente de lo que eso significa, comprometida con la multiplicación de su extraordinario gesto de amor, paciencia y constancia. Y tal como dice Dora Pastoriza de Etchebarne (1988): “Los que han tenido a su alrededor, en la niñez, personas que respetaron su fantasía o su silencio lleno de sueños y quimeras comprenderán esa felicidad que se logra siendo niño, hasta el punto, que su recuerdo constituye siempre una experiencia religiosa.” (p. 62) Esa felicidad es la que se revive en mí cada vez que leo, escribo, pienso y sueño. Cuando comparto con mi retoño textos, anécdotas y experiencias lectoras, proyectando en el tiempo la siembra del autor mis días, en una cosecha de infinita satisfacción que ahora va de generación en generación.

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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3 respuestas a El encanto de leer

  1. omar dijo:

    YO LEIA A LOS 3 Y 4 AÑOS. MI PADRE USÓ UNA MAESTRA DE PUEBLO PARA QUE ME ENSEÑARA. VEÍA A ÉL LEER TODO LO QUE A SU ALCANCE PUEDE UN HOMBRE MODESTO. AL LLEGAR A CASA PREGUNTABA A MI MADRE CUANTAS HORAS HABÍA LEÍDO. GRACIAS A SU INTERÉS Y EJEMPLO, COMO NIÑO HASTA ROBABA PARA COMPRAR UN LIBRO. HE LEÍDO 4200 LIBROS, TRATADOS Y REVISTAS A LOS 70 AÑOS, HE PUBLICADO ALGUNOS Y ESCRITO CENTENAS DE CUENTOS Y POEMAS. QUIZÁS ALGUNA VEZ PUEDA PUBLICAR TODO.
    DE PEQUEÑO UN LIBRO NO ERA TORTURA SINO EL COMIENZO DE UN NUEVO VIAJE PERO TODO COMENZÓ CON a, e, i, o , u, palotes y 0
    ESTE RELATO PARA MI NO ES UN CUENTO. ES MI EXPERIENCIA PERSONAL, SI TODO PADRE LEYERA MIENTRAS TIENE SUS HIJOS EN BRAZOS… EL ESTAR CERCA DEL CORAZÓN, SENTIR LOS LATIDOS, LA VOZ SUAVE EN EL OÍDO, LA SENSACIÓN DE CALOR EN LA PIEL, TRANSFORMA LA LECTURA EN UN DESEO INIGUALABLE PARA EL NIÑO,

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  2. Blanca Pinedo Berros dijo:

    Me encantó volver a vivir mis primeras lecturas.Gracias por tan grata experiencia.

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  3. Angie dijo:

    Mi experiencia con la lectura ha sido privilegiada, todas las noches mi mamá me leía una historia desde muy tierna edad. Es fascinante el vínculo que se forma entre el padre que lee y su hijo, así la lectura progresivamente se convierte en una experiencia deliciosa que en lo particular me recuerda esos dulces momentos en que me leían siendo pequeña. Ahora no se que hacer, leo tanto que sin exagerar estoy leyendo seis o siete libros casi al mismo tiempo, suelto uno y agarro otro, una sola vida no alcanza para descubrir tantos tesoros escritos.

    Pero es un disfrute al que no puedo renunciar, gracias por compartir sus experiencias, espero que otras personas se animen a hablar de sus experiencias con la lectura.

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