Las diez grandes mentiras del teatro infantil

Armando Carías

Mentira nº 1: “El niño es un espectador muy exigente”.

Si esto fuera verdad, no tendríamos que estárselo disputando al monstruo televisivo, al cine

Nina Sergeeva (1921-), rusa. Teatro

basura y al teatro infantil farandulero. Nuestros niños y niñas están tan alienados como los adultos que conforman su entorno y obedecen a los mismos códigos de la superficialidad y el mal gusto que han aprendido de los medios de

comunicación de masas. Suele señalarse, como argumento que refuerza esta mentira, el hecho de que el niño, en su sinceridad, se desconecta y hasta sabotea un espectáculo que no “lo atrapa”, indicativo-según parece-de su “alto nivel de exigencia como espectador”.

Creo que se confunde “exigencia” y sentido crítico con simple fastidio. El que un niño no “se conecte” con lo que sucede en la escena, no necesariamente es reflejo de su capacidad de discernimiento ni de la evaluación consciente de lo que pueda estar presenciando.

De hecho, con frecuencia somos testigos de cómo auténticos desastres teatrales hechos en base a códigos televisivos y/o con figuras conocidas de la farándula, lo hipnotizan y seducen junto a sus padres.

Por tanto, en el teatro infantil, la atención del espectador  no siempre es consecuencia de la calidad del espectáculo, así como la indiferencia no lo es de su mala factura. Contradictorio pero cierto. Nuestra niñez está ahora más domesticada que nunca. El trabajo que tenemos quienes hemos asumido la responsabilidad de crear con ella y para ella es desalienarla y hacerla consiente de esta situación para que, si lo hacemos bien, podamos contar en efecto con niños y niñas que serán espectadores exigentes y sensibles.

 Mentira nº 2: “El teatro infantil forma el público del mañana”

Quienes sostienen esta idea no entienden la infancia de otra manera que no sea subordinada al mundo adulto. Para ellos no existe presente para la niñez, sólo futuro, futuro y más futuro, el hoy no existe.

Esta visión egoísta niega a niños y niñas vivir, disfrutar y ejercer sus derechos este momento. Por eso asumen el teatro infantil sólo al servicio del teatro dirigido a los adultos, con lo cual delegan en los creadores escénicos para la niñez una tarea que no les corresponde: llenar las salas de teatro dentro de 10,15 o 20 años.

Esas salas y esas obras llevarán público en base a sus propios méritos o, a lo mejor, lo ahuyentarán si no los tienen. Nunca porque el teatro infantil deba “calentarle” las butacas para sus potenciales espectadores.

Mentira nº 3: “La infancia es la etapa más bella de la vida”

Quienes dicen esto lo hacen, más influenciados por la visión edulcorada de la infancia que nos han vendido los cuentos de hadas, que por la desgarradora  realidad de la niñez que a diario se muestra ante nuestros ojos: niños y niñas maltratados, aislados en la soledad de una ciudad que no les ofrece alternativas de juego, abandonados a su suerte en las fauces

Vicente Viudes Boceto mural 1961

del monstruo televisivo, expuestos a un modelo educativo que los sofoca y los oprime, sobreviviendo en una sociedad que los niega y los ignora.

Hacer realmente de la niñez “la etapa más bella y feliz de la vida”, es parte de la tarea que tenemos por delante en la construcción de ese otro mundo posible.

Mentira nº 4: “El teatro infantil no debe mostrar las cosas malas de la vida”.

Esta mentira es continuación de la anterior. Quienes la promueven aplican el siguiente razonamiento: “Si la niñez es tan hermosa, ¿por qué estropearla, con historias duras y tristes? ya crecerán –agregan- y descubrirán la triste realidad”. Esta es la fórmula que han venido aplicando los seguidores teatrales de Walt Disney “y sus amigos del alma”: pura felicidad, canciones, tonos pastel y una tramposa moraleja que es pura ideología disfrazada de “Happy end”: “Si la vida es tan bella… ¿por qué cambiar las cosas?”, se regodean mientras contemplan su ombligo.

Mentira nº 5: “El teatro infantil debe contar historias fantásticas”

Creer que el teatro infantil es solo fantasía es limitar esta expresión escénica a una sola dimensión de su potencial comunicacional, pedagógico y creativo. Equivale a un menú que sólo ofrece postres, privando a los comensales de sabores, aromas y texturas que le dan diversidad a la carta y sazón a la comida. El teatro infantil fantástico y evasivo que sólo ofrece “un rato de sano esparcimiento” es trampa ideológica de quienes no le conceden al arte otra misión que la de hacer pasar “un buen rato”. Por regla general quienes así piensan, omiten de su repertorio obras  y temas que planteen contradicciones de clase, problemas sociales o conflictos de poder. Después de todo, la fantasía es un muy buen negocio. Nota: no confundir fantasía con imaginación.

Mentira nº 6: “Los personajes del teatro infantil se dividen en buenos y malos”.           

Esta conseja recomienda fortalecer todos los estereotipos  que la cultura dominante ha construido y alimentado para dividir el mundo en buenos y malos, feos y bonitos, blancos y negros, grandes y chiquitos, es decir, todos los extremos que le resten matices a la vida y

Colin McCahon (1919-1987), neozelandés. Los estudiantes de teatro

simplifiquen el asunto. De este modo se va modelando en la infancia una visión simplista y maniquea de las relaciones  humanas. A fin de cuentas, piensan los promotores de este embuste, “es tan fácil reconocer a la gente mala: por regla general siempre es fea, pobre y de piel oscura”.

Así lo dicta la regla… así debe ser. Pero sucede que la vida, ¡siempre tan terca!, demuestra lo contrario. En la realidad, un honorable banquero puede ser el despiadado estafador de miles de ahorristas y un exitoso empresario el cabecilla de un golpe de Estado.  La vida te da sorpresas.

Mentira nº 7: “Las historias en el teatro infantil deben ser simples, sin complicaciones”

Esta mentira parte de la falsa premisa de que el razonamiento y estructura mental de niños y niñas, no admiten otros argumentos y situaciones que los tipificados en los cuentos  clásicos: situación de felicidad que es alterada por un elemento externo, que genera un conflicto que será resuelto siempre de manera favorable al o los protagonistas de la historia.

Esta estructura, analizada extensamente por Wadimir Propp en su “Morfología de los cuentos de hadas”, es expresión de una concepción primitiva de los conflictos que anidan en el alma infantil y de los sofisticados laberintos que conforman su mundo interior.

De historias “sencillas y sin complicaciones” están llenas las comiquitas y toda la televisión, las publicaciones producidas en serie para satisfacer las necesidades de un mercado que estandariza el gusto de la infancia, más como estrategia de ventas que como respuesta a una necesidad del niño o niña lector(a), televidente o espectador(a).

La infancia no es nada sencilla: demasiadas pruebas para lograr aceptación, muchos obstáculos para encontrar espacios en un mundo adulto, infinidad de contradicciones afectivas (padres que se separan, abuelos que mueren, sentimientos que se descubren); toda una gama de pasiones que ya hubiera querido Shakespeare para desarrollar en su dramaturgia.

Ocurre con la simplicidad en el teatro infantil lo mismo que pasa con la fantasía. Suelen asumirse ambos términos como inherentes, naturales a esta expresión escénica.

“Como-es-para-niños-sedice-tiene-que-ser-algo-sencillo, algo-simple-que-ellos-puedan-entender”.

Quienes así piensan, son seguros candidatos a una rápida huida hacia otros géneros que, a su juicio, deben ser más “respetables” y “exigentes” y, en consecuencia, más elaborados y complejos.

Para ellos… ¡buen viaje!

Mentira nº 8: “El teatro infantil debe tener finales felices”

Esta coba es la resultante de las mentiras 3, 4, 5 y 6. Apliquemos las matemáticas: infancia bella – cosas malas x historias fantásticas ÷ buenos y malos = final feliz. 

La fórmula no pela y cada mentiroso tiene su chuleta que la saca sin pudor a la vista de

Adolph Von Menzel. El gimnasio de teatro

todo el mundo, en edulcorados espectáculos en los que se copia a sí mismo una y mil veces, cosechando el aplauso, el reconocimiento – y sobre todo –  la taquilla de ese público “tan exigente”.

Mentira nº 9: “Hacer teatro infantil es fácil”  

No sólo porque lo haya dicho Stanislavsky es que el teatro infantil es más complejo y laborioso que el de adultos. No sólo porque en muchos países se estudie como especialidad universitaria, ni tampoco porque en él converjan todas las disciplinas que conforman las artes escénicas, más las aplicadas a la infancia.

El teatro dirigido a niños y niñas es un arte exigente, fundamentalmente, por razones de carácter cultural que en nuestros países se expresan en la apatía e indolencia con que, desde el mundo adulto, suele verse toda expresión o actividad  destinado a la niñez.

Hacer teatro infantil (crear para la infancia, en general) es un apostolado. Supone entrega, abnegación, vocación de servicio, amar a la infancia y una fe ciega en esa quimera escogida como proyecto de vida.

El talento, la creatividad, incluso el genio son útiles, ayudan… pero no son lo más importante…conozco de artistas talentosísimos que después del primer montaje para niños abandonaron el camino, dramaturgos(as), directores(as), actores y actrices que no aguantaron dos pedidas al momento de emigrar a la televisión, la publicidad o el teatro para adultos.

Y no hablo solamente de las tentaciones del mercado, me refiero a la capacidad de supervivencia en un medio hostil a todo lo que huela a muchachito haciendo bulla en la sala, preguntando y alterando la sana paz de esos espacios reservados a la gente grande.

Por eso el teatro infantil es subversivo y guerrillero. Porque en ausencia de un escenario con telón y tramoya, inventa la rama de un árbol en la plaza para guindar la cortina, el cartel, el teatrino.

¿Fácil el teatro infantil? Tal vez para quienes lo asumen como un negocio, un  trampolín o un “mientras tanto”. No es fácil crear para la infancia en una sociedad que la niega.

Mentira nº 10: “El teatro infantil no existe”

No hay exageración en esta mentira. La repiten como loros los mismos teatreros, los que hacen teatro… sobre todo teatro para adultos: “el teatro es uno solo, dicen, el teatro infantil no existe”.

Menos mal que no son médicos, porque también negarían la pediatría, ni maestros, porque

Prudence Heward (1896-1947), canadiense. En el teatro

dirían que la psicopedagogía no es necesaria. Desmontemos esta mentira, porque ella expresa la idea central de este decálogo.

Ya lo dijimos: negar la infancia es parte de la estrategia de invisibilización hacia uno de los segmentos más golpeados por una sociedad y un sistema diseñados para defender las parcelas de poder de quienes tienen la sartén por el mango, fundamentalmente el poder económico. No es para nada gratuito que esta estrategia, además de niños y niñas, también arrope a las mujeres, los ancianos, los pobres, las personas con discapacidad y otros sectores de vulnerabilidad extrema.

Así se construye la mentira. Negando la existencia de aquello que no nos conviene, que no nos gusta, que no aceptamos, que nos perturba o que afecta nuestros intereses.

El mundo adulto, la cultura adulta, la sociedad adulta expresan una ideología adulta que niega la infancia… por eso para quienes expresan y defienden ese mundo, esa cultura, esa sociedad y, en consecuencia, esa ideología, la infancia es una entelequia, una etapa indeseable de la vida, algo que se dejó atrás ya que ya no interesa.

Al hacerlo, aunque no lo sepan, muchas veces defienden intereses que no son los suyos, y, lo más grave, se niegan a sí mismos. Como se niega el trabajador que acepta feliz su explotación, la mujer que tolera que la maltraten y todo aquel que sea insensible a las injusticias.

En rigor, el teatro infantil y todo lo relativo a la cultura de la infancia, no solo existe, es tangible y verificable como la ciencia, sino que constituye un derecho que se debe ejercer y exigir su cumplimiento.

Herramientas legales que expresan este derecho son, entre muchas, la Ley Orgánica para la Protección de Niños, Niñas y Adolescentes, Ley de Consejos Comunales, Ley de Defensoría del Pueblo, Ley de Recreación y nuestra suprema ley, la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.

El teatro infantil existe porque la infancia también existe y porque lo específico y concreto de las artes escénicas dirigidas a la niñez, exigen de un conocimiento y una práctica que le dan categoría y jerarquía de especialistas a quienes, de una manera acuciosa, constante, estudiosa, investigativa, creativa, experimental, reflexiva, responsable y amorosa(sobre todo amorosa), se dedican a contar historias desde el gesto y la palabra, síntesis de esta fiesta  de los sentidos que es el teatro, una fiesta en la que niñas y niños deben ser.

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Acerca de latintainvisible

Docente. Poeta. Narrador. Ensayista. Articulista. Especialista en literatura infantil.
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3 respuestas a Las diez grandes mentiras del teatro infantil

  1. Desgraciadamente, estoy de acuerdo con el contenido de este texto. Las tareas de alienación emprendidas por los grandes amos del mundo comienzan a dar sus frutosd desde temprana edad. Se trata de manipilarlos desde muy pequeños para transformarlos en consumidores compulsivos a los que luego dominar conviertiéndolos en trabajadores serviles sin crietrio ni formación.

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  2. luz marina almarza dijo:

    Un escritor serio que no tiene “pelitos” en la lengua para decir estas 10 duras verdades.

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  3. Sonia dijo:

    No podía estar más de acuerdo. Así es como se perpetúa el sistema de injusticia y explotación en el que vivimos y es que muchos de nosotros, (no solo en el teatro para la infancia) hemos olvidado la función social de “pepito grillo” que tiene el teatro y hemos entrado a formar parte del “show bussiness” normal que ahora en España traten nuestra actividad como un bien de consumo más!!!

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